‘The collector’. Resultona.

Esta película tenía la difícil papeleta de dotar a su historia de una pizca de originalidad para no caer en el pozo de mediocridad, chabacanería y efectismo en el que tantas y tantas cintas han ido, van, e irán a parar.

La historia no está del todo mal. No entusiasma en ningún momento, aunque, la verdad sea dicha, consigue entretener la velada por la vía de la tensión, el gore refinado y la claustrofobia asfixiante. Además, la duración es corta (requisito básico para este tipo de productos), el prólogo es resultón, la narrativa digna y el argumento convincente. Bien, han salvado la faena. Ahora a disfrutar con la sesión de sangre, tripas, escalofríos y sobresaltos, un tanto light, que aquí nos deparan.

En fin, para pasar el rato. Combina tanto con luces y palomitas como con oscuridad y una de uñas. La elección va a gusto personal.

5.5/10 

‘I’m not there’. Bob Dylan.

Pieza original donde las haya. No busquen aquí el típico biopic en el que la sucesión de hechos y el relato de la vida sigue un orden cronológico y temático coherente, ordenado y fácilmente comprensible. Esto puede ser bueno o malo.

Es decir, para quien no sea un amante feroz de la vida y obra de Dylan, creo sinceramente que ‘I’m not there’ no es su película. Está hecha para ser saboreada con gusto por los paladares más dylanianos. Yo, aún siendo admirador y seguidor de su música, reconozco que no llego a tal categoría. Por tanto, le sobra cierto fetichismo a este producto.

Con todo, el visionado es placentero. Película transgresora, discontinua y, en cierto modo, abstracta, de interpretación libre, y cuya narración está basada en las historias a las que han dado pie las letras, portadas, anécdotas y demás curiosite del emblemático cantante. Un lujo muy personal el aquí manufacturado por Todd Haynes, que además nos deja unas interpretaciones de altura.

7/10 

‘I’m still here’. Joaquin Phoenix.

Primero, me decantaré por la opción de la farsa. Quiero pensar que Joaquin Phoenix y su cuñado, Casey Affleck, idearon tirarse dos años de su vida, y carrera, sin actuar, dramatizando, dando veracidad a la obra que aquí les atañía. En segundo lugar, resaltaré que estamos ante uno de los mejores papeles de Joaquin Phoenix. El tipo se representa a sí mismo de un modo, cómo no, absolutamente creíble. La angustia, la desorientación, la vida errante, la espiral autodestructiva que conlleva la depresión, todo es palpable, humano, cercano. Lo cual me lleva al tercer punto: vuelvo a dudar, ¿farsa o realidad? Creía que esto era un circo que habían montado estos dos amigotes. Ellos, innovadores y transgresores, buscaron hacer un documental, ficticio, sobre la caída a los infiernos de Joaquin Phoenix. Eso sí, éste debía creérselo, meterse en el papel hasta tal punto que todo el mundo picara el anzuelo. ¿Phoenix abandona el cine? ¿Phoenix cantante de hip hop? ¿Phoenix barbudo, callado y gordo? ¿Phoenix depresivo? El caso es que lo hace tan sumamente bien que uno al final ya no sabe si es una farsa lo que está presenciando o es una realidad. Por tanto, y por último, no sabemos si estamos ante una obra cargada de ingenio, originalidad y cinismo (con viaje evasivo final incluido hacia los orígenes del actor), o si realmente esto es un infierno terrenal, una calamitosa existencia que, llegando a un punto del todo retorcido, decide ser documentada, mostrando al gran público todas sus vergüenzas, por el vagabundo errante que la protagoniza, esto es, Joaquin Phoenix. Y ahí, en esa incerteza, reside el punto fuerte del film que va aparejado indudablemente al buen hacer (ahora ya no sabemos si interpretativo o no) del actor, y a la capacidad de divertirse y de jugar con el espectador que tienen los autores de tan maquiavélica cinta.

7.5/10 

‘The guard’. Brendan Gleeson y poco más.

