‘El sur’. La historia de la Gaviota.

‘El sur’ es sombría, oscura y fúnebre. Es la gelidez del Norte. Son fantasmas venidos del pasado para conquistar el presente. Un presente tan triste, tan desalentador, tan hiriente, que acaba por destriparte las entrañas del alma. También es magia y fantasía, derivado de ese mundo que camina entre lo pueril y lo juvenil. La calidez del Sur evocada en recuerdos y postales.  Es la esperenza de un mañana mejor. Pero, sobre todo, ‘El sur’ es la incerteza del péndulo, oscilando siempre entre la alegría y la melancolía.

El misterio de Estrella por averiguar el pasado de su padre sirve para que Víctor Erice, apoyándose en su particular mundo visual y en el gran trabajo de fotografía de José Luis Alcaine, nos emocione con esta poética y lírica historia acerca del mundo de los sentimientos.

‘El sol del membrillo’. Una forma de vida.

En otoño, el membrillero comienza a madurar sus frutos. Bien lo sabe Antonio López, pintor de profesión, pues tiene uno en su huerto. En ese otoño, el de 1990, Antonio se propone intentar nuevamente pintar el membrillo. Pero no en cualquier momento. Debe captar el instante exacto en el que el sol calienta al frutal en su plenitud. Una estampa preciosa, muy bonita.

Sin embargo, el otoño va pasando. El sol cada día es menos feroz. Las nubes tormentosas se asoman al cielo de Madrid. Y Antonio ve como su misión parece muy complicada. Octubre ha sido borrado del calendario, y ya estamos en Noviembre. Las lluvias y el viento no persisten. Así que Antonio olvida su ilusión, no podrá ser. Su inacabada pintura acabará en un sótano, olvidada. No valdrá para el año próximo, pues el frutal, como muchas cosas, cambia de año en año. Sin embargo, a él le ha quedado ese punto de insatisfacción. Si el óleo no puede ser, probemos con el dibujo, acompañando así la vida del membrillero hasta su decadencia allá por diciembre. Si tampoco da resultado, si no ha habido tiempo, habrá que esperar a que la fruta vuelva a salir allá por la primavera, hasta que transcurrido el verano, madure nuevamente durante el otoño.

Le dicen, extrañados, que por qué no hace una fotografía. Más fácil, sencillo y rápido. Sin tener que esperar a ese momento en el que luzca el sol diariamente. ¿La respuesta? Más que el fin, lo que cuentan son los medios. Y para él, el simple día a día acompañando al frutal, ya merece la pena, independientemente del resultado final.

Antonio prefiere vivir con naturaleza. Ajustando sus cálculos. Sus marcas. Sus clavos. Las varas. El invernadero. Las finas cuerdas. Todo calculado milímetro a milímetro. Observándolo día a día, siendo un compañero fiel. Y así transcurre su vida. Una vida plácida y tranquila inundada de momentos de alegría (desprendida de sus canturreos), de soledad (con sus pitillos), de regocijo (explicándole a dos amigos chinos su modo de pintar), de nostalgia (recordando con su buen amigo su juventud), de tristeza (bajo una lluvia persistente), de amor (acompañado de su mujer), de convencionalidades (con sus amigos), de familia (con sus hijos). Una vida marcada por una pasión, la pintura. Y por una forma de vivir, esa que añora a los membrilleros con los que creció en su niñez y con los que aún sueña cuando la muerte le acecha.

Cine, poesía y pintura se dan de la mano en esta cinta para aliarse contra la televisión, un instrumento de control de masas, un emblema de nuestras sociedades. Una crítica centrada en esa imponente Torrespaña que se nos muestra iluminada al centro de la imagen, expandiendo su señal a toda la ciudad, inundando todo el paisaje urbano con su luz azul. Una torre que aleja a la urbe de la forma de vivir de Antonio, tan sencilla, como bonita. Erice contrapone lo urbano frente a lo rural, lo combina, y da como resultado una preciosa película que cala hondo.

“Estoy en Tomelloso, delante de la casa donde nací. Al otro lado de la plaza, hay unos árboles que nunca crecieron allí. En la distancia, reconozco las hojas obscuras y los frutos dorados de los membrilleros. Me veo entre esos árboles junto a mis padres. Acompañado por otras personas cuyos rasgos no logro identificar. Hasta mí llega el rumor de nuestras voces. Charlamos apaciblemente. Nuestros pies están hundidos en la tierra embarrada. A nuestro alrededor, prendidos de sus ramas, unos frutos rugosos cuelgan cada vez más blandos. Grandes manchas van invadiendo su piel y en el aire inmóvil percibo la fermentación de su carne. En el lugar donde observo la escena, no puedo saber si los demás ven lo que yo veo. Nadie parece advertir que todos los membrillos se están pudriendo bajo una luz que no sé cómo describir: nítida y, a la vez, sombría, que todo lo convierte en metal y ceniza. No es la luz de la noche. Tampoco es la del crepúsculo ni la de la aurora.” (Antonio López)

‘El espíritu de la colmena’. Fantasía.

