‘The Master’. Turbiedad.

the-master-poster1A partir de ahora, no puedes parpadear“. 

Me importa poco si la historia que aquí se nos muestra tiene algo que ver con la fundación de la Cienciología y Ron Hubbard. Dicen que sí, que simplemente Paul Thomas Anderson cambió nombres (La Causa y Lancaster Dodd) por aquello de ahorrarse pleitos innecesarios. Pero bien, digo lo de “me importa poco” porque es un tema que (por sensacionalista) no termina de atraerme. Igual que tampoco capto la complejidad hermética que (supuestamente) envuelve a esta historia, tan llena de matices y contrastes según los entendidos. 

Pero todo ello me da igual, pues solamente con ver a Joaquin Phoenix en escena, uno puede darse por satisfecho con ‘The Master’. La película es básicamente él, y su duelo con Seymour Hoffman. La interacción entre el errante vagabundo y el rechoncho hombre de afilada labia se le impregna a uno, calándote hondo en tu conciencia todo ese universo turbio que envuelve a esta narración. Ayuda a plasmar tal sensación el milimétrico guión de Anderson, capaz de pulir de manera espléndida a los personajes (atención a la maquiavélica Amy Adams), deparándonos, además, una serie de diálogos memorables.        

Película elegante, servida con estilo por la pluma de Paul Thomas Anderson. Éste siempre ha retratado a la perfección al solitario derrotado. Aquí lo borda pincelando a ese marinero varado en la tierra, siempre a punto de explotar, viviendo al límite entre arrebatos, tristeza y desesperación. ‘The Master’ nos deja, en definitiva, una historia poderosa, de extraño atractivo, que nos tiene cautivados durante todo su metraje. A uno le inquietan las andanzas de ese infeliz que, probablemente, verá su último atardecer en soledad, lleno de penas y sin atisbo de cordura.  

8.5/10 

¿Libertad y ausencia de tiranía para ti? Freddie, marinero de los mares. No pagas alquiler. Eres libre para ir adonde quieras. Vete. Alcanza esa libertad sin tierra y buena suerte. Pues, si descubres una forma de vivir sin servir a ningún amo, sea cual fuere, cuéntanos a los demás cómo lo lograste. Serías el primero en la historia del mundo“.

‘Sidney (Hard eight)’. Ópera prima.

Supongo que algún productor avispado vió a la legua que un tal Paul Thomas Anderson, era un cineasta de tanta clase y brillantez que merecía la pena meterlo en el negocio del séptimo arte, aún sabiendo que apenas contaba con veintiséis primaveras por aquel entonces. El tipo tuvo un buen ojo clínico, dado que Anderson no sólo no decepcionó con ‘Hard eight’, sino que ésta no fue más que el preludio a una brillante carrera, todavía por desarrollar, en la que ya lucen clásicos como ‘Boogie nights’ (1997) o ‘Magnolia’ (1999).

‘Hard eight’ no es ninguna obra maestra, ni tampoco lo pretende. Aún así, tenemos el privilegio de asistir a un excepcional retrato de tres almas errantes, supervivientes de una vida que yo no querría para mí. La sutil narrativa de Anderson permite que nos volquemos de lleno en los infortunios de estos perdedores, que nos empapemos con la ternura, el amor o el paternalismo aquí expuestos, pero también con el dolor, el desgarro o la pesadumbre que azotan a nuestros protagonistas. El cineasta sabe moverse, como pez en el agua, dentro del género con el que ha decidido debutar, controlando  y utilizando, con temple, los recursos del mismo. Consigue, con maestría, enmascarar el leit motiv del film, brindándonos, casi para los postres, una escena (*spoiler) que capta, como pocas, la esencia de esta fatalista historia.

En fin, ópera prima elegante, pulcra y rigurosa que basa todo su acierto en una pequeña pero lograda historia que supone un digno homenaje al cine noir. Le debe mucho a la gran labor interpretativa de Philip Baker Hall, John C. Reilly o Gwyneth Paltrow.

7.5/10  

Spoiler

* Un señor de buena apariencia, aparece sentado en una cafetería. Fuma un cigarro y toma un café, cuando, de pronto, se percata de que tiene una mancha de sangre, que se afana en ocultar, en su camisa. Es el pasado, que ni olvida ni perdona.    

‘Boogie nights’. 33 centímetros, patines y un PT Anderson en estado de gracia.

Eddie trabaja de camarero en una disco de Los Angeles. Rápidamente le echa el ojo Jack Horner, director de cine porno, quien le propondrá un papel en una de sus películas, una incursión en el mundo del cine pornográfico que valdrá, a su vez, para que el espectador contemple el fresco de sexo, cine, drogas y amargura, pintado (con un toque colorido al final), de manera magistral, por Paul Thomas Anderson.

‘Boogie nights’ es Rollergirl (Heather Graham), es Amber Weaves (Julianne Moore), es Buck (Don Cheadle), es Jack Horner (Burt Reynolds), es Maurice (Luis Guzmán), es Reed (John C. Reilly),  es Scotty (Seymour Hoffman), es Little Bill (William H. Macy) o Becky (Nicole Ari Parker). También es el Coronel, Jack o Dirk Diggler. Todos ellos, los personajes, encajan dentro de un guión brutal. Una maravilla que nos regala una historia cargada de alegría, tristeza, amargura, locura, derrota, nostalgia y qué se yo de más sensaciones. Todo de una manera fluida (sin indirectas). El remate de la película es Mark Wahlberg, pero PT Anderson no se olvida de los secundarios, brindando una historia “coral” que, en su conjunto, es completa. Es cine puro, auténtico. Dos horas y media para dejarse llevar por los rincones de una industria cinematográfica que da mucho juego, al calor del sol californiano. Obra maestra.

‘There will be blood’. Pozos de pretenciosidad.

Pozos de ambición, como fue traducida aquí, relata la vida de un ambicioso hombre que volcó su vida en el negocio del petróleo. Desde sus inicios como geólogo hasta su llegada al altar mayor, al mundo del empresariado petrolífero. Cierto es que la primera parte de la película es muy interesante. Los inicios de ese hombre ambicioso, pero sumamente trabajador, que lucha por labrarse un futuro mejor.

La llegada a las tierras del pequeño pueblo perdido en medio de la nada alterará el rumbo del film. Aquí comenzará el descrédito del mismo. Los conflictos entre iglesia y negocio, los vaivenes familiares, el mundo oscuro que se esconde tras el rostro de Daniel Day-Lewis, la construcción del imperio y el desafío ante todo lo que no sea él, su trabajo y su petróleo. Day-Lewis hace de lobo solitario que devora todo lo que tiene a su alrededor. Poco a poco se desenmascara al ególatra. Sin embargo, no hay nada convincente en esta historia, nada emotivo.

‘There will be blood’, como punto fuerte, posee una fotografía sublime. Imágenes bellas y hermosas. Pero nada más. No rebusquen. No merece la pena desperdiciar 160 minutos en esto. Ni siquiera me ha gustado la oscarizada interpretación de Day-Lewis. Aburre el histrionismo del británico y de su compañero de reparto, el “predicador” Paul Dano. El film rebosa pretenciosidad por los cuatro costados. No es ninguna gran película.