Adiós

Da pena decir adiós, ¿verdad?

Pero todo tiene su final, y para este pequeño espacio de cine… el final es hoy.

Hace ya bastante tiempo que inauguré esta página (de hecho, casi 7 años). Nació sin ningún tipo de pretensión, y se marcha de la misma manera. Entre un punto y otro, he escrito un montón de críticas, comentarios, reseñas. Y, lo principal, ha quedado reflejada una cosa: la ilusión por el cine que siente quien esto escribe.

La manera de expresarse, los estados de ánimo, las faltas de ortografía, los gustos… son cosas que han ido cambiando en mí con el tiempo y que este blog, tan tontamente, ha reflejado a su manera. Y aquí se queda todo ello, un montón de recuerdos encontrados, guardados en este pequeño rincón.

Dar las gracias a los seguidores de esta página (son más de los que jamás pensé que llegarían a ser) por su atención. Y decirles que, en cualquier caso, desde hoy existe un nuevo blog en el que seguiré escribiendo (entre otras cosas, de cine). Para quién interese, aquí dejo la dirección:

http://escargotazul.wordpress.com

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Searching for Sugar Man (2012)

searching-for-sugar-man-cartelDirección: Malik Bendjelloul
Guion:
 Malik Bendjelloul

Producción: Sony Classics / Red Box Films / Canfield Pictures / Passion Pictures
Fotografía: Camilla Skagerström
Música: Sixto Rodríguez
Montaje: Malik Bendjelloul
Duración: 86 min
País: Suecia

Un hombre cualquiera. Veinteañero, camina por las frías calles de Detroit. La ciudad está decaída, su ánimo también. Las oportunidades no se le presentan, las chicas le descentran y él, entre tanto, busca a sugar man. Se detiene en las esquinas y vive en las aceras. Es una sombra más de la gran ciudad. Es un hombre cualquiera, sí. Pero compone música, escribe letras. Retrata su día a día a través de la música. Convierte su mundo, el mundo que pincela esas gélidas aceras, en poesía.  

Hay veces que uno se encuentra, casi por casualidad, con un acontecimiento mágico. Un acontecimiento que cambia el rumbo en la vida de muchísimas personas. Eso es lo que viene a contarnos, en definitiva, esta película. Una historia tan bonita como bien hecha; la historia de Sixto Rodríguez. Él es un chico con un talento descomunal para esto de la música. “Listen these words”, dicen los entendidos. Es un poeta, al nivel, hablan, de Bob Dylan. Pero, de pronto, se esfumó. A mediados de los años setenta, desapareció. No vendió, así es el negocio musical: “no hay garantías de nada”. A pesar de ser estadounidense, en Estados Unidos no caló su mensaje, su lírica. Sixto Rodríguez… fracasó.

Paralelamente en Sudáfrica la crueldad sigue imperando. Son los tiempos del apartheid, tiempos en los que la sociedad internacional apunta su mirada, en tono inquisidor, hacia este punto de África. La gente necesita liberarse, respirar. Existe una atmósfera contestataria que reprocha el patético conservadurismo que impera en las calles sudafricanas. I wonder how many times you had sex, escuchan en una canción. Es algo fabuloso para ellos. Increíble. Han encontrado esa inspiración necesaria para abrir sus mentes, para no sentirse menos que nadie. ¿Quién es ese tipo? ¿quién canta esas canciones? Vaya, si es Rodríguez.

Qué caprichosa puede llegar a ser la cosa. Cómo un tipo con ese talento descomunal apenas vendió cuatro discos en los Estados Unidos y, sin embargo, se convirtió en un fenómeno de masas en Sudáfrica. Y además, cómo es posible que él, Rodríguez, ni siquiera supiese de esa fama. Pero claro, hablar de Rodríguez es hablar de una sombra, de un fantasma. ¿Qué fue de este artista? Unos dicen que se suicidó; otros, que lo vieron caminar por una vieja calle de la ciudad. En realidad, nadie sabe qué fue de el hombre que escribió sugar man. Y esta es la historia que aquí nos relatan, esa búsqueda: ¿Qué sucedió? ¿Dónde estará? ¿Acaso sigue vivo?