Floja. Así la veo yo. El hermano de Martin McDonagh (el padre de ‘In Bruges’), John Michael, se estrenaba con ‘The guard’. En cierto modo, tiene una pretensión de imitar el estilo familiar, sin embargo naufraga en el intento. ‘The guard’ está muy lejos de parecerse a aquélla.

El cineasta busca conseguir una película transgresora, rebelde y contestataria, caracteres asociados al personaje principal, un policía de un poblacho irlandés que nos muestra sus señas de identidad nada más comenzar la cinta (genial prólogo). No obstante, falla en el ingenio, en la originalidad, en el desarrollo para plasmar esto. La trama de mafiosos no convence, ni tampoco la investigación dirigida por Don Cheadle. Además, los personajes son excesivamente planos, a excepción del principal, lo que tampoco ayuda a meternos en la historia que nos pretende contar McDonagh.

Es, básicamente, el buen hacer de Brendan Gleeson y el carisma que rezuma su personaje, quienes sustentan a este film. Cuando él sale en pantalla, la mediocridad se torna interesante. Su pose de tipo duro, su ácida verborrea y su carácter pueblerino le otorgan una idiosincrasia placentera de ver. ¿Problema? Pues que tan jugoso personaje está en medio de una historia hueca, sosa y aburrida.

6/10

’50/50′. Una vida marchita que debe florecer.

La vida de Adam, recién cumplidos los veintisiete, puede etiquetarse de feliz. Trabaja en la radio, es decir, un curro que no desprecia. Está tiernamente emparejado con una mujer a la que quiere. Alterna momentos de ocio con uno de sus mejores amigos, Kyle. Llama de tanto en tanto a su madre, pasea por Seattle y toma café plácidamente. En fin, todo está en un estado de quietud, de felicidad pasiva que será trastocada cuando sienta una molestia en la espalda y le dé por ir al médico. ¿Cómo dice Doctor? ¿Un tumor? 

Lo que Jonathan Levine, en la dirección, y Will Reiser, en el guión, nos han representado es una auténtica tragedia. La caída a los infiernos de un muchacho que creía estar en lo más alto de la colina, viendo el mundo a sus pies. Adaptarse al severo tratamiento, priorizar sus preferencias y, sobre todo, no hundirse, puesto que su vida ya no será la misma en los próximos meses. Cambiará su manera de mirar a su alrededor. Su madre, su novia, su mejor amigo. ¿Qué he hecho bien y qué he hecho mal? Un interrogante al que dará respuesta, soltando lastre con unos y cogiendo impulso con otros, mientras se readapta a una nueva situación repleta de hospitales, batas, enfermos, quimioterapia y terapeutas.

La factura técnica es buena. Y es inevitable destacar que la historia se apoya en un reparto de alto nivel, en el que destaca, principalmente, un Joseph Gordon-Levitt que nos deja una interpretación maravillosa (de lo mejorcito del año). Seth Rogen está como siempre, genial. Mientras que los secundarios (Dallas Howard, Anna Kendrick, Anjelica Huston) cumplen con creces. Todos ellos dan vida a una historia tan jugosa, tan chispeante, tan bondadosa como estremecedora.

En fin, emotiva cinta la aquí brindada. Nos mete en el pozo, y nos enseña cómo es la vida entre tinieblas. No obstante, no deja que nos ahoguemos entre la amargura, el dolor y la rabia. Ante el mal tiempo, buena cara. Aprovecha el estar frente al precipicio para reflexionar acerca de qué es la vida, aquello del “no somos nadie”. Ello le valdrá para iluminarnos con un rayo de luz entre tanta oscuridad, enfrentando el problema, luchando contra los números y las probabilidades, dando un toque optimista (tampoco sigan al pie de la letra las instrucciones de Rogen) a una cinta muy agradable de ver. Una de las sorpresas de la temporada, altamente recomendable.

8/10   

‘Beginners’. Nunca es tarde para empezar.

Oliver no tuvo una infancia fácil. Sus padres no se querían, o él, al menos, eso era lo que percibía. Esa grisácea realidad le quedo impregnada en cada uno de sus flacuchos huesos hasta que cumplió los treinta y ocho años de edad. Su vida, en temas de amor, era calamitosa. Un auténtico solitario obstinado en no querer, en dejarse llevar por la corriente, arrastrado hasta el precipicio de la infelicidad.

