‘Paraiso travel’. La épica de la vida.

paraiso_travel_ver2_xlgMarlon está perdidamente enamorado de Reina, su novia. Ambos son jóvenes y tienen un futuro prometedor esperándoles. Sin embargo, ella no está dispuesta a desperdiciar su vida en Colombia. Sueña con llegar a los Estados Unidos, con alcanzar la porción del sueño americano que le corresponde en la tierra de las oportunidades. Y Marlon, bien, él simplemente la seguirá por amor.  

Esto es ‘Paraiso travel’, el título dado a esta perfecta obra pulida por Simon Brand en base a la escritura de Jorge Franco Ramos. Tres son los pilares sobre los que se sustenta la narrativa: el drama de la inmigración; el romance; y la búsqueda de cada uno por encontrar su lugar. Buenos ingredientes, por tanto, para elaborar una poderosa historia sobre ilusiones rotas, sufrimiento y penas. Aunque también hay espacio, en medio de tal pesadilla, para la determinación, el esfuerzo y, finalmente, la satisfacción.

No busquen encontrar la típica postal neoyorquina en esta cinta. Pues Marlon, un brillante Aldemar Correa, no estaba de vacaciones glamourosas en la ciudad de Nueva York. Estaba, como tantos otros, tratando de lidiar al monstruo, al gigante. Es el lado amargo de la vida, cuando no te queda otra que echarle un pulso a ésta, encontrar tu camino en medio de tanto azote y mejorar, convertirte en un hombre. Una épica narración, muy acorde con el siglo XXI, en la que todo queda bien equilibrado y repartido. 

8/10   

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‘Las cartas de Alou’. Triste realidad.

Alou probablemente sea de Mali. Tal vez de Senegal. Lo que está claro es que quiere trabajar, labrarse un futuro para tener una vida mejor. Para ello, debe cruzar el estrecho en patera (o lanchita), salir de su país y marcharse hacia el Norte. Trabajar en los invernaderos de la zona de Almería, subirse al “bueno, bonito y barato” por las calles de Madrid, correr al grito de agua, marcharse a Lleida en busca de trabajo en la fruta para malvivir en medio de unas ruinas. O currar en un taller textil, o en una chatarrera, para que un burócrata más te diga que no es suficiente para tener papeles, ni siquiera es suficiente para pagarse una estufa con la que calentar las manos al llegar a tu desangelado “hogar”.

“Las cartas de Alou” es una de las pocas películas, en nuestro país, que retrata un fenómeno tan actual hoy en día, el fenómeno de la inmigración. Lo hace alejándose de los datos y números. Montxo Armendáriz lo retrata desde un punto de vista humano, desde los ojos de Alou. Un chico que está sólo, sin nadie. Y como él dice, con mil miradas clavadas en su cabeza. Sabe que no es bienvenido. Sabe que la policía le pedirá los papeles. Y que será explotado en el trabajo. También sabe que más de un amigo morirá, bien en la mar, bien en el malvivir del día a día. Sabe que su futuro suegro no lo quiere por ser negro e inmigrante. Y que en los bares no le servirán ni una cola. También sabe que si se duerme le robarán sus pocas pertenencias. Y que dormirá en lugares malolientes y mugrientos. Pero, pese a todo, Alou se esforzará, por trabajar y tratar de ser feliz, a sabiendas que ese nunca será su país, desde el pesimismo del que sabe que nunca será uno más. Película necesaria.

‘Vientos de agua’. Avanti, por un mundo mejor.

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Asturias, 1934. José Olaya es un minero más en el pueblo. Cuando aún anochece, comienza a trabajar, y no finaliza hasta que no anochece de nuevo. Sin embargo, dentro de su miserable vida, él es feliz. Está junto a su familia, junto a su hermano Andrés, a quién quiere mucho, y junto al amor de su vida, Henar.

De pronto un día, el capataz de la mina, el tirano del pueblo, decide no sacar a los mineros cuando se le avisa de una posible fuga de gas. Andrés morirá. Y con él, la vida de José en Asturias. Vengándose de la muerte de su hermano, volará la mina en pedazos, y partirá hacia Argentina gracias al billete con el que pensaba viajar su hermano en un futuro cercano. Moría, entonces, José. Su nuevo nombre sería el de su difunto hermano, Andrés.

En el tortuoso recorrido hacia Argentina, Andrés conocerá a tres amigos fundamentales en su vida: Juliusz, un judío húngaro que huye de la sombra del nazismo; Gemma, una inocente niña italiana sin familia, víctima del fascismo de Benito Mussolini; Laia, el primer amor en la nueva vida de Andrés, una joven que huye de la pobre España en busca de una vida mejor en Argentina.

Los caminos de Laia, irán, por momentos, separados de los de sus tres amigos. Prostituta de inicio, marchará durante un tiempo, y volverá a Buenos Aires siendo dueña de un cabaret. Siempre será una escudera fiel a Andrés.

Gemma y Juliusz, a pesar de un breve desencuentro en sus inicios en Argentina, pasarán la vida juntos, al menos la de Juliusz. Ambos mantendrán una bonita relación amorosa, y ambos serán apoyo fundamental para el protagonista, Andrés.

