‘Brooklyn’s finest’. Querer y no poder.

Brooklyns Finest movie posterDifícil percibir la grandeza en esta película. Cierto es que el tándem que conformaron Ethan Hawke y Antoine Fuqua en ‘Training day’ (2001) repite aquí con distinta ciudad y personajes pero idéntica temática, guardando un gran parecido en el fondo de la historia. No es lo mismo, en cualquier caso. El culpable principal ya saben quién es: David Ayer. Su nombre no aparece aquí, en su lugar nos encontramos con un tal Michael C. Martin, guionista mediocre de profesión.

Se nota que éste conoce la melodía. Percibes que es un apasionado del género, que se ha empapado de los mejores relatos policíacos y gangsteriles que se hayan hecho jamás. Carece, en cambio, de la destreza para elaborar su propia partitura. ‘Brooklyn’s finest’ es una película sin alma. Lo es a pesar de contar con un gran reparto, en el que Richard Gere, Don Cheadle y el mentado Ethan Hawke salvan del hundimiento absoluto a un guión lleno de flaquezas. 

Tres policías, tres historias que contar. El director, Antoine Fuqua, aporta más rutina que empuje (raro en él) en tal cometido. Todo avanza de un modo gris, sin brillo ni emoción. Le falta vigor, fuerza y sentimiento a este relato. Ni él mismo cree en sus posibilidades. Un total desperdicio, en definitiva, que engrosa esa lista de películas que, sobre el papel, daban para mucho más.

6/10 

‘Gangster squad’. Mediocre.

gangstersquaddomestic (1)Atractiva propuesta la que nos llegaba de la mano de Ruben Fleischer durante el pasado mes de enero. A través de ‘Gangster squad’ nos sumergíamos en una época en la que la ciudad de L.A. no era más que un juguete en manos de Mickey Cohen, uno de los gángster más afamado del pasado siglo. 

Detrás del impacto inicial nos encontramos con una historia a la que le falta brío, seriedad y talento. Ahí reside su gran flaqueza y a nadie debería cogerle por sorpresa, pues la dirección corre a cargo de un tipo que hasta la fecha tan solo se había rodeado de zombies en clave cómica: el tal Ruben Fleischer. 

El reparto, eso sí, es un auténtico lujo. Difícil reunir, en la actualidad, un cartel con tanto porte: Ryan Gosling, Sean Penn, Josh Brolin, Emma Stone, Nick Nolte o Giovanni Ribisi, entre otros. Un enorme talento desperdiciado en una historia ramplona. A pesar de la corrección con la que ha sido elaborada, anda lejos de obras como ‘Boardwalk empire’ (2010) o ‘The untouchables’ (1987). En fin, a quien le guste el género, esta cinta le sabrá a poco.

6.5/10 

‘Pride and glory’. Miserias policiales.

El poso dejado por James Gray durante los últimos años en Hollywood se aprecia en cintas como ‘Pride and glory’. Ésta se parece, y mucho, a ‘We own the night’ (2007), estrenándose, además, con apenas un año de diferencia. Por el breve lapso de tiempo que separa a una y a otra, nadie puede hablar de mimetismo en tema y género. Pero, sin duda, Gray ha conseguido que sigan alimentando en USA un género tan carismático y enriquecedor como el gangsteril, en este caso salpimentado con el toque policial. Es decir, está creando escuela.

Joe Carnahan, el padre de ‘Narc’ (2002), coge las riendas de esta historia junto a Gavin O’Connor. Centran su atención en los corrompidos cimientos del grupo de narcóticos del cuerpo policial de Nueva York. Todo bajo el demoledor marco que ofrece un drama familiar como el aquí expuesto. Policías con distinto sentido de la ética. La corrupción frente al honor. Y una familia frente a la que responder. Lo dicho, me recuerda al mejor Gray.

Película elegante, con estilo. Su director, Gavin O’Connor, consigue crear una encomiable atmósfera, pulida a través de dilemas morales, sentimientos a flor de piel, dinero ensangrentado y cuestiones familiares. Todo ello consigue transmitir una autenticidad que termina por cautivar nuestra atención, dejándonos llevar por una intriga que pivota en torno a las tres grandes piezas del puzzle: Emmerich, Norton y Farrell. 

