‘Planet of the apes’. Digna revisión.

Tim Burton decidía echar un pulso a la historia cinematográfica. Un tipo atrevido, sin duda. Ponía en suspensión, de este modo, su caché y prestigio a la espera de presenciar cómo era acogida su revisión de la clásica e imperecedera obra de Franklin J. Schaffner, ‘The planet of the apes’ (1968).

El resultado, desde mi punto de vista, es digno. Cada uno lo considerará a su modo, pero no está de más reconocer que el californiano, al menos, no ha manufacturado una insulsa imitación, una copia plano por plano de la cinta anterior. Nos propone así nuevas aventuras por los inhóspitos parajes del tan tenebroso planeta.

Una historia de alto entretenimiento. Sustituye la profundidad del clásico por el efectismo moderno, brindándonos así un cocktail repleto de acción y aventuras que se permite el lujo de enriquecer su receta con cierto toque romántico. El clima contradictorio, irónico, perverso y distópico, líneas maestras de la saga, sirve para contextualizar la trama.  Digna revisión.

7/10 

Spoiler

Leo Davidson, Mark Wahlberg, se pierde en una tormenta eléctrica cuando trataba de auxiliar a un mono perdido. Termina estrellando su nave en un planeta peligroso, dominado por los simios. Pronto se percatará de que sus compañeros se estrellaron allí en su búsqueda. Los simios que iban en la nave, escaparon y sometieron a los humanos. Ahora, él resolverá tal embrollo con la ayuda milagrosa del famoso mono perdido.

Con el trabajo ya hecho, decide coger su nave y poner rumbo a la Tierra. Ingenuo. ¿Cómo podía haber tal cantidad de humanos en el planeta de lo simios? Al desaparecer por la tormenta eléctrica, de nuevo, volverá a estrellar su nave en otro planeta. Éste sí parece la Tierra, pues cae en Washington. Lo dominan los simios, como deja entrever el mamotreto que homenajea la figura del General Thade.

La duda, ¿en el primer viaje rompe la línea lógica del tiempo viaja hacia el pasado? Así, en el segundo, viajará hacia el presente, ¿no?

‘Reservoir dogs’. Taranto, ópera prima.

Arrogantes, chulos y trajeados. Así son los “perros callejeros” de Tarantino. Hablan, largo y tenido, sobre ‘Like a virgin’ de Madonna mientras toman un café, a la par que discuten por la dura dicotomía de si dejar propina o no a la camarera. Esto es el inicio de ‘Reservoir dogs’, obra maestra. El inicio de una carrera deslumbrante de un tipo tan estrambótico y genial como Quentin Tarantino.

Un coche ensangrentado. El Sr. Naranja agoniza mientras el Sr. Blanco trata de consolarlo. Llegan al almacén, lugar en el que pronto estará el Sr. Rosa. Todo salió mal. Había un chivato, un policía inflitrado, entre los seis criminales contratados por Joe y su hijo Eddie. ¿Quién será? Tarantino lo resuelve todo con astucia. Existe mucha acción, violencia y ardor desatado en ‘Reservoir dogs’. Sin embargo, nosotros sólo vemos pinceladas de todo éllo. Son los diálogos los que nos abren el camino, así como el montaje despiezado que nos va dando destellos de la génesis previa a la acción (Blanco, Rubio, Naranja y la orquestración del plan).

La génesis de todo, incluido el reclutamiento de los principales, está bien pulida. Las primeras interacciones entre los gángsters son de primera. ¿El atraco? Sólo sabemos lo que ocurrió por la vía de los diálogos. ¿Y el final? Ahí es donde se va a lucir Tarantino, en la acción posteriormente inmediata al hecho y en la resolución de todo. Obra maestra.

Ah! Casi lo olvido. ¿Mi escena preferida? Mr. Blonde torturando salvajemente al policía apresado al compás de ‘Stuck in the middle with you’ (1974) de Gerry Rafferty, dentro de la programación de ‘Los supersonidos de los setenta’ de K-Billy. Un lujo. Por no hablar, es imposible quedarse sólo con una, de la escena final que aquí no desvelaré (sólo digo que. aunque aparantemente no lo parezca, es del todo resolutivo y poco engañosa). ¡Cuidado con el cobarde, ávaro y “profesional” Sr. Rosa!

9.5/10

‘Little Odessa’. Demoledora ópera prima.

Joshua, un magistral Tim Roth, es un sicario sanguinario y frío. De esos que no pestañean ni tan sólo un momento (como bien nos recuerda James Gray desde el primer plano). Un sicario que deberá volver a su barrio, del que un mal día huyó, por cuestiones de trabajo (es decir, para liquidarse a un iraní chivato). El retorno del reo a su putrefacto hogar será el motor a partir de cual girará la historia del film.

Una historia que, en su esencia, irradia dureza. Es áspera y cruda. La cotidianeidad de esa cloaca de judíos de ascendencia rusa se le impregna a uno en la mente. Un día a día, dentro de la gran urbe (u orbe) que es Nueva York, en el que lo más probable es acabar siendo un matón, un maleante cualquiera. Uno de esos de los que hasta su propia familia se avergüenza. Joshua se crió así. También Reuben, interpretado por un Edward Furlong en estado de gracia.

‘Little Odessa’ es un film que compara el pasado con el presente. Lo hace a través de dos hermanos, y en dos momentos de tiempo distintos, pero en un contexto idéntico. El volcán de sentimientos erupcionará desde el primer momento en que Roth ponga un pie en su barrio. Muchos cabos que atar, sobre todo con la familia. Lleno de rencores y odios. También cargado de fraternidad. Sin olvidar a su antigua amiga, recordando lo que pudo ser y acabó por no ser. O ese capo mafioso deseoso de borrarte del mapa, impidiéndote volver al hogar, a tu hogar. Arrinconándote en el ideal artificioso de ese judío que sólo saber huir. En definitiva, veánla. James Gray parió esta peculiar joya cuando tan sólo contaba con veinticinco primaveras. Casi nada. Es de esas que pone el dedo en la llaga dentro del conflicto familiar y hurga hasta el extremo. Combinando, como nadie, la lucha familiar con el contexto gangsteril. Posee varias escenas demoledoras. Un drama con mayúsculas. Una obra maestra.