Todo cambiará cuando su padre, tras el fallecimiento de su madre, le confiese ser gay, le confiese buscar una liberación personal. Salir de marcha, buscar novio, cambiar de vestuario. Una verdadera revolución que removerá la conciencia de nuestro protagonista, su manera de afrontar la vida, cuando conozca, ya con el recuerdo de su padre fallecido, a una nueva chica.   

Película pequeña, sencilla (en el buen sentido de la palabra). Ewan McGregor y Mélanie Laurent, nuestros protagonistas, están muy bien. Un romance que camina desde la tristeza más profunda hasta una quieta, sosegada y tímida felicidad. En definitiva, un guiño al amor acompasado por un Christopher Plummer en estado de gracia.

7/10 

‘Kill Bill: Volume 2’. Venganza (II).

La pedantería se descubrió de nuevo ante Tarantino. Todos aquéllos que lo habían degollado por su Volumen Primero, caían rendidos a sus pies ahora, hipnotizados por una palabra que no podían quitarse de la mente: diaaálogos, diaaálogos, diaaálogos. Estaban perplejos, ellos que ya habían perdido la fe después de todo, babeando con vocablos tales como profundidad, riqueza, complejidad o diaaálogos. “Este sí es nuestro Tarantino”, exclamaban enloquecidos, con los ojos desencajados, mientras prendían fuego a la caja que contenía el dvd del primer volumen y, ya de paso, al póster de regalo que incluía. Quizás sea un tanto necio, pero a mí el personaje de Black Mamba me parecía lo suficientemente profundo en el primer volumen. Al menos, si eres capaz de desatar tu estrechez de miras y lo analizas dentro de la profundidad que cabe exigirle a una historia ¡atención señores! de acción.

Nuevamente la cinta vuelve a estructurarse en torno a cinco capítulos: la masacre en Two Pines; la solitaria tumba de Paula Schultz; el cruel tutelaje de Pai Mei; Elle y yo; cara a cara. Sin embargo, en este segundo volumen, Tarantino se torna mucho más moderado. La violencia irracional, desmedida y explícita de la primera entrega (básicamente, de su capítulo quinto), desaparece ahora. El final es cercano, y a Bill todavía no le conocemos. Es su momento, y de hecho tendrá dos capítulos que le rendirán pleitesía (primero y último). Luego, habrá uno destinado al aprendizaje en las artes marciales de la Novia, más uno para cada nombre de la lista (Elle y Budd).

En líneas generales, la cinta vuelve a ser de sobresaliente. Si en la primera había una focalización desequilibrada en torno al personaje de O-Ren (con un último capítulo un tanto largo en su metraje), aquí la hay con Bill. Pero, en cualquier caso, me quedo con el episodio de Budd, ese pobre y desgraciado con final tan infeliz al que da vida el siempre bravo Michael Madsen.

La esencia de la primera película sigue intacta. Artes marciales y venganza. No obstante, ya no hay tanta violencia irracional (salvo el capítulo de Elle), y sí más peso a los diálogos. El primero sí es una pieza maestra, y el tercero vuelve a rendir total homenaje a las artes marciales por la vía del aprendizaje. Al contrario de lo que muchos piensan, el último capítulo, pese a todo, no me cautiva. Tarantino se preocupa en demasía de “aclarárselo” todo al espectador a través del suero “de la verdad”, fórmula, como ya ven, del todo ingeniosa y profunda. Esto es, el genial cineasta falla en lo que el nunca falla: chispa en los diálogos. ¡Me importaban tres bledos y un pepino los motivos que tuviese Bill para hacer lo que hizo! De hecho, el propio personaje afirma ser un “natural born killer”. Pero es que señores, ¡eso ya lo sabíamos! ¡Ay con los diálogos! ¡Vaya que profundidad le han dado a Bill los malditos diálogos del último capítulo! En fin, no critico los diálogos de Tarantino. Ni mucho menos. Lo que critico es la pedantería de muchos que se enfurecen cuando aparecen katanas, pero saltan de alegría cuando se enteran de que Bill era un niño caprichoso de 70 tacos que tuvo un arrebato de celos cuando la Mamba lo dejó, y por eso fue a por ella. Qué fuerte, tía. Ah, se siente, había un diálogo de por medio.

