‘Superman’. Emblemática.

superman-version1-1978-movie-posterLo primero que me llama la atención de ‘Superman’ (1978) es ver que el guión viene firmado por, atención, Mario Puzo. Uno de los grandes escritores que ha habido sobre el mundo de la mafia, autor por ejemplo del clásico ‘El padrino’, se atrevía aquí a darle forma al musculoso hombre de los calzones rojos. Es una curiosidad, sin más. Un valor añadido al lustroso plantel de nombres que acompañan a esta cinta: Richard Donner en la dirección, Marlon Brando, Gene Hackman o Christhoper Reeve en el reparto, o John Williams en la composición de la BSO. 

De largo lo mejor del film viene dado por todo aquello que guarda relación con Krypton y Marlon Brando. Desde los comienzos en la remota galaxia hasta pasar por la infancia del superhéroe para llegar a su aleccionamiento final a manos de Jor-El. Ahí la película sobresale, descendiendo a lo terrenal y rutinario cuando el bueno de Superman se convierte en Clark Kent, trabajador del Daily Planet. 

Película emblemática, objeto de devoción para bastantes feligreses de las andanzas de este superhéroe. No es mi caso. No encuentro por ningún lado el carisma del personaje, y tampoco me entusiasman tanto sus “aventuras”. En cualquier caso, reconozco que la película es entretenida. No aburre, aunque sí se podrían haber ahorrado unos veinte minutos de su metraje definitivo.

7/10 

‘Ultimo tango a Parigi’. Brando y París.

Invierno, frío. El Metro. Un hombre anda desesperado. Una muchacha corretea, con abrigo y sombrero de flores. La casualidad. Una habitación en París. Dos extraños. La decadencia, el crescendo. Sin nombres. Verdades a medias. Sólo pasión, deseo carnal. Sin amor. Sin ternura.  Sin destino. Sólo sexo. La autodestrucción de uno, el capricho por el buen amante de ella. La adicción, el peligro de la monotonía. El vacío. No es posible.

Marlon Brando. Maria Schneider. Marlon Brando. París sinónimo de tristeza. Bernardo Bertolucci. Marlon Brando. Náufragos urbanos. Marlon Brando. Varados en un mugriento piso. Marlon Brando. Vulgaridad y mediocridad exterior. Marlon Brando. Una fotografía excepcional de Vittorio Storaro. Marlon Brando. La angustia, la desesperación, la caída a los infiernos, la muerte a fuego lento que nos regala con su interpretación Marlon Brando. El cuerpo de Maria Schneider, su arriesgada aventura sexual. La derrota de ambos en esa Gran Ciudad. Una historia tan triste como hermosa.

Spoiler

Oda al amor puro de Bertolucci. Rosa, la esposa de Paul (Brando), se suicidad por no llevar un vida amorosa satisfactoria (requería de amante). Paul se vuelve loco, se evade de su miserable realidad con el entretenimiento de Jeanne. Ésta no es más que una jovencita atada a un prometedor cineasta que busca, en cambio, una aventura sexual, un capricho, algo arriesgado, un buen amante. Pero lo suyo no es amor, del puro. Autodestrucción. Están condenados a morir. Paul le propondrá Amor a Jeanne. Pero, ¿qué Amor? No es más que un americano enclavado en la mediocridad. Ella, pragmática en su decisión, se decidirá por su novio. Uno morirá en cuerpo, la otra en alma. Sin amor, todo se vuelve vacío, la existencia se torna triste y decadente.

Bertolucci viene a decir algo así como que el amor lo hace todo más fácil, vuelve la tristeza en felicidad, la mediocridad en optimismo, aligerando la mochila de este largo viaje. Para explicarlo nos presenta la pena de estos dos náufragos por no haber encontrado el amor verdadero en ese París tan melancólico y desasosegante.

‘La ley del silencio’. La inmortal historia de Terry Malloy.

A Elia Kazan se le criticó, se le crucificó en su día por su declaración ante el tribunal McCarthy. Fue el chivato que delató a sus colegas de profesión comunistas, ante la caza de brujas del susodicho senador. Un acto deleznable. No sé si tratando de excusarse se inventó esta obra maestra. La película, si hacemos el símil de comunistas con mafiosos de los muelles, es de muy mal gusto. Puede que sea conservadora y rancia (comunistas aparte), pues tampoco hay que olvidar el papel preponderante del cura y el cristianismo en la misma. Pero, olvidándonos de todo ello, uno no puede más que disfrutar, que apasionarse, que inmiscuirse en esta lírica historia en la que Marlon Brando ejerce de mártir ante sus compañeros, de chivato. Pero un chivato que no quiere sino otra cosa que hacer el bien, acabar con el gángster de turno.

