The silence of the lambs (1991)

silence_of_the_lambsDirección: Jonathan Demme 
Guion:
 Ted Tally (Novela: Thomas Harris) 

Producción: Orion 
Fotografía: Tak Fujimoto
Música: Howard Shore 
Montaje: Craig McKay 
Reparto: Jodie Foster / Anthony Hopkins / Scott Glenn / Anthony Heald / Frankie Faison / Ted Levine 
Duración: 118 min
País: Estados Unidos

Una joven corre a través de un bosque mientras los títulos de crédito nos anuncian lo que está por llegar. Acaba de comenzar el día, el frescor de la mañana azota su rostro y la suave niebla todavía domina la situación. Bien equipada para el entrenamiento, sufre, suda y se retuerce. Es Clarice M. Starling, uno de los personajes femeninos icónicos en la historia del cine. Es el prólogo con el que abre la mejor película de suspense que yo haya visto y, además, uno de los títulos clave del séptimo arte: El silencio de los corderos

Cuando Thomas Harris escribió esta novela, no creo que imaginara que, con los años, alguien conseguiría elaborar un film tan perfecto y brillante como este. Es más, me atrevo a decir que la película es mucho mejor que la novela. El director, Jonathan Demme, marca un ritmo inquietante y tenebroso desde el primer momento. No hay respiro alguno. Abusa de los primeros planos y se agradece, se agradece porque esta es una historia de personajes con gran calado, personajes a quienes la pantalla se les queda pequeña cada vez que salen en ella. El cineasta también tiene la suerte de contar con un equipo de primer nivel: la música de Howard Shore nos deja bien a las claras dónde estamos; el montaje de Craig McKay cierra con solidez cualquier intento de escapatoria para el espectador, pues no hay tregua; la fotografía de Tak Fujimoto inmortaliza momentos célebres; Ted Tally hilvana un guion monumental en el que todas las piezas parecen encajar; y en el reparto encontramos, no exagero nada, dos de las mejores interpretaciones de la historia del cine. 

Hannibal Lecter. Personaje mítico donde los haya. Psiquiatra con devoción por el canibalismo, inmune a la aprensión y de actitud escabrosa. Dicho de otra forma, el terror hecho persona. Un monstruo a quien Anthony Hopkins le otorga un punto de empatía sobrecogedor, descomunal. Es el antihéroe perfecto a la hora de apresar al villano de turno, a la excusa de esta narración, Buffalo Bill. Lo de excusa es muy relativo, claro está. De hecho, podría entrecomillarse. Pero, en el fondo, lo que aquí subyace -y conviene destacarlo- es la turbia relación que se entabla entre el Doctor Lecter y Starling, una joven y metódica estudiante. Esta es la clave de bóveda del film. Ella es gélida como el hielo, pues se ha criado en las tinieblas. Nunca podrá escapar de esas pesadillas en las que los corderos son los protagonistas. Por ello, quizás, no conoce el vértigo, no teme a nada. Ni siquiera a uno de los asesinos en serie más crueles que se recuerde. Por eso la envía Crawford, interpretado este por un maravilloso Scott Glenn, secundario de lujo. Por eso se presta a ella el Doctor, venerándola y respetándola. La lucha psicológica es brutal. Asistimos a un tú a tú colosal, espléndido. 

El oscuro personaje de Lecter se pierde entre la escurridiza inocencia de Starling. Entre ambos levantan un monumento a la turbiedad. Los quince minutos finales, cuando Buffalo Bill arrecia con más fuerza, son de pura agonía. En el camino, hemos disfrutado de sobrecogedoras y célebres escenas (de hecho, en todas y cada una de ellas en las que sale Anthony Hopkins). Estamos frente al mejor thriller, junto con Seven (1995), de la década de los noventa. Si Fincher dotó al género de una modernidad inaudita, quizás sea porque el clasicismo más puro dentro de los cánones del suspense y la intriga ya había sido alcanzado por parte de Jonathan Demme pocos años antes. Una obra insuperable. Gran parte de la culpa la tienen, conviene enfatizarlo, unos maravillosos Anthony Hopkins y Jodie Foster. Inolvidable.   

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Carla’s song (1996)

carlas_song_ver1Dirección: Ken Loach
Guion:
 Paul Laverty 

Producción: Alta Films / Channel Four Films
Fotografía: Barry Ackroyd
Montaje: Jonathan Morris 
Música: George Fenton 
Reparto: Oyanka Cabezas / Robert Carlyle / Scott Glenn / Salvador Spinoza
Duración: 127 min
País: Reino Unido 

Nicaragua fue uno de esos experimentos a los que acostumbró la política exterior estadounidense durante la Guerra Fría. Erradicar la semilla del comunismo, evitar la influencia soviética en territorio americano e instalar un régimen dictatorial servil a los intereses norteamericanos. El icono de esta estrategia del shock fue Chile, pero hubo otros países que, como Nicaragua, también tuvieron que sufrir las nefastas consecuencias (miles de vidas humanas de por medio) de todo ello. En este pequeño país centroamericano, el verdugo de turno fue Somoza. Pero cayó, cayó en 1979 tras el estallido de la Revolución Sandinista. Este régimen, de arraigada base popular, luchó contra viento y marea durante la década de 1980. No solo soportó las inclemencias económicas y sociales como consecuencia del bloqueo económico de Reagan, sino que se desangró en una guerra civil alentada por los Estados Unidos, financiando estos a la Contra, en uno de los periodos más tristes del país. La propia Corte Internacional de Justicia reconocía, en una sentencia célebre (27 de junio de 1986), el apoyo armado de los Estados Unidos, derrotado pues no solo moralmente, sino también en base al Derecho Internacional.

