‘Eyes wide shut’. Cruise Kidman Kubrick.

Doce años después del estreno de su último film, ‘Full metal jacket’ (1987), y tras varias intentonas frustradas de volver a dirigir, como por ejemplo el proyecto de Inteligencia Artificial (no materializada por falta de recursos) o el relativo al holocausto judío (Spielberg se adelantó en la historia), Stanley Kubrick volvía, en pleno estado de forma, con ‘Eyes wide shut’ (1999), una obra de temática controvertida que alcanzó cierto grado de polémica al coincidir que la pareja ficticia, el matrimonio Harford, estaba representado por una pareja, por aquel entonces, ligada en la vida real: Tom Cruise y Nicole Kidman. 

William Harford y su mujer tienen una vida respetable. Inmersos en la alta clase neoyorquina, él ejerce como doctor y ella se hace cargo del cuidado de la hija de ambos, Helena, de siete años de edad, ahora que la galería de arte en la que trabajaba ha quebrado. En uno de sus compromisos sociales, una fiesta organizada por Victor Ziegler, ambos coquetearan, a la sombra de su matrimonio, con distintas personas allí presentes (Kidman con un cincuentón apuesto, Cruise con dos jovencitas modelos), rompiendo así el hielo para que, al poco tiempo y bajo los efectos de la marihuana, en medio de la intimidad proporcionada por su dormitorio, asalte la estremecedora revelación de boca de Alice: “tuve una fantasía sexual en la que no estabas tú, sino otro hombre”, le decía, en esencia, a su estimable marido.

A éste se le derruía su existencia, los cimientos de su relación parecían ahora resquebrajarse. ¿Qué era, entonces, su matrimonio? ¿Una farsa? ¿Un simple teatro que no iba más allá del placer carnal? Su cabeza quedaba colapsada, perturbada ante tan dolorosa afirmación. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo reaccionar ante tan inesperado acontecimiento? Stanley Kubrick nos sumergía así en un juego del todo paranoico, moviéndonos entre infidelidades, traiciones, aventuras nocturnas y sueños fatales. La pasión, el sexo y la fogosidad, ligados con sus dilemas morales y éticos (brutal la escena de la hija del hombre de la tienda del disfraz), parecía impregnarse en la narrativa, dinamitando y cuestionando, a la vez, la figura del matrimonio en la sociedad actual. La mente del doctor parecía ahora enfermiza, obsesiva. No conseguía escapar de ese mundo turbio, lujurioso, inquietante y perverso en el que había caído, casi sin quererlo, después de las palabras de su esposa, representado aquél, en toda su intensidad, en una lujosa mansión repleta de máscaras y juegos oscuros. 

Elegante, preciosista y ardiente dirección del maestro Kubrick en la que supuso su última película, la cual ni siquiera llegó a contemplar cómo se estrenaba en las salas mundiales (murió poco después de finalizar su montaje). La factura técnica es asombrosa, espectacular. El manejo de la luz y el uso de los colores es, simplemente, cautivador. Cátedra para todo aspirante a buen director. La corrompida historia acerca de esa acomodada pareja cuya relación comienza a tambalearse por los celos y las fantasías sexuales, atrapa al espectador, intrigado éste, además, por los sucesos y peligros que acontecen en la vida del doctor durante ese largo paseo nocturno, siendo paradigmático de ello el sobrecogedor mundo que se abría con tan sólo una palabra: “fidelio”. 

En fin, una historia compleja, detallista, abrumadora, enigmática y compatible con múltiples lecturas que servía para poner el broche idóneo a la carrera cinematográfica del imperecedero Kubrick. Una de las mejores películas de la década de los noventa.

9.5/10

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