‘La ley del silencio’ es una obra cargada de reflexión y sentimiento. La interpretación de Marlon Brando es magistral, de las mejores de la historia. Ese hombre paradigma del fracaso, de la derrota, de lo que pudo haber sido y no fue. Un hombre duro, de esos que no teme a nadie. Ni siquiera al capo. Un hombre que prefiere no escuchar, como le dicen sus cercanos, su propia conciencia, prefiere no sentir, pues lo sentimientos no sirven para nada. Sin embargo aparecerá Edie, una excepcional Eva Marie Saint. Una mujer que hará florecer en el interior del rudo estibador el sentimiento, el amor. Terry Malloy se encaminará por el buen camino, más por amor que por convicción, más por dolor y resentimiento que por el ideal de justicia, en su odisea personal, en su venganza, en su ira, contra Johnny.

Una obra poética, preciosa. Una obra, que fuera prejuicios, merece el reconocimiento por ese fresco pintado sobre un paisaje tan demoledor.  La lucha interior y exterior de cada personaje. El amor entre Brando y la joven rubia. Y el contexto gangsteril cargado de dolor, pesadumbre y desasosiego. Un film que habla, por encima de todo, de personas jodidas, vacías. Y de alguien que luchó, en su afán de darle un puñetazo a su miserable vida.

‘El padrino’. Le haré una oferta que no podrá rechazar.

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En el Nueva York de los años 40, el negocio del hampa sigue su curso. La familia Corleone, comandada por su Don, Vito, controla a los políticos y los jueces. Bien lo sabe Sollozzo, ‘El Turco’, un narcotraficante con ganas de insuflar aire en el mercado de la droga, pidiéndole a Don Vito su alianza en tal negocio.

El rechazo de Don Vito, un hombre demasiado clásico para meterse en ese mundo, desembocará en un enfrentamiento directo entre Sollozzo y la familia que lo secunda, los Tattaglia, y los Corleone. ¿El plan? Eliminar a Don Vito para que su hijo, Santino y su Consigliere Tom Hagen, más dados al negocio de la droga, acepten el trato. Craso error, tras el ataque al Don, su hijo Santino, el más impulsivo de todos, tomará el mando de la familia y lanzará todo su poder contra los Tattaglia y ‘El Turco’, materializando el plan en la figura de Michael.

La cena entre Szozsa y Michael Corleone, ese inocente muchacho héroe de guerra, abrirá un antes y un después en el transcurrir del film. Nos trasladaremos a los orígenes sicilianos con el destierro de Michael, y a lo cruel de la guerra con Santino en Nueva York. Se entrará en una espiral de violencia en la que los Corleone se sentirán solos, enfrentándose a todas las familias y con un instigador oculto, Barzini y su familia, quiénes tratan de arrebatar ese poder político y judicial a los Corleone.

La vuelta de Michael tras la muerte de Santino servirá para solucionar las viejas rencillas. Don Vito, ejercerá de Consigliere, le informará a Michael de lo que se le viene encima. Y Michael trazará y planificará. Todo diseñado. Punto por punto. Sin ningún cabo suelto. Con sus miras en Las Vegas, lejos de Nueva York, pero poniendo los puntos sobre las íes antes de marchar.

No hace falta decir que es el mejor final de la historia del cine. También es la mejor película de la historia del cine. Por ello, quizás resulta vacuo tratar de hablar sobre ella. Sobre una Diosa del Olimpo, sobre algo no terrenal. Imposible hablar sobre su perfección. No he nombrado a Connie ni su desgarrador lloro, ni de su marido, Carlo. Tampoco del débil de Freddo. Poco del siempre correcto Tom. Nada de la Mamma, ni de Johnny Fontana. Tampoco de Clemenza y Tessio. Ni de Kay, esa mujer que ve nacer el monstruo con lentitud. Simplemente, es imposible, hay que verla y dejarse llevar. Coppola nos ha retratado el mundo de la mafia tal como es. Se ha metido de lleno, no dejando ni un sólo punto a la imaginación. Calco tremendo de lo que es una familia de la cosa nostra.

Dicen que ‘El Padrino’ es puro sentimiento. Y es verdad. Es el mejor estudio sociológico que se ha hecho sobre una familia, sobre el amor, la fraternidad, el cariño, el honor, la nobleza, la sed de venganza, la serenidad, la supervivencia, la calma, la tormenta, la ira, el engaño y que se yo que cosas más.  Todo ello visualizado desde la perfección narrativa, desde la mano de Coppola en la dirección pasando por lo sublime del guión de Mario Puzo o lo excelso de la fotografía. Qué decir de la música de Nino Rota. En fin, vean ‘El Padrino’. Imposible arrepentirse.

