‘Mud’. Chicos de Arkansas.

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“Do you love her?”

Jeff Nichols vuelve a poner su atención en el “sur” de los Estados Unidos, alejado de las grandes ciudades y los quebraderos de cabeza propios de éstas. Es la vida del campo, de la pickup, del río y de la gente que allí habita la que le interesa al cineasta, natural, por cierto, de Arkansas, como los muchachos que protagonizan esta historia. 

El guión es muy bueno, la elegante factura técnica desprende ese halo sureño que tanto gusta y la historia está fabulosamente narrada. Además, la galería de personajes está bien esculpida, dotada ésta de sentimiento y profundidad. Destacan así unos excepcionales Matthew McConaughey y Reese Witherspoon al encarnar a esos dos vagabundos del amor, Mud y Juniper, que mueven esta historia. No conviene pasar por alto, en cualquier caso, la meritoria interpretación de Tye Sheridan, aquel muchacho que ya sorprendió a todos en ‘Tree of life’ (2011), y que se destapa aquí como una de las promesas emergentes en el panorama cinematográfico. 

Hacerse mayores. Apenas dos palabras que esconden un tránsito que va de la adolescencia hacia la edad adulta. Un paseo en el que uno pierde parte de esa pura inocencia que llevaba consigo y comienza a comprender lo que es la vida. Es lo que le sucede a Ellis, un chaval que se adentrará de la mano de Mud, un fugitivo varado en una isla perdida, en una odisea repleta de nuevos misterios, secretos y peligros que será la excusa idónea para que el cineasta explote el tema principal del film: el amor. 

A Jeff Nichols siempre le han interesado las preocupaciones que rodean a la vida humana. Sus películas te hacen sentir, vibrar. Y ‘Mud’, en el fondo, es un hermoso drama sobre la vida, sobre las personas, que esconde con sutileza un amargo, nostálgico y natural paseo por los entresijos del amor.  

8.5/10 

‘Man of steel’. Decepcionante.

El_hombre_de_acero-919390391-largeUn blockbuster innecesario. No aporta nada nuevo al género, lo que supone una verdadera decepción. Sí, porque cuando uno va al cine y ve un reparto de tanto caché, a David S. Goyer en el guión, a Christopher Nolan detrás de la historia, a Zack Snyder en la dirección o a Hans Zimmer en la composición musical, espera mucho más de lo que en realidad le van a ofrecer.

El prólogo es notable, cierto. Toda la controversia que envuelve a Krypton está muy bien elaborada. Es un inicio prometedor. Tampoco está mal la andadura inicial de Clark Kent por el planeta Tierra, salteando el montaje sus vivencias entre la niñez y la edad adulta. Le falla a este Superman, sin embargo, la segunda mitad del metraje, entregada ésta en su totalidad al lucimiento de los efectos técnicos, dejando así un vacío en su narración derivado de la desproporcionada entrega de choques, violencia y combates. Por no hablar de Henry Cavill, un actor, al menos aquí, de rostro inexpresivo. 

Lo dicho, no alcanza el nivel de películas como el Batman de Christopher Nolan o la saga de los X-Men, los dos referentes personales dentro del género. Tiene, eso sí, un pequeño tesoro oculto: Kevin Costner, de largo lo mejor del film. Pero bien, preparen las palomitas. 

6/10  

‘Take shelter’. Una quietud hiriente.

En el pequeño pueblo de Ohio en el que vive Curtis, los días pasan con total armonía y calma. Así, él, durante la mayor parte de su tiempo, va a trabajar como operario de obra. Luego, cuando llega a casa, le gusta, además de pasear a su perro, estar junto a su querida mujer y darle mimos a su enferma hija. Lleva una vida modelo dentro de la clase media estadounidense que, no obstante, pronto se verá enturbiada por un estremecedor suceso: visiones desalentadoras, violentas y claustrofóbicas.

Michael Shannon demuestra, con creces, que es un gran actor. Además, el papel le va como anillo al dedo a un rostro, el suyo, ya de por sí desquiciado. Consigue transmitir la angustia a la que se ve abocada su personaje. Le acompaña en el reparto una de las sensaciones de la temporada, la formidable Jessica Chastain en el papel de mujer atormentada, cargada de pesar y preocupación por la obsesiva conducta de su marido acerca de la construcción de un refugio propio de tiempos de guerra.

El apocalípsis en manos de Jeff Nichols. Brillante historia, tan quieta como hiriente. La narrativa es pausada, serena. Nos impregna, sin embargo, un ritmo in crescendo tan sutil que cuesta percibir el camino recorrido desde la placidez inicial a la desazón final. El sendero entre un extremo y otro es del todo paranoico, sirviéndose el cineasta, para conseguir tal propósito, de piezas tan básicas como una grúa y un refugio. 

