‘Der siebente kontinent’. De viaje a Australia.

Michael Haneke debutaba en esto del cine haciendo un análisis detallista y minucioso (he de reconocer que roza por momentos el tedio, quizás buscado) de la vida de una familia acomodada de una urbe austríaca. Consumo, materialismo, medios de comunicación rompiendo el diálogo familiar, la lucha por un buen empleo, el coche impoluto, el frío contacto familiar, las apariencias establecidas.

Todo queda empaquetado, transmitiéndonos la insatisfecha vida de los miembros de la familia, con una niña sin ubicación en la vida social, y unos padres muertos en vida. Una vida descorazonadora en el que el sentimiento se somete a lo material. Una vida en la que uno no es más que un peón al servicio del sistema, con su automatismo (la escena de la cajera es brutal, o la del accidente) inherente a él, ahogándote dentro de sus redes, sintiendo la asfixia. Estallas, intentando soltar amarras, soñando con ese idílico viaje a las playas australianas.

El final rompe con la dináfmica del film, pues hasta ese momento todo era lento, aburrido (como impregnándote del tostón de esa vida). Se allana el camino hasta esa escena en la que les da por destrozar la casa entera, abriéndole los ojos a uno de la cantidad de cosas manufacturadas, inútiles e innecesarias para vivir, que nos rodean en nuestro día a día. Se liberan de esta vida, despidiéndose de una manera bastante triste, aflictiva, desasosegante. Uno, al presenciarlo, se queda bastante jodido. Pero, así es el cine de Haneke. Desolador, angustioso, pesimista hasta el extremo (u optimista, reflexionar para transformar, como él dice). Un film al que no le sobra nada. Cada escena tiene un significado y, en conjunto, todo el film tiene un mensaje muy claro. Un mensaje desgarrador: estamos a la deriva.

‘Dawn of the dead’. Snyder debutó en el mundo de los zombies.

Si te levantas un buen día soleado en tu residencial barrio dentro de tu placentera vida, no esperas, ni mucho menos, que una niña con la boca ensangrentada le descuaje el cuello a tu novio. Tampoco tener que salir pitando con tu coche mientras el vecindario entero arde en llamas mientras la afable ciudadanía zombie codicia con hacerse con un pedacito de tu carne.

Esto es el inicio de ‘Amanecer de los muertos’, un digno remake de la célebre obra, portadora del mísmo título, realizada en 1978 por el gran George A. Romero. Las andanzas de esos supervivientes recluidos en el centro comercial nos propician un entretenimiento cargado no sólo de un baño de sangre y mordiscos a tutiplén, sino también de un guión con algún guiño cómico en medio de esa convivencia forzada entre el variopinto grupo de humanos, así como de la tensión y la asfixia propia de quién está encerrado sin pocas opciones de sobrevivir.

Todo ello le sirve a Zack Snyder para foguearse en su frenético, intenso y peculiar estilo narrativo, con gran clase para retratar la acción, en esta su primera cinta. Dentro del género, cargado de basura, hay que reconocer que le ha salido un producto interesante. Entretiene.

‘Benny’s video’. Brutal reflexión.

‘El vídeo de Benny’ es un paseo por la violencia diaria de nuestras vidas. Un punto de vista nada convencional, alejado de cualquier destello de esperanza y alegría (ni siquiera en ese cálido Egipto), desde el que Michael Haneke desarrolla todo su potencial tormentoso, desapacible y lúgubre, carácteres de nuestra existencia, a través de esa familia burguesa rota en mil pedazos a causa de un sistema que ambiciona el materialismo, alejado de los lazos sociales, provocando la brutalidad, la brutalidad de un chiquillo que ya lo tiene todo (lo material) y busca nuevas sensaciones, curiosidades (a través de una cinta en la que se asesina a un cerdo), justificándose, tan sólo, con un simple “no sé”. No le hacen falta las palabras a Haneke, le bastan las imágenes para desatar la reflexión acerca de nuestra sociedad.

Spoiler

Sin hija (pero, ¡qué buena es en los negocios!) y a punto de perder al hijo, tras su incipiente vena psicópata, los padres tratarán de ocultarlo, detallando fríamente el plan de cómo descuartizar a la niña que su hijo guarda ensangrentada en su armario. Todo es de una dureza importante. Muy áspera. Benny, finalmente, declarará, gracias a sus grabaciones, en contra de sus padres, como tratando de vengarse por la infame educación (inserta en la ola del sistema) recibida. Ojo con la escena del asesinato. Brutal, tremenda. Duele visionarla y, sobre todo, escucharla (los gritos son desgarradores).

‘Shooting dogs’. Ecos de la barbarie.