A lo que vamos, genial historia que cabe enjuiciarla en compañía de su primer volumen. Atendiendo al conjunto, encontramos un prólogo  magistral (capítulo 2 y 6), una galería de personajes variada, pero que sólo gana en riqueza cuando le interesa al maestro (capítulo 3 para O-Ren, parte del 6 y 7 para Budd, y destellos para muchos), un contexto atractivo como el de las artes marciales (grandes capítulos el 4 y el 8), la venganza, pura y dura, como leit motiv (capítulo 1, 5 y 9) y la lucha de titanes, del todo sentimental, al final (capítulo 10). En fin, atractiva, compleja y maestra combinación entre tres de las pasiones declaradas del cineasta de Knoxville: artes marciales, violencia y Uma Thurman.

9/10

‘The artist’. El cine como motivo de vida (II).

Michel Hazanavicius, del que hasta la fecha nada sabía, se ha convertido en el auténtico referente del año 2011. Su nombre, y el de su película, aparece en todas las quinielas relativas a los grandes premios (especialmente, Globos de Oro y Oscar). Faltará ver si lo remata, aunque estando los Weinstein de por medio, parece cosa fácil. En cualquier caso, tiene merecida la recompensa brindada por la ola inflacionista que se ha montado a su alrededor.

Bien, a lo que vamos. El cineasta consigue aquí una obra muy agradecida de ver. Estamos en el año 1927, y George Valentin es un auténtico astro del cine mudo. Sus fans corretean detrás de él, la prensa se muere por sacar una estampa suya, la querida esposa vive a tutiplén, y los productores de la Kinograph permanecen encantados con “la máquina de hacer dinero”. Sin embargo, ahí está, ha llegado, es el progreso tecnológico. ¡Oh! ¡Los actores hablan! ¡No más gesticulaciones! ¡Abrán paso a las nuevas generaciones! Y el pobre Valentin, lleno de orgullo, se quedó fuera de sitio, viendo como se pasaba de una época a otra en apenas un par de meses. Y en ese tránsito, brilla con luz propia Peppy Miller, antaño admiradora y extra en las cintas de George, ahora auténtica musa de Hollywood. 

‘The artist’ es un enternecedor homenaje al cine. Hazanavicius destripa las glorias y las miserias del mismo, o sea se Hollywoodland, a través del personaje a quien da vida un fabuloso Jean Dujardin. Repite la fórmula de ‘Sunset boulevard’ (1950), aunque de un modo más “original” y cómico, sin caer en el drama y la tristeza profunda. Ahí juega un papel fundamental Peppy, una de las sorpresas del año, es decir, Bérénice Bejo. Nadie duda ya de su telegenia, de su encantadora interpretación. Esa estoica lucha en no dejar caer al antaño mito, arengada por la nostalgia, por el romanticismo, por un amor (casi) platónico, es una de las claves de bóveda de esta cinta. 

En fin, bonita historia que supone un sentido homenaje al cine, sustentado todo en uno de los idilios más tierno de la temporada.

8/10  

‘Kill Bill: Volume 1’. Venganza.

“Cuando la fortuna te sonríe al llevar a cabo a algo tan violento y feo como la venganza, es una prueba irrefutable no sólo de que Dios existe, sino de que estás cumpliendo su voluntad” (Black Mamba).  

“La venganza es un plato que se sirve mejor frío” (Viejo Proverbio Klingon).  

Beatriz Kiddo, Black Mamba o la Novia. La pueden llamar como más les plazca. El caso es que los tres nombres designan a un mismo personaje, pieza capital de la sanguinolenta obra de Quentin Tarantino, ‘Kill Bill’, el cual es interpretado por la sensacional Uma Thurman, actriz fetiche del excéntrico autor cinematográfico.

