‘Mad Max 2: The road warrior’. Emblemática.

168hKewCAqiz5ZFUvLUXbCEtoGEl distópico mundo ingeniado por George Miller en Mad Max (1979) emergía ahora con mayor fuerza en esta secuela en la que el petróleo, uno de los pilares de la economía del sistema-mundo, era un bien tan preciado como para que a los humanos no les importase arrebatar las vidas de sus prójimos a cambio de unos cuantos litros de gasolina.

“El hombre es un lobo para el hombre”, decía Thomas Hobbes. Así se nos muestra en este lúgubre paisaje en el que la ley se ha esfumado. Tribus nómadas, unas más violentas que otras, organizadas con el único fin de sobrevivir en este infierno terrenal. Y, por supuesto, Max, el guerrero de la carretera, aquel tipo al que el salvajismo le había arrebatado todo cuanto quería. Un solitario e introvertido Mel Gibson será el encargado, nuevamente, de darle vida en una de las interpretaciones más carismáticas de su carrera.

Una de las mejores películas que se ha hecho nunca en el mundo de la ciencia-ficción, y una de las obras cumbres del cine de los ochenta. El terror servido en forma de western, un futurista y apocalíptico western que termina por convertirse en un fascinante y cautivador espectáculo. Obra maestra. 

9/10

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‘Maverick’. Póker y humor en el far west.

Una timba de póker es el motor de combustión de esta cinta. A Maverick, un especialista en el juego, le restan tres mil dólares para pagar la inscripción de la misma, y tiene previsto hacerlo como sea, aunque el destino no se lo pondrá nada fácil al irrumpir en su rutina gente como Annabelle Bransford (Jodie Foster), una timadora muy sutil, o el español Angel, un intrigante Alfred Molina.

Sin grandes pretensiones se mueve la historia del reputado guionista William Goldman (‘Marathon man’ 1976), quién rescata, para la gran pantalla, al personaje de Maverick con tal de brindarnos un western que gravita en torno al mundo del póker, y que le viene como anillo al dedo a un clásico del género de acción como Richard Donner, quién narra con oficio y soltura las andanzas del cómico personaje principal al que da vida un acertado Mel Gibson, el cual repartirá cartel con Jodie Foster, James Garner y James Coburn, conformando así un auténtico lujo de reparto que atina en sus simpáticas interpretaciones. 

Film cargado de humor, buenos diálogos y  una verborrea desenfrenada (por parte de Maverick), que destila total complicidad con las desventuras aquí narradas, al tiempo que nos encandila con tal peculiar affaire sentimental entre Foster y Gibson, para regalarnos una timba final de altos vuelos, acompañada de un par de giros últimos del todo logrados que suponen el colofón a tan agraciada historia.

7/10

‘Tequila sunrise’. Singular collage sentimental.

Uno, Mel Gibson, es traficante de drogas. El otro, Kurt Russell, es un impoluto agente policial. Tienen en común que son amigos (aún con intereses profesionales contrapuestos), y que ambos han quedado prendados por la belleza y sensualidad de Michelle Pfeiffer, una restauradora de prestigio. ¿Quién conseguirá llevarse el gato al agua?

Tendrán que ver ‘Tequila sunrise’ para saberlo. Lo que sí puede adelantarse es que hasta llegar a la resolución de tan sentimental cuestión, habrá que tragarse casi dos horas de “lucha” personal entre los dos amigos, moviendo cada cual los peónes de que dispone para conquistar el corazoncito de la Pfeiffer. De fondo, y a modo de amenizar el cortejo, presenciaremos una importante investigación policial, con Nick Frescia (Kurt Russell) a la cabeza, para capturar a un narco mexicano a punto de llegar a la ciudad gracias a la ayuda de Marc McKussic (Mel Gibson), lo cual hará soplar el viento (y la flecha de Cupido) en favor de uno u otro.

En fin, la historia no está mal y tiene a su favor el presentar una factura técnica más que correcta (a destacar Conrad L. Hall en la fotografía ), así como un reparto de lujo para un trío protagonista bien perfilado. No obstante, aún no estando mal, el guión parece estancarse, sucediéndose los acontecimientos de un modo excesivamente pausado, faltándole algo de punch a la historia para no caer rendida ante tan desagradable sensación: el tedio. El cocktail explosivo prometido se deja ver, aunque daba para más.

6/10 

‘The beaver’. Depresión.

Walter Black vivía en una familia feliz. Amaba a su mujer y adoraba a sus hijos. Todo le iba rodado, incluso era un ejecutivo con éxito en los negocios. Sin embargo, un mal día (quizás por la presión del trabajo?) todo se fue al traste, entrando en sus quehaceres diarios esa enfermedad llamada depresión. Con la vida rota, sin auxilio práctico de libros de autoayuda, drogas legales y loqueros de tres al cuarto, decidió refugiarse en el castor, esto es, crear una doble personalidad como vía de salir del pozo sin fondo en el que había caído.

‘El castor’ me recuerda a las canciones pop, pues va directa al sentimiento sin explayarse demasiado en lo que nos cuenta. Son 90 minutos de cine conciso y claro. Cómo tu depresión arruina tu entorno familiar, dejando como legado a una mujer desesperada, un hijo menor con problemas de socialización y otro hijo mayor con los mismos achaques mentales que su padre, ahogándose en plena adolescencia (buen discurso final). Es la dinámica de la cinta, aunque Foster no aniquila al espectador con un tema tan desasosegante, gracias a la introducción de la marioneta (un toque más cómico), la voz en off en la narración, así como una historia de amor juvenil con más tristezas que alegrías.