La dupla que ha parido esta cinta demuestra que sabe moverse en este género. Es una historia potente, por momentos brillante. Uno nota que se saben bien la melodía, aunque les falta cierta espontaneidad. Además de soltar automatismos debieron pensar el no incluir bufonadas de tercera división (sí, la escena del bar) que chirrían en demasía. Es por ello que esta cinta no alcanza la perfección. Aunque, con todo, nos deja un buen sabor de boca.

7.5/10

‘Layer cake’. Imitación de segunda.

Matthew Vaughn, un tipo que está haciendo una más que interesante carrera cinematográfica como director, debutaba tras las cámaras con esta cinta: ‘Layer cake’. Trataba así de evocar un tanto a las talentosas obras de Guy Ritchie, ‘Lock & Stock’ (1998) y ‘Snatch’ (2000). Desgraciadamente, el resultado final deja mucho que desear.

Mediocre. Así es como defino a esta película. Tiene un inicio cautivador, interesándote por ver qué sucederá con ese lacayo del crimen al que da vida el actual Bond, Daniel Craig (sí, la versión cinematográfica de Vladimir Putin). Sin embargo, poco a poco va esfumándose el poder de atracción. El narrador trata de mantener el pulso, pero el material que tiene entre manos es limitado.  La intriga no termina de convencer, y los quebraderos morales del protagonista (¿los hay?) no levantan ningún tipo de empatía con el espectador. No me parece ni transgresora ni chispeante ni original. Más bien, aburrida.

Vaughn se inicia en la dirección con un producto que no pasará a la historia del cine. Una película que nada dice, pues está altamente desaprovechada. En fin, una imitación de segundo nivel de las cintas mentadas en el primer párrafo. Del montón.

6/10 

‘Analyze this’. La película que debió hacer Martin Scorsese.

Cuidado con Harold Ramid, pues a pesar de estar a la sombra de las portadas y no gozar de excesiva popularidad (se le recuerda más por su papel de cazafantasmas que por su faceta como director), ha logrado cosechar una carrera cinematográfica de auténtico mérito. Ahí tienen para atestiguarlo obras como ‘Groundhog day’ (1993), ‘The ice harvest’ (2005) o la que aquí nos atañe, ‘Una terapia peligrosa’ (1999).

A mí la temática del film ya me basta por sí sola para que ceda en prestar mi atención durante los cien minutos de su visionado. Estoy seguro que fueron presas fáciles para la empatía que conseguían transmitir personajes tan míticos como Tommy DeVito, Michael Corleone o Tony Montana, por nombrar a algunos de los básicos. Pues bien, denle la vuelta a todo ello. ¿Se imaginan al bravucón e impetuoso Santino sufriendo un gatillazo con su amante preferida? ¿Qué me dicen de Jackie Flannery llorando al ver un anuncio de papel higiénico protagonizado por ositos de peluche? ¿Verdad que también se imaginan a Alonzo Harris sufriendo un ataque de ansiedad escopeta en mano? Vale sí, lo reconozco. David Chase también le dio la vuelta al tema con ‘Los Soprano’ (1999), y eso que no buscaba la sonrisa del espectador. Pero al César lo que es del César, pues ‘Analyze this’ se estrenó coincidiendo en el tiempo con la obra maestra protagonizada por el sempiterno Gandolfini.

En fin, la parodia está muy conseguida. Ayuda en dicha labor ver a Robert De Niro riéndose de sí mismo, por no hablar de la comicidad que transmite Billy Cristal en cada plano, en cada gesto. Un homenaje en toda regla, eso sí, caricaturesco y chistoso a más no poder, a ese universo que rodea al cine de gángsters. Lo dicho, una joya más en la filmografía del bueno de Harold Ramis.

7.5/10 

‘Kill the irishman’. Deja mucho que desear.

