‘Marathon man’. Señora Intriga.

Buena intriga servida a fuego lento por John Schlesinger. De inicio, puede descolocar a uno. No obstante, el poder de atracción que irradia te mantiene pegado a la pantalla durante sus dos horas de metraje. ¿Qué sucede? ¿Por qué? No sudamos como Hoffman, mítico hombre maratón. Pero sí se nos descompasa el corazón, rozando la taquicardia, cuando vemos la que se le viene, de modo repentino, encima.

Un excelente guión, compacto y sin fisura alguna, escrito por William Goldman a partir de su propio material literario, que nos zambulle en una historia irascible como pocas, radiografiando a uno de los mayores canallas del siglo XX (se basa en Josef Mengele): un nazi refugiado en la hospitalidad de los tiranos latinoamericanos de los años 70. ¿Pagó por sus pecados cometidos? Lacerante escena la brindada por Schlesinger cuando el “Ángel Blanco” es reconocido en pleno asfalto neoyorquino. Aunque no es sólo eso. No sólo salió impune de aquella barbarie llamada Auschwitz, sino que también se lucró, y se lucra, (diamantes y oro) de la raza que él, y los suyos, consideraban degenerada. Todo esto salpicará, de refilón, a un incoformista chaval que únicamente soñaba con correr una maratón.

La factura técnica es intachable. Grandes nombres en nómina: Schlesinger (dirección), Conrad Hall (fotografía), William Goldman (guión) o Laurence Olivier, Dustin Hoffman y Roy Schreider en el reparto. Casi nada. Todo puesto, como ya se ha dicho, al servicio de una obra que nos contagia su frenético pulso. Su montaje, aún con apariencia aparatosa y caótica, tan sólo busca esconder una sencilla y simple historia que arrancará, de modo desbocado, a partir de la segunda mitad del film: la historia de un canalla, un sinvergüenza sin escrupulos que arrasó, y arrasa, con todo lo que le obstruía su necio camino. Allí, sin quererlo, estaba Babe Levy. Estudiante brillante de Columbia y ferviente atleta.

8/10

Spoiler

Un viejo alemán sale del banco. De vuelta a casa, se topa con un grosero conductor. Se enzarzan en una discusión que termina de modo fatal: muertos en accidente de coche.

Todo cambia a partir de ahí. ¿Por qué? Porque resulta ser el hermano de un nazi de cuidado. Un tipo que amasa una auténtica fortuna en forma de diamantes, la cuál descansa en las cuidadosas manos (o en la llave) de su hermano, el ahora fallecido. Temeroso por una conspiración de sus empleados, el Jefazo Nazi, escondido en Uruguay, saldrá de su guarida para alzarse con su ansiado botín. Y señalará con el dedo a un claro sospechoso de la muerte de su hermano: Doc, una especie de policía que trabaja para él como correo. 

El resto, ya es bien conocido. Un inocente hermano que se verá, sin quererlo ni beberlo, en la boca del lobo. 

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‘Dead set’. ¿GH + Zombies? Pues sí, existe.

Los británicos están comenzando a cogerle el gusto a esto de hacer historias que graviten en torno al manido mundo de los zombies. Por lo que sea, da dinero y éxito. Una franquicia como ’28 days later’ (2002) es buena prueba de ello, también ‘Shaun of the dead’ (2004), en clave más coña. Con todo, lo que no esperaba era ver una cosa como ‘Dead set’.

Jodidamente retorcida es la mente de Charlie Brooker. ¿En qué momento de su vida decidió escribir un guión que contara una historia zombie, pero con GH de por medio? La mezcla es extraña, pero conseguida. El humor negro se impregna en cada plano de este producto que satiriza el infame mundo del reality show. ¿Quiénes lograron sobrevivir a un contagio masivo del virus zombie? Sí, acertaron. Son ellos, los concursantes de Gran Hermano.

A partir de esta mezquina, atinada y graciosa idea que sólo podía provenir del humor inglés, Yann Demange, director de la miniserie, expondrá lo de siempre: supervivencia adrenalínica. Nos hará sentir el aliento putrefacto de los muertos en nuestros cogotes. Lo caramelizará, lo dramatizará. Depende del momento. Sin embargo, el final, por rotundo y cachondo (gran confesionario), esencializa lo que es ‘Dead set’: una sátira apocalíptica acerca de un vergonzoso icono televisivo como es GH.