Perderse y encontrarse. Aunque eso, en realidad, es una mirada superficial del asunto, pues Rodríguez nunca se perdió. Siempre supo dónde estaba su sitio, su lugar. Él nunca sintió la derrota. Se creyó poderoso, fuerte: al mismo nivel que los demás. Esta es una película preciosa.  

SearchingForSugarMan

Revelando a Dalí (2014)

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En un país que tiende a convertir en política (casi) todo, el informativo de la televisión pública, en este caso TVE, siempre estará bajo sospecha. Sea cual sea el color del gobierno, uno mirará con recelos la retahíla de noticias que se suceden, la estructura del telediario, la ambigüedad con la que se cuentan ciertas cosas. Esto es así. No tengo especial devoción por ningún informativo televisivo, pues el nivel de todos ellos, en el caso español, roza la mediocridad. Quizás por eso, siempre suelo ver el de TVE. Desde hace un tiempo, de hecho. Y una breve noticia, un escueto retazo cultural (muy bien ensamblado siempre) me sorprende más de una noche. Es el momento en que Carlos del Amor, fabuloso periodista, tiene la oportunidad de contarnos su noticia, de dar voz y poner imagen a sus inquietudes. Solo por su estilo, tan peculiar y estético, merece la pena este informativo. 

Quizás por ello, alguien confió en él una colosal tarea: revelar a Dalí, estrambótico genio del pasado siglo XX. Así nacía este documental que tenía por bandera la idea de alcanzar lo inalcanzable, esto es, desentrañar los misterios que acompañaban a la obra del maestro del surrealismo. Y, como era de esperar, el documental es un verdadero disfrute. Conjuga el talento de Carlos del Amor con la volcánica creatividad de Salvador Dalí. Apenas 57 minutos le bastan para acercar al espectador a los secretos y enigmas que acompañaron la vida y obra del aclamado pintor. 

muchacha-en-la-ventanaAsí, subimos a la terraza de la casa del artista, lugar donde se relajaba y en el que se inspiró para pintar paisajes deslumbrantes. Conocemos la historia que hay detrás de El retrato de mi hermano muerto, y observamos atónitos la capital importancia de Gala en la vida de Dalí. No solo esto, también acudimos a esa famosa ventana en la que una muchacha miraba al mar. Comprobamos la amistad que surgió en Madrid entre Buñuel, Lorca y el dandi de los bigotes, de la cual germinaría, poco después, un trabajo como Un chien andalou. Y visitamos Cadaqués, dejamos que el viento de tramontana enmarañe nuestro pelo para alcanzar la roca que inspiró a El gran masturbador.

Todo ello no deja de ser una agradable anécdota. Es decir, un recorrido fantástico por las excentricidades que acompañaron la vida de este hombre. Acercar la cultura al gran público, a mí me parece estupendo. Y en esa tarea, lo repito, Carlos del Amor es un maestro. Aquí le ayuda César Vallejo. Entre ambos nos han dado tres o cuatro pinceladas para esbozar la obra daliniana, aunque sea de una manera aproximativa. Si quieren conocer más el trabajo de este genio, seguro que encuentran grandes manuales de historia del arte en los que los estudiosos diseccionan el trabajo de Dalí, también pueden adentrarse en los museos y las galerías donde se exhiben sus obras o incluso visitar los lugares y paisajes que inspiraron sus pinturas. En caso de que Revelando a Dalí les haya despertado esta inquietud, este documental les habrá merecido la pena. ¿No quieren intentarlo?      

