‘Rocky’. La inolvidable historia del “Potro italiano”.

En 1976 se daba a conocer Sylvester Stallone gracias a ‘Rocky’, película que, atención, conseguía vencer dos de los más reputados Oscar al alzarse con las estatuillas a la mejor película y al mejor director. Tildada por muchos como una cinta más de acción y combates, lo cierto es que a este sentido y enternecedor drama no se le ha hecho la justicia que merecía, pues pocos son los que se han atrevido a meterla en la lista dorada de las obras maestras.

Rocky Balboa es el auténtico protagonista de esta historia. Un boxeador de treinta años de edad que se deja los huesos y la salud en sucios cuadriláteros a cambio de cuarenta míseros dólares. Nadie confió en él, nunca. Es por eso que el “Potro italiano”, como se le conoce en el mundo de la boxa, está en el crepúsculo de su carrera, terminando sin pena ni gloria. Mientras, el Potro se gana la vida como buenamente puede, es decir cobrando deudas pendientes para el “Ganso”, el matón local. Sus horas libres las aprovecha tratando de cortejar a Adrian, la hermana de su mejor amigo, Paulie. Hombre de pocas palabras, y de pocas luces, Rocky se pasea por su barrio tratando de conseguir una vida mejor para él y para quiénes le rodean.

Lejos de la periferia, de los bajos fondos de la ciudad de Philadelphia, hábitat natural de Rocky Balboa, se encuentra Apollo Creed, actual y glamouroso campeón del mundo de los pesos pesados. En las cercanías de la reválida del título, su contrincante se cae del cartel por lesión. ¿Qué hacer? ¿Cómo subsanar tal contratiempo? Démosle una oportunidad, pensó Apollo, a cualquier chico de la ciudad. Será un buen espectáculo.

Película arraigada en un americanismo profundo, desprendiendo ese espíritu liberal asociado a la tierra de las oportunidades. La historia se recrea así en el sueño, en la ilusión, en la gran oportunidad que parece tenernos reservada el sistema a todos y cada uno de nosotros. A unos (cada vez son los más), lastimosamente, jamás les llega. Otros la ven pasar delante de sí y no caen en la cuenta. Y, por último, están quiénes como Rocky se entregan a ella con esfuerzo, trabajo, constancia y devoción. 

En fin, yo sí me atrevo, sin tapujo alguno, a etiquetar a ‘Rocky’ como una auténtica obra maestra. Conmovedora historia que explota el carisma de su personaje principal. De las miserias y penurias a la gloria y el disfrute. De la derrota sempiterna a la satisfacción del trabajo bien hecho.  Todo acompañado por el mítico ritmo marcado por Bill Conti, el buen pulso de Avildsen para las escenas de combate (tan sólo hay dos) y el estimable trabajo de fotografía de James Crabe. Un lujo. 

9.5/10

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