‘Urban legend’. Mitos, leyendas y terror.

Bien, eran los noventa y Hollywood encontró el filón en el renacido género del slasher. En esta ocasión, le tocaba el turno a ‘Leyenda urbana’. Cinta repleta de mitos, misterios y, sobre todo, jóvenes aterrorizados.

El director, Jamie Blanks, nos servía un prólogo impactante, tenso. Buen inicio, sin duda. La factura técnica era intachable, y ¿la historia? Pues lo de siempre, un asesino en serie merodeando por un campus universitario. Caras jóvenes, y asustadizas. La narración va perdiendo tensión conforme avanzan los minutos, decayendo así, poco a poco, el interés del espectador. Todo es contado con oficio, aunque con cierto aire rutinario.  

Después de ‘Scream’ (1996), ‘Sé lo que hicisteis el último verano’ (1997) y ‘Scream 2’ (1997), la cosecha del 98 nos dejaba, junto a ‘The faculty’, esta correcta cinta. A los devotos del género gustará, aunque sin excesivo entusiasmo, pues disminuye el nivel respecto a las cintas mentadas que la precedían. En fin, correcta. Imprescindibles las palomitas, y se ve mejor con luz tenue. 

6/10

‘Final destination 5’. El cierre de una saga.

Veámos, un poco de retrospectiva: año 2000, James Wong nos impresiona con la escalofriante y conseguida ‘Destino final’. Los productores, se frotan las manos. Tres años después, aparece la cantada secuela. La manufactura David R. Ellis, y el nivel (aunque decente) ya no es el mismo. Sin embargo, Wong cogía el proyecto de la tercera entrega y lo rediseñaba (si se le puede llamar así) para volver un tanto a los orígenes y mejorar un punto el nivel. La cuarta entrega, de nuevo a manos de Ellis, era la peor (infinitamente peor) de toda la saga. Parecía que la fórmula dejaba de tener éxito. Pero… ¡tachán! La quinta entrega sorprendía con frescura y desparpajo, ‘Destino final’, ahora en manos de Steven Quale, volvía por el buen camino.

Lo he dicho alguna que otra vez: en esta saga (quitando la primera cinta) lo que realmente cuenta es presenciar el impactante inicio, para luego disfrutar con la mayor o menor originalidad de cada muerte (dicho así, parece un tanto macabro). El inicio es realmente bueno (esta vez era un puente), y las muertes están más que logradas (la caída de la gimnasta es espeluznante). Además, la trama, para no caer en la excesiva monotonía, le echa un nuevo condimento (una fórmula para sortear la muerte) que, por momentos, se acerca más al suspense que al terror.

En fin, se supone, si atendemos al nostálgico final, que aquí acaban las andanzas de ese sádico destino (no apuesten todo por ello). De un modo u otro, aquí tenemos a la hermana extrovertida, suelta y fresca de la saga. No está mal para los ratos libres.

6.5/10

‘Black christmas’. Maldito desván.

Estamos en Bedford, Quebec. Hace frío, las calles se cubren de blanco, las luces iluminan fachadas y tejados, los niños cantan villancicos. En fin, es navidad. Época ideal para que las chicas de una fraternidad celebren su última fiesta antes de partir hacia sus hogares. Todo es armonioso, divertido… hasta que presenciamos esa cámara al hombro acechando la puerta, y suena el maldito teléfono.

A partir de ahí, Bob Clark se luce. Consigue diseñar una atmósfera del todo claustrófobica, transmitiéndonos la angustia y el desespero de esas muchachas al escuchar la trastornada voz de Billy. Como gran slasher que es, posee una cadena de asesinatos que no tiene desperdicio alguno, alcanzando un clímax final del todo sobrecogedor. Una intriga notable, una tensión permanente (esto es, un buen thriller) y un preciso compás terrorífico.

En definitiva, no esperen encontrar sangre a borbotones, tetas y culos por doquier, sustos fáciles ni giros rebuscados en su trama. No van por ahí los tiros. Todo es pulcro, medido e ingenioso. Grata sorpresa la aquí deparada por Clark, una cinta de fuerte impronta que nos deja para la posteridad a una gran Olivia Hussey, un desván maldito y un carnaval navideño cargado de terror. Ha entrado con todo merecimiento a formar parte del Club.

 8.5/10

‘House of wax’. Correcto debut para una cinta inesperadamente lograda.

Esta película no tiene nada de especial. Sigue la línea del típico asesino en serie, fórmula explotada durante los 70 y 80, que hizo resurgir Wes Craven en los 90 gracias a su ‘Scream’ (1996), pero sin añadir grandes cosas al subgénero. El plan es entreternos por la vía del puteo a sus protagonistas, en este caso, unos jovencitos que no saben en qué lío se han metido al acampar junto a un pueblo borrado del mapa. 

No se le puede reprochar nada a ‘House of wax’, pues aún sin alarde alguno, cumple con su cometido principal: entretener por la vía de la inquietud. El catalán Collet-Serra resolvía de un modo atinado su primer encargo en la gran factoría del cine. Su narrativa es bastante estándar, pues no aporta nada nuevo, pero tampoco desentona, quedándole todo bastante resultón. Tiene dos partes diferenciadas, una primera más ligera, y una segunda más cañera en la que Serra comienza a apuntar maneras.