Las imágenes son duras, impactantes, horribles. A uno se le enerva la sangre al ver todo ese panorama de locura, el dolor de un pueblo, el tutsi, que sabe que está en minoría. Una minoría maltratada hasta el extremo. Por allí, andan Joe y Christopher, dos hombres occidentales (blancos), bondadosos, encargados de enseñar a los niños, dentro del marco del catolicismo. También la barbarie les sorprenderá a ellos.

Michael Caton-Jones además de describir la brutalidad de todo ello, pone en el ojo del huracán a las Naciones Unidas y, por ende, al mundo occidental. Un mundo que miró hacia otro lado mientras se gestaba la matanza. Un mundo que, desde ya hace mucho tiempo, dio a África, con todo lo que eso conlleva, por perdida (una vez fue expoliada, saqueada y destrozada), salvo en determinados intereses por los que todavía comporta beneficios (diamantes y demás). Si tuviera que explicar la mayor sensación que da ver esto, sería la de la impotencia, la frustración. Algo que se visualiza en Joe y Christopher, incapaces de hacer nada, y, sobre todo, en esas pobres almas encerradas entre cuatro vallas a la espera de su terrible ejecución. 

Películas como ‘Shooting dogs’ son necesarias. Es de esas que denuncia abiertamente, al tiempo que hace justicia, barbaries de tal calibre como el genocidio a manos hutus del pueblo tutsi, en el que unos 800.000 tutsis, se dice pronto, perdieron la vida en aquellos fatídicos meses de 1994 que fueron de abril a julio.

‘Κυνόδοντας’. Obra y delirio de un tipo que soñaba con los perros.

Un disparate de película, se la coja por donde se la coja. La mezquindad de haber filmado esto dice muy poco en favor del tal Giorgios Lanthimos, un hombre que, en su lápida, podrá inscribir, gustosamente y con todos los honores, que él fue el padre de la criatura.

Ver la cotidianidad enfermiza de esa familia hiere a la vista. Un padre y una madre con una mente totalmente reventada, encargados, de por vida, de adiestrar a sus hijos a la semejanza de un canino. Encerrados en casa, sin salir al mundo exterior, compitiendo en el jardín por ver quién es el mejor de todos en los entrenamientos chorras de sus papás para así conseguir la pegatina que premia al mejor. A este disparate, que no se porque suscita la risa en más de un espectador, pues debería provocar las sensaciones contrarias (asco, horror), añádanle unas cuantas escenas de sexo gratuito, explícito e impuesto porque sí en el desarrollo del film, para darse, a sí misma, ese aire de película controvertida, atípica, suscitando el reclamo de todos los dévotos de ese cine, encumbrando ya, ahora sí, al gran Giorgios Lanthimos al altar de los dioses pedantes, impostores y pretenciosos.

‘Canino’ no es más que un film de locos. Es eso, sin más. Enferma, delirante, dura. Supongo que será objeto de devoción entre psicólogos, algún sociólogo y demás (o puede que no), provocando el debate y la reflexión sobre hasta que punto podemos ser manipulados, o como se puede ser tan tirano e hijo de puta inculcando esa educación a sus propios hijos. También te puedes ir a lo abstracto y reflexionar, como hace el porrero académico, aún más, sobre el sentido de la vida, nuestra realidad y existencia, gracias a esta cinta que es objeto de nuestra atención. A mí, todo eso no me lo provoca ‘Canino’. Prefiero otras obras, como por ejemplo ‘El bosque’ de Shyamalain o el mundo de Haneke, por citar algunos contemporáneos.  En definitiva, que es una tomadura de pelo, una pérdida de tiempo irreparable. Lo que cuenta en 90 minutos, lo podría haber hecho en 10. No la vean.

‘Perdidos’. Hasta siempre.

Se acabó ‘Lost’. Una auténtica revolución dentro del mundo de las series de TV. Su andadura comenzó allá por 2004, y así hasta hoy. Se ha ganado entrar en el salón de las míticas, y se lo ha ganado a pulso por su gran capacidad adictiva para el espectador. Las incógnitas, peligros, aventuras y romances de todos sus personajes han sido el día a día de más de una tertulia, ya sea en la facultad, en la cafetería o pegados al teléfono.

Se admite que sus detractores la pongan patas abajo. Es liosa, si queréis hasta barata, en el sentido de engordar sin mucha justificación sus tramas. Puede que todo sea cierto, pero como buen lostie que soy, no se encajan. Para mí es una de esas joyas, cargada de imperfecciones, pues sí, pero que ha sabido mantenerme pegado al sofá durante sus 121 episodios, carcomiéndome por el devenir de los acontecimientos, sufriendo como un superviviente más de ese puñetero vuelo 815 de Oceanic, un vuelo que perdurará en mi memoria, con aroma nostálgico, al igual que esa isla tan misteriosa y atractiva perdidad en medio de la nada. Jack, Kate, Sawyer, Jin y Sun, Charlie, Hugo, Claire, Sayid, Michael, Linus, Desmond, Shannon, Juliet, Boone y tantos otros que nos amenizaron las veladas.

