‘A few good men’. Puro oficio.

few_good_men_ver2_xlgGuión de Aaron Sorkin, atención. Palabras mayores. De hecho, es la primera aparición del reputado guionista en Hollywood. Debutaba, por tanto, con esta intriga judicial, A few good men, enclavada en el corazón del ejército americano, destapando a través de una potente defensa legal (la realizada por el trío Tom Cruise, Demi Moore y Kevin Pollak) las tradiciones y costumbres llevadas a cabo en el cuerpo militar estadounidense.

La titánica lucha entre Tom Cruise y Jack Nicholson no tiene desperdicio. Ambos son hombres con carácter, fieles a sus ideas y aferrados a un particular modo de entender la vida. Total, que ambos asumen las consecuencias de sus actos. Y eso lo plasma a la perfección Rob Reiner. Los personajes, en suma, están perfectamente pulidos, pues no podía ser menos sabiendo que Sorkin, como ya hemos dicho, anda por ahí, en labores de escritura. Y entre todos esos personajes, a pesar de las merecidas flores que recibió el grandioso Jack Nicholson, destacaría a la estoica Demi Moore.

El juicio final es el pilar sobre el que reposa toda la historia. Buenas interpretaciones, un sólido guión, una correcta factura técnica y una notable dirección para narrar una de las mejores historias judiciales, hablando de cine, de los años noventa. Recomendable.

7.5/10  

 

‘Jack Reacher’. Tom Cruise, sin más.

jack-reacher-poster-internationalNo nos engañemos: el tal Jack Reacher no es nada del otro mundo. Lo cierto es que no es más que una película del montón, la verdad. Me importa poco que ya esté firmada la trilogía. O los dólares que recaudo el pasado otoño. Aquí no medimos por cantidad, sino por calidad. Fatal desgracia para la cinta de Christopher McQuarrie, pues ésta no es que sea un derroche de virtuosismo (salvo en el apartado técnico).

El caso es que Tom Cruise ejerce ahora de productor. Él, tan modesto, se fabrica sus propios vehículos de lucimiento personal. Un poco de músculo aquí, una sonrisa encantadora allá. Lo de siempre en la versión más comercial de este correcto actor. Total, una intriga ramplona que no aburre pero tampoco entusiasma.

5/10 

‘Collateral’. Violenta noche al calor del asfalto angelino.

Max, un taxista de la ciudad de Los Ángeles, conduce placenteramente a una clienta hacia su destino. Por el camino, se permite la indiscreción de coquetear con la misma, haciéndose finalmente con el número de teléfono de la elegante mujer (por cierto, esposa real de Will Smith). Es la calma que precede a la tempestad, pues la estancia de su siguiente cliente, Vincent, estará en las antípodas en cuanto a trato y cordialidad.

Premisa atractiva la aquí manejada. La idea es hacer de chófer de un asesino a sueldo, con la inherente presión y asfixia que ello supone para un tipo que podría definirse como un ciudadano “normal”. El director, Michael Mann, consigue así tenernos cautivos desde el primer momento, insuflando a su narración un efecto tremendamente adictivo que viene dado por la capacidad y oficio de saber cómo contar un thriller. Por tanto, la tensión y emoción no desaparecen en ningún momento, manifestadas ambas en esa relación tan especial como violenta establecida entre los dos grandes protagonistas del film, Tom Cruise y Jamie Foxx.    

Cuenta con el escollo de no haber sabido manejar con holgura el complemento de la historia: la trama policial. Ésta no acaba de dinamitar, por lo que la intriga va esclareciéndose a base de remiendos facilones que sirven para conectar situaciones y personajes. El guión, manufacturado por Stuart Beattie, es más estándar y mucho menos elaborado que en otras cintas de Michael Mann. El poder del film viene dado aquí por el efectismo y el impacto en lugar de por el detalle y la precisión.

El cineasta explota su faceta como director en detrimento de una dimensión escritora que aquí olvida. En cualquier caso, el encargo es resuelto con brillantez y maestría. No podía ser de otra manera tratándose de él. Entretenimiento de alta calidad. Recomendada.

7.5/10 

‘Eyes wide shut’. Cruise Kidman Kubrick.

Doce años después del estreno de su último film, ‘Full metal jacket’ (1987), y tras varias intentonas frustradas de volver a dirigir, como por ejemplo el proyecto de Inteligencia Artificial (no materializada por falta de recursos) o el relativo al holocausto judío (Spielberg se adelantó en la historia), Stanley Kubrick volvía, en pleno estado de forma, con ‘Eyes wide shut’ (1999), una obra de temática controvertida que alcanzó cierto grado de polémica al coincidir que la pareja ficticia, el matrimonio Harford, estaba representado por una pareja, por aquel entonces, ligada en la vida real: Tom Cruise y Nicole Kidman. 