6.5/10   

‘A Bronx tale’. Calogero.

La historia, (casi) biográfica, diría yo, gravita en torno a la vida de Calogero, un chaval nacido en el Bronx, Nueva York. Se ha dicho muchas veces que, durante aquélla época (el film se inmiscuye en los años 60), el éxito en un barrio como este tan sólo podía llegar a través de un par de vías: iglesia o mafia. O eso, o ser un pringado más del barrio, un tipo de esos que debe trabajar diez horas diarias para poder pagarse una butaca en la quinta azotea del Yankee Stadium.  Aquí, la vena católica se toca de refilón, centrándose plenamente en el paisaje gangsteril que cautivó la mirada del joven Calogero. La lucha doctrinal entre el honrado padre, un sensacional Robert De Niro, y el Maquiavelo de los trajes caros, el capo local Sonny, será la pauta que marque el ritmo del film. Crecer, vivir y socializarse en un barrio de marcadas tradiciones gangsteriles. ‘A Bronx tale’, además, tiene el valor añadido de haber sabido plasmar otro aspecto importante de aquellos años: el odio racial. La violencia irracional que se contagiaba entre blancos y negros, ésa que trazaba fronteras entre las esquinas de un mismo barrio. 

Esta cinta podría haber sido manufacturada sin problema alguno por Martin Scorsese, brindándonos otro fresco bañado por ese costumbrismo gangsteril que tantó le gusta pintar (aunque sea con cámara en mano). Sin embargo, aquí fue el discípulo el que pedía paso. Era el momento de que Robert De Niro tomará las riendas, y siguiera la senda del maestro. La brillantez narrativa, a pesar de algún extraño tic, nos adentra, de lleno, en las entrañas del barrio, en esta historia del Bronx ideada por Chazz Palminteri. 

Palminteri lo borda, brindando una extraña sensación que combina la admiración y la repugnancia por ese mundo. Un mundo violento, temeroso y vengativo, que siempre salda las cuentas pendientes (váya escena final) y en el que uno no puede confiar en nada ni nadie. Lo sabía Lorenzo Anello, su padre, pero también Sonny LoSpecchio, su mentor. Ambos, desde distintos escalafones (el hogar y la calle), le enseñaron una sabia lección: no malgastes tu talento, no subas al coche equivocado. Anda con paso firme, no te metas en líos, sé feliz sin mirar color y olvídate de los capullos que te rodean, pues éllos pronto se olvidarán de tí. A Callogero, entre ambos, le salvaron la vida. Por eso, ahora que ya se ha hecho mayor y lo entiende, siempre les estará agradecido.

* Añadir que el fichaje de Robert De Niro para el papel principal, Lillo Brancato, no acabó de aprender la lección para su desgracia, pues desde 2005 está a la sombra .

9/10

‘Super 8’. Valor añadido.

En busca de aire fresco, evadiéndome del sofocante calor de la calle, acudí (como buen feligrés) a una sala de cine cualquiera de la ciudad. Allí, pretendía oxigenar mis pulmones y cocotera. La entrada, con tal de cumplir aquélla misión, ya hacía tiempo que tenía nombre y apellidos: Super 8. El resultado no podía ser más satisfactorio, y es que cuando uno acude plenamente virgen a una sala de cine, sin saber lo que allí va a encontrar, la impresión puede ser del todo extrema. O flipas, para bien, con lo presenciado, o puedes ir buscando la puerta de salida. Aquí fue la primera sensación, pasando ya el título de “Super 8” a la categoría de mítico: cuidadito, junten esta obra con la primera grabación de Los Planetas. Ahí es nada.