En fin, un magistral drama familiar, desgarrador hasta el punto de jugar con la salud de la chiquilla, agitado por las premoniciones distópicas del padre, auténtico motor de combustión de esta calamitosa y penitente historia. Una de las mejores películas del año.

8.5/10

‘Shotgun stories’. Quieta y dolorosa.

Jeff Nichols apunta maneras en esta su ópera prima. Muestra dotes de buen cineasta, desplegando un talento innato para ofrecer una narrativa lírica, dolorosa, plácida y, en definitiva, paradójica. Es decir, consigue sacar de la quietud un paisaje devastador, agónico, dando al final con un estado de calma exasperante.

La historia es sencilla. El leitmotiv argumental viene dado por una afrenta entre dos grupos de hermanos. Todos comparten sangre por parte de padre, sin embargo el recuerdo que de una misma persona guardan unos y otros es totalmente distante, extremo. Para unos era un borracho sin corazón que dejó como legado una familia desestructurada y errante. Para otros un hombre digno y benévolo, padre de familia ejemplar. En medio, una espalda llena de cicatrices, un funeral y unas palabras. El resto, ya saben, es ‘Shotgun stories’.

En definitiva, hay una porción de buen cine aquí. El autor, Nichols, da un paso atrás, coge su cámara y se pone a filmar esta lenta, quieta e hiriente historia que es, en esencia, puro sentimiento. Sangre, honor y dolor, todo enclavado en mitad de un paisaje rural del centro-sureste norteamericano. No pierdan detalle del recital dado por Michael Shannon. Notable.

7.5/10       

‘Boardwalk empire’. Palabras mayores.

La socarrona traducción del título original, “El Imperio del Paseo Entablado”, ya nos esencializa a esta magna serie a través de un concreto y específico lugar dentro del universo del hampa en los años 20: Atlantic City. Ciudad de playa y mar, diversión y casinos, lujos y vedettes, pero también, ciudad de mafioseo y contrabando, de corruptelas y narcisismo desatado. Es la época de la ley seca, auspiciada por el Partido Republicano para mejorar la salud y moral de la población. Qué bondadosa y caritativa alma tiene Nucky Thompson, el Tesorero de la ciudad, republicano de pro y ferviente dévoto del club de las abstemias. No dice, en cambio, ni a sus votantes ni a sus súbditos, que es él quien controla el mercadeo y contrabando del alcohol en la ciudad, tejiendo oscuras redes de intereses hasta las vecinas New Jersey y New York, o la lejana Chicago, donde comienza a labrarse un futuro el déspota y atrevido Al Capone.

El imperio diseñado por Terence Winter, con la mano al fondo de Martin Scorsese, me tiene alucinado. No es sólo la gran factura técnica que porta. Tampoco es que el reparto alcance un nivel de excelencia poco habitual gracias a la labor de gente como Steve Buscemi, Michael Pitt (impresionante), Kelly Macdonald, Aleksa Palladino o Michal Shannon. Simplemente, creo que es porque he encontrado un nuevo filón, una joya oculta (o no tanto) en la que congenian dos de mis grandes amores: el cine gangsteril y la HBO (cuánto le debemos a los trajeados y forrados ejecutivos de esta productora). Es un retrato severo de la mafia en aquellos años, pero también de la política, aunque a fin de cuentas viene a ser casi lo mismo. Si la democracia se articulaba para defender los intereses del individuo como fin, entonces Nucky Thompson ha calcado el modelo primigenio de John Locke, introduciendo una diminuta variante: en lugar de una democracia puesta al pie de los intereses generales, fundamentales y naturales de la sociedad, él la instrumentaliza al servicio de sus turbios negocios, números ensangrentados y la corrupción tiránica, alcanzando un poder desmedido que anhela ser un Mesías moderno que todo lo tiene y todo lo puede.

