‘The ghost and the darkness’. Leónes y cazadores.

William Goldman, reputado guionista (aquí en su vertiente más comercial), nos traslada a la África de finales del siglo XIX, a través del personaje de John Patterson (Val Kilmer), un ingeniero puesto al servicio de la Corona británica y encargado de la construcción de un puente que cruce el río Tsavo, en tierras africanas. El objetivo último de ese capitalismo voraz y desenfrenado que representa a la perfección Tom Wilkinson no es otro que mantener la cabeza en la carrera por colonizar los territorios de un continente castigado por las fechorías del hombre blanco desde siglos atrás. Y ahí le va el oficio y el honor al pobre de Val Kilmer.

¿Cuál es el problema? Esto es África, muchachos. Es decir, la cinta descansa en el topicazo (increíble el safari inicial a lomos del ferrocarril) para elaborar una historia que gravite en torno a la peligrosidad que tiene para los hombres un animal tan salvaje como el león. No se trata aquí de retratar al león de a pie, no. Aquí son mega-leones, auténticos monstruos de la naturaleza que matan y comen por placer, no por hambre. Ello provocará el terror entre los habitantes del poblado, con la consiguiente demora en el trabajo del ingeniero, teniendo que encargarse éste, escopeta en mano, de resolver los problemas de seguridad de sus trabajadores.

En fin, historia a medio camino entre el terror y la aventura que ostenta como carta de presentación una factura técnica más que decente. Promete bastante al inicio, creando una atmósfera creíble a partir de la cual poder explicitar la acción (o el terror). No obstante, falla precisamente ahí. Una vez entra en escena el productor ejecutivo de la cinta, sí Michael Douglas, todo se viene abajo. La tensión existente al inicio comienza a esfumarse, la rutina de la que les imposible evadirse a Stephen Hopkins se apodera de la pantalla, y la caza acaba por convertirse en monotonía.

Irregular cinta que entretiene a ratos y que no acaba por definirse dentro del género de terror con animales (o derivados) de por medio. Esto es, no es una joya como ‘Jaws’ (1974) o ‘Jurassic park’ (1993), pero tampoco es tan cutre como ‘Anaconda’ (1997) o ‘Mandíbulas’ (1999). Un año después de su estreno, apareció un producto similar pero con un punto más de nivel: ‘The edge’ (1997).

5.5/10 

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‘Blown away’. Pirorutina.

Conviene reconocer la interesante labor de la producción de ‘Blown away’, la cual conseguía juntar, en el mismo cartel, a distintos actores de la talla de Jeff Bridges, Tommy Lee Jones o Forest Whitaker. El botín remunerado, he de suponer, era elevado. De no ser así, es imposible que este tipo de gente se metiera en un fandango como este.

A pesar de un inicio atractivo, Stephen Hopkins, apoyado en las flaquezas y penurias de un triste guión, no consigue levantar el vuelo, superada la treintena en el minutaje, a su pretenciosa y explosiva narración. Para ser un producto destinado a la fácil digestión, se exceden en la duración del mismo. La historia personal del protagonista (tanto la vertiente familiar, como su oscuro pasado) es un tedio. El papel de Forest Whitaker parece metido con calzador. Además, el juego de terrorista vs. artificieros acaba por cansarte a partir del segundo round. Por si fuera poco, varias escenas de acción destilan un elevado grado de chapucería (Hopkins no es Bay).

Con todo, película de olvido temprano. La facilona historia, juntamente con la disparatada dirección de la misma, acaban por desaprovechar un excelente reparto. La tensión y la inquietud se pierden pronto, incluso antes de haber terminado con las palomitas. En fin, una pirotecnia que de tan rutinaria acaba por decepcionar.

5.5/10