La meglio gioventù (2003)

la_meglio_gioventuDirección: Marco Tullio Giordana 
Guion:
 Sandro Petraglia / Stefano Rulli 

Producción: BiBi Film / RAI Cinema
Fotografía: Roberto Forza
Música: Varios
Montaje: Roberto Missiroli
Reparto: Luigi Lo Cascio / Alessio Boni / Jasmine Trinca / Sonia Bergamasco / Maya Sansa / Fabrizio Gifuni  
Duración: 366 min
País: Italia

Es el verano de 1966 y Roma luce espléndida. En ella germina todo lo extraordinario que acompaña a la juventud: el fulgor de la ilusión, la lucha contrapuesta entre la incerteza y el descubrimiento, o la fantasía y sueños que acompañan a un futuro que se atisba todavía lejano. Son Matteo y Nicola, hermanos, ambos universitarios, quienes se encuentran en este punto. Únicamente acorazados en la magia del momento, reducen todo su existir a un viaje hacia el Cabo Norte, lugar donde sentirse libres. Es la poesía que representa una simple flor, una calle cualquiera o un verso de Cecco Angiolieri lo que les fascina. Nada más les importa. Pero, casualidades del destino, aparecerá Giorgia, y Giorgia será quien agite el corazón de estos hermanos, quien cambie, para siempre, sus vidas.

Ambos se separarán y tomarán caminos distintos. Porque así, en definitiva, es la vida. El sendero de cada uno difícilmente volverá a reunirlos. El carácter, los sentimientos y hasta el rincón más pequeño de sus corazones… todo cambiará. La vida seguirá, claro que sí: Firenze, Torino, Palermo, Stromboli y el maravilloso Val d’Orcia sienés. Estos serán lugares en los que dejarán huella, lugares en los que añadirán multitud de anécdotas y vivencias a su historia personal. Levantarán así un monumento vitalista, pincelado por la literatura, la fotografía, el arte y la melancolía, en el caso de Matteo; así como por el inconformismo, la bondad, el sentido común y la nostalgia que definen a Nicola. La familia, los amigos y las chicas… cada uno reirá, llorará, sentirá, amará y vivirá a su manera. Aunque ambos nunca olvidarán aquel cálido verano de 1966 por las calles de Roma.

Quien escribe esto es un reconocido italianófilo (además de muchas más insensateces). Sin embargo, esto no influye para nada en la valoración de esta preciosa -y también histórica- narración, pues la obra de Marco Tullio Giordana emociona por sí misma. Así, La meglio gioventù no necesita nada más que sus seis horas (que no son pocas, todo conviene decirlo) para hacernos simplemente sentir lo hermosa que, a veces, es la vida; lo triste que, a veces, es la vida; lo maravillosa que, siempre, es la vida.   

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Chariots of fire (1981)

mpachariotsoffireposterDirección: Hugh Hudson
Guion:
 Colin Welland

Producción: 20th Century Fox
Fotografía: David Watkin
Música: Vangelis
Montaje: Terry Rawlings
Reparto: Ben Cross / Ian Charleson / Nicholas Farrell / Nigel Havers / Ian Holm
Duración: 124 min
País: Reino Unido

Cuando hablamos de Carros de fuego, hablamos de una cinta célebre. Es un relato apasionado, emotivo y… sí, muchos la tienen inscrita en esa particular lista donde cada cual coloca sus películas favoritas. No es mi caso, pues no es un historia que me haya marcado especialmente… salvo por una cosa. Es la excepción que toda regla tiene, y aquí adopta un nombre, un nombre de peso: Vangelis. Ya en la propia cabecera del film uno logra disfrutar de la maravillosa composición del músico griego. Es una partitura inolvidable que ayuda a enmarcar una escena, la protagonizada por el grupo de atletas británicos corriendo a lo largo de la playa, que forma parte de la historia del cine.

