Manhattan (1979)

manahttanDirección: Woody Allen
Guion:
 Woody Allen / Marshall Brickman

Producción: United Artists
Fotografía: Gordon Willis
Montaje: Susan E. Morse 
Música: George Gershwin 
Reparto: Woody Allen / Diane Keaton / Mariel Hemingway / Meryl Streep / Michael Murphy / Anne Byrne 
Duración: 96 min
País: Estados Unidos 

“Nueva York era su ciudad. Y siempre lo sería”. 

Cuando termina Manhattan, una sonrisa se nos dibuja en la cara. No tenemos otra opción, pues Woody Allen acaba de brindar un recital que va directo a la historia del séptimo arte. Una película icónica que representa, junto a Annie Hall (1977), la comedia romántica por excelencia. Para mí, un título de referencia. 

Todo gravita en torno a Isaac Davis. Él es un neoyorquino que acaba de cumplir 42 años. Es bajito, se está quedando calvo y quiere ser escritor, aprovechar mejor el tiempo, aunque (por el momento) simplemente trabaja para un programa ramplón de televisión. En lo sentimental, sale con una chiquilla de 17 años, mientras se lamenta de que su ex mujer lo dejara por otra mujer. Todavía no es consciente, además, de que está a punto de enamorarse de la amante de su mejor amigo, quien, a su vez, aún no le ha dado la buena nueva a su esposa. Es decir, la montaña rusa de la vida (urbanita y occidental) a ojos del maestro neoyorquino. Un planteamiento inequívoco, unidireccional y sumamente placentero.   

La sencillez de la propuesta no va reñida con la maestría. Para empezar, tenemos a uno de los mejores (sino el mejor, compite con Pulp fiction) póster de la historia del cine. Es la imagen que resume el interior de esta coqueta película. Adornada con la detallista fotografía del imperecedero Gordon Willis, la retahíla de frases memorables es imposible de recontar. Hay para todos los gustos y de todos los colores. Es el mejor Woody Allen. Vigoroso y efusivo, aprovecha la juventud de una sensacional Diane Keaton, así como la encantadora inocencia de Mariel Hemingway, para juntar todas las piezas de este rompecabezas que exprime todo el jugo posible a las aventuras que acompañan al corazón.  

Woody Allen saca el pincel y perfila con tacto un paisaje precioso, repleto de ingenio y diversión. Disecciona así las dudas, inquietudes y peripecias que acompañan -en el terreno sentimental, sexual y hasta existencial, diría yo- a ese montón de náufragos que copan las aceras de la ciudad de Nueva York. Inolvidable.  

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Stromboli, terra di Dio (1950)

stromboliDirección: Roberto Rossellini 
Guion:
 Roberto Rossellini / Sergio Amidei / Gian Paolo Callegari / Art Cohn / Renzo Cesana

Producción: Berit Films / Bero Productions / RKO Radio Pictures
Fotografía: Otello Martelli 
Montaje: Roland Gross / Alfred L. Werker
Música: Renzo Rossellini 
Reparto: Ingrid Bergman / Mario Vitale / Renzo Cesana
Duración: 107 min
País: Italia

Dicen que la guapísima Ingrid Bergman quedó cautiva ante la maravillosa Roma, città aperta (1945). Quería trabajar con Roberto Rossellini, formar parte así de la filmografía de uno de los máximos exponentes del neorrealismo italiano. Y con esas, en 1950, llegó Stromboli, terra di Dio. Llegó así el inicio de la ansiada colaboración entre la sueca y el italiano, su flechazo amoroso y unos cuantos hijos entre los que destaca la figura de Isabella Rossellini. Pero esto no es más que puro chismorreo, secretos entre bambalinas de una película célebre que focaliza su atención sobre Stromboli, isla siciliana que da título a este film. 

