Im lauf der zeit (1975)

kingsoftheroadUKDirección: Wim Wenders 
Guion: Wim Wenders 
Producción: Wim Wenders Production / WDR
Fotografía: Robby Müller / Martin Schäfer
Montaje: Peter Przygodda
Música: Axel Linstädt
Reparto: Rüdiger Vogler / Hanns Zischler / Lisa Kreuzer / Marquard Bohm
Duración: 175 min
País: Alemania 

Bruno Winter ha comprado un viejo camión. Lleva dos años recorriendo la geografía que acompaña a la frontera que divide a las dos Alemanias, trabajando en los cines situados en la misma. Está tranquilo, cerca de un río, respirando, tratando de afeitarse. De pronto, un coche vuela hacia el agua. Sale de allí Robert Lander. Es un tipo enigmático, callado. Bruno le ofrece ropa seca y, casi sin querer, comienzan a recorrer juntos una carretera que bordea zonas rurales. Un viaje sin destino concreto. Un viaje hacia la vida.  

Apenas un año después del estreno de la conmovedora Alice in den städten, sorprendía Wim Wenders con una preciosa película titulada En el curso del tiempo. De hecho, el personaje de Bruno Winter casi podría considerarse una continuación de aquel Phil Winter. Aquí, en todo caso, se atrevía Wenders por primera vez a escribir un guion en solitario, explotando las cualidades que mejor le definen: el desarraigo, la soledad, el amor, la libertad. Muchas sensaciones agitadas a través de una road movie devastadora, una obra maestra en la que vuelve a lucir de un modo espléndido la fotografía, en blanco y negro, de Robby Müller y la acertada banda sonora de Axel Linstädt. A todo ello se le une un homenaje al cine, a un cine, aquel enclavado en los pequeños pueblos, que parece esfumarse ante la nostálgica mirada de Wim Wenders. Y una reflexión que latente, o manifiesta, siempre parece acompañar a los náufragos que, en sus paisajes, pincela el cineasta alemán: “solo tengo miedo de tener miedo”.

Dos personas que, probablemente, jamás volverán a encontrarse. Lander y Winter compartiendo una amistad fortuita, el afecto presente y un montón de reflexiones sobre la vida. Son personas que buscan estar solas, sentirse libres y que, sin embargo, esquivan la ausencia. Contradicción tan bien representada por Rüdiger Vogler, fabuloso en su introvertida y melancólica interpretación; así como por Hanns Zischler, quien encarna a un tipo más furtivo y escurridizo. La complicidad entre ambos es tal que no tarda en emerger la empatía a lo largo de este relato. “Todo debe cambiar a la larga”, le escribe Lander a modo de despedida. Winter contesta para sí mismo: “haré lo que pueda”, mientras lanza un grito en solitario que parece evocar a “El grito” de Edvard Munch. Nunca sabremos el final de esta historia, pero hemos disfrutado, largo y tendido, con este emotivo viaje.

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Der amerikanische freund (1977)

freundDirección: Wim Wenders 
Guion: Wim Wenders (Novela: Patricia Highsmith)
Producción: Road Movies Dritte Produktionen / Les Films du Losange / Westdeutschen Rundfunk
Fotografía: Robby Müller
Montaje: Peter Przygodda
Música: Jürgen Knieper 
Reparto: Bruno Ganz / Dennis Hopper / Lisa Kreuzer / Nicholas Ray / Gérard Blain
Duración: 125 min
País: Alemania 

Una diva del suspense, así podría definirse a Patricia Highsmith. De su imaginación surgió un personaje, Ripley, a quien el séptimo arte ha acogido con gusto entre sus brazos: Plein soleil (1960), The talented Mr. Ripley (1999) y la película que aquí tratamos, El amigo americano (1977). Las palabras de la novelista se tornan imágenes a través del buen hacer de uno de los grandes, Wim Wenders. Así, a medio camino entre Hamburgo y Nueva York, se nos abrirá una puerta que nos lleva a presenciar un formidable recital donde la violencia más pura ocupará un lugar especial, siendo juez y parte en la eterna lucha, la lucha entre el bien y el mal. 

