‘Hermandad de sangre’. Sin sentar precedente, me solidarizo con el asesino.

Seis petardas atiborradas de silicona hasta arriba y con un número de neuronas que fácilmente se pueden contar con los dedos de una mano, deciden gastarle una broma al ex de una de ellas. ¿Cómo? Haciéndose pasar, la petarda en cuestión, por muerta mientras el pobre desgraciado le mete mano.

La cosa, cómo no, saldrá mal. El paleto se comerá de lleno el anzuelo y decidirá, no se sabe porqué, clavarle una especie de pincho en todo el pecho, para así rematarla. Primera víctima. Y un pacto sepulcral entre todas ellas. Nadie dirá nada de lo sucedido. Y por lo visto allí la policía no hace su trabajo, ya que la cosa quedará como si no hubiese pasado nada.

Transcurrido el tiempo, la venganza llegará. Lo de siempre. Sangre y muerte. Pero, en este caso, uno se solidariza con el asesino, porque “Hermandad de sangre” propone poco, o nada. Sólo sexo, tetas, ciclados y culos. Es como ver a niños de 14 años pero con cuerpos de 25. Ya se sabe, lo que se conoce como terror adolescente.

Que valga como frase más profunda, la de una de sus protagonistas, “agrégame al facebook y te confirmo”. Es decir, guión malo y diálogos simplísimos. Es un recital de tías buenas cachondas sin más.  Para aquéllos que todavía no hayáis llegado a los 16 o 17 años, esta es vuestra película chavales. El resto, lo dicho, no la vean.

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