‘El verdugo’. La pena de muerte en la España franquista.

Pepe Isbert da vida a Amadeo, el verdugo. Esa ha sido su profesión: ejecutar, porque como él dice “si hay pena, alguien tiene que aplicarla”. José Luis es enterrador. Tiene cierta grima por su profesión, le gustaría ser mecánico. Entre ambos se encuentra Carmen, la hija de Amadeo y futura esposa de José Luis. El triángulo diseñador por nuestro genial dúo (Azcona, Berlanga), aquí en colaboración con Ennio Flaiano, servirá de base para ofrecernos un disparatado, cómico y delirante alegato contra la pena de muerte a través de esa herencia de cargo tan repudiante.

Cuando en Europa las democracias comenzaban a madurar, el Estado del Bienestar se asentaba, los ciudadanos tomaban conciencia, olvidaban las guerras y disfrutaban de la libertad. Cuando todo eso ocurría en Europa, en España todavía se ejecutaba con pena de muerte mediante garrote vil. Berlanga, Azcona y Flaiano nos muestran una sociedad decadente. Es la España de los 60, una España tétrica. Al tema principal, nuestros cineastas, lo complementan con el sueño americano a lo español. Es decir, a lo rancio. Emparentado con la hija del verdugo, padre de rebote que desemboca en un matrimonio cuasi de conveniencia, y un piso digno a cambio de un trabajo desgraciado: ser verdugo. La comicidad impregnada a la historia no esconde esa grisácea realidad. No cabe duda que el pilar principal es la pena de muerte. Magistral son las escenas finales, el desplome de Nino Manfredi, quien deseoso de no hacerlo, lo hace. Era una España acorralada, sin libertad ni elección.

‘Ay, Carmela’. Cosas de la guerra.

“Carmela y Paulino, varietés a lo fino”. Así se llama la compañía artística formada por Carmela, Paulino y Gustavete. Estamos en 1938, en plena Guerra Civil, y ellos son los encargados de amenizar al frente de Aragón, en zona republicana. Sin embargo, hartos de tanta penuria en Montejo, decidirán dar el palo de gasolina y marcharse a Valencia, en busca de algo mejor.

La mala fortuna, no podía ser de otra manera en una situación tan triste como esa, se topará con ellos. Caerán en manos del bando fascista. Serán hechos presos, pero tendrán el salvoconducto del arte. Podrán encontrar la libertad a cambio de una actuación apológica del fascismo (con matices) a tres bandas: alemán, italiano y español.

A través de su narración, tanto Saura como Azcona, ponen de claro manifiesto como estuvo el patio por aquel entonces. Las ejecuciones de “comunistas”. Las ayudas italianas (grande Pajarés y su italiano). El carácter “español” de los franquistas (estos italianos son todos unos maricones). Las situaciones que se vivían en los dos frentes, sobre todo, a partir de la comida (si los fascistas comen así todos los días, hemos perdido la guerra). Y, por encima de todo, la ilusión por vivir, la supervivencia en medio de tanta grisez, materializada en Pajarés, Maura y Gabino. Porque Maura, pese a ser republicana, quiere casarse de blanco y por la Iglesia. Pero Pajarés, ya se sabe, todos los hombres son iguales, la escena en la cama del alcalde es muy buena. Y Gabino, éste es un tontorron que le basta con comer y ayudar a su amiga Carmela.

‘Ay, Carmela’ es una historia, podríamos decir anónima, de las muchas que sucedieron, en la guerra. Una historia de carácter cómico. Una comedia trágica que pone el colofón en la actuación teatral en bando fascista.  Una actuación en la que salen los sentimientos. La supervivencia de Paulino en contraste con la indignación de Carmela por los pobres desgraciados polacos de Brigadas Internacionales que entonaban el “Ay, Carmela” a golpe de porrazo en la cara. Un final trágico, cabrón. Como lo fue la guerra, dura y sangrienta. La cinta de Carlos Saura es una buena película que ha escarbado en las penurias anónimas de aquel entonces.