No es tarea fácil manufacturar una cinta del calibre de ‘Super 8’. De ahí, mi admiración instantánea. Veámos, el dúo mágico aquí reunido (J.J. Abrams & Steven Spielberg) consigue transportarnos, de nuevo, a los años 80. Jodido (o más bien, extraño) pero veraz. Sólo con el póster (con ese aire retro a ‘Blade runner’ o ‘Star wars’) ya nos enganchamos a tan nostálgica fórmula. A medio camino entre ‘Stand by me’ (1986), ‘The goonies’ (1985) y ‘E.T.’ (1982), esta cinta consigue combinar, de un modo extraordinario, una serie de historias simultáneas que concurren con el fin de depararnos una aventura que hará las delicias de los pequeños, y los no tan pequeños (cuidado con ciertas escenas inquietantes con alma lostie).

El motor de combustión de esta pueril historia de aventuras, no es otro que un sentido homenaje (ya desde el título) a ese formato cinematográfico tan de andar por casa, el mítico Super8. Todo comenzará cuando unos chiquillos, rodando una cinta cutre de zombies, presencien un accidente ferroviario. Será la chispa que encienda la mecha para flamear un cocktail cargado de amistad, inocencia, amores juveniles, aflicción, ternura, músculo, comicidad y, sobre todo, un inquietante misterio por resolver en forma de ferrocarril descarriado. Todo servido mediante un guión tan chispeante como ingenioso, con un humor muy atinado y un punch que te mantiene en estado de vilo durante los 110 minutos de su metraje comercial.

Tiene el “valor añadido” de haber sabido tocar bastantes palos (aventuras, terror, romance, drama, ciencia-ficción, intriga) y que haya sonado, de tal mezcla, una buena melodía. Es, sin duda alguna, la obra maestra de J.J. Abrams, un gran vendedor de humo que aquí sustituye éste por la calidad de un homenaje nostálgico a los dorados, cinematográficamente hablando, años ochenta.

8/10

‘Rise of the planet of the apes’. El nacimiento de la especie dominante.

La Fox se atrevía de nuevo, diez años después de la burtoniana versión simiesca, con la fórmula mágica que alumbró Franklin J. Schaffner en 1968. Se trataba ahora, no obstante, de realizar una precuela de aquella mítica, nostálgica y meritoria cinta de título inolvidable: ‘The planet of the apes’.

¿Por qué? Amanda Silver y Rick Jaffa, dos mediocres guionistas, se basan en el material literario de Pierre Boulle, para resolverle al gran público la incógnita que envolvía la cuestión de la génesis del imperio simiesco. No se trata aquí de llevar a cabo un tratado darwinista, ni mucho menos. Basta con hilar una historia digna, que no sea muy compleja pero tampoco muy simple, añadiéndole ciertos toques sentimentales de por medio y, sobre todo, dejándose llevar por el ritmo que marca un compás trepidante y adrenalínico.

Del todo ello se encarga Rupert Wyatt, quién resuelve la faena de transmitir esta purificación de la especie, de un modo excepcional. Impregna a su narrativa de un poderío visual, sobre todo a partir de la segunda mitad de la cinta, que sirve para sumergirnos, de lleno, en la vorágine de acción, aventuras y devastación aquí presentada . ¿Qué hay de la estrella del cártel, James Franco? Bueno, su limitada expresividad mantiene el peso de la primera parte de la película, con el tema de la cura y demás. Luego, la estrella son los primates, principalmente un sensacional Andrew Serkis.

En fin, digna combinación entre drama y acción, entre simpleza y complejidad, que sirve para abrir el telón al distópico mundo que se encontró Charlton Heston.

7/10

‘Alien resurrection’. Indigna.

En 1997, alguien tuvo la brillante idea de que aún era posible explotar la fórmula mágica del Alien, ésa que ya parecía cerrada, cinco años antes, con la obra de Fincher. En fin, lo de “la pela es la pela” se impuso, y decidieron, a qué mala hora, hacer el encargo a un brillante cineasta, Jean-Pierre Jeunet, quién todavía debe estar preguntándose el porqué de aceptar esta manufactura.

La cosa no está mal resuelta del todo, es cierto. El hándicap principal de esta impostada resurrección no es otro que la salida de tono, la falta de sintonía con sus tres hermanas. Es decir, como cinta entretenida, ‘Alien resurrection’ cumple. Nos brinda, además, una magnífica escena de acción acuática (de largo, lo mejor del film). Sin embargo, el afrancesamiento alienígena se nos atraganta, básicamente porque lo presenciado no era lo que uno esperaba.