Cogí esta cinta con las cautelas que merecía. Es decir, el tal Jonathan Hensleigh, padre de la criatura, no es que sea el álter ego de Scorsese, De Palma o Coppola. Más bien, lo contrario. Cineasta mediocre que buscaba hacerse un nombre, a través de una ambiciosa propuesta, en el género de gángsters y crimen organizado.

Sintiéndolo mucho, el resultado ha sido el esperado. La biografía de Danny Green no cautiva, pues la narración parece descompensada, irregular y fría. Todo queda muy distante, insípido. Tampoco es que sea un producto vomitivo, ni mucho menos. Pero sí engordará la extensa lista de las cintas que pasaron sin pena ni gloria por nuestras retinas.

Le sobran veintisiete escenas con explosiones de por medio. Esto es, tiene excesivo peso el factor acción en esta historia. Le ha faltado mayor profundidad argumentativa, pulir más los personajes y sus contextos. Todo parece hecho a desgana, dando como resultado un producto plano y liviano. Deja mucho que desear.

6/10

‘A Bronx tale’. Calogero.

La historia, (casi) biográfica, diría yo, gravita en torno a la vida de Calogero, un chaval nacido en el Bronx, Nueva York. Se ha dicho muchas veces que, durante aquélla época (el film se inmiscuye en los años 60), el éxito en un barrio como este tan sólo podía llegar a través de un par de vías: iglesia o mafia. O eso, o ser un pringado más del barrio, un tipo de esos que debe trabajar diez horas diarias para poder pagarse una butaca en la quinta azotea del Yankee Stadium.  Aquí, la vena católica se toca de refilón, centrándose plenamente en el paisaje gangsteril que cautivó la mirada del joven Calogero. La lucha doctrinal entre el honrado padre, un sensacional Robert De Niro, y el Maquiavelo de los trajes caros, el capo local Sonny, será la pauta que marque el ritmo del film. Crecer, vivir y socializarse en un barrio de marcadas tradiciones gangsteriles. ‘A Bronx tale’, además, tiene el valor añadido de haber sabido plasmar otro aspecto importante de aquellos años: el odio racial. La violencia irracional que se contagiaba entre blancos y negros, ésa que trazaba fronteras entre las esquinas de un mismo barrio. 

Esta cinta podría haber sido manufacturada sin problema alguno por Martin Scorsese, brindándonos otro fresco bañado por ese costumbrismo gangsteril que tantó le gusta pintar (aunque sea con cámara en mano). Sin embargo, aquí fue el discípulo el que pedía paso. Era el momento de que Robert De Niro tomará las riendas, y siguiera la senda del maestro. La brillantez narrativa, a pesar de algún extraño tic, nos adentra, de lleno, en las entrañas del barrio, en esta historia del Bronx ideada por Chazz Palminteri. 

Palminteri lo borda, brindando una extraña sensación que combina la admiración y la repugnancia por ese mundo. Un mundo violento, temeroso y vengativo, que siempre salda las cuentas pendientes (váya escena final) y en el que uno no puede confiar en nada ni nadie. Lo sabía Lorenzo Anello, su padre, pero también Sonny LoSpecchio, su mentor. Ambos, desde distintos escalafones (el hogar y la calle), le enseñaron una sabia lección: no malgastes tu talento, no subas al coche equivocado. Anda con paso firme, no te metas en líos, sé feliz sin mirar color y olvídate de los capullos que te rodean, pues éllos pronto se olvidarán de tí. A Callogero, entre ambos, le salvaron la vida. Por eso, ahora que ya se ha hecho mayor y lo entiende, siempre les estará agradecido.

* Añadir que el fichaje de Robert De Niro para el papel principal, Lillo Brancato, no acabó de aprender la lección para su desgracia, pues desde 2005 está a la sombra .

9/10

‘Scarface’. Tony Montana.