En mitad de este conflicto se inserta esta preciosa película. La firma Ken Loach, uno de esos cineastas a quien nadie puede tildar de timorato. Lleva la reivindicación política en su cine, y se agradece. Puede que sea, junto a Constantin Costa-Gavras y Gillo Pontecorvo, el tercero de esta especie de trinidad del cine político. Pocos se han atrevido a denunciar lo sucedido en Nicaragua. Aquí lo hace en base a un guion de Paul Laverty, dando pie así a un tándem (Laverty & Loach) que ha legado una buena lista de películas. A pesar de la implicación del guionista en el proyecto, pues trabajó a pie de campo -defendiendo los Derechos Humanos- en Nicaragua durante los 80, lo cierto es que el relato presenta distintas flaquezas. Tiene un punto panfletario que no me agrada. Perdonable, en cualquier caso. La clave de bóveda es una bonita historia de amor entre un acertado Robert Carlyle y casi una actriz amateur como Oyanka Cabezas, quien, conviene decirlo, lo hace muy bien en esta película. Sin embargo, lo que subyace aquí es mostrar la impúdica actitud norteamericana en territorio nicaragüense. Y la muestran. A ratos muy acertadamente, a ratos… cogida con alfileres.

En todo caso, más allá de las limitaciones que pueda presentar este film, destaco la valentía de Carla’s song. Es la prueba palpable del dolor. Le pone cara al sufrimiento, a las lágrimas. Son las terribles consecuencias humanas de una política ideada por unos señores que, vistiendo buenos trajes y aliviados por el aire acondicionado de sus despachos, no dudaron en lanzarse hacia la vergüenza. Vergüenza de la que huyó Scott Glenn, secundario de lujo aquí y en tantas otras películas. Pero, repito, no nos perdamos: una historia emotiva, llena de sentimiento y cargada de buenas intenciones. La escena final, canción incluida, es muy bonita.

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‘Absolute power’. La trastienda de La Casa Blanca

absolute_power_xlgEastwood se ríe de la política (o mejor, del político) con esta película menor. Lo hace, no obstante, de un modo indirecto, sutil, pues la caricatura es servida a través del digno entretenimiento, basado éste en la tensión narrativa y en la inquietud crónica que deriva del duelo entre el ladrón de guante blanco y el mismísimo Presidente de los Estados Unidos. Cojea la película cuando entran en acción el drama familiar y la investigación policíaca. Nada que no se pueda perdonar. 

Todo arranca en base al correcto guión del siempre solvente, y oscarizado, William Goldman. El Maestro se divierte en compañía de gente como Gene Hackman, Ed Harris,  Scott Glenn o Laura Linney, casi nada. En cualquier caso, no le pidan peras al olmo. No exijan más que el simple y llano entretenimiento. Eso sí, ‘Absolute power’ consigue  brindarnos, como mayor activo, uno de los prólogos más agónicos de la década de los noventa. Destellos de genialidad.

7/10 

‘The paperboy’. Fatigosa.

ThePaperBoy_24x40.inddNo pierdan el tiempo con ‘El chico del periódico’, no merece la pena. Puede que el argumento les incite a verla, resistan. No se dejen engatusar por Nicole Kidman, aunque ésta haga un papelón puesto al servicio de la nada. Hagan caso omiso a lo de “drama sureño”, pues esta cinta anda muy lejos de los mejores dramas sureños. Tampoco atiendan al reparto, olviden que salen en escena John Cusack, Matthew McConaughey o Scott Glenn. Ni esperen encontrar en Lee Daniels, sí el director de ‘Precious’ (2009), a un cineasta que confirma su talento para esto del cine.

Batiburrillo sin sentido. Salvamos la fotografía de Roberto Schaefer, pero… ¿y qué? Una historia descabezada que deambula sin rumbo fijo. A ratos vibrante, a ratos pesada. No termino de verle la coherencia a esta narración, salvo que por coherencia entendamos el lucimiento de bíceps y pose que se marca Zac Efron. En fin, demasiado para mi.

4.5/10 

‘Vertical limit’. Cuidado no te vayas a atragantar con las palomitas.

La película enclava su historia en medio del K-2, donde un grupo variopinto de escaladores/alpinistas protagonizarán un rescate/supervivencia que será el plato fuerte del film durante buena parte de su excesiva duración.

En su activo tiene ser una película sincera. Es decir, acción y aventuras a tutiplén, permitiendo engullir las palomitas con sumo gusto mientras ves alguna que otra escena llena de garra. También juega a su favor la cínica visión que muestra, no muy alejada de la realidad, acerca de lo que es el alpinismo hoy en día, carcomidos por el marketing, el negocio provechoso y la parafernalia que acompaña de modo inherente a estos dos amigotes (vamos que Juanito y Edurne empatizaron fuertemente con nuestros protagonistas). En su contra, ser una película rutinaria (es la cara inversa de lo de sincera) donde las haya, carente de originalidad (poco años antes se estreno ‘Máximo Riesgo’) y con cierta falta de sintoníapor parte de ciertas escenas (también cara inversa) con esa cosa llamada realismo (la escena del bote final es mítica).

Acción, montaña y aventuras de alta tensión, servidas en bandeja de plata por un cartel repleto de caras conocidas (como Chris O’Donnell o Scott Glenn) y una dirección comercial pero decente del cumplidor Martin Campbell. Del montón.

5.5/10