‘A late quartet’. Al compás de la vida.

db88f333b62eaf288547b6826bc16d74Una propuesta sencilla pero encantadora. Así es la obra elaborada por Yaron Zilberman. La clave de bóveda de la misma se encuentra, además de en la música clásica, en un magnífico reparto en el que destaca su cuarteto protagonista: Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Christopher Walken y Mark Ivanir.

El invierno neoyorquino como escenario. Unos afinados y agradecidos diálogos como vehículo. La música como excusa. Y la vida como tema principal. ‘A late quartet’ representa historias comunes, problemas mundanos. Mil emociones, alegres y tristes, que quedarán armoniosamente combinadas al compás que marcan las mejores partituras clásicas. Qué fantástica puede llegar a ser la vida y con qué sutileza ha sabido plasmarlo esta maravillosa película.

7.5/10

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‘Paraiso travel’. La épica de la vida.

paraiso_travel_ver2_xlgMarlon está perdidamente enamorado de Reina, su novia. Ambos son jóvenes y tienen un futuro prometedor esperándoles. Sin embargo, ella no está dispuesta a desperdiciar su vida en Colombia. Sueña con llegar a los Estados Unidos, con alcanzar la porción del sueño americano que le corresponde en la tierra de las oportunidades. Y Marlon, bien, él simplemente la seguirá por amor.  

Esto es ‘Paraiso travel’, el título dado a esta perfecta obra pulida por Simon Brand en base a la escritura de Jorge Franco Ramos. Tres son los pilares sobre los que se sustenta la narrativa: el drama de la inmigración; el romance; y la búsqueda de cada uno por encontrar su lugar. Buenos ingredientes, por tanto, para elaborar una poderosa historia sobre ilusiones rotas, sufrimiento y penas. Aunque también hay espacio, en medio de tal pesadilla, para la determinación, el esfuerzo y, finalmente, la satisfacción.

No busquen encontrar la típica postal neoyorquina en esta cinta. Pues Marlon, un brillante Aldemar Correa, no estaba de vacaciones glamourosas en la ciudad de Nueva York. Estaba, como tantos otros, tratando de lidiar al monstruo, al gigante. Es el lado amargo de la vida, cuando no te queda otra que echarle un pulso a ésta, encontrar tu camino en medio de tanto azote y mejorar, convertirte en un hombre. Una épica narración, muy acorde con el siglo XXI, en la que todo queda bien equilibrado y repartido. 

8/10   

’25th hour’. El último día.

25-th-3Un trago amargo. Una sensación de ahogo tremenda en el pecho. Es ‘La última noche’ (2002), escrita por David Benioff (creador, a la postre, de la afamada ‘Juego de tronos’) y dirigida con buen gusto por Spike Lee. El paisaje de la misma viene dado por el Nueva York post 11-s, retratado con sutil belleza por Rodrigo Prieto. Mientras tanto, el reparto se deja el alma en darle veracidad al asunto, en despertar la empatía del espectador e introducir el toque emotivo requerido. Atención a la sensualidad de Anna Paquin, punto y aparte. 

Edward Norton, el verdadero coloso del film, se equivocó. Se movió al margen de la ley, buscando el lucro fácil y la vida despreocupada. Las compañías no fueron las mejores. Nadie le advirtió. Su padre, su novia y sus amigos de toda la vida, simplemente le dejaron hacer. Ahí están, Brian Cox, Rosario Dawson, Barry Pepper y Philip Seymour Hoffman, abatidos ante tal acontecimiento. ¿Y ahora qué, cómo reaccionamos? Un último día duro como el hierro.

Una película magistral que, con toda la serenidad y naturalidad del mundo, nos mete de lleno en un pozo de melancolía, frustración y aflicción. ¿Por qué lo haría?

9/10

‘Lola versus’. Obsesión, posesión, impotencia, silencio.

Lola_Versus-252183678-largeEl novio de Lola ha decidido abandonarla. Después de un bonito noviazgo y con 29 primaveras a su espalda, la joven neoyorquina deberá aceptar su nueva realidad tratando de adaptarse a la caprichosa voluntad del destino. Premisa sencilla, por tanto, la propuesta por Daryl Wein y Zoe Lister Jones en esta pequeña historia en la que brilla con luz propia Greta Gerwig.   

