‘American beauty’. Algún día lo entenderán.

american_beauty_xlgCuando en 1999 decidían juntar esfuerzos la mordaz escritura de Alan Ball y la elegancia narrativa de Sam Mendes, nadie esperaba que el resultado fuera ‘American beauty’, una auténtica obra maestra con la que cerrar una esplendorosa década de cine. La película era un puñal en el corazón del american way of life, clavado, además, por dos desconocidos con mucho desparpajo que irrumpían con fuerza en el escaparate del séptimo arte.

Mena Suvari y sus pétalos de rosa han pasado a la inmortalidad. Pero no menos que una simple bolsa de plástico bailando al son del viento. El guión de Alan Ball, repleto de matices, es una maravilla. No le andan lejos la fotografía de Conrad L. Hall, la música de Thomas Newman o el estilo de Sam Mendes. Eso sí, en cuanto a elección no hay lugar para la duda: Kevin Spacey, monumental.

Si todavía no han visto esta película, apresúrense. La nostálgica mirada final de Kevin Spacey habla por sí sola. Sus últimas palabras, voz en off, no dejan lugar a la duda. En el camino, la narración ha destripado las miserias del bienestar americano. Una corrosiva, inteligente y sensual instantánea a la sociedad estadounidense de finales del siglo XX.

9.5/10 

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‘Taxi driver’. El sueño americano en los bajos fondos neoyorquinos.

Martin Scorsese se alejaba nuevamente de la línea gangsteril establecida en ‘Mean streets’ (1973), para profundizar su crítica al sueño americano, esa que ya había cogido forma con la sensacional ‘Alice doesn’t liver here anymore’ (1974), y que ahora venía pulida y perfeccionada. El alma errante escogida para el recital era Travis Bickle, a quien daba vida un sensacional Robert De Niro, quien lograba una de las mejores interpretaciones de su carrera cinematográfica, sosteniendo, casi en su totalidad, el peso completo del film.

‘Taxi driver’ es un auténtico lujo. El cineasta, a partir del guión de Paul Schrader, trata de desenmascarar la jungla urbana neoyorquina. Lo hace a través de la mirada y reflexión de Travis Bickle, un perturbado mental, víctima de los estragos de Vietnam, que alivia su insomnio al aceptar un empleo como taxista nocturno. Cuando cae la noche, Travis, coge su taxi y trabaja. Él lo ve todo, a todos presencia. El mundo, su mundo, está lleno de pordioseros, miserables, proxenetas, traficantes. Son inmundicia que hay que limpiar, rezando a Dios para que una gran tormenta se lleve a toda esa gentuza.

Excelente radiografía de la marginación social. El sistema no es perfecto, existen deficiencias. Y ahí está Scorsese para meterse de lleno en los bajos fondos de una gran ciudad como es New York, paradigma del sistema, reventando el idílico ideal del sueño americano, caricaturizado este en las cartas que Travis envía a sus padres (casa, buen trabajo para el Gobierno y novia formal), mofándose del mercado político y sus políticas sociales que parecen únicamente parchear y no subsanar los problemas (prostitución, tráfico de drogas, atracos, asesinatos, adulterio) que inquietan a nuestro protagonista, complementándose todo con esa omnipresente y alargada figura de Vietnam, esa llama que provoca la catarsis, materializándose esta en un esplendoroso y sanguinario final, detonado por una jovenzuela Jodie Foster, en el que la solución a los graves problemas sociales viene dictada por el cañón de un Magnum 44.

9.5/10

‘The pursuit of happyness’. Con trampa y cartón.

Will Smith vive en la mierda. Esto es, tiene un curro deplorable (vender unos aparatos “invendibles”) con el que casi no llega a fin de mes. Pues nada, añádanle un poco más de mierda (divorcio) y un espíritu irrisorio de paternidad (“el hijo es mío, me la suda que tú seas la madre. Se queda conmigo”, algo así dice) para acabar de hundir al pobre de Will en el pozo, es decir, sin trabajo, sin dinero, sin hogar, y con un hijo al que sólo puedes darle una noche en un albergue o en un baño público. Pero tranquilos, no se me vayan a desesperar. Recuerden que uno de los derechos consagrados por los yanquis es aquel que dice que tienes derecho “a buscar la felicidad”. En eso está Will, en buscarla y encontrarla en forma de empleo como bróker.

