‘Side effects’. Cuento de terror.

originalMe gusta el binomio que han formado Steven Soderbergh, brillante cineasta cuando le da la gana, y Scott Z. Burns, un guionista a considerar. Aquel cuento de terror que elaboraron entre ambos, Contagion (2011), ya consiguió inquietarme, alterar mi conciencia. Ahora, dos años después, vuelven a la carga siguiendo la misma línea metódica a través de Side effects.

Película perturbadora. El mundo que envuelve a la industria farmacéutica y la medicina servirá como excusa para que nos lancen una intriga bien pulida, atractiva. A su vez, el thriller tiene como principal “efecto secundario”, valga la redundancia con el título de la obra, el desenmascarar toda la mugre que existe alrededor de los medicamentos, especialmente aquellos que tratan afecciones psíquicas. Así pues, la intriga y la crítica se retroalimentan, deparándonos un potente relato en el que destaca, gusto personal, una brillante Rooney Mara.

7.5/10 

‘Eyes wide shut’. Cruise Kidman Kubrick.

Doce años después del estreno de su último film, ‘Full metal jacket’ (1987), y tras varias intentonas frustradas de volver a dirigir, como por ejemplo el proyecto de Inteligencia Artificial (no materializada por falta de recursos) o el relativo al holocausto judío (Spielberg se adelantó en la historia), Stanley Kubrick volvía, en pleno estado de forma, con ‘Eyes wide shut’ (1999), una obra de temática controvertida que alcanzó cierto grado de polémica al coincidir que la pareja ficticia, el matrimonio Harford, estaba representado por una pareja, por aquel entonces, ligada en la vida real: Tom Cruise y Nicole Kidman. 

William Harford y su mujer tienen una vida respetable. Inmersos en la alta clase neoyorquina, él ejerce como doctor y ella se hace cargo del cuidado de la hija de ambos, Helena, de siete años de edad, ahora que la galería de arte en la que trabajaba ha quebrado. En uno de sus compromisos sociales, una fiesta organizada por Victor Ziegler, ambos coquetearan, a la sombra de su matrimonio, con distintas personas allí presentes (Kidman con un cincuentón apuesto, Cruise con dos jovencitas modelos), rompiendo así el hielo para que, al poco tiempo y bajo los efectos de la marihuana, en medio de la intimidad proporcionada por su dormitorio, asalte la estremecedora revelación de boca de Alice: “tuve una fantasía sexual en la que no estabas tú, sino otro hombre”, le decía, en esencia, a su estimable marido.

A éste se le derruía su existencia, los cimientos de su relación parecían ahora resquebrajarse. ¿Qué era, entonces, su matrimonio? ¿Una farsa? ¿Un simple teatro que no iba más allá del placer carnal? Su cabeza quedaba colapsada, perturbada ante tan dolorosa afirmación. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo reaccionar ante tan inesperado acontecimiento? Stanley Kubrick nos sumergía así en un juego del todo paranoico, moviéndonos entre infidelidades, traiciones, aventuras nocturnas y sueños fatales. La pasión, el sexo y la fogosidad, ligados con sus dilemas morales y éticos (brutal la escena de la hija del hombre de la tienda del disfraz), parecía impregnarse en la narrativa, dinamitando y cuestionando, a la vez, la figura del matrimonio en la sociedad actual. La mente del doctor parecía ahora enfermiza, obsesiva. No conseguía escapar de ese mundo turbio, lujurioso, inquietante y perverso en el que había caído, casi sin quererlo, después de las palabras de su esposa, representado aquél, en toda su intensidad, en una lujosa mansión repleta de máscaras y juegos oscuros. 

Elegante, preciosista y ardiente dirección del maestro Kubrick en la que supuso su última película, la cual ni siquiera llegó a contemplar cómo se estrenaba en las salas mundiales (murió poco después de finalizar su montaje). La factura técnica es asombrosa, espectacular. El manejo de la luz y el uso de los colores es, simplemente, cautivador. Cátedra para todo aspirante a buen director. La corrompida historia acerca de esa acomodada pareja cuya relación comienza a tambalearse por los celos y las fantasías sexuales, atrapa al espectador, intrigado éste, además, por los sucesos y peligros que acontecen en la vida del doctor durante ese largo paseo nocturno, siendo paradigmático de ello el sobrecogedor mundo que se abría con tan sólo una palabra: “fidelio”. 

En fin, una historia compleja, detallista, abrumadora, enigmática y compatible con múltiples lecturas que servía para poner el broche idóneo a la carrera cinematográfica del imperecedero Kubrick. Una de las mejores películas de la década de los noventa.

9.5/10

‘Two lovers’. Amores que hieren.

Desde el inicio (con la escena del muelle), uno ya se hace a la idea de que estamos ante un hombre totalmente desolado, roto, en descomposición contínua, con la quinta marcha puesta hacia la nada. Sin embargo, esa misma noche conocerá a una chica encantadora, hija de un judío amigo (cuestión de interés) de la familia, a la que parece agradarle. Del mismo modo, y en sentido contrario, en pocos días, Leonard, nuestro protagonista, quedará abobado por su vecina, una rubia con muchos encantos.

‘Two lovers’ supone un cambio en la temática tratada por el director, James Gray, hasta el momento. Es una película madura, elegante y fina. Se nota el sello personal de quién la firma, alcanzando aquí un punto de cátedra cinematográfica al que no todos llegarán. El amor, expresado de distintas maneras, siempre ha estado presente en sus films. Pero, ahora, radicaliza el asunto, dejando de un lado el amor fraternal, familiar (aunque también se deja notar secundariamente), para centralizar el amor, entendido en su forma estándar, que surge entre dos personas. Miento, en una sola persona, porque al fin y al cabo, James Gray se explaya y de qué manera tan virtuosa mostrándonos los sinsabores y amarguras de ese incierto camino por el que se mueve Leonard, debatiéndose entre apostar a caballo ganador, con su seguridad y estabilidad, o arriesgar en la figura de Gwyneth Paltrow con una mínima opción de correspondencia a la que aferrarse.

Con cuatro personajes en el guión, Joaquin Phoenix y, en menor medida, Gwyneth Paltrow, acaparando el protagonismo principal, y con dos secundarios de altos vuelos, como son Elias Koteas y, sobre todo, una elegante y atractiva Vinessa Shaw, construirá el sensacional James Gray una historia lacerante hasta el extremo, contagiando al espectador y haciendo aflorar el sentimiento (no llegó la lágrima). Es un fresco que tiene como protagonista a uno de esos anónimos de Brighton que tanto le gusta pintar al cineasta, con su pasado amargo, su presente necesariamente familiar, y su futuro incierto. Una película que ahonda en los rincones más recónditos del corazón de una manera sensacional. Tomen nota los aspirantes a realizar films románticos, pues esto es cátedra. De lo mejor de la década. 

Spoiler:

Esquema amoroso

Vinessa-> Joaquin -> Paltrow -> Koteas (y éste con su anónima esposa) para al final dejarnos ese sencillito y liviano final (Vinessa -><- Joaquin; Paltrow-><-Koteas) impregnado de realismo en el que Joaquin morirá, o casi, en su interior tras el punzante discurso de la Paltrow, y tras meditarlo, decidirá amar, más artificialmente que de manera natural, a la complaciente Vinessa Shaw.