Esta es la historia de una reclusión, sin más. La psicología empleada por Roberto Rossellini es digna de admiración. Desde el primero hasta el último plano la sensación de angustia está presente. Así, la historia de Karen, interpretada a las mil maravillas por Ingrid Bergman, es descorazonadora. Desde el campo de concentración inicial hasta una isla remota al sur del Mediterráneo. ¿Qué ha sido de su vida? ¿Dónde está su tierra, su gente, su lugar? Está perdida, sola y desamparada. No tiene nada ni a nadie. Las mujeres del pueblo la miran con recelo, los hombres la observan lascivamente y ella no entiende las dinámicas autóctonas. La pesca, el volcán y las pequeñas idiosincrasias isleñas terminan por marchitar la ilusión de nuestra protagonista. Qué historia de amor más triste la suya con Antonio. 

Stromboli es una película agreste, durísima. El cineasta explicita, cual estudio antropológico, las condiciones de vida en la Italia sureña cercana a los años cincuenta. La esperanza por un futuro mejor queda en suspensión, debatiéndose a la vera de un volcán en erupción. Todo ello termina por conformar un relato amargo y desangelado. Un drama con mayúsculas que no alcanza, ni mucho menos, la idealizada perfección con la que muchos asocian a este film. Si bien Rossellini despierta cierto grado de empatía con esta hiriente narración, lo cierto es que la misma no emociona como debería. En todo caso, un clásico del cine italiano de muy buen ver. 

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Good night, and good luck (2005)

good_night_and_good_luck_ver2Dirección: George Clooney 
Guion:
 George Clooney / Grant Heslov 

Producción: Warner Independent Pictures / 2929 Entertainment / Participant Productions
Fotografía: Robert Elswit
Montaje: Stephen Mirrione
Música: Dianne Reeves
Reparto: David Strathairn / George Clooney / Jeff Daniels / Frank Langella / Robert Downey Jr. / Patricia Clarkson / Robert Knepper
Duración: 90 min
País: Estados Unidos 

Estamos en los años 50. Los Estados Unidos son, por excelencia, el país de la libertades. Libertades refrendadas y protegidas por la división de poderes. En un poder en concreto, el legislativo, recae el punto de mira de esta película. Y es que está bien investigar antes de legislar, claro, pero no tiene acomodo democrático la persecución política indiscriminada. Esta fue la práctica más habitual de Joseph McCarthy, senador republicano por Wisconsin que, en pleno apogeo de la Guerra Fría, lanzó una feroz campaña anticomunista a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Su figura no ha pasado a la historia como un modelo de civismo. Es más, se puede tildar sin tapujos al macarthismo como una conducta infame, vergonzosa. La paranoia comunista, siempre presente en territorio estadounidense, nunca jamás volvió a alcanzar las dimensiones de aquel tiempo.

El cine entendido como espacio para refugiar y alentar el espíritu crítico me parece un detalle. Está bien que el séptimo arte se comprometa a darle una revisión crítica al contexto en el que se enmarca. En este sentido, George Clooney siempre ha estado al pie del cañón. Tiene su punto contradictorio que un tipo que amasa una fortuna como imagen de una multinacional que vende café termine por coger la bandera de la desobediencia civil y política. En todo caso, se agradece. Como actor se ha involucrado en películas tan reivindicativas como la irregular Syriana (2005) o la turbia e intensa Michael Clayton (2007). Como guionista y director ha dado si cabe un paso más, pues tanto Buenas noches, y buena suerte (2005) como Los idus de Marzo (2011) son dos películas esplendorosas. Ambas están firmadas en compañía de Grant Heslov (sí el tipo que firmó esa payasada titulada como Los hombres que miraban fijamente a las cabras, 2009), y la última, de hecho, viene inspirada por una obra de Beau Willimon, a la postre aupado a los cielos por haber creado la sobrevalorada House of cards (2013). Total, en medio de todos estos nombres y títulos aparece una idea clara: observar el entorno cuchillo en mano.