Típica historia de superación personal, sesgada por un descarado acento liberal, que parece el sueño húmedo del mismísimo Adam Smith. El caso es que esta historia de edulcorada movilidad interclasista irradia un tufillo a trampa, engaño y cinismo que la hace insoportable de ver. Se salva la interpretación de Will Smith.

‘Winter’s bone’. Gélida, dura, humana.

Jessup fue un desgraciado. Probablemente el sistema simplemente lo engulló, sin darle muchas opciones, pocas salidas para el éxito, abocado al peligroso mundo del crack. Su vida, rodeada de malhechores, arrestos y trapicheos, acabó por explotarle en la cara a su hija mayor, Ree Dolly. Ésta se hizo cargo de su familia tras la marcha de la figura paterna. Una madre que ha perdido la cabeza y dos hermanos que todavía no pueden valerse por sí solos no son un panorama alentador, más todavía si apenas tienes algo que llevarte a la boca al final del día. El gris terminará por volverse negro cuando reciba la noticia del inminente desahucio y la expropiación de su bosque, pues su padre los puso de fianza ante la ley en su última jugada.

La presión, la agonía diaria, será lo que moverá a Ree para enclavarse en las entrañas de lo turbio, en los asuntos sucios de su entorno, entre chivatos y agentes de la ley, entre drogas y venganzas, entre Teardrop, su tío, y Thump Milton, el capo local. Un pasado lleno de mierda al que plantarle cara con tal de salir hacia adelante, con tal de no decaer, alcanzando el crescendo en un río donde ahogar una vida que es tuya, aunque no la quieras.

Duro, durísimo relato social emprendido aquí por Debra Granik centrado en la figura de una muchacha a la que la vida ha castigado sobremanera. La gélida existencia de ese pueblo perdido en medio de Ozark hill se nos impregnará por completo, astillando nuestras conciencias al presenciar esa radiografía de lo que es vivir en el filo del sistema, a punto de cruzar esa línea, simbolizada ésta en una casa de madera, una chimenea y algo de comida, anhelando estrangular al impostor que etiquetó aquello del sueño americano.

La labor de Jennifer Lawrence en el papel de esa hija coraje es tan plausible, tan excelente, tan creíble, que admite comparación con cualquier titán de la interpretación. No obstante, todo nace de una historia excelente que contagia esa desasogante existencia, esa moribunda forma de (mal)vivir, desde el primer momento, simbolizada ésta en la figura de Teardrop, a quien da forma un excepcional John Hawkes, quien nos brinda, de largo, una de las mejores interpretaciones del año. Muy buena historia, muy buena película.

‘Buffalo 66’. Vagabundos del amor.

Billy Brown acaba de salir del penal. Tiene frío, nieva en los aledaños de New York. No hay nadie para recogerle, para darle la nueva bienvenida al hogar. Además, se mea. Piensa en volver al penal para echar un meo, pero la ley no lo permite. En el autobús que lo dirige a la ciudad tampoco podrá hacerlo. No encuentra ni un puñetero baño donde aliviar a su jodida vejiga. Harto ya, decide colarse en una escuela de ballet y usar su wc, sin problemas. Allí, conocerá de una manera bastante peculiar, violenta y estrambótica, a Layla, la mujer de su vida.

Atractiva propuesta en la que Vincent Gallo ejerce de autor de la misma, esto es, dirige, escribe, interpreta y hasta pone la música. El cineasta galo nos brinda un fresco lleno de amargura en el que se caricaturiza a través de distintos personajes a la sociedad actual, resaltando en ella la ausencia de afecto, la pérdida de valores, la frialdad crónica y el trastorno que todo ello conlleva. No obstante, parece que Gallo no enmarca su historia dentro de un marco totalmente lúgubre, pues deja abierto un atisbo de esperanza y luminosidad que otorga optimismo para el posible cambio.