Se me hace raro comprobar que en 1981 la estatuilla al mejor film de la temporada fue a parar a manos de esta producción británica. Quizás, la del 81, sea una de las peores cosechas que uno pueda recordar, pues la terna de candidatas no era nada del otro mundo: El príncipe de la ciudad; Ragtime; En el estanque dorado; Rojos; La mujer del teniente francés… películas correctas todas ellas, como correcta es Chariots of fire, pero sin llegar a la excelencia por parte de ninguna. Entre todo ese amalgama de temáticas, terminó por imponerse una película deportiva, pero, como decimos, sin atisbar en ella la grandiosidad que, en líneas generales, acompaña a la ganadora de dicho galardón. 

No castiguemos, en todo caso, a este espléndido relato, pues uno no puede más que aplaudir al finalizar el recital brindado. Una película de remarcado espíritu deportivo que, sin tapujo alguno, desentraña una forma de vida, la del atleta. Aquí, idiosincrasia particular del film, se le añade el matiz británico, y lo hace a través de dos personajes concretos: Harold Abrahams y Eric Lidell. Ambos tienen el futuro en sus manos, uno es inglés y el otro, escocés. Tan solo tienen una meta, una ilusión: disputar, competir y vencer -en definitiva eso buscan, vencer- en los Juegos Olímpicos de París de 1924. El currículum académico y el futuro profesional están al margen. Dios, el Rey, la nación y sus propias ambiciones moldean, en un orden u otro, el carácter de ambos atletas. De esta manera, Colin Welland pincela los personajes desde el guion sin que la cosa le quede ni muy superficial ni muy elaborada. Es decir, un equilibrio bien resuelto en el que, gusto personal, me quedo con el personaje al que da vida tan meritoriamente Ian Charleson. 

Una película orquestada desde la emoción. El director, Hugh Hudson, realiza un decoroso homenaje a la perseverancia, a los sanos valores que acompañan al deporte y al hecho de cómo podemos encauzar nuestras metas a través del mismo. Así, apasiona la devota fe con la que Eric corre en cada entrenamiento, o la válvula de reconocimiento social que supone para Harold una medalla de oro. En un sentido u otro, y con cierto tono ambiguo, lo que aquí se expone es una digna referencia al mens sana in corpore sano. Todo ello bañado con la atemporal pompa británica. Una historia sentida en la que, conviene recalcarlo nuevamente, brilla con un fulgor especial la partitura de Vangelis.

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Finding Neverland (2004)

finding_neverland_ver2Dirección: Marc Forster
Guion:
 David Magee (Obra: Allan Knee)

Producción: Miramax
Fotografía: Roberto Schaefer
Música: Jan Kaczmarek
Montaje: Matt Chesse
Reparto: Johnny Depp / Kate Winslet / Dustin Hoffman / Julie Christie / Radha Mitchell / Freddie Highmore
Duración: 106 min
País: Estados Unidos

Cuenta Enric González en sus agradables Historias de Londres (RBA, 2007) la misma historia que aquí, de una forma quizá más edulcorada, nos cuenta Marc Forster. Ambos comparten una cualidad: son unos virtuosos de la expresividad, de la comunicación. Aquel es un fabuloso periodista y escritor; este, un cineasta tan plástico como eficaz. A medio camino de los dos se sitúa Kensington gardens, o lo que es lo mismo, el lugar donde se inspiró la fantástica historia de Peter Pan.

Y es que mucho se ha escrito en torno a los orígenes de este célebre personaje. Por ejemplo, Allan Knee inspiró, gracias a su obra teatral The man who was Peter Pan (1998), el guion que aquí nos atañe, ensamblado perfectamente por David Magee. Pero el cine, mucho antes, ya había bañado con su particular magia a este fabuloso relato. Lo había hecho Walt Disney, en 1953, con Peter Pan, en la que probablemente sea una de las mejores películas en la historia de la productora de animación. También Steven Spielberg nos había acercado este cuento con la no menos fabulosa Hook (1991). Es decir, prácticamente ya estaba todo dicho. Pero faltaba algo, faltaba desenmascarar los orígenes de este relato… y en este punto, es donde se sitúa esta maravillosa película: Finding Neverland.   

