‘María, llena eres de gracia’. Mulas.

María, llena eres de graciaMaría cuenta con diecisiete primaveras. Vive en una población humilde, cerca de Bogotá. Su vida comienza y termina con un precario trabajo, una modesta aportación a la economía familiar y momentos de distracción con su novio Juan. Pero todo eso ya ha terminado. La joven está asqueada por la actitud de su encargado, harta de su familia y embarazada de un chico al que ni siquiera ama.  

En medio de todo ello, de pronto, un mal día recibirá una proposición arriesgada: comerse 63 “pepas”, coger un avión con destino a Nueva York y hacer la entrega de la mercancía. Tan fácil como peligroso. Y es que si la producción se realiza en Colombia, la demanda está en los Estados Unidos y el comercio de la sustancia es ilegal, alguien debe encargarse de hacer el transporte al margen de la ley. Estamos, pues, ante un viaje crudo y áspero hacia las entrañas de un miserable negocio  que no duda en emplear cualquier tipo de artimaña  con tal de obtener ganancias.

Pobre María. El autor de la obra, Joshua Marston, nos muestra el lado humano de la barbarie a través de la desgarradora interpretación brindada por Catalina Sandino Moreno. No busquen dulzura en esta película, aquí todo es tan mugriento como la realidad misma, esa realidad a la que deben enfrentarse las inocentes chicas que ejercen como mulas.

7.5/10 

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‘La virgen de los sicarios’. Devoción, violencia, horror.

“Ver, oír y callar”. Dice Fernando Vallejo, durante el transcurso del film, que esto es lo único que hace desde que volvió a Medellín. Miente, por supuesto. Habla mucho, muchísimo. El espectador, en consecuencia, lo agradece. A través de sus palabras, de sus acciones y de sus relaciones con distintos jóvenes como Alexis o Wilmar, uno consigue sumergirse en ese infierno terrenal en el que parecía convertirse la ciudad colombiana durante la década de los noventa.

Eran tiempos amargos. El líder del narcotráfico colombiano, Pablo Escobar, había caído. El Cartel de Medellín andaba desmembrado y los jóvenes sicarios quedaba desorganizados, moviéndose a impulsos y entablando infinitas disputas territoriales. Violencia, sangre y fuego cruzado. Muchos cadáveres, muchas almas penitentes. Un auténtico horror que escandaliza al espectador.

El talentoso guión es la clave de bóveda de esta historia. Por su precisión, por su rigor y por su mirada crítica. El viaje nostálgico, emprendido por un tipo como Fernando Vallejo, hacia su Medellín natal quedaba salpicado por una cruda realidad. Gracias a sus afinados pensamientos y mordaces reflexiones nos queda patente cuál es su punto de vista en torno a temas como la religiosidad, la muchedumbre o la pobreza, y cómo todo ello termina por relacionarse de una u otra manera con el narcotráfico y la violencia inherente al detestable oficio de sicario. Cierto es que el film de Barbet Schroeder se vuelve un tanto redundante respecto al tema del asesinato a sangre fría, pero esto no es más que la hipérbole donde se refugia el mensaje del film.

Película abrasadora. La comparativa entre las penas personales de Vallejo y las penas sociales de Medellín es inevitable. El cineasta noquea nuestra conciencia mientras nos lamentamos de la desgraciada vida que acompaña al protagonista, interpretado fabulosamente por Germán Jaramillo, tan desamparado, tan triste y tan errante.

8.5/10 

‘Scarface’. Tony Montana.

En la primavera de 1980, el puerto de Mariel Harbor fue abierto, zarpando miles de cubanos hacia los Estados Unidos. Ellos venían buscando el sueño americano. Uno de ellos encontró en las bañadas y soleadas avenidas de Miami… una riqueza, una fuerza y una pasión, que estaban por encima de sus sueños más salvajes. El era Tony Montana. El mundo lo recordará con otro nombre: Scarface. Un tipo que amó el sueño americano… con una venganza que cobrar“.

Hablar de ‘Scarface’, es hablar de cine del bueno. Lo es, a pesar de lo excesivo de su metraje y la complejidad de su montaje. Tosca como pocas, la cinta avanza, no obstante, de un modo vertiginoso, sin dar respiro ni pausa al espectador. Presenciamos con gusto, admiración y gozo, el auge y la caída de esa pequeña hormiga que soñaba con levantar un imperio tras de sí.

Un Brian De Palma en estado de gracia, conseguía plasmar en imágenes lo que Oliver Stone había ingeniado en papel a partir del referente de 1932, ajustándolo todo en clave cubana. Aquí hay una referencia clave, alguien sobre el que recae el peso principal del film: Tony Montana. Un delincuente cubano. Inmigrante en Miami, pronto supo que la vida de friegaplatos no estaba hecha para él. Quería tener el mundo a sus pies. Trajes caros, buenos coches, una esposa elegante, puros cubanos y una mansión en la que vivir. Ése era el mundo que quería conseguir. Con acierto se tradujo el título en España: ‘El precio del poder’. Algo premonitorio de lo que íbamos a presenciar, pues nada es gratis en la vida que había escogido nuestro protagonista.

En fin, mítica historia de los años 80 que nos entregó, gracias al dúo ya mencionado, De Palma & Stone, pero, sobre todo, gracias a Al Pacino, a uno de los narcotraficantes más carismáticos de la historia del cine. Una vida errante marcada por la ambición y la codicia, serpenteando caminos poco placenteros de recorrer, cargados estos de traiciones, vanidades enfrentadas, despotismos, sangre a borbotones y, cómo no, soledad. La soledad del que todo lo quiso, y todo lo perdió.

