‘American beauty’. Algún día lo entenderán.

american_beauty_xlgCuando en 1999 decidían juntar esfuerzos la mordaz escritura de Alan Ball y la elegancia narrativa de Sam Mendes, nadie esperaba que el resultado fuera ‘American beauty’, una auténtica obra maestra con la que cerrar una esplendorosa década de cine. La película era un puñal en el corazón del american way of life, clavado, además, por dos desconocidos con mucho desparpajo que irrumpían con fuerza en el escaparate del séptimo arte.

Mena Suvari y sus pétalos de rosa han pasado a la inmortalidad. Pero no menos que una simple bolsa de plástico bailando al son del viento. El guión de Alan Ball, repleto de matices, es una maravilla. No le andan lejos la fotografía de Conrad L. Hall, la música de Thomas Newman o el estilo de Sam Mendes. Eso sí, en cuanto a elección no hay lugar para la duda: Kevin Spacey, monumental.

Si todavía no han visto esta película, apresúrense. La nostálgica mirada final de Kevin Spacey habla por sí sola. Sus últimas palabras, voz en off, no dejan lugar a la duda. En el camino, la narración ha destripado las miserias del bienestar americano. Una corrosiva, inteligente y sensual instantánea a la sociedad estadounidense de finales del siglo XX.

9.5/10 

‘Road to Perdition’. Esto es cine del bueno.

Sam Mendes lograba con ‘Road to Perdition’ una de las películas más completas de los últimos años. Una historia con sabor añejo, de las que ya no se hacen en Hollywood, focalizando su atención en la jugosa acción gangsteril del Chicago de los años 30.

En ella, un padre y su hijo, se verán devorados por su propio entorno, iniciando un memorable viaje por el este de la geografía estadounidense, buscando, al tiempo, venganza y clemencia, acechando, por igual, la libertad y la muerte, poniendo en jaque al mismísimo Al Capone.

Servida a fuego lento, con unas interpretaciones memorables, tanto de Paul Newman como de Tom Hanks, y ofreciendo una factura técnica impecable. Es una de esas películas en la que sobran las palabras, pues no requiere de presentación ni de pleitesía alguna. Simplemente, uno la ve, se emociona con ella, disfruta y aplaude.

‘Un lugar donde quedarse’. A vueltas con el hogar.

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Una pareja de treintañeros se ve sorprendida por el embarazo en mitad de un cunnilingus. A partir de aquí, los dos protagonistas, deberán decidir qué hacer con sus vidas. Formar el mejor hogar posible. Una familia. Para ello, rebuscarán en su pasado e improvisarán en su futuro a través del presente.

Un presente materializado en un viaje por la geografía estadoudinense, un viaje  en busca de su hogar. Un viaje por Phoenix, Tucson, Madison, Montreal y Miami. Un viaje en el que contemplar diversos tipos de hogar. En Phoenix, una familia destrozada por la depresión crónica del padre, y la desfachatez sonrojante de la madre. En Tucson, una hermana a la que consolar por un pasado muy nostálgico y un presente triste. En Madison, una prima y su novio que viven en continuum con sus hijos, es decir, en plan hippie pedante. En Montreal unos antiguos compañeros de facultad ahogados en la tristeza de no poder tener hijos propios. Y en Miami, un hermano destrozado por el abandono de su esposa y el futuro incierto de la hija de ambos.

De todo ello, los dos protagonistas aprenderán. Comprenderán que lo importante por encima de todo es el amor. Da igual si la ventana de la casa es del mejor material del mundo o de cartón. Un hogar no se cimenta en lo material, sino en lo sentimental. El amor, la añoranza por el pasado y el deseo de un futuro mejor se darán de la mano en esta cinta otoñal que habla acerca de la vida, acerca de la familia, acerca de las parejas. Bonita película de Sam Mendes que, una vez más, vuelve a romper el mito del sueño americano.

‘Revolutionary Road’. Anatomía de un matrimonio.

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Revolutionary Road es un film dirigido por el aclamado Sam Mendes, director teatral en su día y padre de grandes obras de la cinematografía reciente como American Beauty o Camino a la perdición. En esta ocasión, Mendes se ha encargado de llevar a la gran pantalla una novela titulada con el mismo nombre, escrita por Peter Yates en 1961 y alabada por la crítica en su momento. Yo aún no he tenido el placer de leerla, pero sólo con ser la mitad de buena de lo que lo es el film, ya valdría la pena su búsqueda por las librerías de Valencia, pues su vigencia del tema tratado continúa siendo igual de fuerte 50 años después de su publicación.

El film comienza con dos jóvenes que se acaban de conocer en un baile. Él es Frank, interpretado por Leonardo DiCaprio. Ella es April, interpretada maravillosamente por Kate Winslet. Tras este encuentro invocado por el mismísimo Cupido, comienza el devenir de la película. Ésta pareja de jóvenes veinteañeros tienen una gran cantidad de sueños y toda una vida por delante para materializarlos. Frank tiene claro que nunca seguirá el camino de su padre, un buen hombre que desaprovechó la vida trabajando y trabajando para una compañía. Kate, por su parte, siempre ha querido ser actriz y viajar a lo largo y ancho del mundo. Es una persona activa y muy fuerte que tiene claro que luchará por sus sueños.

Diez años más tarde, nos encontramos con una pareja establecida a las afueras de Connecticut. Frank ha seguido el camino de su padre. Trabaja para la misma compañía, tiene un matrimonio ‘feliz’ con su amada April, un par de hijos a los que quiere mucho, ha comprado una casa y un coche, y en sus ratos libres le es infiel a su mujer con una compañera de trabajo. April es una mujer amargada e insatisfecha (sus dos amantes son precoces, curioso). No ha tenido suerte en el mundo artístico, y no ha podido viajar más allá de la urbanización de Connecticut en la que vive. Ambos se han convertido en el típico matrimonio de clase media americano.

He aquí, en este punto, cuando surge la gran disyuntiva a la que se enfrentarán los dos protagonistas: ¿qué hemos hecho con nuestras vidas?, ¿por qué no son como las soñábamos a los 20?, ¿somos capaces de cambiar esta situación?.

Revolutionary Road es, por encima de todo, un relato de la frustración que viven muchas parejas a causa de la búsqueda de ese ‘sueño americano’, o dicho sea mejor, del sueño occidental. Es decir, aquel sueño en el que los objetivos principales son acomodar la cabeza, tener una casita bonita (cuánto más grande mejor), unos cuántos hijos y un trabajo serio y extremadamente aburrido en el que no encuentres satisfacción alguna. Todo ello con un trasfondo cargado de simbolismo capitalista en el que todo debe estar orientado a mejorar la posición que heredaste mediante una carrera en la que lo importante es convertir tu logro en el fracaso del próximo, representado, esto, magníficamente también por el director a través de unos extraordinarios secundarios como Kathy Bates y Michael Shannon (un ‘loco’ no tan alejado de la realidad) o los vecinos con los que Frank y April mantienen una ‘amistad’ (una amistad basada en la avaricia y en la rivalidad, o sino que se lo digan a Frank).

Sam Mendes ha retratado una derrota. Una cruenta guerra ambientada en el día a día de cualquier pareja occidental. Un conflicto en el que no hay buenos ni malos. No hay ganadores. Sólo perdedores. Pues no es fácil intentar vivir a contracorriente. A contracorriente de un sueño contra el que nos es difícil luchar.

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