‘Tinker, Taylor, Soldier, Spy’. De espías y Guerra Fría.

Son los años 70, Reino Unido. La alta cúpula del Servicio Secreto británico, dirigida por Control, ha establecido una arriesgada misión en Hungría. Ésta, como era de esperar, resultará fallida. ¿Hay un topo en la cúpula? Eso piensa Control, y en ello está, en averiguarlo. Sin embargo, el Gobierno le liquidará después de la mala imagen ofrecida en Hungría (al estilo entrenador de fútbol), y éste se llevará consigo a su mano derecha, George Smiley. El “topo” tendrá vía libre.

Esto será hasta que Smiley, ahora retirado, reciba un encargo especial: seguir con la ardua tarea que comenzó Control. De este modo, se iniciará el disfrute. Un guión denso, astuto e inteligente. Una buena historia contada de un modo brillante (sí, es capaz de hacer palpable la niebla, de que no nos desorientemos en ella) por Tomas Alfredson, quién se servirá de una factura técnica intachable y un reparto de altos vuelos (mención especial al papel de Gary Oldman), para sumergirnos, de lleno, en el nublado, amenazante, paranoico y obsesivo ambiente que caracterizó a una época y un tiempo concreto.

Esto es la Guerra Fría. Al estilo Le Carré. Trampas, cepos, astucia, recelo, engaño. O lo que es lo mismo: calderero, sastre, espía, soldado. Esta guerra no se libraba en el campo de batalla, sino entre informes, despachos y máscaras. 

8/10 

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