Así es como se nos presenta Good night, and good luck. Destripa las miserias de la política estadounidense al tiempo que ensalza el papel que la CBS y el cuarto poder jugaron en el asunto McCarthy. Lo hace rindiendo un homenaje especial a la figura de Edward R. Murrow, así como a toda la camada de valientes (espectacular el cartel de secundarios de este film) que le acompañó en aquella titánica batalla. La sobria fotografía en blanco y negro de Robert Elswit sirve para encuadrar las vivencias que esconde uno de los mejores guiones de la pasada década. Ayuda lo suyo David Strathairn, sencillamente sobresaliente. Así, sin llegar siquiera a los 90 minutos, Clooney elabora una obra precisa. Sienta cátedra, en clave política e histórica. 

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A beautiful mind (2001)

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Guion:
 Akiva Goldsman (Sylvia Nasar) 

Producción: Dreamworks / Universal Pictures / Imagine Entertainment
Fotografía: Roger Deakins
Montaje: Dan Hanley / Mike Hill 
Música: James Horner
Reparto: Russell Crowe / Jennifer Connelly / Ed Harris / Christopher Plummer / Adam Goldberg / Paul Bettany / Josh Lucas 
Duración: 135 min
País: Estados Unidos 

Cuando en su día estudié el equilibrio de Nash, no caí en la cuenta de que el cine se había fijado en este brillante teórico. Lo había hecho en 2001 y, además, con una película oscarizada. Sabía que existía tal película, claro, pero nunca le había prestado especial atención. Una mente maravillosa se titula. Biopic entretenido y de calidad. Ello a pesar de que no tengo en alta estima a Ron Howard, quien firma esta película. Me parece un director ramplón, sobrevalorado y muy plano. Dentro de los directores palomiteros, no es de mis preferidos. Básicamente porque es ambiguo, es decir, juega a ser grande cuando no lo es. Si se limitara a facturar cintas como Llamaradas (1991), Rescate (1996) o EDtv (1999), no le reprocharía nada. Es más, una de sus películas, la espléndida Cocoon (1985), me parece un clásico del cine de los 80. Sin embargo, él ha querido jugar en otra liga. Así lo ha hecho con películas como Apollo XIII (1995), Cinderella Man (2005), Frost/Nixon (2008) o la reciente Rush (2013). Puede que todas ellas sean buenas, sí, pero en manos de otro cineasta habrían llegado a ser, no tengo ninguna duda al respecto, muy buenas. 

El referente del film es Russell Crowe, un actor asombroso. Es de esos que no hace ruido, pero que, cuando se destapa, está a la altura de los más grandes. Aquí encarna con brillantez la locura que acompaña a la figura de John Nash. Es la vida de un genio la que está en escena, y la representa a la perfección. Le basta una mirada para definir la idiosincrasia de su personaje. Una interpretación, en definitiva, conmovedora. Está escudado por Jennifer Connelly, quien, a pesar del Oscar, no supera el límite de la corrección. En todo caso, tiene un papel muy bonito, muy sufrido. Interpreta a un personaje fundamental en esta historia, pues es el verdadero apoyo del genio de Princeton. Gracias a los dos nos perdemos por los laberintos que acompañan a un hombre con “dos raciones de cerebro y media de corazón”. Y lo hacemos al ritmo plano y previsible de Ron Howard, escudado este, a su vez, en el guion plano y previsible de Akiva Goldsman, habitual compañero del cineasta. La engalanada fotografía de Roger Deakins y la excepcional BSO de James Horner dan muestras de que estamos frente a un producto refinado, sí, pero también sobrevalorado.

Todo es un sentido homenaje a la figura de John Nash. Me gusta mucho la primera parte del film, cuando el protagonista se recoge en sí mismo, rozando la misantropía, luchando contra todo y todos. Los veteranos Ed Harris y Christopher Plummer, además, dan poso y presencia al reparto. Luego viene la típica historia de amor (más estándar imposible) y el allanamiento del camino hacia un final tan feliz como precipitado. En fin, una historia de superación. Almibarada y prefabricada para triunfar en los Oscar, cumplió (inexplicablemente) su cometido. Eso sí, Russell Crowe está espectacular, James Horner se gusta y los 130 minutos de duración se nos pasan volando. A mí con eso me basta.