Es una historia muy bonita. Puede que sea dulzona, sensible y acaramelada, sí, pero su principal virtud radica en conseguir que nada de esto nos empalague. Así, Marc Forster consigue sumergirnos en las bondades que acompañan al personaje principal de este relato, James Barrie, y que disfrutemos, por todo lo alto, con su fantástica inventiva, con su ilusionante y desbordante imaginación. Quedamos así atrapados en las redes de este cautivador cuento. Johnny Depp y Kate Winslet, ambos estupendos, unidos, a su vez, a un aguerrido grupo de niños, se encargarán de luchar contra fantasmas, de aguantar contra viento y marea, de no decaer ante las fatídicas desgracias que en el camino se van presentando.

Asistimos a una película que es, toda ella, magia. Rinde pleitesía a todo aquello que contribuyó a inspirar el relato de Peter Pan, es decir, al teatro, a la escritura, a los niños, a la amistad más pura, a la tranquilidad de un paseo por el parque. Finding Neverland es el poder de la fantasía, de la ensoñación. Todo queda a punto de caramelo para pincelar el mensaje principal del film: ¡sueña!   

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American psycho (2000)

american-psycho-christian-baleDirección: Mary Harris
Guion:
 Mary Harris / Guinevere Turner (Bret Easton Ellis)

Producción: Lions Gate
Fotografía: Andrzej Sekula
Música: John Cale
Montaje: Andrew Marcus
Reparto: Christian Bale / Reese Whiterspoon / Jared Leto / Willem Dafoe / Josh Lucas / Samantha Mathis
Duración: 106 min
País: Estados Unidos

Hacía ya un tiempo que había visto American psycho. De hecho, desde su estreno, es una cinta a la que le he dado unos tres o cuatro vistazos. Y todavía no sé el porqué, pero, de repente, ayer me apetecía volver a verla. Es de ese tipo de historias que, de tanto en tanto, vuelven a asaltarle a uno. Y tampoco sé el porqué, pero cada vez que veo de nuevo este relato, me gusta más. 

Basada en la celebérrima novela de Bret Easton Ellis, la historia centra su atención en Patrick Bateman. Este último es, por decirlo bien a las claras, un yuppie. Vive bien, rodeado de lujos y caprichos. El fasto inunda su día a día. Tiene todo lo que quiere… y cuando quiere. Pero, ¡vaya!, hay veces que no consigue reservar cena en el restaurante de moda de Nueva York. Otras, las más puñeteras, sus compañeros yuppies, todos ellos bien engominados y trajeados, le superan en el refinado arte de… lucir tarjeta de presentación. Qué cruel y desoladora es la vida para Patrick Bateman. El materialismo ha carcomido hasta el último de sus huesos. Ni siquiera es uno de esos hipócritas filántropos multimillonarios. A él, su cuerpo, solo le pide sexo y violencia. Es la psicosis que encumbra a esta historia.

La cineasta Mary Harron es una caso muy atípico en esto del cine, pues consiguió trasladar el material literario de una manera formidable a la gran pantalla, pero disipándose poco después en el olvido. Ella escribió el guion (en compañía de otra mujer, Guinevere Turner) y dirigió la película. Todo le quedó muy bien, sin embargo no ha dado con ningún proyecto atractivo después de este film. Su nombre, por tanto, quedará vinculado para siempre junto al de esta película. Si bien no estamos ante una obra perfecta, sí hallamos en ella una formidable narración, cargada de mala sangre y espíritu crítico. En ella se destripan las entrañas de uno de esos miserables que reinan, y han reinado, durante los últimos decenios. Es el mundo de las finanzas, de los altos ejecutivos. Un universo al que Oliver Stone ya se había acercado de una forma notable gracias a Wall street (1987) y al que ha terminado de rematar recientemente con excelencia el dúo formado por Terence Winter y Martin Scorsese en The wolf of Wall street (2013). Personalmente, a mí me gustan este tipo de enfoques. ¿Por qué siempre centrarse en la pobreza, en el desgraciado? ¿Por qué tanto estudiar soluciones a los males de estos? Aquí, en cambio, se reformula este planteamiento. Miremos al rico, al adinerado. Analicémoslo. Y pongamos, ya de paso, el punto crítico a todo ello.