Andrés pasará los primeros años en Argentina viviendo con Juliusz. Él, que no hacía nada más que decir aquello de “la América tendrá algo bueno para todos nosotros”, parecerá no encontrarlo. Pues, su amor por Laia nunca llegará a buen puerto a causa de la condición de prostituta de ésta, además Andrés no recibirá noticias sobre su familia en Asturias.

Buscando recobijo a estos problemas, Andrés se refugiará en la amistad de Juliusz y Gemma, así como en los brazos de una nueva muchacha, una abogada de la Cruz Roja.

Estos años narrarán, principalmente, la relación entre Gemma y Juliusz, así como las situaciones que se dan ante el contexto de la Guerra Civil o el peronismo argentino.

La llegada de Henar, destrozará a Andrés. Será, junto al final, el único acercamiento con su pasado. Un pasado perturbado por la guerra. Una guerra que le dejará sin su familia, a excepción de Felisa. Su hermana logró sobrevivir y partir hacia la Argentina en busca de su hermano. Siempre le será fiel. Y, ella, siempre vivirá enamorada por Vidal, un combativo anarquista también fiel a Andrés. El revolucionario, fallecerá por amor, y con él, también lo hará el amor de Felisa.

Decidido a romper con su antigua vida, o mejor dicho, obligado a ello, Andrés seguirá avanti. Conocerá a Sophie, una francesa judía de la que permanecerá enamorado toda su vida, y por la que tendrá que romper su promesa de amor eterno que hizo en su día a Henar. Con ella formará una nueva familia, con dos hijos más una hija que ya tenía ella. Serán años dorados, hasta el fallecimiento de Evita Perón. Ese día no sólo morirá ella, también lo hará Sophie, en accidente de tráfico.

La familia feliz, formada no solo por Sophie y Andrés y sus respectivos hijos, sino también por Gemma y Juliusz, Felisa, los amigos anarquistas, Vidal, todo se vendrá abajo. Será un duro golpe, pero ahí estará esa conversación entre los tres viejos amigos, Andrés, Juliusz y Gemma. Tras el bofetón correspondiente, Gemma será rotunda: “¿cuándo me viste llorar? ¿Cuando me abandonó mi familia en el barco me viste llorar? ¿Lloré en el conventillo cuando no teníamos comida? Cuando se murió tu familia no lloré. Ni con la tuya ni con la mía. Si cada vez que estuve triste hubiera llorado, estaría más seca que este maíz. Yo no lloro nunca. Yo sigo avanti. Avanti antes y avanti siempre. No estoy sola. Estoy con el hombre que amo y con el que quiero vivir toda mi vida“.

El discurso, junto a la insistencia de Felisa en encontrarle un nuevo amor, persuadirá a Andrés de ello. El rancio y tosco Andrés que apareció tras la muerte de Sophie, seguirá adelante con una nueva mujer, Lucía, de profesión doctora. Con ella iniciará una nueva relación, fruto de la cuál saldrá Ernesto, su último hijo.

Buenos Aires, 2003. La crisis financiera afecta a Argentina de manera devastadora. Donde hubo opulencia ahora hay sequía. Bien lo sabe Ernesto Olaya. Su mundo se vendrá abajo, al igual que la economía Argentina. Apresado por los bancos y las clases dirigentes, Ernesto será convencido por su padre para que ponga rumbo hacia España, camino a la inversa del que antaño él había realizado.

Lo hará dejando atrás a su familia, temporalmente. Pero en estos casos, temporalmente puede significar eternamente. Su llegada a Madrid no será, quizás, como él la podía esperar. Buscando refugio en un antiguo compañero de facultad, éste no hará más que reírse de sus penas. Así que vagará y vagará hasta encontrar a Ana, una joven que le ayudará a encontrar piso, en Lavapiés.

Con condición de ilegal y sin poder homologar su título de arquitecto, Ernesto dará tumbos por diversos trabajos, todos ellos despreciados por los autóctonos, y como no, mal remunerados. Huyendo de su realidad, creará un mundo imaginario para sus familiares argentinos. Ello provocará la apareción de la desconfianza en su matrimonio. Su mujer, Cecilia, comenzará un romance con un compañero de trabajo.

A su vez, Ernesto conocerá a gente en peor situación que él, como Mara, su compañera de piso; el amigo de Ana, un analfabeto al que Ernesto ayudará; Illie, un rumano ilegal que le ayudará a salir de algún que otro problema; la prostituta senegalesa, etcétera. Gente que salió de sus paises para prosperar. Para encontrar un mundo mejor. Y, sin embargo, el mundo que encontrarón fue el del rechazo, el de la ilegalidad. Se vieron obligados a subsistir a través de la opresión de los nativos. Campanella nos relata aquí la realidad que se vive en nuestros días. Los problemas con los que se topan trabajadores honrados que vienen de otros países en busca de trabajo por necesidad para vivir. El aprovechamiento, por parte de los empresarios, de esta situación de necesidad. La persecución policial por el simple hecho de no tener papeles. Las tramas mafiosas vinculadas a la prostitución o el robo. Una realidad demoledora.