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Straw dogs (1971)

Straw-Dogs-2Dirección: Sam Peckinpah 
Guion:
 Sam Peckinpah / David Zelag (Gordon M. Williams) 

Producción: ABC Pictures / Daniel Melnik Production 
Fotografía: John Coquillon 
Montaje: Paul David / Tony Lawson / Roger Spottiswoode
Música: Jerry Fielding 
Reparto: Dustin Hoffman / Susan George / Peter Vaughan / David Warner 
Duración: 113 min
País: Reino Unido 

Todo comienza con David Sumner, un brillante estudiante becado por un año que decide dejar los Estados Unidos, su país natal, para llevar a cabo una estancia investigadora en Inglaterra. ¿El lugar? Un tranquilo pueblo donde precisamente se crió su novia, quien le acompañará en este viaje. Pues eso, dar forma a tu nuevo hogar, adaptarte al lugar, conocer a la gente del pueblo. Cosas todas ellas habituales.   

Sam Peckinpah había cosechado grandes críticas, hasta el estreno de este film, en el terreno del western. Su obra cumbre, The wild bunch (1969), le había abierto las puertas a cualquier proyecto que quisiera filmar. Y él lo tenía claro, pues Perros de paja destripa una triste realidad: la violencia que inunda al reino animal. Es la violencia que inunda, a su vez, la gran mayoría de films del cineasta californiano. Una violencia casi instintiva que acapara el protagonismo principal de esta historia. Las cartas están sobre la mesa: el clan de lugareños, encabezado por Peter Vaughan, con su particular idiosincrasia cargada de bajeza; Dustin Hoffman, un tipo tranquilo y “civilizado”, incluso -hasta cierto punto- cobarde; Susan George, icono de tensión sexual y tentación. Con ellas juega Sam Peckinpah, sin darnos un respiro, inundando de inquietud cada uno de los fotogramas que componen este film. El ritmo in crescendo con el que el cineasta baña al relato termina por crear una atmósfera angustiosa, llena de agobios y pesadillas. Son muchas las batallas psicológicas que presenta la película (espectacular en este sentido Susan George), pero todo estalla en el frenético asalto final a la casa de nuestros protagonistas.

Esto es una película de terror. La bondad queda a un lado desde el primer momento. No hay nada apacible en Straw dogs, pues la tensión nos carcome desde el primer plano. El vaso se va llenando progresivamente: un signo de más convertido en menos, un gato desaparecido, una mujer descamisada, un adelantamiento peligroso, unas risas con sorna… hasta que llega la gota que lo colma. “Lo van a matar si lo dejo ir”, le espeta un desquiciado Dustin Hoffman a su pareja. La defensa de su posición es absoluta, no hay marcha atrás. Tanto como la obsesión de los lugareños por conseguir su cometido: capturar a su presa, desatar sus instintos más turbios gracias a la excusa que brinda un enfermo mental. Sam Peckinpah viaja así al lado más salvaje de las personas. Aparece la violencia no ya solo como medio de defensa, sino también como medio de obtener tus fines (icónica la escena de la doble violación). No hay ganadores ni perdedores en esta narración. Solo una idea, un pensamiento: la violencia en sí, como realidad palpable.  

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Carla’s song (1996)

carlas_song_ver1Dirección: Ken Loach
Guion:
 Paul Laverty 

Producción: Alta Films / Channel Four Films
Fotografía: Barry Ackroyd
Montaje: Jonathan Morris 
Música: George Fenton 
Reparto: Oyanka Cabezas / Robert Carlyle / Scott Glenn / Salvador Spinoza
Duración: 127 min
País: Reino Unido 