‘Queimada’. La contradicción del capitalismo.

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Si usted quiere sólo sexo, ¿qué cuesta más mantener a una esposa o contratar el tiempo que usted quiera a una puta?“. Así de expresivo se mostraba Sir William Walker, mercenario inglés llegado a la isla caribeña de Queimada en busca de la abolición de la esclavitud.

Detrás, una potencia colonial en declive, Portugal, que controla la isla a su antojo y, en consecuencia, la producción de azúcar. Walker, al servicio de Inglaterra, formará un ejército revolucionario con José Dolorés como cabeza visible. Destronarán del poder a los portugueses. Dolorés será el nuevo gobernante. Traicionando su ideal, admitirá la llegada de la civilización inglesa.

La realidad, la estratagema sucia e interesada de Inglaterra. Su afán imperialista por conseguir el monopolio del azúcar. El ideal de la libertad y el libre comercio se convertirá en un monopolio para una compañia azucarera inglesa por 100 años. La esclavitud aparecerá de otra manera, oculta en un salario mísero. Los revolucionarios perderán el poder. Volverán a ser los oprimidos, explotados. Los opresores tomarán sus tazas de té con azúcar en Londres.

Diez años después, el temor para los amos del monopolio a una revuelta, a un nuevo intento por eliminar la civilización, esa que tanto odia José Dolorés, esa que no sabe adónde va, terminará en la cuasi exterminación de la isla a manos, nuevamente, del cruel Walker. Inglaterra, cómo no, impondrá sus intereses. Su ideal de libertad.

Dolorés, morirá. Se convertirá en mito. Walker, reflejo mismo de un capitalismo tan contradictorio como lúgubre, será eliminado. 

‘Black Rain’. Mucho ruido y pocas nueces.

Nick (Michael Douglas) es un policía neoyorquino. Todo un tipo duro. De esos que montan en moto (¡cuántos ha habido desde Marlon Brando en The Wild One!) esperando que alguien de su misma especie le rete para jugarse la vida en una insignificante carrera por cuatro míseros dólares. De esos que no dudan en partirle la cara al primero que le mire más de la cuenta, y si la cosa se pone complicada desenfundar el arma con una velocidad tremenda para aniquilarte con preciso disparo. De esos que se cree que cuanto más duro y mas machote, mejor policía es. Vamos, que es todo un modelo a seguir por nuestras juventudes.

Quizás por ello, su mujer lo abandone y su vida personal esté envuelta en una vorágine de derrotas. Sus obligaciones económicas para con su mujer son interminables. Prácticamente no ve a sus hijos. Asuntos internos le sigue el rastro por presunto caso de corrupción. Sin embargo, a él todo ello le da igual. Él es un tipo duro. Tan duro, que un día comiendo en un restaurante con su compañero y amigo Charlie (Andy Garcia), presencian como un capo mafioso japonés (el malo malísimo de la película), también muy duro él, a cada cual más, asesina a dos personas. Como no, ambos, tanto el poli malo (Douglas) como el poli bueno (Garcia), irán tras él y lo capturarán. Pero no bastará sólo con eso, la cosa se pondrá muy cruda cuando les digan, desde arriba, que deben escoltarlo hasta Japón, pues es un asunto de estado y no se puede hacer nada ante ello. No es necesario decir, que aún no habrán pisado suelo japonés cuando ya se les habrá escapado el avispado mafioso.

¡He aquí la cuestión! La esencia del film. Tipo duro japonés contra tipo duro americano. Un cara a cara en medio de las calles de Japón, en medio de una guerra de clanes mafiosos, una guerra por el control de la falsificación de billetes. Una guerra en la que se meterá de lleno el rudo de Nick, y en la que sólo tendrá como apoyo (aparte de a sí mismo, que ya es) al apuesto y honrado Charlie, al extraño e incomprendido oficial japonés y a una mujer de Chicago que regenta un local de alterne en Japón. 

‘Black Rain’, no supone más que una decepción. Uno siente al ver esta cinta que hay una gran cantidad de talento desaprovechado. Una cinta hueca (ni choque cultural ni nada, sólo más de lo mismo). A Ridley Scott se le debe exigir mucho más que thrillers comerciales como éste. Aunque la caótica Japón que nos retrata Ridley es similar (en apariencia) a la atmósfera asfixiante de Blade Runner, su obra cumbre, no estamos ni de lejos ante un producto similar. Éste, no es mas que un producto de encargo. Una fácil manera de embolsarse dinerito fresco en los bolsillos. A pesar de ser cine comercial de decente calidad (aún se deja ver), sólo cabe decir: Éste no es el camino, Ridley.

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