En la primavera de 1980, el puerto de Mariel Harbor fue abierto, zarpando miles de cubanos hacia los Estados Unidos. Ellos venían buscando el sueño americano. Uno de ellos encontró en las bañadas y soleadas avenidas de Miami… una riqueza, una fuerza y una pasión, que estaban por encima de sus sueños más salvajes. El era Tony Montana. El mundo lo recordará con otro nombre: Scarface. Un tipo que amó el sueño americano… con una venganza que cobrar“.

Hablar de ‘Scarface’, es hablar de cine del bueno. Lo es, a pesar de lo excesivo de su metraje y la complejidad de su montaje. Tosca como pocas, la cinta avanza, no obstante, de un modo vertiginoso, sin dar respiro ni pausa al espectador. Presenciamos con gusto, admiración y gozo, el auge y la caída de esa pequeña hormiga que soñaba con levantar un imperio tras de sí.

Un Brian De Palma en estado de gracia, conseguía plasmar en imágenes lo que Oliver Stone había ingeniado en papel a partir del referente de 1932, ajustándolo todo en clave cubana. Aquí hay una referencia clave, alguien sobre el que recae el peso principal del film: Tony Montana. Un delincuente cubano. Inmigrante en Miami, pronto supo que la vida de friegaplatos no estaba hecha para él. Quería tener el mundo a sus pies. Trajes caros, buenos coches, una esposa elegante, puros cubanos y una mansión en la que vivir. Ése era el mundo que quería conseguir. Con acierto se tradujo el título en España: ‘El precio del poder’. Algo premonitorio de lo que íbamos a presenciar, pues nada es gratis en la vida que había escogido nuestro protagonista.

En fin, mítica historia de los años 80 que nos entregó, gracias al dúo ya mencionado, De Palma & Stone, pero, sobre todo, gracias a Al Pacino, a uno de los narcotraficantes más carismáticos de la historia del cine. Una vida errante marcada por la ambición y la codicia, serpenteando caminos poco placenteros de recorrer, cargados estos de traiciones, vanidades enfrentadas, despotismos, sangre a borbotones y, cómo no, soledad. La soledad del que todo lo quiso, y todo lo perdió.

9.5/10 

Spoiler

El camino al triunfo es el del narcotráfico. La ambición por construir su imperio valió para sacar del mercado a mafiosos mediocres y sicarios de tres al cuarto. Lo tenía todo. Sin embargo, su corazón estaba dividido en tres: su familia (madre y hermana), su esposa y su mejor amigo. Excesivamente protector con unos, malhablado y grosero con otros, déspota con todos, el poder le nubló sus pensamientos y conducta. Acabó perdido en medio del laberinto.

Sólo, sin nadie a su lado, fue devorado por ese mundo agreste y salvaje en el que se había metido de lleno, y que encarnaba mejor que nadie Alejandro Sosa, un narcotraficante del tal magnitud que era capaz de controlar por medio de la droga a un Estado entero, Bolivia. Se despidió del mundo en compañía del calor que da una ametralladora y atiborrado, hasta las cejas, de cocaína. Abrió fuego hasta el último momento, sudando dolor, rencor e ira, incluso en el momento justo de su muerte. 

‘Casino’. Las Vegas.

Corría el año 1995 cuando Martin Scorsese decidía realizar la mejor película que se ha hecho (y probablemente se hará) acerca de lo que es (o lo que fue) Las Vegas, esa ciudad levantada en medio del desierto de Nevada con un único fin: ganar dinero.