Dennis Hopper, mítico actor con el que siempre estaremos en deuda por sus tremendos papeles en Easy rider (1969), Apocalypse now (1979), Rumble fish (1983), Blue velvet (1986) o Red Rock West (1992), encarna aquí a Tom Ripley, un marchante arribista a quien un desafortunado desplante de Zimmermann, interpretado fabulosamente por Bruno Ganz, le bastará para introducir a este último, mediante el pretexto de una muerte terminal, en un laberinto lleno de asesinatos, gángsters y dinero ensangrentado. Es decir, estamos ante un absoluto espectáculo. El pincel de Wim Wenders, especialmente afortunado con los grises que acompañan al retrato del errante solitario, da cobijo en este paisaje, además, a un rojo violento que tiñe a la cautivadora fotografía de Robby Müller. Violencia que no es más que maldad: la maldad innata que acompaña a un desamparado Dennis Hopper; la maldad que se apodera y carcome a un íntegro hombre como Bruno Ganz; la maldad de la que se aísla un brillante Nicholas Ray; la maldad frente a la que lucha con todas sus fuerzas Lisa Kreuzer. 

Wim Wenders hilvana una historia sobre los bajos fondos en la que lleva a Patricia Highsmith hacia su terreno, abriendo así un opresivo universo en el que las dudas, miedos y nervios de Bruno Ganz colisionarán con la alargada figura de Ripley, ese Ripley convertido a cowboy, náufrago en una gran mansión de Hamburgo y que hace del enigma su mejor carta. Tormentosa, asfixiante, violenta, así es El amigo americano. Sensaciones todas ellas que acompañan al relato de una de las escenas más memorables, la del primer asesinato en el metro parisino, de esta elegante y personal obra maestra. 

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Alice in den Städten (1974)

www.unzeit.de Please leave Copyright Notice intact !Dirección: Wim Wenders 
Guion: Wim Wenders / Veit von Fürstenberg
Producción: Produktion 1 im Filmverlag der Autoren / WDR
Fotografía: Robby Müller
Montaje: Peter Przygodda
Música: Can
Reparto: Rüdiger Vogler / Yella Rottländer / Lisa Kreuzer / Edda Köchl
Duración: 110 min
País: Alemania 

Aquí tenemos uno de los títulos emblema en la carrera del alemán Wim Wenders: Alice in den städten. Todo comienza con un joven, Phil, quien está tumbado en la arena de la playa y canta para sí mismo “bajo el paseo… junto al mar… en una manta con mi chica… allí quiero estar”. Toma una fotografía de ese momento, imborrable ya. Anda de viaje, cruzando la geografía de los Estados Unidos. Es periodista y debe escribir un artículo, pero no puede más que captar fotografías. No encuentra nada en su lugar, parece haber perdido el sentido de la vida, como le reprocha un viejo amor.

Filmada con medios austeros y adornada por la melancólica fotografía en blanco y negro de Robby Müller, también habitual compañero de fatigas de Jim Jarmusch, Alicia en las ciudades expone una lírica visual cautivadora. A nadie le sorprende, pues Wim Wenders siempre ha sabido adornar con tacto sus películas. Tengo como referencia suya, como obra cumbre, la hiriente Paris, Texas (1984). En ella alcanzó la combinación perfecta entre la magia de las imágenes y la emotividad de su relato. En el polo opuesto está El cielo sobre Berlín (1987), una película muy bonita en lo visual, pero, en líneas generales, carente de sentimiento en su contenido. Digamos, pues, que a mitad camino de ambas se encuentra esta cinta estrenada en 1974. Protagonizada con total naturalidad por Rüdiger Vogler, también presente en En el curso del tiempo (1975), la historia habla sobre la desorientación, sobre la incerteza, sobre la soledad, sobre la libertad, sobre lo volátiles que pueden llegar a ser los estados de ánimo. Son cuestiones que afectan a nuestro protagonista, y que se nos mostrarán con sumo cariño y afecto cuando este conozca, por casualidades del destino, a una jovencita desamparada, Alice. Una muchacha que, extrañamente, le ayudará a conocerse a sí mismo, a encontrarse de nuevo. 

La complicidad existente entre ambos marcará el devenir de esta preciosa historia sobre solitarios errantes. El Empire State de Nueva York, los canales de Amsterdam o el tren colgante de Wuppertal serán escenarios, fotografías, que adornarán con un punto de amargura la deliberada sencillez de este relato. Un viaje muy emotivo, una amistad muy bonita. Alice y Phil, sintiéndose libres, felices, respirando una bocanada de oxígeno por la ventanilla de un tren sin saber, ni querer saber, lo que viene después.     

