‘Moneyball’. Magnífica.

El género deportivo, para desgracia de muchos, llega con cuentagotas a las salas de cine. Si a ello le unimos factores tales como un guión elaborado por los espléndidos Aaron Sorkin y Steven Zailian, un papel protagonista brindado a un maduro y magistral Brad Pitt, un reparto de altura (Jonah Hill, Seymour Hoffman y Robin Wright), una buena dirección de Bennett Miller, así como una factura técnica intachable, pues entonces estamos ante un colosal incentivo para hacer cola en el cine y reservar butaca. El show puede comenzar (sí, va con segundas… ¡gran canción!).

¡Renovarse o morir! Era el lema que voceaba entre despachos Beane. “Estoy harto de perder el último partido, ¿cuál es el problema que tenemos? ¿alguien lo sabe?“. La respuesta la conocían todos: el dinero. La Liga era tremendamente injusta, pues era difícil competir por la victoria cuando tus rivales eran capaces de duplicarte o triplicarte en presupuesto, desguazándote media plantilla temporada tras temporada.  Sin embargo, a Beane le animaban, “tranquilo, has hecho un buen trabajo“. Él sabía que era difícil, sabía que el camino estaría cargado de espino, amenazado por sombras aguardadas entre la maleza. Sin embargo, no se daría por vencido. No iba a ceder en su empeño, ni tampoco sería condescendiente con aquéllos que le animaban a conformarse con lo logrado.

Lo cierto es que el baseball (o béisbol) tan sólo es la excusa idónea. La asociación Sorkin & Zailian se sirven del mismo para transmitirnos una historia cercana, una historia sobre la vida misma, tal como la entendemos. Así es. Tenemos un marco de injusticia, con un desigual reparto económico. ¿Qué hacer ante tal panorama? ¿Decaer? Ahí reside el buen hacer de esta película, en saber transmitir valores tales como la lucha estoica, el sacrificio ingenioso, el afán de superación. ¿De qué valen los lamentos? El deporte, como la vida, se rige por una dicotomía esencial: éxito o fracaso. Billy Beane está harto de lo segundo, no soporta la derrota. De ahí el inconformismo, la renovación e ingenio personificados en Peter Brand.  Y todo, ¿para qué? Pues para alcanzar el éxito, sin perder, no obstante, el norte: tan importante o más es cómo alcanzarlo (genial final).

En definitiva, una historia poderosa. Un auténtico lujo de película en la que Brad Pitt nos regala una de las interpretaciones del año al humanizar a ese tipo obstinado en no hundirse, en levantarse y seguir luchando. Una de las mejores cintas sobre deporte de todos los tiempos.

8.5/10

Spoiler

Billy Beane fue un mediocre jugador de baseball. Tenía todo lo que se necesita para ser un grande, un genio. Sin embargo, algo falló. Las temporadas pasaban y la fulgurante estrella se consumía poco a poco entre banquillos y noches para olvidar. Fue así como descubrió que más que jugar, lo suyo era dirigir. Comenzaba su carrera tempranamente como ojeador, la cual cosa, a fecha de 2001, le había valido para ser el General Manager de los Oakland Athletics.

Peter Brand, en cambio, nunca fue un sensacional deportista. Físicamente estaba limitado, pues no era ni fuerte, ni atlético, ni veloz, ni talentoso dándole al bate. A él se le daban mejor los números, por eso estudió Económicas,  graduándose en Yale. Quizás por afición, por ser un admirador del béisbol, decidió leerse un libro que hablaba sobre una auténtica revolución: la aplicación de la estadística al juego. ¿Era posible? Beane le creyó y confió en él.

Todo queda complementado, además, por un sentimentalismo precioso, manifestado a través de la extraordinaria relación (íntima, entrañable y lírica como pocas) establecida entre un padre divorciado merodeando el fracaso, hablamos de Beane, y su hija, una muchacha preocupada por el devenir de los acontecimientos que tan sólo parece expresarse a través de una guitarra mientras tararea “I’m just a little girl lost in the moment, I’m so scared but i don’t show it, I can’t figure it out, it’s bringing me down.. I know i’ve got to let it go… And just enjoy the show“.

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‘Field of dreams’. Empalagosa.

Costner, por lo visto, tuvo una adolescencia jodida. Eran los años 60 y al tío le dio por ponerse rebelde. Tanto que a los 16 años se marchó de casa, discutiendo a malas con su padre. Ahora, pasado el tiempo, la vida le ha tratado bien: está felizmente casado, tiene una hija y es propietario de una extensa y productiva granja. Lo malo es que no consigue perdonarse aquel resentimiento que le guardó a su padre, una espinita que jamás ha logrado quitarse, ni perdonarse. Una voz parecerá abrirle el camino de la reconciliación en forma de campo de béisbol, ese deporte del que tanto les gustaba hablar (y jugar) a su padre y a él mismo.

Pastelona historia que ahondaba en el tema de las relaciones conflictivas padres/hijos, pero desde una perspectiva excesivamente sensiblera. Gravitando en torno al mundo del béisbol, éste servía de excusa ideal para que una vocecita se clavara como un punzón en el coco de Kevin, moviendo éste, a partir de entonces, una serie de piezas (jugadores sancionados; escritor pacifista; médico de pueblo) que acabarán por completar este azucarado puzzle. Culmina con una emotiva escena final, con sirope a mansalva de por medio, que cierra el sueño de paz (interior) del pobre Costner. Lo dicho, a quien le guste el dulce, esta es su película.

Con todo, la pregunta del millón: ¿Cómo consiguió estar nominada a mejor película y guión en los Oscars del 89?

5.5/10