Spoiler

‘Buffalo 66’ es un film que vuelca toda su atención en el personaje de Billy, realizando un retrato profundo y sólido del mismo. A medida que avanza la historia te vas dando cuenta de que el peligroso delincuente en potencia que se nos asemejaba al principio de la misma va convirtiéndose, poco a poco, en una persona entrañable para nosotros, en alguien por el que, al menos, sentir compasión. Porque, al fin y al cabo, la historia se centra en retratar la derrota encarnada por él mismo. Me explico. Es un tipo que decide apostar 10.000 dólares a que los Buffalo vencerán la Super Bowl (matiz: los Buffalo Bills tienen el récord negativo de esta final, perdiendo cuatro consecutivas entre 1991 y 1994). La perderán y él no podrá pagar de otra manera que no sea aceptando la condena de un colega del rufián prestamista. Mientras tanto, inventará una vida idealizada, como agente del Estado, para engañar al tiempo que complacer a su familia. Sin embargo, a ellos se la suda lo que haga con su vida. A su madre le jodió que naciera. Sí, le jodió porque justo el día en que nació, los Buffalo Bills consiguieron su única Super Bowl, y ella forofa aférrima, no lo pudo ver. Y su padre, mejor no hablar, pues ya tiene bastante el hombre con sobarle las tetas a su futura nuera. Estando así las cosas, a Billy sólo le queda la compañía de Bobo, un bobo literal, y de sus recuerdos por el bolo (dónde sí era un genio). Ahora que ha salido, no tendrá más remedio, si quiere mantener la farse de su vida ideal ante su familia, que llevar a alguna chica como “novia”. Sí, esa será Layla, a quien secuestrará para tal fin. Curioso este personaje. Las pinceladas que se dan de ella son indirectas, intuyéndose que si soporta el desquicie, la pesadumbre y el desplome de Billy, es porque la vida de la fémina no debe andar mucho mejor.

El romance establecido entre esas dos almas perdidas es de una complicidad extrema. Uno empatiza con esos dos descarriados. Sientes lástima por Billy, un chico que  no ya consiguió el amor correspondido, sino que ni siquiera percibió la indiferencia de la chica a la que amaba. No, pues aquélla se mofaba de él. Ahora, Layla ha decidido acogerlo entre sus brazos. Y él parece feliz, olvidándose de su pasado, guardando la pistola. Una tregua para su vida, para sus vidas. Ojalá les vaya bien.

 

‘Alice doesn’t live here anymore’. Grandiosa.

¿Dónde está el sueño americano en la América profunda? ¿Y su parte del pastel? Alice no veía el momento de encontrase con él. No lo vio en toda su vida. Ni cuando soñaba con ser una gran cantante en la cálida Monterrey. Sueño frustrado. Ni cuando se casó con su marido y quedó subordinada a él en la árida Socorro. Tampoco cuando quedo viuda y tuvo que subastar la casa para poner rumbo a ningún lugar con su hijo. No lo encontró tampoco mientras le bajaba la bragueta a Harvey Keitel en cualquier descampado de Phoenix. Ni en ese ruinoso motel en el que su hijo pasaba interminables horas en soledad suplicándole a su madre una vida mejor. En Tucson la vida tampoco le regaló nada. Bueno, quizás algo sí con el cowboy de Kris Kristofferson y un empleo como camarera. Una segunda oportunidad dirían algunos. Puede que ahí estuviera su parte del pastel. O puede que sólo fuera algo pasajero, una ilusión que se esfumaría con el tiempo (póster de Kennedy decorando la casa de Kristofferson, mal indicativo… me suena a sueño perdido). Un tumbo más en su salteada vida. Pobre Alice.

7.5/10

‘Midnight cowboy’. Amistad en las cloacas.

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Dos solitarios son los protagonistas de esta crítica al sueño americano que refleja ‘Cowboy de medianoche’. Joe Buck, es un vaquero tejano que ha llegado a Nueva York para buscar una vida mejor como gigoló. Quiere vivir a costa de las mujeres, de las señoras neoyorquinas. Rico Ratso, es un pobre miserable. Un tullido tubercoloso que no tiene ni para pasar el día. Habita en un edificio cerrado y abandonado. Sobrevive gracias al engaño y las estafas diarias. Una de sus estafas, tendrá como víctima a Joe Buck.

A partir de aquí, aparecerá una amistad entre los dos solitarios, que servirá para demostrarnos una cruda realidad. La derrota y la frustración existente en la vida de muchas personas. Una realidad, a la que es mejor enfrentarse en compañía que en soledad. Una amistad entre dos víctimas del sueño americano prometido. Todo ello representado maravillosamente en ese trayecto hacia Miami, hacia una vida mejor, una vida rodeada de mujeres en las playas caribeñas. Una vida que jamás llegará.