‘Si la cosa funciona’. La vida según un sexagenario hipocondríaco.

En su retorno a Nueva York, después de cinco años alejados de los “mamones de Hollywood” como él mismo dice, Woody Allen, en plan estajanovista, malacostumbrándonos a película por año, se saca de debajo de la manga a Boris Yellnikoff, un físico de mecánica cuántica, profesor en Columbia, cuasi aspirante al premio Nobel, casado y acomodado en la clase media-alta neoyorquina, que decide hacer borrón sin más y tirarse por la ventana. La cosa no irá demasiado bien, atendiendo al fin que buscaba, claro está. Caerá sobre un toldo, por lo que evitará la muerte y ganará un divorcio y una cojera de por vida.

En su nueva vida, trasladándose a un cochambroso piso, conocerá por casualidad a una inocente chica del sur que ha huído de su familia tradicional y conservadora para hacer una nueva vida en Nueva York. Qué vida le espera. Un lío sentimental junto al hipocondríaco de Boris, un tipo que es un manual en vida que trata de qué mal está el mundo, qué jodida está nuestra civilización y demás teorías acerca del amor, la esclavitud, África, las enfermedades, etcétera.

En medio de tal absurdez, físico inteligente de 60 años liado con niña necia de unos 18, la bola de nieve se hace más grande cuando les da por aparecer a los padres de la criatura. Dos beatos reconvertidos del día a la mañana en gay y puta. Una puta que apartará  a Boris de Melodie, quien acabará liada con un guaperas de tres al cuarto que se atribuye como mayor virtud el ser “muy romántico“. Ante tal comprobación empírica de su teoría acerca del amor, Boris decide lanzarse por segundo intento por la ventana. Tampoco resultará. Esta vez caerá sobre una mujer a la que destrozará en dos, pero que acabará saliendo con vida y liándose con él.

En fin, todo un cúmulo de líos sentimentales y familiares, propios del genio de la comedia Woody Allen, que una vez más nos regala un guión desternillante que da como resultado unas cuantas carcajadas y multitud de situaciones cómicas. Con un claro mensaje desde el lado del perdedor: la vida está tan jodida, que si la cosa funciona, por breve y accidental que sea, aprovéchala. A pesar de todo, “Whatever works” no perdura, no cala hondo. Buena, sin más.

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