‘La niebla’. Singular incursión en el mundo del terror.

Que un director como Frank Darabont salte al género de terror, desde mi punto de vista, es un lujo. Alguien que nos ha regalado obras impagables como ‘Cadena Perpetua’ (1994) o ‘La milla verde’ (1999), comienza a aventurarse en el cine de terror (estrena serie este año, ‘The walking dead’), aunque bien es cierto que comenzó su andadura cinematográfica con una interesante cinta terrorífica titulada ‘Enterrado vivo’ (1990). Se volcaba, en este caso, en la readaptación de la novela de Stephen King, tanto en tareas de dirección como de guión. Cabe resaltar que un tal John Carpenter ya había hecho lo propio en 1980 con el estreno de ‘The fog’.

‘The mist’ tiene un inicio escalofriante, cargado de intriga bien elaborada. La tensión te atenaza cuando ves esa niebla gigante comerse la ciudad hasta chocar con el supermercado, el refugio de nuestros protagonistas (curioso). De largo, este inicio es el punto fuerte del film. Luego, el bueno de Darabont patina en ciertos aspectos (el tema del ejército está bastante cascado, y tanto bichito queda fuera de lugar), pero alza el vuelo con un sutil retrato de lo que es la humanidad a través de los personajes enclaustrados ante la muerte rememorando a clásicos como Montesquieu, Hobbes o Rousseau y azotando con el tema de la religión (muy buen trabajo de Gay Harden). El final bien es cierto que te aterroriza , te jode. Después de todo te queda un regusto amargo con este producto, no sabes bien por donde tirar. No sabes si has visto una película académica y seria (qué cosa), un producto de gore cutre o un zafia adaptación del mundo de Stephen King (al estilo ‘El cazador de sueños’). Probablemente, haya visto un remix de todo ello. Terror rodado con estilo de autor grande (cierto toque a Shyamalan) que incita a la reflexión pero sin olvidar su esencia. El resultado es una cinta novedosa, conseguida y singular. No conviene dedeñarla.

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‘El caso Winslow’. La guerra amarilla.

David Mamet, sensacional guionista y notable director, adaptaba para la gran pantalla la obra teatral ‘The Winslow boy’ (1946) de Terence Rattigan, siguiendo así la estela de Anthony Asquith, quién en 1948 plasmó por primera vez la historia de los Winslow en el mundo del celuloide. El centro gravitatorio gira nuevamente en torno a la inesperada noticia del robo de cinco chelines por parte del menor de los Winslow. La conmoción que ocasionará en su padre servirá para alzar, de este modo, el telón e invitarnos a contemplar la aguerrida y devastadora contienda que enfrentará a éste con la mismísima Corona.

‘El caso Winslow’ es una historia pequeña, con unos diálogos magníficos y un guión formidable, que además cuenta con una excelente ambientación, la cual te permite sumergirte (principalmete por el papel de la hija) en esa Inglaterra de principios de siglo veinte, con una sociedad eminentemente machista, una Cámara de los Lores que pedía a gritos la igualdad y una feminista convencida de su lucha por el sufragismo universal. No olvidemos la aparición del amarillismo en la prensa o la importancia de la opinión pública. Complementos todos ellos de una despiadada lucha personal que cabalga a lomos de una soberbia exasperante que arrasa con todo lo que encuentra a su paso (terrible debacle familiar) y que encarna el personaje patriarcal al que da vida, de una manera fabulosa, el bueno de Nigel Hawthorne. Un fino, elegante y pulcro aire inglés acaba por bordear este calculado ejercicio de soberbia y orgullo elaborado por David Mamet. El resultado es gustoso de ver.

 

 

‘La morada del miedo’. 315.

Ni suceso real ni leches. ‘La morada del miedo’ basa su historia en la película ‘Terror en Amityville’ (1979) de Stuart Rosenberg, de hecho, ambas dos comparten en su versión original el mismo título: ‘The Amityville horror’. Independientementa de la comparación con aquélla, cabe decir que es otra historia más de las que ahonda en el tema de la casa encantada. En esta ocasión, serán una joven pareja (unos correctos Ryan Reynolds y Melissa George) y los hijos de ella a quién les toque soportar las mil y una inclemencias.