9.5/10 

Spoiler

El camino al triunfo es el del narcotráfico. La ambición por construir su imperio valió para sacar del mercado a mafiosos mediocres y sicarios de tres al cuarto. Lo tenía todo. Sin embargo, su corazón estaba dividido en tres: su familia (madre y hermana), su esposa y su mejor amigo. Excesivamente protector con unos, malhablado y grosero con otros, déspota con todos, el poder le nubló sus pensamientos y conducta. Acabó perdido en medio del laberinto.

Sólo, sin nadie a su lado, fue devorado por ese mundo agreste y salvaje en el que se había metido de lleno, y que encarnaba mejor que nadie Alejandro Sosa, un narcotraficante del tal magnitud que era capaz de controlar por medio de la droga a un Estado entero, Bolivia. Se despidió del mundo en compañía del calor que da una ametralladora y atiborrado, hasta las cejas, de cocaína. Abrió fuego hasta el último momento, sudando dolor, rencor e ira, incluso en el momento justo de su muerte. 

‘The wire’. Un paseo por las calles de Baltimore.

Por fortuna para los amantes de esta cosa llamada cine, en el año 2002, David Simon creaba una de las mejores series de televisión de la historia. Hablo, cómo no, de ‘The wire’ (2002-2008), una joya cinematográfica, un tesoro que contenía cinco temporadas que han supuesto un veritable ejercicio de disfrute para mí y mi hermano, dos feligreses de las andanzas de nuestros intrépidos agentes.

Cinco temporadas a través de los cuales hemos recorrido los entresijos más recónditos y oscuros de la ciudad de Baltimore. El cuerpo policial servía como detonante para que gente como McNulty, Bunk, Kima, Lester, Rhonda, Prez, Sydnor, Daniels, Herc, Carver y tantos otros se entregaran, en cuerpo y alma, a la lucha del crimen organizado. Una lucha encaminada en diversos frentes, aunque, todo sea dicho, los guionistas se amparaban más en las calles, en los barrios marginales, en el tráfico de drogas que tanto juego daba. Allí encontramos a Omar Little, un sanguinario criminal independiente que azotaba el negocio del capo de turno. También a gente como Avon Barksdale y Stringer Bell, quienes nos amenizaron la velada en dos excepcionales temporadas (la 1 y 3, en la 2 se alternó), o Marlo Stanfield, Chris y Snoop (4 y 5). Ellos tenían en común que eran de la calle, gente que luchaba por abrirse un camino, por labrarse un nombre. La lucha por el poder era sanguinaria, despótica y terrible. Así fue, también, en la segunda temporada, cuando ‘The wire’ se marchó al puerto de Baltimore, al mundo de los estibadores, sin perder de vista nunca el negocio del narcotráfico, auténtico nexo entre todas las temporadas (referente el Griego).

En la primera temporada, Avon Barksdale y Stringer Bell, trataban de hacerse con el negocio de la droga, con su hegemonía en Baltimore Oeste. Controlaban las baratas y las dos torres. A base de sangre y pólvora llegaron allí. En la segunda, con Avon enchironado, decidieron, los guionistas, cambiar el escenario dentro de lo posible, sin perder la referencia jamás de Stringer Bell, Barksdale u Omar. Pero, esta vez, nos transportábamos a los astilleros, para deleitarnos con la temporada más inusual de la serie. En la tercera, Avon volvía a la calle. Y lo hacía para explotar con Stringer, un hombre que se había vuelto más calculado, frío, con esa mentalidad que busca más el negocio que la sangre. Mucho más académico que callejero. Lucha de titanes, al tiempo que Omar y el Hermano buscaban venganza, y Marlo se apoderaba. Entre tanto, también comprobamos los intereses políticos tergiversado con lo policial en Jamsterdam. Fue en la cuarta y quinta temporada cuando el imperio de Marlo se consolidaba. Sus matones sembraban el terror en las calles, y chicos como Michael abandonaban las clases para alistarse al frente. Temporada amarga con esa despedida previsible de Boddie, un tipo de la calle dispuesto a reconciliarse con su vida. Los guionistas también aprovecharon para poner el dedo en la llaga del sistema educativo, con sus estadísticas, exámenes y mentiras. La última temporada nos llevaba a la caza de Marlo, a la pérdida de ética en gran parte de nuestros chicos y a supervisar, de un modo más superficial, como funciona el negocio periodístico.

Es conveniente citar, a pesar del juego que daba la calle, y puestos a tirar del hilo, los entramados de corrupción instaurada en las altas esferas. También los intereses ocultos de los políticos, dando por buena la magna obra de Anthony Downs acerca del estudio económico de la política. En esta vía se lució como ninguno el pesonaje de Carcetti para destaparnos el funcionamiento perfecto de lo que es Política. Otros como Burrell, Rawles, Clay Davis o el antiguo alcalde, también nos ayudaban a materializar en imágenes toda la telaraña de corruptelas tejida, sin olvidar a los abogados defensores de los grandes magnates de la droga.

En definitiva, gran obra la compuesta por esos 60 episodios que componen el total de ‘The Wire’. Se pueden escribir muchas palabras acerca de ella. Sin embargo, como esencia de la misma, yo establecería que es la mejor anatomía que se ha hecho nunca jamás acerca del negocio de las drogas, acerca de todo lo que éste conlleva, desde el soldado hasta el jefe pasando por el agente que requisa el menudeo. Complementándolo ello con la parte de los criminales pulcros y trajeados. Todo en un envoltorio de marginalidad, de derrota, el de los miserables de la ciudad, gente como Bubbles o Duquan, cuyos sufrimientos y penurias tampoco fueron olvidados por los guionistas, dando esa sensación de haber nacido en el lugar equivocado.  Repito, su visionado es un gozoso disfrute, además de un choque duro y directo con la realidad de nuestros días. Imprescindible OBRA MAESTRA. Véanla.