‘Borat: cultural learnings of America for make benefit glorious nation of Kazakhstan’. Enseñanzas made in USA.

El polifacético Sacha Baron Cohen conseguía, según algunos, situarse en la cima de su carrera cinematográfica gracias a este film, ‘Borat’. Desde dicho pico, eso sí, no se avistarán grandes paisajes, pues la altura del mismo es bastante limitada. No digo que estemos aquí ante un peñazo de film, dado que ‘Borat’ me resulta graciosa de ver. Además, la mirada que Baron Cohen le echa, en esta cinta, a los Estados Unidos tiene un punto de perversión muy saludable. Sin embargo, la potencia de la historia pierde fuelle a medida que el viaje del afamado reportero kazajo deja en desuso el afilado cinismo para adentrarse en la grosería y el gag soez.

Al final uno termina por darse cuenta de que ha presenciado una concatenación bestial de distintas situaciones que incendian la moral de la sociedad norteamericana actual. El cutre paseo de Borat por la geografía estadounidense toca distintos temas. Sin embargo, uno, por paradigmático, resalta por encima del resto: Pamela Anderson. Entonces, inquiere un kazajo, ¿la vida norteamericana rinde culto y tributo a la silicona? Tan ácida y mordaz como detestable y grosera. En fin, Sacha Baron Cohen en estado puro.

6.5/10

‘Hugo’. Fantasía hecha cine.

Hugo era hijo de relojero y, como tal, le fascinaba ese mundo que giraba en torno a la mecánica, las piezas, sus funciones y los resultados. Una mañana su padre le traerá un autómata averiado, y ambos se inmiscuirán en su reparación. Sin embargo, un fatídico día le sobrevendrá la peor noticia de todas, el fallecimiento de su padre. Hugo quedará huérfano, viviendo con su tío en una estación de ferrocarriles parisina. Desde ese momento, Hugo tan sólo respirará, sentirá y vivirá para conseguir que el autómata funcione, esperando así, cosas de la inocencia pueril, poder comunicarse con su padre por última vez.

Esta cinta supone una nueva joya en la carrera cinematográfica de Martin Scorsese. Una nueva pieza maestra, una singularidad más que añadir a su extenso currículo. La factura técnica es abrumadora (brillante fotografía), talentosa. Martin y su equipo consiguen recrear el París de entreguerras de un modo tan bello, tan hermoso, que acaba por magnetizar nuestra atención, cautivos ya ante el poder visual que desprende ‘Hugo’, rendidos a sus pies, dispuestos a escuchar, a presenciar la historia que pretende contarnos.

Película entrañable. Un sentido homenaje, cargado de añoranza y dulzor, hacia esa cosa llamada séptimo arte. Martin Scorsese juega sus cartas con maestría, engatusando al espectador sutilmente (quizás excesivamente), arrastrándolo hacia un misterio que acaba por resolverse de un modo mágico, esplendoroso, en la figura de un, hasta entonces, pobre y desangelado hombre. Todo a través de la mirada y vivencia de un muchacho que a partir del dolor, de la pérdida paterna, nos hará vivir una aventura encomiable, rodeada de libros, salas de cine, bibliotecas, dibujos y cinematógrafos. Descubriendo así, casi por casualidad, un mundo repleto de sueños del que jamás lograría escapar. 

8/10