La clave de bóveda del film no es otra que Christian Bale, sobresaliente actor. Curioso es, según cuentan las malas lenguas, que el británico entrara en el cartel sustituyendo a Leonardo DiCaprio, quien se había negado a aceptar una interpretación que le podía brindar cierta mala reputación (personaje misógino, narcisista, violento) en el mundillo hollywoodense. Error, en todo caso, al que DiCaprio ha dado arreglo con el tiempo al interpretar a Jordan Belfort, primo hermano por decirlo de alguna forma de Patrick Bateman. Son dos interpretaciones dignas de toda alabanza. Centrándonos en Christian Bale, este interioriza cada uno de los maníacos rasgos de su personaje: el orden, la higiene, el cuidado físico. La imagen, en definitiva. Todas sus obsesiones son plasmadas con naturalidad, de una manera absolutamente creíble. Las alucinaciones, el punto reminiscente a las figuras de Ed Gein y Ted Bundy, además, son un auténtico regalo. Es el valor añadido, el punto diferencial. No existe el histrionismo en este actor, uno no percibe nada artificial en su expresión. Y eso, para un personaje como el que aquí corresponde interpretar, es una maravilla.

Me fascinan la escenas de un hombre corriendo en soledad, agitado e histérico, entre las calles que albergan a esos colosales rascacielos. Un vacío existencial y un desarraigo moral dañino para los sentidos. Así, American psycho es un mordaz alegato, una obra de obligada revisión que define un tiempo histórico muy concreto. En ella se disecciona con minuciosidad una forma de vida. Y sí, tiene un punto escabroso, quizás algo forzado buscando esa llamativa transgresión a través de ciertas situaciones “delicadas”. Sin embargo, siempre me quedaré, elección personal, con la divertidísima escena de las tarjetas de presentación. Un monumento de película.     

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Match point (2005)

600full-match-point-posterDirección: Woody Allen
Guion:
 Woody Allen

Producción: BBC Films / DreamWorks Pictures
Fotografía: Remi Adefarasin
Música: Varios
Montaje: Alisa Lepselter
Reparto: Jonathan Rhys Meyers / Scarlett Johansson / Emily Mortimer / Matthew Goode / Brian Cox / Penelope Wilton
Duración: 124 min
País: Reino Unido

Homenaje cinematográfico a la novela de Dostoyevski, Crimen y castigo. El excelente Jonathan Rhys Meyers evoca al personaje de Rodión desde el primer momento en que tomamos conciencia de su situación: joven, culto, pero con una vida precaria que apenas le permite saldar cuentas a fin de mes. Es así como llega a Londres, buscando un futuro mejor, tratando de abrirse camino.

El azar, la suerte o la fortuna son cualidades, todas ellas, que marcan el destino de uno mismo. Es la idea que pulula en cada uno de los fotogramas de esta cinta. ¿Qué sucede cuando la pelota está justo encima de la red? ¿Hacia qué lado caerá? Detrás de esta vertiente azarosa encontramos, por supuesto, la voluntad de la persona, el esfuerzo y la constancia. Para Chris Wilton, protagonista de este relato, no hay lugar para la duda: ambiciona ser Alguien en esta vida, esto es, dinero, poder y lujos. ¿Tendrá suerte en su intento?

