‘El protegido’. La mejor película jamás hecha sobre un superhéroe (y un villano).

De chaval conocí ‘El sexto sentido’. La firmaba M. Night Shyamalan, un desconocido para mí hasta ese día. Era una noche de verano y yo no la había visto de estreno. Por suerte, había sido inmune a la sorpresa de esa peli, nadie me la había desvelado. Pronto comprendí que ese sexto sentido iba formar parte de mis recuerdos de cine más profundos (de hecho, fue mi primer DVD). Con esas, recuerdo, aún de chaval, que se estrenaba “El protegido”, la segunda película del mismo autor. La esperaba como agua de mayo, y fuí con la familia a los Cines de El Osito, con ansias de saber con qué me iba a encontrar. En cuanto vi a ese médico de Philadelphia con la cara desencajada tras tomar en sus brazos a ese bebé llorón. En cuanto ví a Bruce Willis quitarse el anillo en un vagón de tren. En cuanto ví a ese niño del revés viendo en las noticias del telediario como había descarrilado el tren de su padre. En cuanto ví “El protegido”, comprendí que ya no había remedio, que mi amor por el cine de M. Night Shyamalan iba a ser imperenne y eterno.

‘El protegido’ es una de esas historias que se va cociendo a fuego lento, haciendo de la parsimonia la mejor de sus virtudes. Desde el primer momento, M. Night Shyamalan nos deja claro que esto va de dos tipos. Uno es negro, le apodan ‘Don Cristal’ y su porte contagia cierto aire tenebrista. Otro es blanco, silencioso e infeliz, destilando su porte, en cambio, mediocridad al por mayor. Los miedos de ambos, sus frustraciones, sus dilemas interiores, todo es  retratado a las mil maravillas por el autor indio, quién pincela las líneas de ambos dos. La enfermedad de Elaya marca su personalidad desde su nacimiento hasta su madurez, minándolo terriblemente, encontrando, no obstante, el salvoconducto del cómic en su infancia (gracias a su madre), dándole, esos libritos llenos de dibujos y bocadillos, un sentido a su vida. Por su parte, David tampoco ha encontrado su sitio. Iba para estrella del fútbol americano pero lo abandonó por amor, el amor de su esposa. Sin embargo, su infelicidad parece haber contagiado a su matrimonio, incluso la relación de él con su hijo. Un trágico accidente, un único superviviente y la llegada de Elaya, con su particular nota (¿cuántas veces ha estado enfermo?), serán acontecimientos suficientes para ahondar en lo profundo de sus recuerdos, de sus traumas, para acabar dándole, también, un sentido a sus vidas.

La puesta en escena te adentra en la sublimidad. Cada plano es de una belleza y de un poderío visual que tan sólo pueden venir de un hombre de refinado estilo. Su artesanía visual es gozosa a los ojos de los espectadores, deleitándonos con su estética, con su minuciosidad y detallismo a la hora de retratar esa intriga tan lenta, tan fría, tan milimétrica como cautivadora. La mirada a través de la cámara de M. Night Shyamalan encandila desde el primer plano, nos brinda determinadas escenas que si quisieran podrían copar esas huecas listas de momentos memorables en el cine. Además, la banda sonora, a manos de James Newton Howard, sirve como un complemento ideal a lo que vemos en imágenes. Conviene hacer referencia, de nuevo, al ritmo impuesto por el autor, el cual va dando pasos cortos pero certeros, avanzando lentamente en la intriga para alcanzar un éxtasis total a partir de la escena de la estación del metro, dejándonos ya boquiabiertos hasta que veamos aparecer los títulos de crédito.

Homenaje al mundo del cómic en el que el cineasta indio combina de magistral manera la ficción y la realidad. La justicia, el poder, la bondad, el asombro que suscita ese superhéroe, se combinan con las fatigas y los problemas terrenales, con enfermedades y traumas de difícil curación, brindándonos un superhéroe y un villano tan fantásticos como mundanos. Una historia increíble, espectacular, sencilla, apasionante. El mejor retrato que yo haya visto jamás de un superhéroe, y de un villano. Entre mis favoritas.

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