En fin, Jodie Foster emociona con su última película. Una pequeña joya, con grandes actores en cártel (la propia Jodie, Mel Gibson o Jennifer Lawrence) que meten sentimiento y credibilidad a una historia triste y melancólica que parecer creer en aquello de “he muerto y he resucitado” que cantaban Los Secretos. De una familia hecha trizas, sacarán fuerzas para salir del abismo, refugiándose en el cariño, la calidez y el amor familiar, con el único fin de poder existir sin agonía y pesar, en medio de la felicidad.

7/10

‘Señales’. Extraterrestres.

 

‘Señales’, curiosamente y pese al título de este escrito, no centra su historia en los extraterrestres, tampoco pincha mucho en si éstos son buenos o malos, ni da pie a escenificar las terribles malvades que son capaces de realizar (no hay explosiones ni efectos especiales chulos). No es nada de eso. Es una historia de puro sentimiento, de sensaciones humanas. Una película cercana, en la que M. Night Shyamalan vuelve a combinar, así como a narrar, de manera magistral, elementos de toque fantástico con la realidad más mundana. Quizás, por eso, me encanta ‘Señales’. Porque me la creo, me hace sentir o sufrir como si fuese el mismísimo protagonista del film. Me creo el dolor de Mel Gibson, la pérdida del sentido en su vida tras la muerte de su esposa, la lucha por recuperar el camino junto a su familia. También me creo a Joaquin Phoenix, ese tío romántico del deporte que protegería a su familia con su propia vida. Me creo a los niños, tanto a Culkin como Abigail, en sus miedos y temores, en sus inquietudes y fascinaciones. En definitiva, me creo la reacción (continua) de esa familia ante un suceso tan misterioso  (magistral inicio) como el presentado en este film. Todo retratado con la especial y encadiladora puesta en escena del cineasta de origen indio, rodeado de maizales y aroma a rural, con su detallismo y minuciosidad, con ese cierto tenebrismo que por momentos inunda la pantalla, creando una atmósfera que te va asfixiando casi sin darte cuenta desde el segundo número uno hasta el último (un final poderoso, entrañable aunque no sorpresivo). Vamos, una de las mejores películas de extraterrestres que he visto (y mira que aparecen poco).

‘Edge of darkness’. Ha vuelto, es Mel Gibson.

Thomas Craven, un inspector de policía de Massachusetts, espera pasar una temporada con su hija, a la que no ve desde hace tiempo. Sin embargo, en su primera noche juntos, algo extraño sucederá, la chica comenzará a sentirse mal, con vómitos y sangre, hasta que de camino al médico alguien le meta, misteriosamente y sin motivo aparente, un tiro mortal en el estómago.

Acción iniciada. Intriga por esclarecer. Hija muerta, padre jodido. Mel Gibson se enfunda el traje de tipo duro, no hay más policía en toda la ciudad que él mismo. Tendrá que resolver el misterio. Sí, el sólo. Con su pistola, sus canas y sus pintas de viejete gruñon. Eso sí, qué hostias da todavía, y qué puntería! Aunque, todo sea dicho, aquí tampoco se abusa de eso. Está todo suministrado de manera equilibrada, con sus dosis correspondientes.

En resumen, Mel hace de bueno, en memoria de su queridísima hija, levantando cielo y tierra, poniendo rostros, nombres y apellidos a todos los que estaban metidos en el ajo. La cosa creo que iba de armas para la yihad y tal, esta parte tampoco se la tomen muy en serio. Intriga facilona con sus adecuadas dosis de acción. Decente entretenimiento, con cierto sabor nostálgico al Gibson de los 90.

‘Mad Max’. La ley de la carretera.

George Miller con cuatro duros en el bolsillo se inventó en 1979 una de las auténticas obras de culto del séptimo arte. Desde los primeros planos, ya intuimos que algo va mal por el planeta Tierra, alguna pata del sistema se ha debido venir abajo.

No sabemos cuál, pero desde luego la justicia se nos presenta como una ruina, escenificada en un edificio cochambroso en cuyo interior deambulan cuatro vigilantes de la carretera, quiénes al juzgar por lo que vemos, no ostentan un cargo excesivamente bien visto en la sociedad.

La acción se desata con ‘El Jinete Nocturno’, un loco de la carretera al que Max y su compañero ‘El Ganso’ pondrán fin en el propio asfalto. A partir de ahí, unos motoristas nómadas amigos del Jinete llegarán a la ciudad para clamar venganza.

Comenzará el western futurista. Tenemos a la ley, al sheriff y su ayudante, representada en Max y en sus compañeros. Y al otro lado a los forajidos y bandidos, los nómadas de la carretera. El enfrentamiento entre unos y otros resultará trepidante, sin conceder tregua ninguna.

Un final memorable, un acoso asfixiante de los bandidos, quiénes sembrarán el terror a su paso. Hasta que nazca el solitario de la carretera, Mad Max. Se enfunda su traje de cuero. Calza sus botas. Enciende el motor de su ocho cilindros de su ‘Interceptor’ y lo hace rugir. Sale al asfalto e impone su nueva ley. El mundo está jodido, y en ese mundo sólo sobreviven los más duros. Obra maestra.