A beautiful mind (2001)

a beaDirección: Ron Howard
Guion:
 Akiva Goldsman (Sylvia Nasar) 

Producción: Dreamworks / Universal Pictures / Imagine Entertainment
Fotografía: Roger Deakins
Montaje: Dan Hanley / Mike Hill 
Música: James Horner
Reparto: Russell Crowe / Jennifer Connelly / Ed Harris / Christopher Plummer / Adam Goldberg / Paul Bettany / Josh Lucas 
Duración: 135 min
País: Estados Unidos 

Cuando en su día estudié el equilibrio de Nash, no caí en la cuenta de que el cine se había fijado en este brillante teórico. Lo había hecho en 2001 y, además, con una película oscarizada. Sabía que existía tal película, claro, pero nunca le había prestado especial atención. Una mente maravillosa se titula. Biopic entretenido y de calidad. Ello a pesar de que no tengo en alta estima a Ron Howard, quien firma esta película. Me parece un director ramplón, sobrevalorado y muy plano. Dentro de los directores palomiteros, no es de mis preferidos. Básicamente porque es ambiguo, es decir, juega a ser grande cuando no lo es. Si se limitara a facturar cintas como Llamaradas (1991), Rescate (1996) o EDtv (1999), no le reprocharía nada. Es más, una de sus películas, la espléndida Cocoon (1985), me parece un clásico del cine de los 80. Sin embargo, él ha querido jugar en otra liga. Así lo ha hecho con películas como Apollo XIII (1995), Cinderella Man (2005), Frost/Nixon (2008) o la reciente Rush (2013). Puede que todas ellas sean buenas, sí, pero en manos de otro cineasta habrían llegado a ser, no tengo ninguna duda al respecto, muy buenas. 

El referente del film es Russell Crowe, un actor asombroso. Es de esos que no hace ruido, pero que, cuando se destapa, está a la altura de los más grandes. Aquí encarna con brillantez la locura que acompaña a la figura de John Nash. Es la vida de un genio la que está en escena, y la representa a la perfección. Le basta una mirada para definir la idiosincrasia de su personaje. Una interpretación, en definitiva, conmovedora. Está escudado por Jennifer Connelly, quien, a pesar del Oscar, no supera el límite de la corrección. En todo caso, tiene un papel muy bonito, muy sufrido. Interpreta a un personaje fundamental en esta historia, pues es el verdadero apoyo del genio de Princeton. Gracias a los dos nos perdemos por los laberintos que acompañan a un hombre con “dos raciones de cerebro y media de corazón”. Y lo hacemos al ritmo plano y previsible de Ron Howard, escudado este, a su vez, en el guion plano y previsible de Akiva Goldsman, habitual compañero del cineasta. La engalanada fotografía de Roger Deakins y la excepcional BSO de James Horner dan muestras de que estamos frente a un producto refinado, sí, pero también sobrevalorado.

Todo es un sentido homenaje a la figura de John Nash. Me gusta mucho la primera parte del film, cuando el protagonista se recoge en sí mismo, rozando la misantropía, luchando contra todo y todos. Los veteranos Ed Harris y Christopher Plummer, además, dan poso y presencia al reparto. Luego viene la típica historia de amor (más estándar imposible) y el allanamiento del camino hacia un final tan feliz como precipitado. En fin, una historia de superación. Almibarada y prefabricada para triunfar en los Oscar, cumplió (inexplicablemente) su cometido. Eso sí, Russell Crowe está espectacular, James Horner se gusta y los 130 minutos de duración se nos pasan volando. A mí con eso me basta.

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Qué decir sobre… «Rush» (2013)

RUSH Poster

Dirección: Ron Howard

Guión: Peter Morgan

Fotografía: Anthony Dod Mantle

Música: Hans Zimmer

Reparto: Chris Hemsworth, Daniel Brühl, Alexandra Maria Lara, Olivia Wilde

No importa si no les gusta la Fómula 1 para ver la película que aquí nos ocupa. A mí tampoco me apasiona, de hecho me aburre. Pero conviene reconocer que la historia contada por Ron Howard, más allá del apasionamiento que uno le tenga al mundo del motor, tiene un tono universal que adapta Rush (2013) a todos los públicos.

En el fondo, es la historia de una rivalidad. Sin más. Podría haber sido el esquí, la natación o el hockey. Qué más dará, pues la enfermiza competencia existente durante la temporada de 1976 entre Niki Lauda, piloto austriaco al volante de un Ferrari, y James Hunt, británico de McLaren, ha sucedido en infinidad de ocasiones, con los matices oportunos, en el mundo del deporte (o de la vida en general). Sin irnos muy lejos, el propio guionista del film, Peter Morgan, ya había dado forma de manera solvente a dos relatos muy similares en contenido y mensaje a Rush: el combate ofrecido en Frost/Nixon (2008) y la mítica batalla plasmada en The Damned United (2009). 

Siempre son agradecidas de ver películas que se sumergen en los entresijos del deporte. Esta, en concreto, está muy bien contada por Ron Howard, un cineasta muy cumplidor y eficaz. Sabe manejar los tiempos, transmitir la tensión que envuelve al relato y enredarnos, en definitiva, en la trepidante telaraña en la que se convierte este mano a mano entre dos poderosos actores.

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Ellos son Daniel Brühl y Chris Hemsworth, quienes lo hacen muy bien. Son la clave de bóveda del film, y responden a las mil maravillas. Interiorizan la idiosincrasia de sus personajes, explicitan las diferencias entre ambos y se regocijan cuando llega el momento de buscar el cuerpo a cuerpo. Todo, en resumen, conforma un paisaje de puro entretenimiento para el espectador que rinde tributo, en esencia, a los populares pilotos en cuestión.

