‘Jaws’. Necesitarás un barco más grande.

La frase que contiene el título, “necesitarás un barco más grande“, fue el reclamo principal de una campaña de marketing que arrasó, cual tiburón blanco, con todo lo que se le puso por delante. Corría el año 1975 y Steven Spielberg tenía claras intenciones de doctorarse en Hollywood. Si ‘Duel’ había sido una carta de presentación más que notable, ‘Jaws’ significaba carta blanca para el genio de Cincinnati en cualquier proyecto posterior.

La historia pone su atención en la Isla de Amity, lugar de veraneo y disfrute. Allí vive Brody, un tipo que huyó de New York, agotado y exprimido, buscando un puesto como sheriff local en un lugar mucho más placentero y calmo. Esto es así hasta que una mala mañana suena el teléfono. El desgraciado agente todavía no es consciente de la que se le viene encima. Nosotros ya lo sabemos. Lo sabemos por un prólogo brillante, magistral. Cátedra de cine en la que aúnan fuerzas tanto Spierlberg como John Williams, uno gracias a sus dotes tras la cámara, el otro por su peculiar tino a la hora de entremezclar notas y ritmos. Esto es ‘Jaws’, sus mandíbulas ya han apresado a nuestra atención. 

Película inquietante, frenética. Dividida en dos grandes partes, nuestro ritmo cardíaco padece en ambas dos. Primero, al manifestarse las interacciones lugareños/tiburón. Las sucesivas comilonas del escualo son sinónimo de tensión narrativa. Luego, la mezcla de valentía y terror que supone esa carismática expedición integrada por Roy Scheider, Richard Dreyfuss y Robert Shaw en busca del gran tiburón blanco. Ambos bloques suponen un pulso a la muerte en toda regla, bien como bañista bien como cazador, consiguiendo transmitir así esa sensación de agonía que acompaña necesariamente a tal momento. 

Los terroríficos hechos de 1916 encuentra su versión ficticia y cinematográfica en esta obra que ejerce de cumbre del género.  Uno, después de ver ‘Tiburón’, no contempla con la misma ensoñación el azul marino que bordea con gracia a cualquier playa de este planeta. Ya no lo hace porque Spielberg ha sido capaz de convertir una paradisíaca isla en sinónimo de carnicería. El agua significa ahora sangre e indefensión, ejerciendo la arena de pálido hospital, mientras que un barco pasa a representar el papel de salto al vacío. En fin, mítica.

9/10

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‘Klute’. Pese a todo, sosa y aburrida.

Klute es un buen policía de Pensylvania, enredado ahora, en las aceras de New York, en busca de un viejo amigo desaparecido desde hace tres años. Su única pista: unas cartas que conducen a una prostituta con la que, al parecer, mantuvo una relación muy profesional.

En fin, Pakula comenzaba a labrarse un nombre en el mundo cinematográfico con esta cinta. Técnicamente la cinta es más que correcta. Además, cuenta, en su cartel, con nombres que portan pedigrí artístico. Pero, a mí gusto, ‘Klute’ me parece, para la temática tratada, sosa y aburrida. La cara de gato asustado que pone, en cada plano, Donald Sutherland, no contribuye a mejorar la situación. Además, uno acaba hasta el gorro de los problemas (personales) de Jane Fonda.

Todo es tan pausado que cuando llega el clímax final, en teoría agónico y asfixiante, uno sólo puede esforzarse porque sus párpados aguanten, un poco más, abiertos. Historia, servida a fuego lento (casi al mínimo), que se zambulle en una investigación, de primera mano, atractiva. Las inquietantes llamadas telefónicas, unas cartas horripilantes, un paradero desconocido, la sensualidad de Fonda, la noche neoyorquina, tan crispada y peligrosa. Sin embargo, ni la investigación consigue cautivar mi atención, ni la historia de amor entre Fonda y Sutherland toca mi fibra sensible. ‘Klute’ no estaba hecha para mí.

6/10

‘The french connection’. The Wire en los 70.

Popeye Doyle y Buddy, unos excepcionales Hackman (sobre todo, éste) y Scheider, se patean las calles de Brooklyn en busca de joder el negocio de las drogas. Patean a camellos y trapicheantes, buscando algo a lo que aferrarse. “Algo” que encontrarán en una noche de copas, cuando Popeye, siguiendo su corazonada, se fije en un capullo que suelta los billetes como si fueran caramelos. El caso habrá comenzado.

En sus primeros 50 minutos parece preceder en fondo y forma a ‘The Wire’. Hay escucha, hay seguimiento. Van dando pasos importantes, apareciendo la conexión francesa con el Barbas, un gran Fernando Rey. Los siguientes 50 minutos son de una acción pura y dura, de calidad, con persecuciones y redadas, con un nivel de tensión impresionante alcanzado sobre todo en el cara a cara de Hackman con Rey en el vagón, o en la persecución en coche de Popeye al metro del sicario que concluye en esa memorable escena de la escalera.

William Friedkin nos regala un thriller policíaco, con su elaborada investigación y sus dosis de acción (de gran tensión) correspondientes. Se ha servido de Marsella y Brooklyn. Del mar de la costa azul y del metropolitano neoyorquino. Y, sobre todo, de un gran Gene Hackman, un rudo policía, Popeye Doyle, empecinado en desmantelar el negocio de la droga, manteniéndote con su particular carácter la adrenalina por las nubes. Un papelón que pasará a los anales de la historia del cine. Por lo demás, buena película. Recomendada. Como curiosidad, ¿era tan buena como para arrasar en los Oscar del 71?