En fin, el ingenio visual de Jeunet, más próximo que nadie al canon tenebrista fijado por Scott, no sirve para nada en esta ocasión. La caricatura dada a los míticos personajes del 79, creados por Dan O’Bannon y Ronald Shusett, es absolutamente desmedida e innecesaria. De tan deformada (con mutación alienígena de Ripley, incluida), acaba evocando la risa y el jolgorio, más que el terror y la inquietud. Patraña futurista, soez y casposa, que supone un indigno final a una saga con estrella.

5.5/10 

‘Alien 3’. Fincher y el apocalípsis alienígena.

Así de primera mano, la historia de ‘Alien 3’ atrae mucho. La idea de combinar Fiorna 161, una cárcel espacial dónde se reúne lo mejorcito de cada casa, con nuestro entrañable amigo el Alien, fue un punto de ingenio que cabe anotar en el haber de Walter Hill y David Giler, compañero habitual de fechorías del primero. Sin el amparo visual de James Cameron, y con un Ridley Scott que ya nada quería saber de esta franquicia, la cosa quedaba en manos de un joven y prometedor cineasta, un tal David Fincher.

La cinta consigue superar, sin apuros, la cima de la redundancia. Es una losa ser la tercera parte del puzzle, pero ‘Alien 3’ carga bien con élla, sabedora de que forma parte de una saga mítica, aún de calidad decreciente, aguantando bien, por tanto, el envite. Fincher se maneja con oficio, demostrando sus buenas dotes para esto del séptimo arte y dejando como carta de presentación un par de escenas (la caída final + famoso affaire viscoso) que suponen la cima de una narración, de marcado acento apocalíptico, que no entiende de edades, ni de madurez, pero sí, y mucho, de poderío, impacto y firmeza.

No obstante, el pobre y novel cineasta se pone a los mandos de una nave de bajos vuelos. El punto a favor dado a la premisa de los guionistas, se va restando conforme avanzan los minutos y comprobamos que esto no es lo que parecía. Todo queda un tanto descompensado (el papel del doctor es paradigmático), sin lograr equilibrar la balanza, entre los dos horrores (presos y alien), en ningún momento. Sin embargo, la calidad narrativa de Fincher y el punch carismático de Ripley/Weaver, consiguen, para bien y en contra de lo lógico, que esto no se desplome. 

Con todo, podemos concluir que las andanzas de Ripley siguen cumpliendo. Ya no es lo que era, es cierto. Aún así, este cierre prematuro de la franquicia resalta por su dignidad visual y narrativa, mostrándonos una atmósfera tan veraz como apocalíptica, y cumpliendo, en definitiva, con su cometido principal: entretener por la vía de la inquietud.

6.5/10

Spoiler

¿El final? ¿El adiós de Ripley, en el 92, no recuerda un tanto al del T-800, en el 91? Falta de ingenio. 

‘Aliens’. Ácida y viscosa ultraviolencia.

Siete años después del bombazo de ‘Alien’ (1979), aparecía en las salas de cine su esperada secuela, y lo hacía de la mano de James Cameron, príncipe de Hollywood, quién decidía mandar a la carismática Ripley de vuelta a aquel planeta agreste en el que todo comenzó.

Expuesta la trama en la primera cinta, ahora se comienza justo dónde se acabó. Han sido años, muchos años, de naufragio espacial para nuestra protagonista. Sin embargo, cuando sea rescatada, pronto descubrirá que aquel maligno planeta del que tan malos recuerdos conserva, ya ha sido colonizado por los terrícolas. Oh! Terrible desgracia! Será Ripley, en compañía de bravucones marines del espacio (nostálgico Michael Biehn), quién nos transporte, de nuevo, hacia los peligros que derivan de meterse de lleno en la boca del… alien. Por tanto, ya vemos que la directriz es no profundizar, para nada, en los dilemas abiertos en el producto primigenio. Se redunda en la temática de la supervivencia, adornándose ésta, de un modo casi exclusivo, por la violencia y la acción. Dos rasgos que definen la esencia de esta cinta, y que por suerte para nosotros, llevan la impronta de uno de los maestros del género, Walter Hill, quién realiza trabajos de guión aquí.

