‘Barton Fink’. El arte de escribir, las miserias de Hollywood y el cine de Lynch.

Barton Fink, interpretado magistralmente por John Turturro en una actuación digna de admiración, es un guionista reputado dentro del mundo del teatro. Es un romántico de la escritura, esa clase de tipo que no mide el éxito con criterios monetarios, sino que le da gran importancia al valor de sus obras, a la función que realiza complaciendo las inquietudes culturales de los que para él son su gran público: el proletario, el trabajador de a pie.

A regañadientes aceptará una oferta de un productor de Hollywood, cambiando su New York natural y el olor a pescado en las calles por un hotel cochambroso en la calurosa Los Angeles. Su trabajo, de encargo, será escribir un guión chapucero, rudo y patoso para una película de acción de serie B interpretada por un tal Wallace Dee. Encasquillado en tal, para él, antinatural oficio, tratará de concentrar su mente mientras busca cierta motivación intelectual en su vecino de habitación, un John Goodman soberbio.

Entre sus puntos fuertes encontramos las interpretaciones ya mencionadas, tanto de Turturro como de Goodman. También el humor negro que destilan expresiones tales como “el alcohol es el lubricante social”, o la vorágine interna del escritor y el calco de tono parodiante que los Coen le dedican a Hollywood y sus entresijos. Tiene en su contra la lentitud de su ritmo, el exceso en la minuciosidad, dando sensación de ser una obra angosta, difícil de digerir y que, como mayor crítica negativa, se queda a mitad caballo entre sacar a relucir, en tono coeniano, las miserias de la industria del cine, y por otro lado  mostrarnos el colapso creativo del escritor, sus inquietudes y frustraciones, dando como resultado un híbrido que no acaba de satisfacerme.

Esconde un homenaje a la dignididad del escritor, saboteada ésta por el verde del dólar hollywoodense (de ahí el consecuente colapso de ese particular hombre de nombre Barton Fink).  Todo es culminado con un final (aunque comienza a mediados del film) con cierto aire al cine de Lynch, en el que, además, el mundo visual que hasta el momento los hermanos Coen transmítian con su notoria personalidad, se viene abajo mediante una pedante postal marinera y un pasillo ardiendo en llamas. Ciertamente enrevesada. No es de lo mejor de los Coen, pues en su conjunto es bastante irregular.

‘Sunset Boulevard’. Ese Hollywood miserable.

Norma Desmond fue una gran actriz en su día. Una estrella del mundo de Hollywood a la que parecía que jamás se le acabaría el brillo. En su tiempo, fue la musa del gran Cecil B. DeMille, una diosa en la gran industria del cine norteamericano. Sin embargo, sus tiempos fueron los años 20. Ahora, han pasado  dos décadas desde entonces, y el cine mudo ha terminado. La llegada de los micrófonos, de la voz, de los diálogos al cine, le han desbancado de su posición de diva. Su gran mansión en Sunset Boulevard, ahora abandonada y cochambrosa, nos da una idea de lo que fue en su día, y de lo que es actualmente. Su ego la ha recluido entre los muros de ésta mansión. Su única relación social la entabla con su mayordomo y ex-marido Max. Ha caído tan fondo, sus miserias son tan profundas, que el funeral de un mono es celebrado de manera solemne. No ha sido capaz de digerir la realidad. Ya no es una estrella, no es una diva. Por mucho empeño que ponga en ello. Por mucho que decore la casa llena de fotografías suyas en pleno esplendor. Por mucho que cada día proyecte en su particular cine un film suyo. Por mucho que siga actuando y montando sus numeritos personales. Por mucho que trabaje en un futuro guión rendido a ella. Por mucho que invierta miles y miles de dólares en tratamientos estéticos. Norma Desmond, interpretada a las mil maravillas por Gloria Swanson, subió a los altares de Hollywood, pero, por mucho que le cueste asumirlo, ha caído hasta los infiernos.

Joe Gillis, no es más que un guionista de tres al cuarto. En su día fue un escritor con ambiciones, que ansiaba conquistar Hollywood, vivir como una auténtica estrella, en una mansión de aquellos dorados años 20, con piscina propia. Hoy, todos aquellos sueños los ha perdido. Las deudas le persiguen. Sus guiones son espantosos. En su intento desesperado por salvar su propio coche, acaba refugiándose en la mansión de la desgraciada Norma Desmond. Aquel guionista con mil sueños por conseguir, se ha convertido en un víctima más. Una víctima, ¿y quién no lo es en Hollywood?, que apela a su instinto de supervivencia aceptando, en primer lugar, el trabajo de ‘corregir’ el guión de Norma para finalmente acabar siendo un alma en pena que prefiere el dinero de su madame antes que el amor de una bella e inocente muchacha. 

El maestro Billy Wilder nos relata a través de esta particular relación entre una antigua diva hollywoodense y un guionista que jamás alcanzó ese status, las miserias y penas de ésta industria. El paso de vivir entre lujos y éxitos, rodeada de amigos infinitos, de alcanzar la gloria, de tener el mundo a tus pies a vivir en un auténtico infierno. Un infierno en el que los únicos amigos que te quedan son las ‘estatuas’ que te acompañan en tus partidas de cartas. Aquel coche imperial al que la Paramount le interesaría utilizar. Ese marido y cineasta que parece ser el único que permanece a tu lado, pues su amor es imperecedero. Un puñado de fotos de fans ficticios. Y un nuevo ‘amor’, Joe Gillis, en el que centrar tus ilusiones inventadas, en el que desfogar tus anhelos inconquistables. Un amor al que comprar con el verde del dólar. Después de todo, sólo queda una escalera por la que descender como una diva ante la atónita mirada de las cámaras de Hollywood, y una piscina en la que acabar flotando como culminación de un sueño.

Sunset Boulevard es un magnífico relato de la caída al mundo terrenal de personas que en su día soñaron con tocar el cielo. Personas que añoraban vivir años dorados. Sin embargo, el negocio es el negocio, y la lógica de Hollywood se mueve a través de los números, no de los sueños. Uno no siente más que lástima al ver esos productos, esos juguetes rotos de la industria de Hollywood. Esos derrotados como Joe Gillis (vendido al dolar antes que al amor) o Norma Desmond (todo un ejemplo de lo difícil que es saber conducir el olvido). Lástima de comprobar que una cosa tan bonita como el cine, se creé (en algunos casos) a través de algo tan repugnante y destructivo como es Hollywood. Ese mundo donde la ilusión y el engaño van cogidas de la mano. Un mundo retratado a las mil maravillas por el gran Billy Wilder.

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