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Der himmel über Berlin (1987)

DerHimmelUeberBerlinDirección: Wim Wenders
Guion: Wim Wenders / Peter Handke
Producción: Road Movies Filmproduktion / Argos Films
Fotografía: Henri Alekan
Montaje: Peter Przygodda
Música: Jürgen Knieper
Reparto: Bruno Ganz / Solveig Dommartin / Otto Sander / Peter Falk
Duración: 128 min
País: Alemania

Dos ángeles pululan por el cielo de la ciudad de Berlín. Su ocupación es muy sencilla, pues tan solo observan los pensamientos de la gente. En la calle, en el metro, en los parques, en las azoteas. Cualquier lugar es válido. Si detectan que andan con el ánimo decaído, tratan de insuflar cierta vitalidad. Tienen para ellos el don de la inmortalidad. Sin embargo, un buen día Damiel, uno de nuestros ángeles custodio, se enamorará de una solitaria trapecista. Anhelará volver a sentir lo que sienten los humanos: leer el periódico, pasear por el parque, tomar café, charlar con tu madre, enamorarte. 

Wim Wenders exponía en 1987 la que probablemente sea una de sus obras con mayor prestigio internacional, lo cual no significa que estemos, ni mucho menos, ante su mejor película. De hecho, apenas tres años antes, había tejido una lírica y desgarradora historia titulada Paris, Texas (1984), una película única y especial que barre, en todos los sentidos, a El cielo sobre Berlín. En todo caso, Wim Wenders simboliza junto a Rainer Werner Fassbinder y Werner Herzog el florecimiento del cine alemán de los años setenta y ochenta. Este dato no es casual, pues Wenders tiene una virtud, la captura de imágenes preciosas, que muy pocos atesoran. La flaqueza de este film viene dada por el hecho de que la lírica visual existe, está presente, pero no va acompañada de una profundidad narrativa que nos sumerja de lleno en este agridulce relato.

Como película situada en su contexto, tiene el logro de haber sabido plasmar la realidad que acompañaba al Berlín de los ochenta, una ciudad dividida literalmente en dos. Además, he de reconocer que los relatos sobre grandes ciudades siempre me han gustado. Hay tantas historias, tantas situaciones, tantas anécdotas, tantos náufragos a la deriva, tantos felices encuentros, tanta alegría, tanta tristeza, tantas cosas. Nueva York, París, Roma, Madrid, Londres, Los Ángeles. Y aquí… Berlín. El autor añade otro muro a los límites de esta ciudad, aquel que divide entre lo celestial y lo terrenal. Me cautivan las imágenes. Me aburre, eso sí, la pedantería filosófica que acompaña a este film. Esto no quita para que algunas de las reflexiones de ciertos personajes sean sobresalientes. Y las inquietudes, dudas y temores que acompañan a Marion son, de largo, lo mejor de la película. Un personaje espléndido para una película irregular y sobrevalorada.    

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‘París, Texas’. Trágica historia de amor.

Wim Wenders nos regalaba en 1984 una belleza de película. Una trágica historia de amor en la que un hombre desperanzado, roto, que vaga por el mundo como alma en pena, decide reconstruir lo que un día fue: su familia. Encontrar a su hijo, y a la madre de éste. Como realizando su última gran obra antes de marcharse hacia la nada bajo la noche.

Es una película perpetrada desde el corazón, con puro sentimiento, y con una elegancia visual asombrosa. El camino que nos va preparando el cineasta durante todo el film, por el desierto texano, en medio de un residencial barrio de Los Angeles, en un ruinoso coche camino a Houston, está cargado de poesía visual. Una historia que nos lleva desde la nostalgia y melancolía de los buenos días, pasando por el sufrimiento del tiempo perdido en el que sólo te acoges a una arenosa foto de París-Texas sinónimo de lo que pudo ser y no fue, hasta llegar a la felicidad, a la alegría de un chiquillo que quería estar con su madre, y una madre, a su vez, que parece haber encontrado, por fin, el camino. Es, en definitiva, una película muy humana, que la sientes cerca. Con personajes, todos ellos, que irradian veracidad. Con un camino que va de la nada, del derrotismo, de la desorientación absoluta hacia la ilusión, hacia la vida.

Todo ello alcanza el máximo estado de ebullición en una cabina miserable de un peep show de Houston, donde el dolor y el desasosiego te inundan, gracias a un discurso que es puro sentimiento, un discurso desgarrador. Una de las mejores escenas de la historia del cine. Sólo por ello, ya vale la pena ‘París, Texas’. Aunque claro, sin el resto del film, la escena no tendría sentido. No hace falta recomendar que la vean, es de esas obras, llamadas maestras, que no necesitan presentación. Si alguien se sintió identificado con algún personaje, habrá llorado como un niño. No se preocupen, es normal. Una historia muy bella y lírica, cargada de amor y sentimiento. De las que no se olvidan.