A ello, en el caso de Ernesto, habrá que añadirle una crisis emocional que desembocará, no sólo, en la ruptura de su estable matrimonio. Su hijo, necesitado de padre, viajará a España, para estar con él. Sin embargo, su hija, pese a su amor eterno, jamás volverá a estar a su lado. La búsqueda de un mundo mejor dejará en el camino a una hija y a una esposa. Encontrará, en cambio, una nueva familia. La familia donde el no tener papeles es algo normal. Una familia alegre, amable y divertida, que no tiene preocupaciones más allá del sobrevivir. Una familia que acabará siendo del todo materializada a través de su matrimonio con Mara, o Marita, como la llamará Ernesto. Una familia que saldrá adelante gracias a la nacionalidad española y un trabajo “público” como arquitecto.

Ambas situaciones, ambos contextos, se reencontrarán en Asturias. Allí los viejos recuerdos atormentarán a Andrés Olaya. Su propia tumba, la de sus familiares muertos, el asesino de sus padres, la presencia de su viejo amor, Henar, la mina. Todo le llevará hacia el pasado. Ya no le quedará nada en el presente. Sus amigos, Juliusz y Vidal, han muerto. Gemma se volvió a casar y tuvo hijos,  pero él ya no supo más de ella. Laia, Sophie, Lucía han muerto. También Felisa, y con ella, toda su anterior familia. Ya no le quedará nada, o eso pensará él. Acudirá a Asturias con ánimos de revancha, querrá vengar a su familia, para luego, descansar en paz eternamente.

Sin embargo, el reencuentro con el mar le devolverá un pasado feliz. Aquellos días en los que soñaba con su hermano subido a la cima de una roca hablando y hablando sobre una vida nueva, una vida mejor.

Andrés, decidirá seguir avanti por última vez. Olvidar ese pasado rencoroso y tratar de conciliarlo con el presente. Buscará al amor eterno de su juventud en Asturias, Henar. Vivirá con ella el resto de sus días, cumpliendo su promesa, y a su familia, a su hijo, a su nieto, les contará todos sus recuerdos, para que no se silencien con su muerte. Les dará como herencia una maravillos historia sobre la lucha por seguir adelante ante un mundo que no siempre es, ni será, de color de rosas. Un mundo, el que le tocó vivir, que va desde los años 30 hasta la actualidad. Un mundo en el que tuvo que sobrevivir y luchar contra muchos obstáculos.

Un mundo marcado por los fascismos, en su día, y por los fantasmas financieros, hoy en día. Un mundo en el que antes se perseguía por ideologías, y hoy por no tener papeles. Un mundo lleno de dolores y rencores, pero al que ambos protagonistas sobrevivirán. Con sus lloros y sus penas seguirán hacia adelante. Avanti, como decía Gemma, avanti antes y avanti siempre.

Estas pequeñas luchas individuales, las de ambos protagonistas, que a la vez son colectivas, las historias de todos los secundarios, del contexto en sí, son un halo de esperanza para el ideal por un mundo mejor. Aquel mundo del que nos habla Juliusz, en uno de los momentos más emotivos de la serie, cuando él se despide de la vida: Ahora el lugar está muy bien, caminan solas las chicas, lo saben manejar muy bien. Muchas de esas chicas crecieron aquí. Ellas se van a encargar de que las niñas que entran acá salgan pensando que el mundo es mucho mejor que lo que era cuando entraron. Un mundo mejor… es un viejo sueño que venimos persiguiendo hace mucho tiempo. No hay que llorar ahora, no. Y ahora parece que todo va a cambiar. Vivimos en los albores de una nueva época. Hay movimientos en todas partes: el Frente de Liberación, en Argelia, en Cuba, en todas partes,… de mineros y campesinos en Bolivia. Siento una profunda esperanza para los tiempos que se avecinan. Siempre vivimos con el convencimiento de que puede haber un mundo mejor. Y bueno, justo ahora… justo ahora que parece que sí, que todo puede cambiar. Justo ahora, me tengo que ir.

Desgraciadamante, el mundo mejor que avecinaba Juliusz, no apareció. Siempre habrá policias que detengan a anarquistas. Gente víctima de régimenes dictatoriales que sean obligados a huír. Personas víctimas de una nueva economía que deja a su paso un mundo creciente de desigualdades. Sin papeles deportados a sus países de orígenes. Pero, ¿qué hacer ante todo ello? ¿resignarse? No. Vientos de Agua, pese a esa sensación extraña  mezcla de alegría y tristeza, es una historia acerca de esas luchas diarias, de esos que no se resignan a su condicion. Aquellos que intentan sobrevivir ante este mundo de mierda. Aquellos que cada noche al acostarse, cada día de camino al trabajo, mientras comen o charlan, mientras viven con la persona a la que aman, como Juliusz con Gemma, Andrés con Sophie, Ernesto con Mara o Vidal con Felisa, sueñan con un mundo mejor.