Para ello, el tinglado está montado así: los octogenarios capos mafiosos del Medio Oeste estadounidense invierten en los casinos de la ciudad, en pocas palabras, son los dueños de los mismos. Colocan a gente de su confianza en los altos cargos y demás puestos, aunque la clave principal radica en que mensualmente les llegue a un garito perdido en medio de diossabedonde el maletín con los fajos de dólares. Aún no siendo de la familia, Sam Rotsthein es el mejor en lo suyo, esto es, controla al detalle el mundo de las apuestas. Nunca pierde, siempre gana. Es el tío perfecto para dirigir el Tangiers, y lo hará en compañía de la mano férrea de Nicky Santoro, un gángster directo que se comunica a través de la violencia. Juntos se adueñarán de la ciudad. Uno, Rothstein, lo hará por la vía de lo legal. Es decir, untando de dinero a toda la ciudad (incluidos políticos y jueces) para amansar a las fieras y poder sacar provecho del sistema allí montado. Santoro, en cambio, visiona Las Vegas como un territorio virgen, una especie de anarquía monetaria en la que los prestamistas, traficantes o jugadores campan a sus anchas, sin estar sometidos a extorsión alguna. Ahí está su negocio, ser el capo mafioso del lugar, exportar la idea de la mafia a esta ciudad. En medio de este sueño hecho realidad, se sitúa la femme fatale de Ginger, una sensacional Sharon Stone, de la que quedará prendado Rothstein y que acabará por ser un volcan en erupción imposible de maniatar.

Scorsese te deja descolocado al inicio del film. Hay una auténtica avalancha de datos e imágenes acerca de cómo funciona la ciudad y el negocio. Uno queda anodadado con todo ello. Sin embargo, después de este brusco arranque, el cineasta entra en faena a través del trío protagonista: Sam Rothstein, Ginger y Nicky Santoro. Los dos mafiosos y la puta de lujo serán el centro gravitatorio del film, centrándose el cineasta en relatar la caída y ascensión de los dos gangsters, siendo la femme fatale el termómetro que nos irá indicando y guiando acerca del devenir de los acontecimientos. Todo, enmarcado dentro del contexto del momento: los viejos capos mafiosos, el gobierno local y las dinámicas internas del negocio. Presentada la acción, el cineasta nos vuelve a avasallar con la explosión final, en la que el FBI acaba por desmontar este putrefacto tinglado establecido, sometiendo a juicio a todos los que dirigían el cotarro, con la consiguiente limpieza generalizada que los capos ordenaran con tal de que nadie se vaya de la lengua más de la cuenta, abriéndose así la puerta que liquidará a los viejos tiempos, permitiendo la entrada del capital de las multinacionales en tan rentable negocio.

‘Casino’ es otro más de los excelsos frescos que posee el cineasta en su selecta filmografía, tratando una vez más el tema del costumbrismo gangsteril, con la peculiaridad, en esta ocasión, de trasladar la acción de Nueva York a Las Vegas. Es un retrato de los viejos tiempos en la ciudad del pecado, más en concreto, de los pecadores que levantaron aquélla. No se busca aquí empatizar con las almas errantes que dejaron allí sus vidas, dinero y salud, ni de aquellos tramposos y fulleros que lograban vaciar, de tanto en tanto, las arcas del casino. Es el turno de marcar con una cruz a los que lo movían todo, no dejando escapar a ninguno de los peónes que formaban parte de esta partida, la partida de hacer dinero en la ciudad del pecado y además, en su edad de oro, los viejos tiempos. El ritmo que acompasa la historia es tan pausado como efectivo. Uno se entera de todos los asuntos sucios como si estuviera allí mismo, con esa peculiar armonía narrativa de quién parece estar pintando un simple paisaje, aunque con pulso y vigor. No era fácil resolver con éxito un proyecto tan ambicioso como ‘Casino’, sin embargo, la algarabía y el caos se nos muestran de un modo tan sutil como enérgico, resultando de tal mezcla una brillante narración.

La fascinación por el mundo del hampa, la pasión con la este es descrito, con un detallismo milimétrico, se nos imprega en nuestras retinas, en nuestro coco, acabando presos de esa ensoñación gangsteril que padece un tipo como Martin Scorsese. El éxito, en la vida de los protagonistas de gran parte de sus cintas, nacidos y criados en Little Italy, sólo puede llegar a través de dos vías: la religión o el crimen organizado. La primera se esfuma en ‘Casino’. La segunda se nos marca con fuego. La mafia como sinónimo de triunfo, extrapolada aquí a la ciudad de Las Vegas y al negocio millonario que allí existía, siendo relatada con maestría por el genio Scorsese a través de tres personajes desoladores y errantes, nacidos para la fatalidad, a quienes dan vida unos excepcionales y veraces Robert De Niro, Sharon Stone y Joe Pesci (se ha ganado el Paraíso en la Tierra, por actorazo que es).