La figura de Emily Mortimer, sobresaliente e infravalorada actriz, es la clave de bóveda de esta narración. Ella abre las puertas del paraíso. Pero, de pronto, aparece la fractura: Scarlett Johansson, la tentación más absoluta. De esta manera, con apenas un par de profundas pinceladas, Woody Allen consigue elaborar una obra maestra. Nos encontramos así ante un relato sumamente perturbador. Los enredos sentimentales a los que nos acostumbra el cineasta -casi siempre expuestos en clave de humor- continúan aquí presentes, sin embargo ahora se tornan turbios, tenebrosos. Aparece así una batalla psicológica en la que las metas existenciales de uno mismo quedan salpicadas por el amor y la lujuria. Estamos, pues, en plena tormenta, presos de los dilemas morales que acompañan a nuestro protagonista.

Match point es una historia sobrecogedora. Para mí, nos encontramos -siempre en términos relativos- frente a la mejor película de la pasada década. Todo ello surge del exilio británico del maestro Woody Allen. Una escapatoria que no pudo tener mejor resultado que este. La fotografía de Remi Adefarasin y el guion del cineasta retratan un Londres donde la turbiedad impera sin límite alguno. Quedo cautivo desde el primer momento en que abre este relato, atento al devenir de los acontecimientos. La carga psicológica que acompaña a esta alma errante no te permite permanecer impasible. Todo en esta historia me parece aterrador. Así que Woody Allen lo ha conseguido: un drama tenso, un complejo thriller que va directo a la inquietud. La figura de Chris Wilton solo despierta en mí la lástima. Obra maestra.       

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El milagro de P. Tinto (1998)

p.tintoDirección: Javier Fesser
Guion:
 Javier Fesser / Guillermo Fesser 

Producción: Sogetel / Películas Pendelton 
Fotografía: Javier Aguirresarobe
Música: Suso Sáiz 
Montaje: Guillermo Represa 
Reparto: Luis Ciges / Silvia Casanova / Pepe Viyuela / Pablo Pinedo / Javier Aller / Emilio Gavira
Duración: 106 min
País: España

Cada uno que diga lo que quiera, pero a mí El milagro de P. Tinto me hace mucha gracia. Es una película atípica, pero divertida. Una comedia que sigue las líneas maestras fijadas por José Luis Cuerda con Amanece, que no es poco (1989) y Así en el cielo como en la tierra (1995) para, moviéndose entre los límites de lo absurdo y lo surrealista, sacarle una sonrisa al espectador. Creo que esas son las sanas intenciones de Javier Fesser, y lo consigue, vaya si lo consigue.

La ilusión de P. Tinto siempre ha sido formar una familia. Al menos, desde que conoció a su gran amor, Olivia. Con esa simple premisa, abre esta película. Una montaña rusa de sinsentido y distracción. Tiene escenas antológicas en lo referido a la carcajada espontánea. El cineasta, Javier Fesser, demuestra así que tiene talento para la comedia. Además, no solo eso, pues con obras como Binta y la gran idea (2004) o la preciosa Camino (2008) ya ha demostrado con creces que se siente cómodo en el drama, y en esto del cine. Un tipo polifacético que, conviene destacarlo, dio sus primeros pasos con esta historia de marcianitos, obleas y negritos caídos del cielo.

Si buscan coherencia en este relato, igual se pierden. Hallarán, en cambio, una buena dosis de humor y extravagancia. Suficiente para pasar un buen rato y disfrutar, ya de paso, con un Luis Ciges descomunal en el que fue uno de sus últimos trabajos. Silvia Casanova, además, también está muy graciosa. La fotografía de Javier Aguirresarobe, todo un clásico, es otra de las grandes virtudes de esta narración. Mimbres de sobra para elaborar una de las mejores comedias españoles de los noventa.      

