‘The dark knight rises’. Trepidante pero rutinaria.

the_dark_knight_rises (1)Batman había desaparecido del mapa. La ciudad de Gotham parecía volver a respirar bajo el amparo brindado por la Ley Dent y el rigor cívico del Comisario Gordon, así que las heroicidades del hombre murciélago ya no eran precisas. Pero todo no podía ser tan bonito, pues pronto tendremos al malvado de turno, Bane, haciendo de las suyas, sembrando el terror y el caos por las pulcras aceras de esta gran y ficticia urbe. En fin, que el bueno (y lisiado) de Bruce Wayne deberá ponerse en forma y enfundarse el traje… de nuevo.

Dentro de la trilogía elaborada por Christopher Nolan, ‘The dark knight rises’ aparece como la más floja de las tres entregas que componen la saga. En cualquier caso, tampoco caigamos en dramatismos, pues hablamos de una buena película. Ofrece un espectáculo poderoso, sustentado en la tensión narrativa que el cineasta siempre ha sabido impregnar a sus relatos. El problema aquí no es otro que las limitaciones de la historia, la cual parece dar la sensación de que ejerce de puente hacia un cuarto volumen más que otra cosa.

La felina Catwoman, el germen de Robin y la alargada sombra de Ra Al Ghul son los tres aditivos que buscan darle el valor añadido a las andanzas de “El caballero oscuro”. En fin, una factura técnica de diez, un reparto estelar liderado por el colosal Christian Bale y un cineasta con pedigrí a cargo de todo ello. Es lo que hay, lástima que el relato carezca, en esta ocasión, de la profundidad que antaño sí tenía. Con todo, una historia tan trepidante como frenética.

7.5/10

‘Full metal jacket’. Vietnam según Kubrick.

Dicen que Kubrick no quedó satisfecho con ‘Paths of glory’ (1957), que ésta no era de verdad una película bélica. Fue así como le rondó la idea de volver al género a través de ‘La chaqueta metálica’. Pocas veces se ha visto una película tan claramente definida en torno a dos grandes bloques. Stanley Kubrick divide su obra, ofreciéndonos primero unos cuarenta minutos de instrucción militar, para luego sumergirse en las entrañas de la guerra. Imagino que el cineasta disfrutó de lo lindo con esta segunda parte, resarciéndose gracias a la primera línea de combate. 

La primera parte es escalofriante. Uno contempla el proceso de deshumanización que se da en esa isla, en ese campamento militar. Cómo uno se convierte en marine del ejército estadounidense, es lo que parecen contarnos. Y yo pienso, ¿qué hay de esos presupuestos públicos destinados a la construcción de máquinas humanas de matar? Brillante R. Lee Ermey, en el papel de instructor, y terrorífico el recluta “patoso”, víctima encarnizada en tan tortuoso proceso de conversión. Sí, nuestras guerras se hacen en nombre de la libertad, entendida ésta bajo el prisma occidental. Pero, ¿el fin justifica los medios? Y la libertad que proponía Vietnam del Norte, ¿tan perniciosa era en comparación con la del sur? 

En la segunda parte desciende un punto el nivel respecto a la primera, siendo aún así brillante. Aquí, el autor decide mostrarnos el lado íntimo de la batalla, sirviéndose para ello de los ojos del recluta “bufón”. Inicia la exposición desde la retaguardia para gradualmente ir incrementando la peligrosidad del asunto. Nos muestra cuáles son las aspiraciones básicas de un soldado en tan nefasta situación (prostitutas y matar, terrible escena la de la ametralladora y el helicóptero), qué piensan acerca del conflicto (Vietnam) y, por encima de todo, cómo lo viven, sabedores de que se juegan el pellejo en cada segundo. Desgarradora la escena del francotirador. Tremenda reflexión, desde un punto de vista humano, acerca de qué es y cómo se vive una guerra, de lo duro y doloroso que debe ser un momento tan bárbaro como el que nos muestra dicha escena.

En definitiva, no me atrevería a pregonar a los cuatro vientos que el maestro lo que aquí nos brinda es un alegato antibélico. Kubrick toca el tema con sutileza, sin obsequiarnos con una respuesta contundente. Evita la vía panfletaria, limitándose a introducirnos en las mentes, rutinas y acciones de los tipos que, desde el centro de entrenamiento hasta llegar a la primera línea de combate, ponen sus vidas al servicio de quitar otras vidas. Aquí está la guerra de Vietnam contada por Kubrick, cada uno que la juzgue a su manera.   

9/10

‘Pacific heights’. No alquiles tu propiedad.

Patty y Drake son una pareja de tortolitos que ha puesto toda su ilusión y dinero en la casa de sus sueños. ¿El problema? Tienen hipotecadas hasta las pestañas, por lo que no tendrán más remedio, con tal de salir adelante, que alquilar piso y apartamento, quedándose ellos con el ático. ¿El huésped del apartamento? Carter Hayes, un inquietante Michael Keaton.

El recital de fullerías aquí brindado es la gran baza del film. Uno presencia desde el primer momento cómo un rutinario alquiler pasa a convertirse en la peor de tus pesadillas. Las maquiavélicas artes de Keaton van in crescendo, adornando su estrategia estafadora con los entresijos más remotos de la ley, presenciando pues como la cara de Matthew Modine va alcanzando, cada vez más, un nivel de mala hostia muy elevado, impregnándose éste, a su vez, en las facciones (todavía no operadas) de Melanie Griffith, quien irá mutando su angelical conducta hacia la perversidad del diablo .

Genial historia la ingeniada por Daniel Pyne, materializada de un modo fabuloso por John Schlesinger, cineasta más que notable, que conseguía darle a su narrativa el tono inquietante y frenético que requería la cinta. Ambos se divierten de lo lindo con el juego establecido entre sus peónes, logrando así crear una atmósfera veraz, pues palpamos, en cada plano, el agobio y la asfixia que va apoderándose, poco a poco, de nuestros dos tortolitos, hasta alcanzar un punto de desesperación tal que acabas perdiéndote en la suciedad y miseria del tramposo. En fin, si tienes pensado alquilar tu propiedad, ni se te ocurra someter tu coco a tan macabra historia. De no ser así, disfruta del recital.

7.5/10