Juzgándolo como film singular, sin tener en cuenta el original sobre el que descansa, me parece una obra limitada. El tema familiar (conflicto) languidece un tanto el conjunto, más aún si tenemos en cuenta que era demasiado previsible que al pobre Reynolds le tocaría hacer de malo (bueno). El cura parece un pegote, y la chiquilla acaba hastiándonos. Abusa un tanto de la invocación a los muertos (con el consiguiente susto). Más allá de eso no le veo el terror al film (la causa no está bien conectada con los efectos). Se deja llevar por lo fácil y el topicazo. Pese a todo, no aburre. Véanla.

‘Enemigos públicos’. John Dillinger.

Michael Mann retomaba la historia estrenada en 1968 por John Milius bajo el título de ‘Dillinger’. Su centro gravitatorio vuelve a ser la conexión entre el honroso agente Melvin Purvis, un atinado Christian Bale, y el despiadado atracador de bancos John Dillinger. Las andanzas de ambos (uno a base de dar palos y huír de chirona, el otro con la obsesión de atrapar a aquél) marcarán la tónica de la narración, un toma y daca incesante complementado con la inmortal figura del amor, representado éste por la francesa Marion Cotillard.

Debo reconocer, como buen aficionado al género, que cogí el film con grandes expectativas. No obstante, la ilusión se iba desvaneciendo poco a poco. No estaba presenciando nada desdeñable, un producto digno, sin duda. La ambientación del Chicago de los años 30, algo crucial en este tipo de películas, es de una realidad pasmosa. No obstante, la impertérrrita  acción de Dillinger y su banda me acabó causando hastío. Algo derivado de la carencia de empatía con los personajes principales, los cuales, a mi gusto, no acaban de estar bien trazados y pincelados. No conectas del todo con la historia, con ese mundo de atracos, disparos y dólares ensangrentados. Tampoco conecto con la calidez de Cotillard en la que se cobija el desalmado Dillinger. Ni me entusiasma la gomina y el sentido del deber de Christian Bale. Puede que la caótica y turbulenta dirección de Michael Mann (como odio tanto movimiento) ayuden a la causa. Puede que al guión, pese a sus grandes diálogos, le falte un poco de profundidad en el retrato de los personajes. El caso es que de dónde debía estallar la emoción o el sentimentalismo, tan sólo se encuentra la frialdad. Una lástima.

‘Solteros’. Himno generacional.

En la Seattle de principios de los 90 se sitúan los personajes de esta historia. Una historia coral que pulula por un bloque de apartamentos en el que habitan jóvenes como Matt Dillon, Campbell Scott o Bridget Fonda. Algunos ambicionan ser una estrella del rock, otros ansían cambiar el mundo con un megaproyecto de trenes o arreglando el medio ambiente, otras mientras consideran qué rumbo escoger (ser arquitecta o no) alternan su distracción tratando de ocupar su corazón con algún muchacho.

Himno generacional que retrata, de manera entretenida aunque un tanto caótica, esa crucial etapa de transición a la madurez, con los vaivenes sentimentales, las preocupaciones por el trabajo, la pura amistad, la dicotomía  (si/no) de comprometer el corazón o esa indecisión de no saber qué será de mí. No logra ser una gran película, no logra la excelencia que dos años más tarde comenzaría a conseguir la magnífica ‘Friends’ (1994). No obstante, sí podría ser el tentempié con el que abrir el apetito de cara a aquélla. Buena película.

 

‘La tête en friche’. Liviana.

A pesar de su avanzada edad, Jean Becker se niega a salirse del mundo del cine. Quizás sea por aquel parón de dos décadas que tuvo, quizás sea porque le da un sentido a su vida, o quizás lo haga simplemente por lucro. A mí, la verdad, me da igual. Sólo sé que me encandiló con dos de sus obras recientes, con la sensibilidad y humanidad que desprendían ‘Deux jours à tuer’ (2008) y ‘Dialogue avec mon jardinier’ (2007). Así que cogía con mucha ilusión y expectación su nueva obra, ‘La tête en friche’ (2010), horriblemente traducida aquí como ‘Mis tardes con Margueritte’.