En una familia de la Castilla profunda de los años 40, habitan Fernando, padre, Teresa, madre, Ana e Isabel, hijas. La Guerra no ha pasado en balde para la familia. Del mismo modo que las niñas han ido creciendo y despertando, los padres se han ido apagando, durmiéndose.

Fernando se pone sus auriculares por las noches. Espera noticias. Mientras vigila el trabajo fatigoso de las abejas en su colmena, escribe unas palabras que se pierden en mitad de la noche. Él mismo se encuentra igual de enjaulado que sus abejas.

Teresa tampoco es feliz. Dijéramos que ha perdido a su marido. Su único refugio es el ferrocarril, esa vía de contacto con el mundo exterior. En él deposita todas sus esperanzas en forma de carta. Unas cartas dirigidas a Niza, pero sin un remitente claro. Quién sabe. Quizás un amigo, un familiar, un amante. 

Las niñas, Isabel y Ana, crecen en medio de este desolador ambiente. Sin embargo, ellas con poco se ilusionan. Ahora proyectan en el pueblo ‘El doctor Frankenstein’. Esta película calará muy hondo en la mente de la pequeña Ana. Intrigada por la muerte de la niña a manos de Frankenstein, y la posterior muerte de éste, le preguntará a su hermana el por qué. Aquélla responderá que todo es mentira, que el espíritu de Frankenstein habita en una casa abandonada a las afueras del pueblo.

Isabel, es mayor que Ana. Frankenstein no le ha impactado tanto. La muerte es algo frívolo para ella. Se permite el lujo de fingirla ante Ana. O de intentar asesinar al gato con sus propias manos. Es la mujercita viva de la casa.

Ana, sin embargo, todavía es una niña en todos los sentidos, y ha creído a su hermana en el tema del espíritu y la casa abandonada. Por eso, cuando un maqui se refugie en ella, la niña creerá que él es Frankenstein. Pero la muerte llegará a su vida, esta vez, de manera real. El maqui morirá y sus ilusiones se esfumarán. Creerá que lo ha hecho su padre, y huirá al bosque. A ese bosque exterior, a la noche. Un lugar en el que fantasear alejada de la cruda realidad de su hogar. Ana tendrá que recurrir a la fantasía para vivir. Su hermana le dijo un día que sólo tenía que decir su nombre para hablar con el espíritu. Por eso, ella, por la noche, se dirige hacia su ventana, con un ruido de fondo de un ferrocarril, diciendo “soy Ana”. Porque es una niña. Una inocente en medio de un infierno. Alguien que no quiere alejarse de ese otro mundo en el que todos vivimos cuando fuímos pequeños. Se aferra a él, alejándose del mundo real.

Son infinitas las palabras dedicadas a esta película. Ha sido obra de estudio y análisis de muchas personas. Que decir que no se haya dicho ya. Es más, cuánto falta por decir aún! ‘El espíritu de la colmena’ es de esas películas de las que se aprende más y más viéndola una y otra vez. No hay un sólo plano gratuito, hueco o carente de significado. Yo, particularmente, me quedo con la escena en la que Fernando sale al balcón, partiéndose la imagen en dos. A la izquierda, los tejados del pueblo. A la derecha, la silueta de Fernando acompañada del amarillo y los hexágonos de la colmena que decoran sus ventanales. Un hombre encerrado en su mundo, sin poder entender al otro. Obra maestra. Atención a las miradas de los personajes, importantes para entenderlos.

“Alguien a quien yo enseñaba últimamente en mi colmena de cristal el movimiento de esa rueda tan visible como la rueda principal de un reloj. Alguien que veía a las claras la agitación innumerable de los panales, el zarandeo perpetuo, enigmático y loco de las nodrizas sobre las cunas de la mirada, los puentes y escaleras animados que forman las cereras, las espirales invasoras de la reina, la actividad diversa e incesante de la multitud, el esfuerzo despiadado e inútil, las idas y venidas con un ardor febril, el sueño ignorado fuera de las cunas que ya acecha el trabajo de mañana, el reposo mismo de la muerte alejado de una residencia que no admite enfermos ni tumbas. Alguien que miraba esas cosas, una vez pasado el asombro, no tardó en apartar la vista en la que se veía no sé que triste espanto.”