Spoiler

Del final poco que decir. A mí, personalmente, me gustó. Es cierto que deja muchas incógnitas en el aire (son tantas temporadas y episodios que si nos ponemos a rebuscar queda un mar de dudas sin resolver), pero es un final emotivo, sensible y bonito. Un final que le hace justicia a sus sufridos protagonistas, reunidos todos en un cielo de transmitible calidez, juntos después de haber luchado tanto y tanto por salir de esa isla, a la que, a la postre, toco proteger y defender. A más de uno se le caería la lagrimita viendo a Jack tumbado en ese campo de bambú, junto a Vincent, recordando el inicio de la serie. 

Todo resultó ser obra del hermano de Jacob, esa nube negra que siempre trató de borrar la isla y marcharse de ella. Pero Jacob tenía el encargo de su madre, de proteger la luz. Una luz de la que sería guardián, pero no por siempre, pues sabía que moriría más pronto que tarde. Por eso, trajo a la isla a todos nuestros supervivientes, para seleccionar al candidato idóneo (Jack, y Jack a Hugo). Luego vino lo que han sido seis temporadas frenéticas que han hecho que ‘Lost’ entre por la puerta grande en la historia de esa cosa llamada cine.

‘Two lovers’. Amores que hieren.

Desde el inicio (con la escena del muelle), uno ya se hace a la idea de que estamos ante un hombre totalmente desolado, roto, en descomposición contínua, con la quinta marcha puesta hacia la nada. Sin embargo, esa misma noche conocerá a una chica encantadora, hija de un judío amigo (cuestión de interés) de la familia, a la que parece agradarle. Del mismo modo, y en sentido contrario, en pocos días, Leonard, nuestro protagonista, quedará abobado por su vecina, una rubia con muchos encantos.

‘Two lovers’ supone un cambio en la temática tratada por el director, James Gray, hasta el momento. Es una película madura, elegante y fina. Se nota el sello personal de quién la firma, alcanzando aquí un punto de cátedra cinematográfica al que no todos llegarán. El amor, expresado de distintas maneras, siempre ha estado presente en sus films. Pero, ahora, radicaliza el asunto, dejando de un lado el amor fraternal, familiar (aunque también se deja notar secundariamente), para centralizar el amor, entendido en su forma estándar, que surge entre dos personas. Miento, en una sola persona, porque al fin y al cabo, James Gray se explaya y de qué manera tan virtuosa mostrándonos los sinsabores y amarguras de ese incierto camino por el que se mueve Leonard, debatiéndose entre apostar a caballo ganador, con su seguridad y estabilidad, o arriesgar en la figura de Gwyneth Paltrow con una mínima opción de correspondencia a la que aferrarse.

Con cuatro personajes en el guión, Joaquin Phoenix y, en menor medida, Gwyneth Paltrow, acaparando el protagonismo principal, y con dos secundarios de altos vuelos, como son Elias Koteas y, sobre todo, una elegante y atractiva Vinessa Shaw, construirá el sensacional James Gray una historia lacerante hasta el extremo, contagiando al espectador y haciendo aflorar el sentimiento (no llegó la lágrima). Es un fresco que tiene como protagonista a uno de esos anónimos de Brighton que tanto le gusta pintar al cineasta, con su pasado amargo, su presente necesariamente familiar, y su futuro incierto. Una película que ahonda en los rincones más recónditos del corazón de una manera sensacional. Tomen nota los aspirantes a realizar films románticos, pues esto es cátedra. De lo mejor de la década. 

Spoiler:

Esquema amoroso

Vinessa-> Joaquin -> Paltrow -> Koteas (y éste con su anónima esposa) para al final dejarnos ese sencillito y liviano final (Vinessa -><- Joaquin; Paltrow-><-Koteas) impregnado de realismo en el que Joaquin morirá, o casi, en su interior tras el punzante discurso de la Paltrow, y tras meditarlo, decidirá amar, más artificialmente que de manera natural, a la complaciente Vinessa Shaw.

‘Vampiros en la Habana’. Peculiar divertimento.

‘Vampiros en la Habana’ es una cinta de animación visualmente bastante pobre y horrenda. Al margen de los detalles ténicos del film, la historia, aunque mejor, tampoco es como para tirar cohetes. Sí que es cierto que supura sátira por los cuatro costados, pero la trama me acaba por parecer liosa, enrevesada y caótica. Y ya es raro en un peli de tan poca duración.

