‘Heat’. Brillante y magistral policíaco.

‘Heat’ es una historia de personajes, de buenos y malos, en la que Michael Mann pule, perfila y compone con férrea precisión a cada uno de ellos, dándoles así la profundidad requerida, pero sabiendo manejar, no obstante, el tempo de la narración con maestría, alternando así la singularidad con la generalidad, nunca perdiendo de vista, por tanto, el tema principal: la lucha de titanes bindada entre Robert De Niro, pensador estratégico de la banda de atracadores, y Al Pacino, cabeza pensante del cuerpo policial de Los Ángeles.

Michael Mann consigue hacernos partícipes absolutos de esta trama. Nos sumerge así, del lado de los bandidos, en la amargura y el dolor que caracterizan la existencia de Robert De Niro (Neil McCauley), un tipo aquejado por el vacío sentimental, arrepentido por esa vida de maleza y perversión, buscando dar un último golpe tan redentor como liberador. También nos empapamos de la tristeza que irradia el personaje de Val Kilmer (Chris), tipo duro pero de corazón blando, devoto amante de su sufrida esposa, Ashley Judd. Además, siempre está latente la alargada figura de Jon Voight, el veterano instigador que proporciona la acción que estos hombres, incluidos Tom Sizemore y Danny Trejo, necesitan como motor de combustión. No obstante, esta vida conlleva riesgos, existiendo siempre cabos sueltos en forma de Waingro, un temerario Kevin Gage, y Roger Van Zant, el siempre correcto William Fichtner.

Pero toda moneda tiene su reverso. Éste en ‘Heat’ no es otro que Vincent Hannah, un todopoderoso Al Pacino. Sobre él recae todo el peso policial, salvo por las apariciones contadas y necesarias de Wes Studi y compañeros. Sentimos la angustia y el dolor que lleva en sus adentros, interiorizando así un trabajo que es un modo de vida. Una sempiterna búsqueda del mal que arrasa con todo lo que pulula a su alrededor, ya sea una olvidada esposa, la acertada Diane Venora, o una vilipendiada hijastra, interpretada por una jovencísima Natalie Portman. Ahora vive por y para atrapar al intrigante McCauley, una figura por la que siente total respeto y admiración. ¿Quién saldrá vencedor? Tendrán que ver ‘Heat’ para comprobarlo. Por mi parte, lo dejo en tablas.

La narración desprende talento, oficio y clase en cada diálogo, en cada escena, en cada situación. Pocos, además, conseguirán plasmar la violencia implícita a las escenas de acción de un modo tan tenso e hiperrealista como el aquí mostrado. El cineasta, Michael Mann, sienta cátedra acerca de cómo elaborar un thriller, moviendo las piezas de un modo preciso, inteligente. Juega así una partida perfecta en la que el espectador disfruta en todo momento. Ayuda en tal función el contar con una factura técnica intachable, marca de la casa en las cintas de Mann, así como poseer un listado de nombres tan poderoso en el cartel. Tenemos aquí, por tanto, a una de las mejores películas de la década de los noventa. Un auténtico tributo al mejor cine policíaco, teñido con el toque thrill que tanto le gusta manejar al cineasta de Chicago. Imprescindible.

9.5/10

‘The last of the mohicans’. Heroica, conmovedora, trágica.

Corría el año 1992 cuando un cineasta, hasta entonces poco aclamado, se daba a conocer ante el gran público. Su nombre era Michael Mann, y no era ningún jovenzuelo que digamos, pues rondaba ya la cincuentena. Padre de la archiconocida serie ‘Miami vice’ (1984), en su faceta de autor (dirección y guión) ya contaba con tres películas interesantes aunque a un escalafón por debajo, en cuanto a nivel, de sus mejores obras. Aquéllas eran ‘Thief’ (1981), ‘The keep’ (1983) y el germen de Hannibal Lecter, ‘Manhunter’ (1986).

En fin, digamos que era un tipo consolidado, aunque le faltaba dar ese salto cualitativo que distingue al buen cineasta del maestro. Y por ahí apareció ‘The last of the mohicans’. Una película llena de fuerza y sentimiento en la que el cineasta conseguía compaginar, con una sutileza y perfección asombrosa, la dimensión crítica al afán imperialista de Occidente con las terribles consecuencias del mismo sobre los nativos e indígenas (especial atención a mohicanos y hurones), alternándolo todo con una(s) historia(s) de amor tan vigorosa(s) como creíble(s).

Hablamos, por tanto, de una historia completa, un fabuloso trabajo de guión servido a través de una factura técnica intachable. Junto a la magistral dirección de Michael Mann, encontramos una sublime labor de fotografía a cargo de Dante Spinotti, así como un reparto de altos vuelos en el que prepondera el trabajo de un tal Daniel Day-Lewis. Eso sí, no deberíamos olvidar las interpretaciones de Madeleine Stowe, Russell Means y Wes Studi, quienes ponen toda la carne en el asador para darle veracidad y sentimiento al asunto. Por último, cabe destacar que la emotividad de esta cinta no sería la misma sin el compás marcado por Trevor Jones y Randy Edelman.

Puro sentimiento. Difícil que a uno no le emocione esta heroica, conmovedora y trágica historia que recorre, con pulso milimétrico y oficio de maestro, los sangrientos y dolorosos pasillos que caracterizaron a los Estados Unidos a finales del siglo XVIII.

9/10