8.5/10

‘Mean streets’. Costumbrismo gangsteril.

“Domenica in chiesa, lunedi all’inferno”.

Martin Scorsese había hecho algún trabajo que otro anteriormente. No obstante, a efectos prácticos, esta cinta suponía el nacimiento de su cine, el bautizo de uno de los clásicos del séptimo arte. Y todo gracias a Charlie, un náufrago cualquiera, habitante de esos inhóspitos parajes pulidos con pulso de genio y maestro por el cineasta neoyorquino. Esto es ‘Mean streets’, un clásico del cine, puesto que supone el origen del costumbrismo gangsteril como tema principal en las obras cinematográficas del gran Martin Scorsese.

La historia gravita en torno a Charlie, interpretado por un jovenzuelo Harvey Keitel. Él se ha criado en Little Italy, New York. Hombre de fe, ha interiorizado aquello que dice “amar al prójimo”, alejándose del egoísmo y, por ende, debiendo sacar de más de un apuro a su buen amigo Johnny Boy, sensacional Robert De Niro, un chico que siempre anda en problemas financieros (le debe dinero a medio barrio) y de juego. Es una lacra para Charlie, al igual que Teresa, la prima de Johnny y amada de él mismo, aunque ésta por motivos distintos (sufre de epilepsia, sinónimo de enferma mental para el retrogrado y tradicional pensamiento del barrio).

Ambos permanecen ocultos de cara a Mario, tío suyo y capo del barrio, que tiene en buena estima y nómina a Charlie, augurándole una prometedora carrera en el mundo del hampa, siempre y cuando mantenga las formas (la presencia, es lo importante). Por tanto, Charlie vive entre la espada y la pared, contraponiendo su vida verdadera, sus amistades y novia frente a la vida del pulcro gángster italiano. Es decir, su mundo comienza a resquebrajarse. El tambaleo emocional alcanza una proporciones desorbitadas. ¿Qué ha hecho él para merecer esto? Es un hombre de corazón bondadoso, de alma débil y caritativa que, sin embargo, se mueve entre aguas turbias y agitadas que le arrastran hacia la fatalidad del destino, ese del que tantas veces ha tratado de evadirse. ¿Qué culpa tiene él de haber nacido y crecido en Little Italy?

Scorse entraba en el barrio, en Little Italy. Lo hacía al ritmo de la premonitoria y melancólica canción “Be my baby”, de The Ronettes. Enmarcándolo todo al amparo de esa frase inicial narrada con voz en off, “los pecados no se redimen en la iglesia, se redimen en las calles“. Comenzaba con ‘Mean streets’ un impagable y majestuoso ciclo cinematográfico en el que retrataba a las almas errantes que se apilaban entre el asfalto, bares y callejones de uno de los barrios de esa Gran Ciudad. Pese a ser su ópera prima, el cineasta lograba una ambientación creíble y desoladora, radiografiando, con ritmo pausado y comedido, mediante el cual nos acercamos de modo natural, casi como el hombre que pasea por las calles del barrio contemplando el ambiente tal cual es (veraz y puro), las mugrosas interacciones que se daban entre los lugareños, construyendo, casi sin querer, un universo claustrofóbico, fatalista y lúgubre del que Charlie difícilmente conseguirá escapar.

8/10

Spoiler

Memorable escena final. Dos coches que simbolizan los dos mundos de Charlie. Uno le trae a su mente el mundo gangsteril, egoísta y violento, marcado por préstamos, cobros, convencionalismos y fuego cruzado. El otro representa su verdadero mundo, la esencia de ese hombre de fe que es todo bondad, irradiando calidez y sentimiento.

Dos mundos contrapuestos que tenían necesariamente que chocar, y en el que el Fuerte (el contexto, las normas y valores sociales) se comía al Débil (la bondad de ese hombre nacido en un lugar equivocado). Todo acabó de forma dramática, entre sangre y cristales.