La obra de Cameron tiene un efectismo distinto al de su predecesora. El lirismo tenebrista de aquélla queda sustituido por la ultraviolencia lírica de ésta. La sutileza de antaño es cambiada ahora por la aparatosidad. Y la estimable intriga del 79, deja paso a la acción, pura y dura. Todo queda renovado,  pues ya no hay misterios que resolver, ni comprobar cuán piadosa es la criatura. Simplemente se trata de explayarse en la propuesta original, devorando la idea de la supervivencia, resaltando así, en grado máximo, la cacería abierta por el Alien, casi en defensa propia, diría yo, frente al ataque lucrativo del ingenioso humanoide.

En fin, digna secuela presentada por James Cameron a través de un poderío visual importante, distinto del marcado por Scott, pero igualmente atractivo, que se sirve de unos efectos especiales que nos traen a la memoria los apocalípticos pasajes narrados en ‘Terminator’ (1984), pero contando ahora con un mayor presupuesto que permita ensañarse en las virguerías visuales que tanto domina, y dominaba, el buen principito. Gozoso festín alienígena.

7/10  

‘Alien’. El octavo pasajero.

En 1979, Ridley Scott emergía como un cineasta de fulgor deslumbrante gracias a ‘Alien’, todo un clásico ya del séptimo arte. Sus efectos especiales eran “la hostia, rompedores, chachipirulis” y demás calificativos que se le quieran dedicar. Y es cierto. Aunque no se debe perder de vista que aquéllo no es más que un complemento puesto al servicio de la historia, el medio que permite alcanzar el fin: crear al monstruo, al extraño, al desconocido, más inquietante que ha parido Hollywood. Hablo, por supuesto, de Alien.

Un desasosegante inicio marcaba el punto de partida de una agonía crónica para nuestros siete tripulantes. La asfixia ya no cesará en ningún momento, aunque nos sea presentada armoniosamente y a ritmo “in crescendo”. Desde el desorientado despertar hasta el aterrizaje en el agreste planeta, pasando por la cacería interestelar y viscosa brindada por el octavo pasajero, todo irá devorando nuestros “sadistas” nervios y malheridas uñas. Ya no habrá marcha atrás para nosotros, sufriendo al compás que marca el maltrecho y arritmico corazón de Ripley. 

En fin, quién todavía no haya tenido el gusto de ver ‘Alien’ (básicamente las nuevas generaciones), tiene ante sí uno de los mayores privilegios que concede el séptimo arte: esa extraña sensación, indefinible, que te invade por dentro hasta el momento de darle al play. Aquí tenemos, ni más ni menos, la mejor combinación que ha dado el cine entre los géneros del terror, la intriga y la ciencia-ficción. El poderío visual que alcanzan las imágenes ofrecidas por Ridley Scott, se pone al servicio de una narrativa equilibrada, calculada y metódica, un lirismo de impronta tenebrista, inusual en este tipo de cintas, que nos depara, con todo, una obra de ingeniería angustiosa, terrorífica y, contradicciones de la vida, plenamente gozosa. Mítica.  

9/10

‘Lilja 4-ever’. Hiriente realidad.

A Lilja, el sueño americano le duró bien poco. Tanto como tardó su madre en abrirse de piernas con el primero que pasaba por allí, y dejarla tirada a élla, sin América, sin madre y sin dinero. La vida no fue justa con élla, nunca.

Ese ángel de la guarda al que tantas plegarias dedicaba, parecía haberse olvidado de la pobre Lilja. Nacida y criada en un barrio moribundo, de una ciudad moribunda, y en un país moribundo, estaba predestinada a la miseria. Tanto, o más, que Volodya, su fiel amigo y verdadero ángel de la guarda. De espíritu inocente, el mundo la devoró salvajemente.

Engañada y maltratada, su calamitosa existencia ha sido narrada, sin tapujo alguno, por Lukas Moodysson, quién, con este hiriente retrato, nos fuerza a abrir los ojos, denunciando una oculta realidad, hurgando en la herida y humillando a nuestras acomodadas conciencias.

8.5/10