Estamos en El Paso, Texas. Una mujer, suponemos, es feliz, pues ni más ni menos que celebra su boda en una capilla polvorienta perdida en mitad del árido desierto que tanto le gusta retratar al bueno de Quentin. De pronto, aparece el “Escuadrón Asesino Víbora Letal”, antaño compañeros de fechorías de Black Mamba, integrado por Vernita Green (Vivica A. Fox), O-Ren Isii (Lucy Liu), Elle Driver (Daryl Hannah), y Budd (Michael Madsen), y dirigido por Bill (David Carradine). Le han traído su particular regalo de boda: la muerte por la vía del linchamiento y el disparo a quemarropa. La Novia susurra, como pidiendo clemencia, y exhala… “es tuyo, Bill”.

Decía el rudo sheriff, “fíjate: cabello color heno, bonitos ojos, es como un ángel ensangrentado“. Tenía razón en lo de ensangrentado, pero erraba, al igual que Bill y su escuadrón, al suponer que esa sangre iba asociada con la muerte. La Novia vivía. Aguantaría cuatro años y medio en estado de coma, y despertaría con una terrible imagen clavada a fuego en su mente: Bill metiéndole un disparo en el cráneo. Lo tenía bastante claro: una lista, cinco nombres y venganza.

La cinta queda estructurada en cinco capítulos: 2; la Novia ensangrentada; el origen de O-Ren; el hombre de Okinawa; ajuste de cuentas en la casa de las hojas azules. De éstos, el primero contendrá la primera venganza mostrada (que realmente será la segunda) contra Vernita Green, el segundo nos mostrará el prólogo necesario para situar al espectador, y los tres últimos, con un peso central en la película, muestran la esencia de esta primera cinta de la saga,  alimentada por katanas, tradición japonesa y combates. 

Los feligreses del moderno autor no acababan de ponerse de acuerdo en torno a ‘Kill Bill’. Unos la admiraban, otros la repudiaban, y los últimos no la comprendían (¿qué pinta esto en su carrera?). Sólo por la adictiva y extraña banda sonora, o por la singularidad del tercer capítulo (anime japonés), yo ya estoy en el primer saco. Aunque hay más, pues Quentin Tarantino se servía de algo tan placentero, cuando eres un amante de la violencia explícita y la sangre a borbotones (cinematográficamente hablando), como la venganza, para rendir un auténtico homenaje a las artes marciales. El cineasta combina dos de sus pasiones (¿acaso pueden ir separadas?), violencia y artes marciales, para conjugar una obra mítica, talentosa y genial.

9/10 


‘The brood’. Tan genial como errática.

Frank y Nola lo dejaron estar. La mujer, probablemente, era demasiado inestable para el carácter de él. De hecho, está internada en un centro psiquiátrico. Comparten, eso sí, una hija en común, la cual visita a su madre de tanto en tanto como parte de la terapia. El problema vendrá dado cuando el padre se percate de que la niña está repleta de moratones. ¿Qué ha sucedido ahí?

David Cronenberg repetía la receta en cuanto al origen de su historia: enfermedad mental e innovadora técnica curativa. Todo, ya saben, conducirá a una explosión que escupe, casi siempre, mal, devastación y sangre. De un modo u otro, ‘Cromosoma 3’ (como fue horriblemente traducida aquí) me parece un desperdicio (daba para más) en la carrera cinematográfica del canadiense. El cineasta se vuelve más pulcro, más metódico, buscando compaginar la esencia de su cine con los toques necesarios para obtener un thriller de clase, una intriga con un trasfondo terrorífico que viene dado por unos maléficos e inquietantes niñitos satánicos.

Con todo, la cinta no está del todo mal. La introducción y el núcleo central son notables, cumpliendo su cometido del “thrill”, pues te mantiene en suspense por ver a qué se deben tales atrocidades, tan sangrientos crímenes. Posee escenas de  puro terror que nada tiene que envidiar a los grandes clásicos del género. Falla, no obstante, en la resolución de la trama. Un final poco imaginativo que no acaba de estar a la altura de lo esperado. Le faltó dar la puntilla al tarado de Cronenberg.

7/10