William Harford y su mujer tienen una vida respetable. Inmersos en la alta clase neoyorquina, él ejerce como doctor y ella se hace cargo del cuidado de la hija de ambos, Helena, de siete años de edad, ahora que la galería de arte en la que trabajaba ha quebrado. En uno de sus compromisos sociales, una fiesta organizada por Victor Ziegler, ambos coquetearan, a la sombra de su matrimonio, con distintas personas allí presentes (Kidman con un cincuentón apuesto, Cruise con dos jovencitas modelos), rompiendo así el hielo para que, al poco tiempo y bajo los efectos de la marihuana, en medio de la intimidad proporcionada por su dormitorio, asalte la estremecedora revelación de boca de Alice: “tuve una fantasía sexual en la que no estabas tú, sino otro hombre”, le decía, en esencia, a su estimable marido.

A éste se le derruía su existencia, los cimientos de su relación parecían ahora resquebrajarse. ¿Qué era, entonces, su matrimonio? ¿Una farsa? ¿Un simple teatro que no iba más allá del placer carnal? Su cabeza quedaba colapsada, perturbada ante tan dolorosa afirmación. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo reaccionar ante tan inesperado acontecimiento? Stanley Kubrick nos sumergía así en un juego del todo paranoico, moviéndonos entre infidelidades, traiciones, aventuras nocturnas y sueños fatales. La pasión, el sexo y la fogosidad, ligados con sus dilemas morales y éticos (brutal la escena de la hija del hombre de la tienda del disfraz), parecía impregnarse en la narrativa, dinamitando y cuestionando, a la vez, la figura del matrimonio en la sociedad actual. La mente del doctor parecía ahora enfermiza, obsesiva. No conseguía escapar de ese mundo turbio, lujurioso, inquietante y perverso en el que había caído, casi sin quererlo, después de las palabras de su esposa, representado aquél, en toda su intensidad, en una lujosa mansión repleta de máscaras y juegos oscuros. 

Elegante, preciosista y ardiente dirección del maestro Kubrick en la que supuso su última película, la cual ni siquiera llegó a contemplar cómo se estrenaba en las salas mundiales (murió poco después de finalizar su montaje). La factura técnica es asombrosa, espectacular. El manejo de la luz y el uso de los colores es, simplemente, cautivador. Cátedra para todo aspirante a buen director. La corrompida historia acerca de esa acomodada pareja cuya relación comienza a tambalearse por los celos y las fantasías sexuales, atrapa al espectador, intrigado éste, además, por los sucesos y peligros que acontecen en la vida del doctor durante ese largo paseo nocturno, siendo paradigmático de ello el sobrecogedor mundo que se abría con tan sólo una palabra: “fidelio”. 

En fin, una historia compleja, detallista, abrumadora, enigmática y compatible con múltiples lecturas que servía para poner el broche idóneo a la carrera cinematográfica del imperecedero Kubrick. Una de las mejores películas de la década de los noventa.

9.5/10

‘Minority report’. Cocktail a lo Spielberg: reflexión, futuro, acción.

El contexto sencillamente es brutal, de una ambientación futurista increíble. El marco idóneo para que Spielberg se luciera y desarrollará esa trepidante trama de crímenes, trampas e ineficiencias del sistema de pre-crimen (dejemos la ética a un lado). Nos regala 140 minutos, con algún altibajo (hay momentos en los que la jeta de Cruise sobrecarga la pantalla), que se le pasan a uno volando. No llega a ser una obra maestra, pero tiene alma de gran película (sobre todo, por esa reflexión que surge de ese monstruo llamado pre-crimen, complementada ésta por esos destellos futuristas), con la limitación de que acaba centrándose en la acción más que en la reflexión, alargando, quizás, en exceso la historia y sacando el sirope en los últimos momentos.

Pese a todo, tal cosa sólo podía salir de la mente de aquel excéntrico drogadicto llamado Philip K. Dick, y ser filmado por uno de los grandes de la industria del cine: el genial Steven Spielberg. Cine a caballo entre las palomitas y la reflexión de cuya combinación sale un entretenimiento gozoso, trepidante, que deja a uno satisfecho y ciertamente anodadado por ese futuro contextual tan llamativo como inquietante. Más que buena.