Además de ofrecer un gran protagonista como es Nucky Thompson, a imagen y semajanza, con aire retro, del Tony Soprano que el propio Terence Winter ayudó a  diseñar diez años atrás, se nos presente un importante elenco de secundarios que llenan de calidad el contenido y minutos de esta serie. Hablo de: la señorita Margaret Schroeder, representando de manera lacerante esa eterna lucha entre el bien y el mal; Jimmy Darmody, el gran secundario, un excepcional muchacho que se aleja de la bondad para caer en el pecado, en la maldad del poder codicioso y déspota, representando esa herencia temporal de la figura cesaropapista propia de los años 20 que bien podríamos denominar como la de político gangsteril; Lucky Luciano, Chalky White, Al Capone, Arnold Rothstein o Johnny Torrio, capos y matones por excelencia; Angela Darmody como la bella dama que, en la línea de Kay Adams en ‘El Padrino’ (1972), ve nacer al monstruo, al diablo terrenal, en la figura de su marido, sin poder escapar del mismo; Agente Nelson Van Alden, a ratos representando la cólera de Dios en la tierra, a ratos cayendo en el pecado, pero siempre moviéndose entre las aguas sagradas de la palabra de Dios, entra la salvación, la redención y la condena.

Al fin y al cabo, todos se mueven por un mismo patrón común, que no es otro que el de la lucha entre el bien y el mal, entre esa balanza titubeante que no sabe por qué lado decantarse, aunque tratándose de Atlantic City en los años 20, parece obvio quién vencerá la partida.

9.5/10

‘Revolutionary Road’. Anatomía de un matrimonio.

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Revolutionary Road es un film dirigido por el aclamado Sam Mendes, director teatral en su día y padre de grandes obras de la cinematografía reciente como American Beauty o Camino a la perdición. En esta ocasión, Mendes se ha encargado de llevar a la gran pantalla una novela titulada con el mismo nombre, escrita por Peter Yates en 1961 y alabada por la crítica en su momento. Yo aún no he tenido el placer de leerla, pero sólo con ser la mitad de buena de lo que lo es el film, ya valdría la pena su búsqueda por las librerías de Valencia, pues su vigencia del tema tratado continúa siendo igual de fuerte 50 años después de su publicación.

El film comienza con dos jóvenes que se acaban de conocer en un baile. Él es Frank, interpretado por Leonardo DiCaprio. Ella es April, interpretada maravillosamente por Kate Winslet. Tras este encuentro invocado por el mismísimo Cupido, comienza el devenir de la película. Ésta pareja de jóvenes veinteañeros tienen una gran cantidad de sueños y toda una vida por delante para materializarlos. Frank tiene claro que nunca seguirá el camino de su padre, un buen hombre que desaprovechó la vida trabajando y trabajando para una compañía. Kate, por su parte, siempre ha querido ser actriz y viajar a lo largo y ancho del mundo. Es una persona activa y muy fuerte que tiene claro que luchará por sus sueños.

Diez años más tarde, nos encontramos con una pareja establecida a las afueras de Connecticut. Frank ha seguido el camino de su padre. Trabaja para la misma compañía, tiene un matrimonio ‘feliz’ con su amada April, un par de hijos a los que quiere mucho, ha comprado una casa y un coche, y en sus ratos libres le es infiel a su mujer con una compañera de trabajo. April es una mujer amargada e insatisfecha (sus dos amantes son precoces, curioso). No ha tenido suerte en el mundo artístico, y no ha podido viajar más allá de la urbanización de Connecticut en la que vive. Ambos se han convertido en el típico matrimonio de clase media americano.

He aquí, en este punto, cuando surge la gran disyuntiva a la que se enfrentarán los dos protagonistas: ¿qué hemos hecho con nuestras vidas?, ¿por qué no son como las soñábamos a los 20?, ¿somos capaces de cambiar esta situación?.

Revolutionary Road es, por encima de todo, un relato de la frustración que viven muchas parejas a causa de la búsqueda de ese ‘sueño americano’, o dicho sea mejor, del sueño occidental. Es decir, aquel sueño en el que los objetivos principales son acomodar la cabeza, tener una casita bonita (cuánto más grande mejor), unos cuántos hijos y un trabajo serio y extremadamente aburrido en el que no encuentres satisfacción alguna. Todo ello con un trasfondo cargado de simbolismo capitalista en el que todo debe estar orientado a mejorar la posición que heredaste mediante una carrera en la que lo importante es convertir tu logro en el fracaso del próximo, representado, esto, magníficamente también por el director a través de unos extraordinarios secundarios como Kathy Bates y Michael Shannon (un ‘loco’ no tan alejado de la realidad) o los vecinos con los que Frank y April mantienen una ‘amistad’ (una amistad basada en la avaricia y en la rivalidad, o sino que se lo digan a Frank).

Sam Mendes ha retratado una derrota. Una cruenta guerra ambientada en el día a día de cualquier pareja occidental. Un conflicto en el que no hay buenos ni malos. No hay ganadores. Sólo perdedores. Pues no es fácil intentar vivir a contracorriente. A contracorriente de un sueño contra el que nos es difícil luchar.

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