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The silence of the lambs (1991)

silence_of_the_lambsDirección: Jonathan Demme 
Guion:
 Ted Tally (Novela: Thomas Harris) 

Producción: Orion 
Fotografía: Tak Fujimoto
Música: Howard Shore 
Montaje: Craig McKay 
Reparto: Jodie Foster / Anthony Hopkins / Scott Glenn / Anthony Heald / Frankie Faison / Ted Levine 
Duración: 118 min
País: Estados Unidos

Una joven corre a través de un bosque mientras los títulos de crédito nos anuncian lo que está por llegar. Acaba de comenzar el día, el frescor de la mañana azota su rostro y la suave niebla todavía domina la situación. Bien equipada para el entrenamiento, sufre, suda y se retuerce. Es Clarice M. Starling, uno de los personajes femeninos icónicos en la historia del cine. Es el prólogo con el que abre la mejor película de suspense que yo haya visto y, además, uno de los títulos clave del séptimo arte: El silencio de los corderos

Cuando Thomas Harris escribió esta novela, no creo que imaginara que, con los años, alguien conseguiría elaborar un film tan perfecto y brillante como este. Es más, me atrevo a decir que la película es mucho mejor que la novela. El director, Jonathan Demme, marca un ritmo inquietante y tenebroso desde el primer momento. No hay respiro alguno. Abusa de los primeros planos y se agradece, se agradece porque esta es una historia de personajes con gran calado, personajes a quienes la pantalla se les queda pequeña cada vez que salen en ella. El cineasta también tiene la suerte de contar con un equipo de primer nivel: la música de Howard Shore nos deja bien a las claras dónde estamos; el montaje de Craig McKay cierra con solidez cualquier intento de escapatoria para el espectador, pues no hay tregua; la fotografía de Tak Fujimoto inmortaliza momentos célebres; Ted Tally hilvana un guion monumental en el que todas las piezas parecen encajar; y en el reparto encontramos, no exagero nada, dos de las mejores interpretaciones de la historia del cine. 

Hannibal Lecter. Personaje mítico donde los haya. Psiquiatra con devoción por el canibalismo, inmune a la aprensión y de actitud escabrosa. Dicho de otra forma, el terror hecho persona. Un monstruo a quien Anthony Hopkins le otorga un punto de empatía sobrecogedor, descomunal. Es el antihéroe perfecto a la hora de apresar al villano de turno, a la excusa de esta narración, Buffalo Bill. Lo de excusa es muy relativo, claro está. De hecho, podría entrecomillarse. Pero, en el fondo, lo que aquí subyace -y conviene destacarlo- es la turbia relación que se entabla entre el Doctor Lecter y Starling, una joven y metódica estudiante. Esta es la clave de bóveda del film. Ella es gélida como el hielo, pues se ha criado en las tinieblas. Nunca podrá escapar de esas pesadillas en las que los corderos son los protagonistas. Por ello, quizás, no conoce el vértigo, no teme a nada. Ni siquiera a uno de los asesinos en serie más crueles que se recuerde. Por eso la envía Crawford, interpretado este por un maravilloso Scott Glenn, secundario de lujo. Por eso se presta a ella el Doctor, venerándola y respetándola. La lucha psicológica es brutal. Asistimos a un tú a tú colosal, espléndido. 

El oscuro personaje de Lecter se pierde entre la escurridiza inocencia de Starling. Entre ambos levantan un monumento a la turbiedad. Los quince minutos finales, cuando Buffalo Bill arrecia con más fuerza, son de pura agonía. En el camino, hemos disfrutado de sobrecogedoras y célebres escenas (de hecho, en todas y cada una de ellas en las que sale Anthony Hopkins). Estamos frente al mejor thriller, junto con Seven (1995), de la década de los noventa. Si Fincher dotó al género de una modernidad inaudita, quizás sea porque el clasicismo más puro dentro de los cánones del suspense y la intriga ya había sido alcanzado por parte de Jonathan Demme pocos años antes. Una obra insuperable. Gran parte de la culpa la tienen, conviene enfatizarlo, unos maravillosos Anthony Hopkins y Jodie Foster. Inolvidable.   

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