7/10 

‘Angels & demons’. De palomitas con Hanks y Howard.

Roma está a punto de volar por los aires. Una antigua secta, los Illuminati, perseguida por la Iglesia Católica en siglos anteriores, reclama venganza y quiere borrar del mapa al Vaticano, construir una nueva Iglesia.

El tándem Howard-Hanks nos dan lo que prometen. Sin engaños. Sacas las palomitas y las engulles gustosamente mientras te entretienes con el acertijo que te conduce por el arte y las iglesias de Roma en busca de averiguar el misterio.

‘Ángeles y demonios’ no es más que una ficticia batalla entre radicales de la ciencia y beatos católicos. ¿Quiénes vencerán? Aquí eso es lo de menos. Howard no busca la reflexión ni el diálogo. Intriga, acción y tensión son los ingredientes básicos para una cinta trepidante que no da ni un segundo de respiro. Además, el final es original. Interesante y entretenida.

‘Apolo XIII’. Aventura espacial edulcorada.

Apolo 13 narra las aventuras reales de un grupo de astronautas en su misión de alunizar allá por 1970. La película queda estructurada claramente en dos partes.

Por un lado, está la parte buena de la película. La parte del astronauta. La relacionada con las aventuras y dificultades de los tres astronautas y de la base de control de Houston. La represantada por Tom Hanks, Bill Paxton, Kevin Bacon, Gary Sinise y Ed Harris. Es lo mejor de la película. Además de regalar imágenes muy bonitas visualmente, uno vive los problemas de los tres astronautas, sus ilusiones, sus frustraciones, su ingenio, su pena. Siente la agonía de estar en el espacio sin saber si volverán algún día a casa. Vive aquello de… Houston, tenemos un problema!.

Por el otro, está la parte dulce del film. La parte que daña a la película. La sensiblería de Ron Howard al retratar a la sociedad norteamericana. El patriotismo mundial en pro de los EE.UU con el que se representa al mundo. Uno se cansa de ver a esposas llorar delante de un televisor viendo las penas de sus maridos, a un cura dando palmaditas en la espalda cada dos por tres, la relevancia de salir o no en la TV,  niños monos preocupados por su papa o la “bomba” de ver a Neil Armstrong entretener a la anciana madre del piloto de la nave espacial. Madre que tiene el papel mas irrelevante y superfluo de la historia del cine. Un pastel excesivo en su conjunto, un lastre con el que carga la película.

En fin, si la primera parte espacial hubiese sido complementada por una parte terrestre menos edulcorada, la cosa hubiera dado para más. Quizás si no hubiese caído en las manos de Howard, o quizás era lo que tocaba, hubiese caído en las manos de quién hubiese caído. Quizás había que vender el ingenio de los norteamericanos. Lo buenos que son y lo felices que están siempre ellos, con sus aventuras en sus juguetitos espaciales. Cómo vela la sociedad mundial (no penséis que sólo se preocupan en USA de los pobres astronautas) por ellos y que felicidad irradian.

Conclusión: tratada de otra manera, daba para más. Pastel terrestre > Aventura espacial.

‘Frost/Nixon’. En honor a la verdad.

Ron Howard filma en esta ocasión la que ha sido su, ni más ni menos, diecinueveava película. Un hombre prolífico donde los haya. Un director que cuenta a la par con el mismo numero de detractores como de admiradores. Cierto es que su filmografía parece realizada para paladares poco exigentes (yo me incluyo aquí con la encantadora Cocoon), pero en ocasiones su excesiva tendencia hacia los blockbuster, le ha cerrado las puertas al club de los grandes. De lo que no hay duda, es de que con Frost/Nixon por fin ha realizado un producto no sólo enfocado al comercialismo hollywoodense, sino también orientado a entrar en ese selecto club de film que perdurarán en nuestras retinas.

Frost/Nixon se nos presenta como un cara a cara. De hecho, en algunas ocasiones nos recuerda al mundo del boxeo, al circo mediático que envuelve a este. A la izquierda del round aparece Frost, un presentador británico de tres al cuarto que no quiere dejar pasar la oportunidad profesional de su vida: realizarle a Nixon el juicio (televisivamente hablando) al que nunca fue sometido. Para ello lo arriesgará todo. Tanto su vida profesional (un par de programillas que presenta tanto en su país de origen como en Australia) como su patrimonio económico. Es un hombre de apariencias de gran vida y de grandes lujos (gran detalle de guión con los zapatos italianos), un mediocre que quiere dar un salto verdaderamente cualitativo gracias a esta entrevista. A la derecha del round encontramos a Nixon. Uno de los peores presidentes de la historia estadounidense. Un hombre que tuvo que salir por la puerta de atrás de la Casablanca. Alguien que cometió uno de los mayores escándalos en la historia política de USA. Un hombre que logró salir impune y que jamás realizó una confesión pública acerca de su autoría en el caso Watergate. Un apasionante cara a cara en el que uno tratará de eximir sus culpas y el otro intentará que confiese sus errores.

Y el resultado final de todo ello es el de que Ron Howard ha sabido dar emoción y hacer sentir el “combate”. Ha creado un documento histórico intenso, vibrante y con mucho ritmo, recordando a través de la figura de Frost quién fue (en todos los sentidos) y qué hizo Richard Nixon. Todo ello con una gran labor interpretativa tanto de Frank Langella como de Martin Sheen, así como de los diversos secundarios que formaran los equipos de los dos protagonistas. Buena película.

Votación | 3/5