Desgraciadamente, la nueva obra del cineasta francés no acabó de contagiarme la emoción que sí impregnó a buena parte de la sala (en su mayoría, ancianas). Me pareció una historia entretenida, liviana, pero que no daba el paso hacia la gran película. Rinde homenaje Becker hacia la literatura como motor de vida, al tiempo que guiña un ojo a las personas mayores (sector en el que él ya está incluido) como gente (y así es) cultivada, de gran humanidad, experiencia y mucho de qué hablar o enseñar. De su título se deriva la temática del film, centrándose éste en el personaje de Gérard Depardieu, un ignorante, un bobo, el hazmerreír en las comidillas de sus amigos, al que la presencia de Margueritte, una anciana y sabia mujer, le abrirá las puertas hacia un nuevo mundo totalmente desconocido para él.

Tiene buenas pretensiones, cumple con el mínimo del entretenimiento sano y no defrauda en general. Sin embargo, la cosa podría haber dado para más. Se conforma Jean Becker con situarse en la sencillez, con bordear su historia con una simpleza que desdibuja su gran capacidad para la factura de melodramas.

‘Submarino’. Esclavos del sistema.

¿Qué culpa tenían Nick y su hermano menor en el asunto de que su madre fuese una alcohólica? Ninguna. Tampoco tuvieron nada que ver en la muerte del pequeño. Ni pudieron decidir su suerte cuando el Estado se hizo cargo de ellos. Curioso que esta historia tenga origen nórdico, paradigma del inmejorable funcionamiento del Estado del Bienestar, al que, como se comprobará al ver el film, todavía le quedan deficiencias (inherentes) que solucionar.

La vida de cada uno de los hermanos será relatada por separado, con ritmo conciso, pausado y equilibrado. Jamás decae el interés, uno se queda perplejo, conmocionado ante la brecha social que contempla. Por un lado, Nick tratará de reformarse después de unos años de mierda. Podría volver con su hermano, o conocer a alguna chica que le diera sentido a su vida. Su hermano menor ya tiene una función que hacer: cuidar de su hijo. Sin embargo, la heroína le resta bastante tiempo a dicha tarea. Hay un momento del film, en los minutos finales, que resume la esencia del mismo: el único camino que había para los muchachos. ¿Acaso tuvieron opción? Su condena estaba dictada desde el momento que algún bastardo puso la semilla en el interior de su madre. La marginalidad social, desgraciadamente, suele ser un círculo cerrado en el que es fácil entrar, pero difícilmente salir.

Duro, veraz y amargo film que ahonda en las miserias de dos esclavos del sistema, dos chicos abandonados a su suerte después del infortunio de tener una madre alcohólica. Al igual que la mano del protagonista, la historia jamás cicatriza, no perdona, sangrando en la conciencia del espectador piedad y compasión por las dos vidas errantes de los protagonistas.

‘Buffalo 66’. Vagabundos del amor.

Billy Brown acaba de salir del penal. Tiene frío, nieva en los aledaños de New York. No hay nadie para recogerle, para darle la nueva bienvenida al hogar. Además, se mea. Piensa en volver al penal para echar un meo, pero la ley no lo permite. En el autobús que lo dirige a la ciudad tampoco podrá hacerlo. No encuentra ni un puñetero baño donde aliviar a su jodida vejiga. Harto ya, decide colarse en una escuela de ballet y usar su wc, sin problemas. Allí, conocerá de una manera bastante peculiar, violenta y estrambótica, a Layla, la mujer de su vida.