En fin, un producto digno que peca quizás de su afán por ser correcto (chirría, sobre todo, en la primera parte del film), quedando un poco blandito el conjunto (a pesar de la desbocada segunda mitad). Tiene escenas realmente conseguidas (los labios de Cuthbert se llevan la palma). Eso sí, ojito con el personaje autoparódico de Paris Hilton, de lo mejor de la cinta (es la gran estrella de los preliminares). Y, cómo no, atentos a Elisha Cuthbert, estrella indiscutible del cartel. En fin, más luces que sombras para esta nueva vuelta de tuerca al museo de cera.

6.5/10 

‘A nightmare on Elm Street’. De vuelta al origen de todo.

Casi tres décadas después de que Wes Craven nos aterrara a todos los que éramos críos con la mítica ‘Pesadilla en Elm Street’ (1984), Michael Bay, príncipe de Hollywood, se dispuso a hacer lo propio pero con los chavales del nuevo siglo. La receta no tenía misterio: se trataba de volver a hacer lo mismo de una manera más moderna, contratando a un director novel, un par de guionistas con oficio y un plantel de actores mayoritariamente juvenil, guapos y con ganas de darse a conocer.

El resultado de todo ello es aceptable. Me ha gustado la revisada propuesta de Elm Street. Como es lógico, al tratarse de un remake, muchas cosas suenan a déjà vu. No quita ello para que sea una película vigorosa, metiéndole un ritmo frenético a la acción para que no decaiga jamás el interés del espectador (uno de los peligros del remake en este tipo de cintas). Tiene ciertas escenas realmente conseguidas, a lo que contribuye una atmósfera bien elaborada, con una puesta en escena tan kruegeriana como actualizada a los tiempos modernos. Le añade como novedad el escalericimiento de cuál era el origen de ese mal, de esa pesadilla, indagando en las entrañas del terrible villano.

Cabe destacar también la excelente elección del reparto para los personajes principales de la historia: Freddy Krueger y Nancy Holbrook (aquí no es Thompson). Los encargados de meterse en tan espinosa tarea fueron ni más ni menos que un actorazo de la talla de Jackie Earle Haley y una emergente estrella hollywoodense como es Rooney Mara. Resalta más el nuevo Freddy Krueger, quien se come la pantalla cada vez que sale en ella. El bueno de Earle Haley era la elección idónea para reencarnar nuevamente al personaje que dió vida Wes Craven. Ha salido victorioso en tan difícil compromiso. Entre los secundarios, mencionar la genial interpretación de Katie Cassidy. Los chavales, eso sí, chirrían un tanto.

En fin, después de todo, me quedo con el año 1984,  con el VHS, con Wes Craven, Robert Englund, Langenkamp y Johnny Depp. Pero lo dicho, esta revisión cumple con creces. Un buen guiño a los admiradores de la saga.

6.5/10

‘Halloween’. Michael Myers.

En la víspera de todos los santos, por razones inherentes a la mcdonalización cultural, nos da por celebrar (aún no está del todo propagado) la noche de Halloween. Disfrazarse, pedir caramelos, hacer farolillos de calabaza y, cómo no, ¡ver una peli de terror! En fecha tan señalada (nótese la ironía) la cinta más conveniente pudiera ser la imperecedera ‘Halloween’ (1978) (mal traducida aquí, casi siempre sucede, como ‘La noche de Halloween’), segunda cinta (seria) en la filmografía de un ilustre del género como es John Carpenter, quién se zambullía en labores de dirección, guión (juntamente con Debra Hill) y música, como habitualmente ha sido en su carrera cinematográfica.

Un presupuesto austero era suplantado por la brillantez del susodicho cineasta, regalándonos uno de los inicios más inquietantes, escalofriantes y terroríficos que yo haya visto dentro del género, con esa cámara al hombro que nos mete casi en primera persona en el pellejo del asesino, una música tan truculenta como nostálgica e inolvidable acompañándonos en tan macabro asunto, y una revelación, la de la identidad del asesino, tan sobrecogedora como punzante: un niño llamado Michael Myers, la maldad hecha persona. Peculiar e ingeniosa era la forma de plasmar en pantalla el mundo que Carpenter tenía idealizado, brindándonos una película de terror en la que, váya, casi todo era luz del sol, juegos de apariciones (introduciendo lo paranormal) y una ausencia (casi) absoluta de hemoglobina. La atmósfera paranoica y aterradora se cernía sobre un residencial barrio a plena luz del día. La pulcritud del killer nos asombraba.