La catarata sentimental de la protagonista nos sumerge en un alocado tránsito que comienza en la cálida felicidad, continúa en la tristeza más profunda, se detiene en la confusión afectiva y termina en la sana reflexión personal. Todo ello conforma un bonito lienzo, sobre el mundo de la pareja y el romance en nuestra sociedad, en el que no es difícil identificarse de un modo natural con uno u otro de los personajes que aquí ocupan nuestra atención.   

En fin, ‘Lola versus’ es una pequeña joya indie que no busca recaudar dólares a mansalva ni copar las nominaciones de los mejores premios del año. Simplemente habla, con gracia, naturalidad y espontaneidad, sobre cosas tales como la “obsesión”, la “posesión”, la “impotencia”, el “silencio”. A partir de aquí, a partir del silencio y la calma, uno puede vislumbrar cómo “en este mundo de naufragios, hay esperanza en la incertidumbre“. Para entenderlo deberán darle al play y disfrutar con las peripecias de nuestra errante protagonista.

7/10 

‘Sidewalks of New York’. Postales neoyorquinas (II).

Edward Burns volvía a sorprender allá por el 2001 con ‘Las aceras de Nueva York’, una historia sencilla que gravitaba en torno a los enredos propiciados por esa cosa tan loca que tiene distraída a tantísima gente: el amor.

La narrativa se adecuaba al tema, mostrándonos un collage sentimental un tanto alocado, caótico y agitado. Rodeada de un reparto excepcional (Heather Graham, el propio Burns, Stanley Tucci, Britanny Murphy, Rosario Dawson, Dennis Farina, Aida Turturro, David Krumholtz) e impulsada por unos diálogos ingeniosos y atinados, la historia recorre así el sendero en el que ha decidido inmiscuirse, sabedora de los temores que en él acechan: vértigo e imprevisibilidad. Es el amor, mostrado en sus distintas dimensiones (no es exhaustivo): la primera vez, crisis matrimoniales de todo tipo, las dulces amantes y los malévolos infieles, el sempiterno cortejo, las citas románticas, las promesas cumplidas (y también las rotas), los miedos y temores de una nueva relación o las llamadas en espera, distintas situaciones que a más de uno seguro que le parece familiares. Y todo, al abrigo dado por ese fascinante paisaje urbano que siempre propicia una ciudad como Nueva York.

En fin, una comedia tan liviana como agradecida de ver. En tal sencillez y espontaneidad reside el punto fuerte del film, pues Edward Burns consigue así levantar la empatía del espectador, entreteniéndonos la velada con ese romanticismo tan peculiar y cercano que irradian sus historias. Otra postal más para la colección.

7.5/10

‘Extremely loud and incredibly close’. Mágica, dolorosa, vitalista.

No acabo de entender la cizaña y los palos que el personal ha dado a la última obra del reputado Stephen Daldry. Al parecer, todo lo relacionado con el 11-S, hablando de cine, es necesariamente lacrimógeno, cursi o, lo que es peor, un ejercicio de patriotismo express. La verdad, no tengo a Daldry como un cineasta pastelón de medio pelo, y tampoco creo que sea un patriota americano (básicamente porque es británico). Es decir, no termina de convencerme el linchamiento deflacionario para con esta cinta. Más aún si tenemos en cuenta la brillantez y el esmero que presenta la factura técnica, la calidad del guión de Eric Roth y el nivel presentado por el reparto (hasta Sandra Bullock está bien!). 

La realidad es que estamos ante una historia novedosa, original y deslumbrante, cuyo centro gravitatorio no es otro que Oskar Schell, un chaval neoyorquino de nueve años de edad con un coeficiente intelectual abrumador. Tanto es así que el muchacho tiene problemas para relacionarse socialmente, viendo peligros donde nadie los ve y atemorizado por las mil y una interacciones que terminan por darse, segundo a segundo, en esa magna urbe que es Nueva York. Tan sólo encuentra refugio, comprensión y alegría en las conversaciones con su padre. Sin embargo, como todos sabemos, pronto terminará, del peor modo y en el peor día, este idilio paternofilial, teniendo el chaval que readaptarse bruscamente ante este nuevo panorama.    