Nicaragua fue uno de esos experimentos a los que acostumbró la política exterior estadounidense durante la Guerra Fría. Erradicar la semilla del comunismo, evitar la influencia soviética en territorio americano e instalar un régimen dictatorial servil a los intereses norteamericanos. El icono de esta estrategia del shock fue Chile, pero hubo otros países que, como Nicaragua, también tuvieron que sufrir las nefastas consecuencias (miles de vidas humanas de por medio) de todo ello. En este pequeño país centroamericano, el verdugo de turno fue Somoza. Pero cayó, cayó en 1979 tras el estallido de la Revolución Sandinista. Este régimen, de arraigada base popular, luchó contra viento y marea durante la década de 1980. No solo soportó las inclemencias económicas y sociales como consecuencia del bloqueo económico de Reagan, sino que se desangró en una guerra civil alentada por los Estados Unidos, financiando estos a la Contra, en uno de los periodos más tristes del país. La propia Corte Internacional de Justicia reconocía, en una sentencia célebre (27 de junio de 1986), el apoyo armado de los Estados Unidos, derrotado pues no solo moralmente, sino también en base al Derecho Internacional.

En mitad de este conflicto se inserta esta preciosa película. La firma Ken Loach, uno de esos cineastas a quien nadie puede tildar de timorato. Lleva la reivindicación política en su cine, y se agradece. Puede que sea, junto a Constantin Costa-Gavras y Gillo Pontecorvo, el tercero de esta especie de trinidad del cine político. Pocos se han atrevido a denunciar lo sucedido en Nicaragua. Aquí lo hace en base a un guion de Paul Laverty, dando pie así a un tándem (Laverty & Loach) que ha legado una buena lista de películas. A pesar de la implicación del guionista en el proyecto, pues trabajó a pie de campo -defendiendo los Derechos Humanos- en Nicaragua durante los 80, lo cierto es que el relato presenta distintas flaquezas. Tiene un punto panfletario que no me agrada. Perdonable, en cualquier caso. La clave de bóveda es una bonita historia de amor entre un acertado Robert Carlyle y casi una actriz amateur como Oyanka Cabezas, quien, conviene decirlo, lo hace muy bien en esta película. Sin embargo, lo que subyace aquí es mostrar la impúdica actitud norteamericana en territorio nicaragüense. Y la muestran. A ratos muy acertadamente, a ratos… cogida con alfileres.

En todo caso, más allá de las limitaciones que pueda presentar este film, destaco la valentía de Carla’s song. Es la prueba palpable del dolor. Le pone cara al sufrimiento, a las lágrimas. Son las terribles consecuencias humanas de una política ideada por unos señores que, vistiendo buenos trajes y aliviados por el aire acondicionado de sus despachos, no dudaron en lanzarse hacia la vergüenza. Vergüenza de la que huyó Scott Glenn, secundario de lujo aquí y en tantas otras películas. Pero, repito, no nos perdamos: una historia emotiva, llena de sentimiento y cargada de buenas intenciones. La escena final, canción incluida, es muy bonita.

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Lost highway (1997)

carretera perdidaDirección: David Lynch 
Guion:
 David Lynch / Barry Gifford 

Producción: Ciby 2000
Fotografía: Peter Deming 
Montaje: Mary Sweeney 
Música: Angelo Badalamenti 
Reparto: Bill Pullman / Patricia Arquette / Balthazar Getty / Robert Blake
Duración: 134 min
País: Estados Unidos 

Cuando cojo una película de este tipo, no os voy a engañar: la simplifico al máximo. Me importan un bledo las intenciones del autor. Aquí lo importante es la visión del espectador, la mía, destronando así la supuesta preeminencia del director. Un director, David Lynch, que se presta, en todo caso, a este tipo de proceso, de lectura. Él abre un universo, ofrece un escaparate de imágenes y detalles que se suceden, aparentemente, sin sentido ni coherencia. Totalmente falaz, pues la coherencia se la debe dar uno mismo. Es el espectador quien manda aquí, así es como encuentra sentido un film como Carretera perdida.