El caso es que Juan Padrón se sacaba de la manga a Pepe, un vampiro que gracias al saber de su tío, puede ver el sol sin ningún problema. El milagro tiene forma de pócima, y se llama Vampisol, elaborada en la Habana. Y hasta allí que irán los chupasangres más hambrientos. Estarán todos, los financieros norteamericanos, los imperialistas europeos, la mafia estadounidense. ¡Hasta el cornudo de Machado andaba por allí detrás de la pócima! Pero Pepe como buen cubano que es, evitará el lucro, la avaricia y el negocio. Con una radio popular y a ritmo de trompeta, desvelará a todo el mundo (vampírico) la fórmula. En fin, curiosa película, que tiene sus momentos de sarcasmo, pero poco más. No creo que le guarde especial cariño. De todas formas, comparada con ‘Crepúsculo’, es una auténtica joya.

‘La noche es nuestra’. Familia, mafia y James Gray.

La historia principal es el dilema que se cierne sobre un naúfrago del barrio, un magistral Joaquin Phoenix, metido de lleno en el mundo de la noche, toqueteando hilos con la mafia rusa. Pronto, su hermano y padre, también unos geniales Mark Wahlberg y Robert Duvall, le informarán de una operación de narcóticos en el local regentado por, el considerado hasta la fecha, oveja negra de la familia. Un chaval que sin explicitarlo en la pantalla, a uno le da la impresión de que pareció huir de su cotidianiedad familiar, de ese padre que le recuerda qué es lo que debe ser en la vida, y de un hermano que jamás tuvo inciativa, que siempre lo envidiará.  

‘La noche es nuestra’ es ya un clásico contemporáneo. Una de esas joyas que reluce una ambientación brutal, tanto del mundo nocturno como del policial (la comparativa en las primeras escenas es genial, con un local cargado de vicios y una familia rusa cálida como ninguna, y en el otro bando, un padre y hermano sermoneando al reo familiar en la inmensidad de una iglesia). James Gray vuelve a su terreno favorito, al conflicto familiar. A sus diatribas y luchas, a sus reflexiones, a sus retratos hirientes sobre individuos como Tim Roth o Joaquin Phoenix, ahogados por sus respectivas familias y, en cierto modo, por el contexto del barrio, siempre cargado de juegos peligrosos, de toqueteos con la mafia rusa. Hay bastantes reminiscencias con su ópera prima, ‘Little Odessa’, pues estamos, de nuevo, en el distrito de Brighton, en Brooklyn, contemplando un fresco tan tétrico, áspero y crudo, como absorvente para el espectador. También lo complementa con el conflicto sentimental con Eva Mendes. Es decir, James Gray vuelve a realizar un retrato sensacional sobre uno de esos anónimos del barrio que da mucho juego, marca de la casa. Película magistral. 

‘Little Odessa’. Demoledora ópera prima.

Joshua, un magistral Tim Roth, es un sicario sanguinario y frío. De esos que no pestañean ni tan sólo un momento (como bien nos recuerda James Gray desde el primer plano). Un sicario que deberá volver a su barrio, del que un mal día huyó, por cuestiones de trabajo (es decir, para liquidarse a un iraní chivato). El retorno del reo a su putrefacto hogar será el motor a partir de cual girará la historia del film.

Una historia que, en su esencia, irradia dureza. Es áspera y cruda. La cotidianeidad de esa cloaca de judíos de ascendencia rusa se le impregna a uno en la mente. Un día a día, dentro de la gran urbe (u orbe) que es Nueva York, en el que lo más probable es acabar siendo un matón, un maleante cualquiera. Uno de esos de los que hasta su propia familia se avergüenza. Joshua se crió así. También Reuben, interpretado por un Edward Furlong en estado de gracia.

‘Little Odessa’ es un film que compara el pasado con el presente. Lo hace a través de dos hermanos, y en dos momentos de tiempo distintos, pero en un contexto idéntico. El volcán de sentimientos erupcionará desde el primer momento en que Roth ponga un pie en su barrio. Muchos cabos que atar, sobre todo con la familia. Lleno de rencores y odios. También cargado de fraternidad. Sin olvidar a su antigua amiga, recordando lo que pudo ser y acabó por no ser. O ese capo mafioso deseoso de borrarte del mapa, impidiéndote volver al hogar, a tu hogar. Arrinconándote en el ideal artificioso de ese judío que sólo saber huir. En definitiva, veánla. James Gray parió esta peculiar joya cuando tan sólo contaba con veinticinco primaveras. Casi nada. Es de esas que pone el dedo en la llaga dentro del conflicto familiar y hurga hasta el extremo. Combinando, como nadie, la lucha familiar con el contexto gangsteril. Posee varias escenas demoledoras. Un drama con mayúsculas. Una obra maestra.