Una fantasía, una aventura en medio del dolor y la penumbra. Eso es lo que aquí vive Oskar Schell a través de una enigmática llave con la que pretende reencontrarse, aunque sea ocho minutos, con su padre. El talentoso Eric Roth desentraña una historia cautivadora, trágica, a ratos mágica (sensacional el papel de Max Von Sydow) y, finalmente, vitalista como pocas. Al mal tiempo cabe ponerle buena cara, y el pobre Oskar, con su idiosincrasia y particular modo de ver el mundo, tardó un tanto en comprenderlo.

7.5/10    

‘Money train’. Un tren del dinero, dos hermanos y… Jennifer.

Dos caras conocidas, como eran las de Woody Harrelson y Wesley Snipes, suponían el principal reclamo allá por el lejano año 95 para acudir al cine y engullir las palomitas a un ritmo frenético y trepidante marcado por un tren del dinero que nos dejaba como principal legado el descubrimiento de la explosiva Jennifer López. 

Si catalogamos esta cinta como género de acción, tendremos un resultado un tanto insípido y mediocre. A excepción de los últimos veinte minutos, la película gravita más en torno a la interacción dada entre los dos protagonistas. Éstos son unos hermanos un tanto peculiares, y distintos. Ambos son policías. Uno es negro y el otro blanco (cosas de la adopción). Uno es un patán que siempre está metiéndose en líos, y el otro es quién le salva el pellejo. No obstante, tienen algo en común: ambos han quedado prendados por las curvas de la López. ¿Quién se hará con el corazoncito de la latina?

Resultona cinta que toca distintos palos pero que no termina de explayarse en ninguno de ellos. No es un drama fraternal puro, tampoco una cinta de acción plena. Tiene toques cómicos, y le gustan los líos de faldas. En definitiva, un cocktail cargado de entretenimiento que sirve para llenar nuestros ratos libres cada tres quinquenios.

5.5/10   

‘How to make it in America’. New York City eats it’s young.

Ben es neoyorquino. Allí nació, allí vive y allí quiere morir. Con cierta tendencia al derrotismo, su vida parece enmarcada dentro de la grisez. Estudió moda y diseño en la universidad, pero le superó. Su novia de toda la vida, Rachel, le dejó o él la dejó a ella. El caso es que sigue enamorado de ella, otra derrota más, porque ahora a ella la vida parece funcionarle de maravilla, con un trabajo cómodo y una nueva aventura sentimental. Tiene, eso sí, un curro como dependiente en una tienda más de ropa, y la gran compañía de su mejor amigo: Cam. A este chico la vida tampoco le ha dado excesivas alegrías, pues vive con su abuela y bajo el yugo de su primo Rene, un trapicheras de tres al cuarto que busca “legalizarse” a través de un nuevo negocio de bebidas energéticas: el Rasta-Monsta. Ahora, los dos tienen un claro objetivo: montar su propia línea de jeans, la llamarán Crisp.

‘How to make it in America’ podría decirse que es un retrato generacional. Veinteañeros a los que el sistema engulle (genial guiño el de las camisetas diseñadas por ellos: “New York City eats it’s young”, “New York se come a sus crías”). Sin oficio ni beneficio, pero con mucha ilusión entre medias. Optimismo inherente al sistema, tratar de salir de abajo para estar arriba. Buscarse la vida, al fin y al cabo, en América. Una América concretada en Nueva York, la esencia misma del sistema. Un New York que se aleja de la típica postal, de la cándida mirada hollywoodense,  de la pomposidad y el lujo de la jet set, centrándose más (Julian Farino: creador; Ian Edelman: guionista; Mark Wahlberg: productor), en mostrar el corazón de la manzana podrida, los escondites más oscuros, la sombra de la ciudad. Los empleos precarios, la cultura del ocio (buenas fiestas se dan)  y los fracasos sentimentales de nuestros protagonistas, se alternan con galerías de arte, influencias con financieros de Wall Street (buen papel de yuppie el de Eddie Kaye Thomas) y hasta líos con prestamistas casposos. El paisaje interclasista nos expone una realidad: América, la tierra de las oportunidades, no da las mismas oportunidades a todos (y más desde que Reagan llegara al poder).