Nacía así una de los asesinos en serie más populares en la historia del cine. Acompañábamos a Jamie Lee Curtis y sus amigas en una noche de Halloween verdaderamente taquicárdica para nosotros, una noche que pasaría a los anales del cine convirtiéndose en una película de culto imposible de olvidar. Cierto es que tampoco se olvidaron de ella los productores (sí lo hizo al menos John Carpenter), quiénes se cebaron en explotar a la gallina de los huevos de oro brindándonos la friolera de nueve (han leído bien, nueve) secuelas. Algo así no es fruto del azar. Todo surgió de la mente de John Carpenter y Debra Hill (volvieron a formar dúo en ‘La niebla’). Lo dicho, un clásico.

‘Scream’. Terror y nostalgia se daban de la mano para crear escuela.

 En 1996 el género de terror volvía a ponerse de gala gracias a la irrupción en cartel de ‘Scream’, una película que ahondaba en los films ochenteros del subgénero slasher, añadiendo a ellos ciertos condimentos que daban como resultado una historia que gravitaba en un pequeño pueblo que trataba de olvidar el dolor de un asesinato anterior, centrándose ésta en el instituto local donde los jóvenes (siempre destaca una jovencita: Sidney) comenzaban a aterrarse por la presencia de un asesino en serie que siempre aparece con una vestimenta peculiar (la máscara creó sensación), entrando éste en escena siempre mediante un efecto sonoro contundente y un susto previo que te daba un vuelco al corazón. No obstante, la tensión y agobio quedaban descafeinadas gracias a un punto de comicidad materializado en la cantidad de hostias y trompazos que recibía el psicótico sanguinario. A ello, Scream, le añadió un final intrigante en el que averiguar la identidad del asesino, además de poseer unos diálogos ágiles y divertidos (de largo uno de los puntos fuertes de la peli), repletos de guiños cinéfilos a un género que se merecía  un homenaje de esta talla.

El preámbulo inicial es antológico, pues el film alcanza su zenit en él. La joven interpretada por Drew Barrymore responde al teléfono. Parece ser que el tipo que está al otro lado de la línea se ha equivocado, así que cuelga. Vuelve a sonar, lo coge y se crea cierta complicidad hasta que ella decide volver a colgar. Se acabó la calma, irrumpe la tensión y asfixia (esa derivada del “quiero saber cual es el nombre de la persona que estoy viendo“), los ventanales nos parecen la peor elección en el momento de decorar tu hogar, tener un porche se convierte en una pesadilla, la oscuridad nos atenaza y el timbre del teléfono se nos clava como un punzón. La aterrada joven se somete a un juego en el que se decide su vida, un juego divertidísimo (el único respiro de la escena) en plan trivial del terror de serie B. Errar en la respuesta (era la madre de Jason) provoca el estallido máximo, ese momento en el que nos muestran hasta donde son capaces de llegar (aterrar) si se lo proponen. Lo de la Barrymore colgada en el árbol ya es parte de la historia del cine. Por suerte (o no), los creadores (Weinstein, Williamson, Craven) suavizaron el tono de este encomiable prólogo.

Mítico film que marcaba el inicio de una saga, además de crear escuela dentro del género de terror, volviendo a poner de moda aquellos nostálgicos slashers de finales de los 70 y 80 que resucitaban más vivos que nunca gracias a una pareja que pasó a la posteridad (Kevin Williamson y Wes Craven), a una productora que a mí, personalmente, me encanta (Dimension Films, los Weinstein), y a un reparto joven, eficaz y que se alejaba de los prototipos que suelen moverse en este género (tetas, culos y guaperas) gracias a gente como Neve Campbell (emulando a Heather Langenkamp, la Nancy de Elm Street), Courteney Cox, David Arquette o Skeet Ulrich (con cierto aire a Johnny Depp). La retahíla de films que siguieron a esta cinta fue finita, pero extensa. Es un clásico de la década. 

‘I know what you did the last summer’. Los gritos de la Hewitt.

En Southport, un pequeño pueblo costero, cuatro jóvenes, Julie, Ray, Barry y Helen, celebran, como cada año, la festividad del 4 de Julio. Sin embargo, este año es especial para ellos, pues todos están ante el último verano de su adolescencia antes de partir rumbo hacia la universidad. La mezcolanza de alegría y tristeza de esa noche pronto se convertirá en un auténtico mal sueño cuando accidentalmente atropellen a un hombre salido de la oscuridad y decidan lanzar el cuerpo al mar.

Un año después de aquello, el terrible secreto llegaría del pasado en forma de nota (I know what you did last summer) para atormentar la existencia de nuestros aterrados protagonistas. Caras bonitas y conocidas (Jennifer Love Hewitt, Sarah Michelle Gellar, Ryan Philippe, Freddie Prinze Jr.) acaparaban el cartel para deleite del público adolescente, quien disfrutó como ninguno con ese tenebroso pueblo pesquero, las andanzas de ese terrible pescador sanguinario o los gritos de la Hewitt. En fin, un par de cachondas y dos guaperas juveniles se lanzaban a un producto cargado de sustos, hormonas y más sustos para convertirse, sin duda alguna, en uno de los pilares del terror juvenil de los 90 junto con la mítica Scream (1996). Un slasher realmente conseguido, sembrado ni más ni menos que por Kevin Williamson (calidad garantizada) en labores de guión. Forma parte del club.