Atractiva propuesta en la que Vincent Gallo ejerce de autor de la misma, esto es, dirige, escribe, interpreta y hasta pone la música. El cineasta galo nos brinda un fresco lleno de amargura en el que se caricaturiza a través de distintos personajes a la sociedad actual, resaltando en ella la ausencia de afecto, la pérdida de valores, la frialdad crónica y el trastorno que todo ello conlleva. No obstante, parece que Gallo no enmarca su historia dentro de un marco totalmente lúgubre, pues deja abierto un atisbo de esperanza y luminosidad que otorga optimismo para el posible cambio.

Spoiler

‘Buffalo 66’ es un film que vuelca toda su atención en el personaje de Billy, realizando un retrato profundo y sólido del mismo. A medida que avanza la historia te vas dando cuenta de que el peligroso delincuente en potencia que se nos asemejaba al principio de la misma va convirtiéndose, poco a poco, en una persona entrañable para nosotros, en alguien por el que, al menos, sentir compasión. Porque, al fin y al cabo, la historia se centra en retratar la derrota encarnada por él mismo. Me explico. Es un tipo que decide apostar 10.000 dólares a que los Buffalo vencerán la Super Bowl (matiz: los Buffalo Bills tienen el récord negativo de esta final, perdiendo cuatro consecutivas entre 1991 y 1994). La perderán y él no podrá pagar de otra manera que no sea aceptando la condena de un colega del rufián prestamista. Mientras tanto, inventará una vida idealizada, como agente del Estado, para engañar al tiempo que complacer a su familia. Sin embargo, a ellos se la suda lo que haga con su vida. A su madre le jodió que naciera. Sí, le jodió porque justo el día en que nació, los Buffalo Bills consiguieron su única Super Bowl, y ella forofa aférrima, no lo pudo ver. Y su padre, mejor no hablar, pues ya tiene bastante el hombre con sobarle las tetas a su futura nuera. Estando así las cosas, a Billy sólo le queda la compañía de Bobo, un bobo literal, y de sus recuerdos por el bolo (dónde sí era un genio). Ahora que ha salido, no tendrá más remedio, si quiere mantener la farse de su vida ideal ante su familia, que llevar a alguna chica como “novia”. Sí, esa será Layla, a quien secuestrará para tal fin. Curioso este personaje. Las pinceladas que se dan de ella son indirectas, intuyéndose que si soporta el desquicie, la pesadumbre y el desplome de Billy, es porque la vida de la fémina no debe andar mucho mejor.

El romance establecido entre esas dos almas perdidas es de una complicidad extrema. Uno empatiza con esos dos descarriados. Sientes lástima por Billy, un chico que  no ya consiguió el amor correspondido, sino que ni siquiera percibió la indiferencia de la chica a la que amaba. No, pues aquélla se mofaba de él. Ahora, Layla ha decidido acogerlo entre sus brazos. Y él parece feliz, olvidándose de su pasado, guardando la pistola. Una tregua para su vida, para sus vidas. Ojalá les vaya bien.

 

’25 kilates’. Cómoda historia.

Historia ambientada en Barcelona. En los bajos fondos de ésta, sitúa, Patxi Amezcua, el centro gravitatorio de  la historia, dando prontas y efectivas pinceladas a sus tres personajes principales. El cobrador del frac pero sin frac (mejor la vara); la joven con una infancia dura, aderezada a base de palos; el policía corrupto y duro al estilo Vic Mackey. Luego, se complementa con una serie de secundarios como el matón de a pie, el estafador de turno, la sensual mujer del jefe, el capo holandés. Es decir, no esquiva el topicazo al pincelar su historia. Peca, ésta, de ser facilona y rebuscada. Se nota en exceso la artificialidad de su relato. Las casualidades y golpes de destino chirrían un tanto, dejando en mal lugar al conjunto de la obra.

No arriesga, el novel cineasta, en su propuesta, situándose el guión dentro de la comodidad del que conoce el género como la palma de su mano. Eso sí, uno se entretiene viendo el espectáculo, jamás se aburre, aunque, en el fondo, sabe que está contemplando cine de segunda. Algo así como la versión cinematográfica de ‘Sin tetas no ha paraíso’.