Cineasta extravagante, lo cierto es que David Lynch no admite el término medio. Cuenta con una filmografía selecta, peculiar. Gracias a Lost highway, se termina el camino iniciado en 1984 con Blue Velvet y que encontraba su punto medio en Wild at heart (1990). Un camino, influenciado por las dinámicas del cine negro, a través del cual el director pincela un paisaje hiriente, nauseabundo. Todo es turbio en el cine de Lynch, pero también sensual. La violencia se apodera de todo. Es una pesadilla claustrofóbica de la que uno no logra escapar… o sí, sí porque Fred Madison, encerrado entre las cuatro paredes de una celda, logra escapar, aunque sea de manera fugaz, mediante la figura de Pete Dayton. 

El argumento, tal como yo lo veo, es sencillo. Fred Madison, un excepcional Bill Pullman, es un músico de jazz que se encuentra insatisfecho con su matrimonio. Sospecha de que su esposa, Renee Madison, le es infiel con un peligroso hombre. Así, en un arrebato de furia y locura terminará asesinándola. Condenado a prisión, se evadirá de su miserable existencia, incapaz de creer lo que acaba de hacer, a través de su mente, encontrando refugio en Pete Dayton. Comienza así la segunda parte, claramente diferenciada, del film. Este, un chaval tranquilo, conocerá por casualidad a Alice Wakefield… y se dejará llevar. Una mujer peligrosa, envuelta entre los peligros que siempre rodean a los negocios gangsteriles. Todo terminará mal, porque mal había empezado. En el fondo, no hay mas que un atroz crimen, una sensación de arrepentimiento extremo y una búsqueda mental de evasión, de encontrar el placer fugado, de explicitar cómo era el mundo al que su esposa había sucumbido. Una búsqueda errante que no logra escapar de su turbia realidad, una búsqueda infinita concretada en una carretera perdida, envuelta en la noche y la niebla, que no va a ninguna parte.      

Puede que Lost highway sea una oda a los celos, a las dolorosas consecuencias que aquellos conllevan. Y tiene sentido. Pero también es una plasmación de la violencia que existe en el mundo, de los oscuros secretos que existen detrás de las puertas. De cómo todo se intersecciona, de cómo hasta el hombre más tranquilo puede enfangarse en ese lodo. Y ya no hay escapatoria. Todo ello alentado por la sensualidad de Patricia Arquette, en la que supone una de las mejores interpretaciones de los noventa. Ella es Renee Madison, también Alice Wakefield. Es la chispa que enciende la mecha.

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Trainspotting (1996)

trainsporttingDirección: Danny Boyle
Guion:
 John Hodge (Irvine Welsh)

Producción: Channel Four Films / Figment Film / The Noel Gay Motion Picture Company
Fotografía: Brian Tufano 
Montaje: Masahiro Hirakubo
Música: Rick Smith
Reparto: Ewan McGregor / Robert Carlyle / Jonny Lee Miller / Ewen Bremmer / Kevin McKidd / Kelly Macdonald / Peter Mullan 
Duración: 94 min
País: Reino Unido 

“Lo cierto es que soy una mala persona, pero eso va a cambiar, yo voy a cambiar (…) estoy deseándolo, voy a ser igual que vosotros: el trabajo, la familia, el televisor grande que te cagas, la lavadora, el coche…”. 

Obra maestra, tal cual. El cine tiene estas cosas. Un día, cuando menos te lo esperas, llega una película sin hacer mucho ruido. Ni siquiera te suena el director. Pero la ves, la ves y te maravillas; no te lo crees. Acabas de ver un peliculón casi sin querer. En los 90 pasó varias veces. Es una década a la que el tiempo está colocando en su lugar, quizá la década más prodigiosa hablando de cine de calidad. Nadie conocía a Quentin Tarantino, pero llegó Reservoir dogs (1992). Pocos habían oído hablar de David Fincher, y se sacó de la manga Seven (1995). El mismo año apareció Sospechosos habituales de Bryan Singer. Y muy poco tiempo después, Trainspotting (1996). Pues eso, magia. Cuatro títulos indispensables del cine de todos los tiempos, cuatro referencias en las que conjugan, como pocas veces había sucedido con anterioridad, juventud, talento y originalidad.    