Con un formato breve de duración (capítulos que van de los 20 a los 25 minutos) y apenas ocho episodios por temporada (sólo he visto la primera), Julian Farina inserta la temática de su serie en la ilusión por triunfar, ganarse la vida y salir adelante mediante constancia, lucha y esfuerzo (más de una anécdota nos dan nuestros protagonistas de ello). No obstante, en el camino contemplamos un paisaje nada halagador, mostrándonos como la lugubridad se come a esa ciudad global. Tampoco conviene desdeñar, como ya se ha dicho, el apartado sentimental, principalmente la relación entre Ben y Rachel. Se añade a todo ello las buenas interpretaciones de un reparto joven y pujante, haciendo especial énfasis en Bryan Greenberg (Ben), Victor Rasuk (Cam) y Lake Bell (Rachel), y una BSO brutal. En fin, retrato generacional (también social) digno de toda admiración.

‘Midnight cowboy’. Amistad en las cloacas.

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Dos solitarios son los protagonistas de esta crítica al sueño americano que refleja ‘Cowboy de medianoche’. Joe Buck, es un vaquero tejano que ha llegado a Nueva York para buscar una vida mejor como gigoló. Quiere vivir a costa de las mujeres, de las señoras neoyorquinas. Rico Ratso, es un pobre miserable. Un tullido tubercoloso que no tiene ni para pasar el día. Habita en un edificio cerrado y abandonado. Sobrevive gracias al engaño y las estafas diarias. Una de sus estafas, tendrá como víctima a Joe Buck.

A partir de aquí, aparecerá una amistad entre los dos solitarios, que servirá para demostrarnos una cruda realidad. La derrota y la frustración existente en la vida de muchas personas. Una realidad, a la que es mejor enfrentarse en compañía que en soledad. Una amistad entre dos víctimas del sueño americano prometido. Todo ello representado maravillosamente en ese trayecto hacia Miami, hacia una vida mejor, una vida rodeada de mujeres en las playas caribeñas. Una vida que jamás llegará.

‘Man on wire’. Arte en el cielo de Manhattan.

‘Man on wire’ es la historia de un sueño: Caminar sobre el cielo de Manhattan a través de un alambre sujetado por las dos torres gemelas del World Trade Center de Nueva York. En la búsqueda de ese sueño, el documental nos narrará las relaciones entre los distintos protagonistas de aquella gesta y sus distintas conductas ante ella. Las tensiones entre sus amigos, novia y cómplices diseñando aquel perfecto plan. Los viajes de ida y vuelta. La obsesión. La minuciosidad de los detalles. El ensayo casero con sus amigos en el campo. O en Notre Dame y el Puente de la bahía de Sidney. Sus aventuras y desventuras. Discusiones y malentendidos. La agonía de los distintos protagonistas en el último piso respectivo de la torre norte y sur intentando esquivar a los guardias para comenzar el montaje. Y, el final del sueño. La culminación del mismo. Un tipo andando sobre el cielo de Manhattan.

Philippe esquivaba la realidad, su acto, su “crimen”. La sonrisa y media vuelta ante la policía así lo reflejaba. Era algo metafísico. Philippe estaba en una realidad sobredimensionada. El sueño era suyo y nadie podía detenerle. Cuarenta y cinco minutos de arte espontáneo sobre el cielo de Manhattan, sobre el frágil alambre a una altura vertiginosa. Fue la gesta de Philippe Petit. Vio, como él mismo dice, cuando miró hacia abajo, una instantánea que jamás volvería a ver. Algo único. Una bacanal de sensaciones placenteras, inexplicables. El momento culmen de su vida. Y con él, su propia muerte, la muerte del funambulista.

Volvió a la realidad en una habitación de un apartamento disfrutando sexualmente con una desconocida. Había logrado su sueño. Un sueño que le obsesionaba desde aquel recorte de periódico a la edad de 19 años en la consulta del dentista. Un sueño que le había llevado seis años. Seis años convenciendo a gente, amigos, cómplices. Seis años luchando por él. Ahora lo había logrado y, con él, moría todo lo que le había rodeado durante ese tiempo.

Los americanos querían saber por qué lo hizo. Tan sensacionalistas ellos, tan morbosos. Hacían volver a Philippe a la banalidad de la vida humana. No hubo un por qué.  Simplemente fue un sueño. Su sueño.