‘La red social’. La construcción de un imperio (II).

Decir que ‘La red social’ (2010) es la ‘Ciudadano Kane’ (1941) del siglo XXI, no tiene nada de descabellado. Carece, eso sí, de la innovación técnica de aquélla. Ésta no ha roto el panorama cinematográfico al estilo ‘Avatar’ (2009), ni falta que le hace. Siempre he pensado que la parte más importante de un film es su historia. Huelga decir que David Fincher y Aaron Sorkin han hecho los deberes en este aspecto, ello pese a que el tema era de una peligrosidad latente. Me explico, el tema facebook, depende cómo se tratase, podía resultar un fiasco escandaloso para la filmografía del reputado cineasta. Esto hubiera sido así si se hubiese decantado por la vía facebook en su dimensión social, esto es, como medio de ligue (sí, imagínense una película de universitarios en celo con la pantalla de ordenador como propulsor de todo) o como medio de control (no imagino a ningún productor metiendo un duro ahí con el fin de subirse al carro de las teorías conspirativas). Alejándose de esta perspectiva, los susodichos guionistas deciden plantearse el proyecto desde un punto de vista tan orsonwelliano como el de relatar, en plan biopic, el auge y la caída (más moral que económica) de un magnate contemporáneo: Mark Zuckerberg.

Como ya hemos dicho, bebe de la fuente de ‘Ciudadano Kane’, en claro homenaje a la misma, estructurándose cuasi del mismo modo. Diría yo que el discípulo supera al maestro. David Fincher nos brinda una versión moderna y acorde al siglo XXI, con una puesta en escena tan llamativa y atractiva como frenética y efectiva. Su poderío visual, su arte de captar imágenes, son el vehículo ideal para meterse de lleno en los entresijos de la construcción de un imperio. Aspectos como la arrogancia, la avaricia, el recelo o el propio desprecio del prójimo, supuran de cada uno de los poros del protagonista, al que cobra vida un sensacional Jesse Eisenberg. Además, el litigio con los creadores de Harvard Connection, pone a tela de juicio la originalidad de su creación, la falta de ética en la misma. Aspecto que resalta todavía más si cabe cuando se aleja del cofundador de la web, Eduardo Saverin, para caer rendido en los brazos de un miserable y osado Justin Timberlake,  el Maquiavelo de las comunicaciones, quien da vida al creador de Napster y, por lo visto en el film, uno de los principales apoyos en la extensión universal de Facebook.

Spoiler

Curioso que la clave de bóveda de toda esta historia sea el propio rencor vengativo de Zuckerberg, un engreído fanfarrón, un frustrado gentleman, un superdotado intelecto, hacia la ruptura de su relación sentimental por parte de su novia, Erica Albright. Será el despecho el que mueva al protagonista a poner los cimientos de facebook a través de facemash. Será el resentimiento de no formar parte de esos clubs elitistas lo que le haga reunirse con los niños de papá (los Winklevoss) de Harvard. Será la envidia que sentirá por Eduardo (por ser admitido en un club también de élite) la que le moverá a construir la nueva Roma de las comunicaciones, traicionando a su mejor amigo y dejando de lado el proyecto acogedor y romántico, para sustituirlo por los Mil millones de dólares. Curioso que, en el fondo, no sea el lucro lo que impulse al muchacho a ello. Ni mucho menos. También curioso que la familia de él ni siquiera sea citada. Podría decirse que lo que le mueve a unir el mundo (a formar Facebook) sale de la fría y gélida existencia en el mismo.

La escena final, tan acorde a las nuevas tecnologías, sustituye la bola de nieve y el vocablo “rosebud” por una invitación en facebook hacia su ex novia. El desalmado Zuckerberg quiere olvidarse así de su mísera existencia, cargada ésta de traiciones, odio, maldades. Cuánto le gustaría volver con ella. Volver a sentir esa calidez, esa felicidad, esa bondad derivada de una vida tan mundana como sencilla. ¿Qué sería hoy de Facebook si ella no hubiese roto con él en aquel local?