Estamos en Edimburgo, y Renton corre como nunca antes lo había hecho. Acaba de dar el palo en un hotel de la ciudad. Tiene dinero, dinero para consumir (heroína, claro está). Es su forma de vida… y la disfruta. Dentro de la misma, en su mismo universo, se mueve un grupo variado de personajes: Sick Boy, Tommy, Spud y Begbie. El director mancuniano abofetea al sistema, y lo hace de un modo tan sutil como ingenioso. No busca enfatizar las carencias del capitalismo británico, ni siquiera las consecuencias sociales del thatcherismo (aunque estas quedan implícitas en la pantalla). De hecho, se ríe en todo momento de la vida “normal”. El discurso inicial es demoledor. La vida de Renton en Londres, icónica en este sentido. Danny Boyle simplemente da testimonio de otra alternativa, de otra forma de vivir. Incluido aquí, el personaje más brillante del relato: Begbie. Y, con todo, Trainspotting nos deja una de las mejores radiografías que se han hecho acerca de las dinámicas que conlleva la droga.  

El ácido universo de Irvin Welsh, adaptado por John Hodge en el guion, se nos empapa en la retina… para siempre. ¿Quién no recuerda, mínimo, tres diálogos de esta película? ¿Y 4 o 5 escenas? La concatenación de estrambóticas situaciones, lúcidas reflexiones y diálogos de otro nivel marca el taquicárdico ritmo de esta historia. Corrosiva y demoledora, Trainspotting pincela un paisaje que habla por sí solo. A todo esto, un Ewan McGregor inolvidable para un film que es (y será) la mejor obra de Danny Boyle. Es uno de los títulos emblema de la década de los 90 (entra en el Top10 de la década sí o sí) y, tranquilamente, podemos decir que Trainspotting es la mejor película británica de todos los tiempos.

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Guess who’s coming to dinner (1967)

guessDirección: Stanley Kramer
Guion:
 William Rose

Producción: Columbia Pictures 
Fotografía: Sam Leavitt 
Montaje: Robert C. Jones 
Música: Frank De Vol 
Reparto: Sidney Poitier / Katharine Houghton / Spencer Tracy / Katharine Hepburn / Cecil Kellaway
Duración: 108 min
País: Estados Unidos 

Una pareja de jóvenes enamorados termina de aterrizar en San Francisco. Tienen pensado darle una sorpresa a los padres de ella, decirles que han decidido casarse. Solo hay un pequeño hándicap: ella es blanca… y el negro. El taxista que los conduce por la ciudad mira por el retrovisor con cara extraña. Tan extraña (o más bien desquiciada) como la expresión de su madre, una apabullante Katharine Hepburn, al ver a su futuro yerno. Los años 60 siempre tendrán algo especial. Dentro de los esquemas estadounidenses, fue una etapa de romper ataduras y soltar lastre. El cine se preocupó por cuestiones sociales, abiertas. Se volvió reivindicativo a su manera. El corsé reaccionario desapareció y, aunque hoy en día nos parezca que apenas cuenta con trascendencia, lo cierto es que Guess who’s coming to dinner fue una de las películas emblema no ya tanto en la lucha por los derechos civiles como en la normalización del problema del racismo.

Cuando uno revisa la filmografía de Stanley Kramer, percibe que fue un cineasta reivindicativo, implicado con los acontecimientos políticos y sociales que le rodearon. En 1959 zarandeó el tema de la energía nuclear con On the beach, el debate entre evolucionistas y creacionistas fue plasmado en Inherit the wind (1960) y mención especial requiere una de las mejores películas judiciales de todos los tiempos, Judgment at Nuremberg (1961). El tema del racismo, sin embargo, fue el pionero dentro de la particular manera que tuvo Stanley Kramer de entender el cine como un vehículo de civismo. La distinción entre blanco y negro era una cuestión espinosa y abierta. El debate, fútil y absurdo, estaba agitado. Y él tomó partido. Lo hizo en 1958 cuando estrenó The defiant ones, y repetía, nueve años después, con Guess who’s coming to dinner. De esta manera, enclavada en su tiempo y lugar, es como conviene descubrir esta historia en la que, más allá de los aspectos técnicos y artísticos, uno valora tanto sus (bondadosas) intenciones como sus (cívicos) efectos. 

