La dolce vita (1960)

La-Dolce-Vita_1Dirección: Federico Fellini 
Guion: Federico Fellini / Ennio Flaiano / Tullio Pinelli / Brunello Rondi 
Producción: Pathé / Riama Film
Fotografía: Otello Martelli 
Montaje: Leo Cattozzo 
Música: Nino Rota 
Reparto: Marcello Mastroianni / Anita Ekberg / Anouk Aimée / Alain Cuny / Yvonne Furneaux / Valeria Ciangottini 
Duración: 174 min
País: Italia

“Non capisco, non si sente”. 

Marcello siempre soñó con ser un gran literato, sin embargo, ocupa su vida como periodista del corazón, moviéndose entre la farándula elitista de la ciudad de Roma en busca de alguna miseria que le sirva para vivir: carnaza para la multitud. Anhela una vida mejor, la dolce vita. Es un extraño varado entre dos mundos: uno, el de la alta sociedad italiana, al que desea acceder con locura, pero que le desespera, le frustra, le rechaza; otro, el suyo, su realidad, esa de la que no logra escapar. Él es Marcello Rubini, dicho de otra manera, Marcello Mastroianni, inmortal después de esta interpretación. El cineasta de Rimini, Federico Fellini, escoge con gracia la figura que quiere representar y con todo el detalle del mundo nos pide atención.

Un helicóptero sobrevuela la ciudad de Roma. Es la Ciudad Eterna vista desde el aire, pronto, sin embargo, Fellini descenderá al mundo terrenal. Lo hará empleando una técnica narrativa -el uso continuado de anécdotas- que mantendrá como enlace común al apuesto y triste Marcello Mastroianni. La afilada crítica del cineasta no solo destripará las miserias de los náufragos que habitan en aquella ciudad, sino que también servirá para desplegar la colosal batalla interior a la que tendrá que hacer frente Marcello, indeciso ante el cariz que debe tomar su vida. A ratos maravillado, a ratos desolado. No encuentra su lugar en el mundo o, mejor dicho, en Roma. Hace el amor con Maddalena, una elegante burguesa, pero lo hace en casa de una prostituta. Queda cautivado por la inocente belleza de Sylvia, bañada por la Fontana di Trevi, idealizada representación de la dolce vita, pero el platónico paseo nocturno termina con una bofetada. Busca consuelo en su referente y amigo Steiner, burgués icónico, pero este no solo lo instruye con magníficas palabras, memorables, sino que también le añade un punto amargo con su trágico desenlace. Habla solo, declarando su amor a Maddalena, pero aquella besa cruelmente a otro hombre mientras lo hace. Trata de ser Alguien en el circense, farandulero y vacuo mundo que acompaña a la aristocracia romana, participando en sus guateques, siendo un mujeriego, luchando contra sombras, pero la figura de su padre, a quien dice no conocer, y la de su novia, a quien dice no amar, le marcan a fuego tanto su pasado como su presente.    

Una inocente adolescente, Paola, le sirve en un pequeño bar. Ella es de Umbría, siente nostalgia por su tierra, desea calmar esta añoranza cuanto antes. Él queda maravillado por su cara angelical, le recuerda a esas caras representadas en las pinturas que adornan las iglesias umbras. Es la pureza, la inocencia, la mejor imagen de la sencillez del mundo. Poco después, Marcello vuelve a ver a la joven en la playa. Está lejos. Ella le llama, le reclama. Él no puede escuchar lo que dice. El agua los separa, separando los dos mundos que destruyen a Marcello. Él elige su destino. Errante, desolado y vacío. Es el adiós de una película maravillosa.  

la dolce vita

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