El resultado de todo ello es notable. El director consigue esquivar los golpes en base al guion de William Rose, quien nos presenta el tema del racismo dentro de lo que podría denominarse como una “comedia familiar”. Tanto Katharine Hepburn como Spencer Tracy están inmaculados. Le dan veracidad y sentimiento a este relato. Un relato en el que no falta la encantadora sonrisa de Sidney Poitier, así como el divertido papel del monseñor. Impregnada de cierto tono teatral, la única falta que le encuentro a esta película es el punto efectista con el que se adorna. En todo caso, una película que sin ser ninguna obra maestra, sí representa acertadamente, cuanto menos, un tema y un tiempo muy concretos.  

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Autour de minuit (1986)

Round-Midnight_2Dirección: Bertrand Tavernier 
Guion:
 Bertrand Tavernier / David Rayfiel

Producción: Warner Bros / Little Bear
Fotografía: Bruno de Keyzer
Montaje: Armand Psenny 
Música: Herbie Hancock 
Reparto: Dexter Gordon / François Cluzet / Gabrielle Haker / Sandra Reaves-Phillips / Herbie Hancock / Martin Scorsese 
Duración: 133 min
País: Estados Unidos / Francia 

Estamos en París, la noche cae y un saxo suena efusivo. La música proviene de un local donde el alcohol y el humo de los cigarrillos conjugan perfectamente con el espectáculo musical. Un lujo desconocido, un placer para los sentidos que sale del alma de Dale Turner, músico de gran planta, ya viejo y, lo que es peor, decrépito. El alcohol ha podido con él, la vida lo ha ahogado y tan solo encuentra refugio en la música, en su saxo. Es la representación ficticia de Lester Young, a quien da vida un espléndido Dexter Gordon, otro nombre propio del jazz. Fuera, en la calle, sin apenas dinero para pagarse una copa, está Francis. Asombrado, en armonía, feliz. No tiene nada y lo tiene todo cuando escucha tocar a Dale Turner. “Se lo debo todo a tipos como él”, dice con sinceridad.

Este entrañable admirador es François Cluzet, quien sale a pasear por la noche parisina y se adentra en el corazón del jazz. Es un homenaje realizado con mucho cariño y sentimiento. No me cuesta imaginar a Bertrand Tavernier vagando por las calles en busca de oxígeno, de notas musicales que le permitan respirar. Francis no es más que el alter ego del propio director, también guionista del film. Los errantes protagonistas se dan de la mano y avanzan juntos, ofreciendo un paisaje conmovedor en el que, no nos equivoquemos, el foco principal recae sobre el jazz. La oscarizada BSO de Herbie Hancock, también presente en el reparto, es fabulosa. En suma, Tavernier se cuela en un selecto club en el que grandes maestros del cine han evocado en alguna que otra ocasión la magia de este género musical. La obra más bonita y sentida quizá sea Treme (2010), de David Simon, por todo lo que ella conlleva, pero “clasicazos” del cine como Martin Scorsese (New York, New York, 1977), quien además tiene un divertido papel en este film, Woody Allen (Sweet and lowdown, 1999), Francis Ford Coppola (Cotton club, 1984) o Clint Eastwood (Bird, 1988), junto con incursiones como las de Wim Wenders (Buena Vista Social Club, 1999) o Fernando Trueba (Calle 54, 2000; Chico & Rita, 2010), le hacen compañía al admirable relato que supone Autour de minuit.

Una película cargada de la emotividad más sencilla, elaborada con las mejores intenciones y hecha realidad a través de las maravillosas interpretaciones de François Cluzet y Dexter Gordon. Las sinceras palabras de nuestros protagonistas, la magia del jazz y las bondades del corazón se aúnan para dar forma a una película preciosa.

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