Finding Neverland (2004)

finding_neverland_ver2Dirección: Marc Forster
Guion:
 David Magee (Obra: Allan Knee)

Producción: Miramax
Fotografía: Roberto Schaefer
Música: Jan Kaczmarek
Montaje: Matt Chesse
Reparto: Johnny Depp / Kate Winslet / Dustin Hoffman / Julie Christie / Radha Mitchell / Freddie Highmore
Duración: 106 min
País: Estados Unidos

Cuenta Enric González en sus agradables Historias de Londres (RBA, 2007) la misma historia que aquí, de una forma quizá más edulcorada, nos cuenta Marc Forster. Ambos comparten una cualidad: son unos virtuosos de la expresividad, de la comunicación. Aquel es un fabuloso periodista y escritor; este, un cineasta tan plástico como eficaz. A medio camino de los dos se sitúa Kensington gardens, o lo que es lo mismo, el lugar donde se inspiró la fantástica historia de Peter Pan.

Y es que mucho se ha escrito en torno a los orígenes de este célebre personaje. Por ejemplo, Allan Knee inspiró, gracias a su obra teatral The man who was Peter Pan (1998), el guion que aquí nos atañe, ensamblado perfectamente por David Magee. Pero el cine, mucho antes, ya había bañado con su particular magia a este fabuloso relato. Lo había hecho Walt Disney, en 1953, con Peter Pan, en la que probablemente sea una de las mejores películas en la historia de la productora de animación. También Steven Spielberg nos había acercado este cuento con la no menos fabulosa Hook (1991). Es decir, prácticamente ya estaba todo dicho. Pero faltaba algo, faltaba desenmascarar los orígenes de este relato… y en este punto, es donde se sitúa esta maravillosa película: Finding Neverland.   

Es una historia muy bonita. Puede que sea dulzona, sensible y acaramelada, sí, pero su principal virtud radica en conseguir que nada de esto nos empalague. Así, Marc Forster consigue sumergirnos en las bondades que acompañan al personaje principal de este relato, James Barrie, y que disfrutemos, por todo lo alto, con su fantástica inventiva, con su ilusionante y desbordante imaginación. Quedamos así atrapados en las redes de este cautivador cuento. Johnny Depp y Kate Winslet, ambos estupendos, unidos, a su vez, a un aguerrido grupo de niños, se encargarán de luchar contra fantasmas, de aguantar contra viento y marea, de no decaer ante las fatídicas desgracias que en el camino se van presentando.

Asistimos a una película que es, toda ella, magia. Rinde pleitesía a todo aquello que contribuyó a inspirar el relato de Peter Pan, es decir, al teatro, a la escritura, a los niños, a la amistad más pura, a la tranquilidad de un paseo por el parque. Finding Neverland es el poder de la fantasía, de la ensoñación. Todo queda a punto de caramelo para pincelar el mensaje principal del film: ¡sueña!   

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Holy smoke (1999)

holyDirector: Jane Campion
Guion: Jane Campion / Anna Campion
Producción: Miramax Films / Jan Chapman Production
Fotografía: Dion Beebe
Montaje: Veronika Jenet
Música: Angelo Badalamenti 
Reparto: Kate Winslet / Harvey Keitel / Pam Grier / Julie Hamilton 
Duración: 115 min
País: Estados Unidos 

Suena la música de Neal Diamond cuando se abren los primeros fotogramas de esta película. Firmada por Jane Campion, pronto aparece el título de la misma, Holy smoke; una rareza en toda regla: efusiva, estrambótica y muy muy irregular. Esas son las principales notas con las que yo la definiría. Ver esta película, por tanto, es de valientes.  

Si Kate Winslet no es la mejor actriz que yo he visto a partir de los años noventa, poco le faltará. Aquí lo vuelve a demostrar, pues ella es, con muchísima diferencia, la gran baza de esta cinta. Ella y su choque con Harvey Keitel, actor de primer nivel que repite colaboración con Jane Campion después de haber trabajado con ella en The piano (1993). Juntos protagonizan el devenir de un film atípico donde la extraña sensualidad, el amor más loco y, sobre todo, la batalla psicológica entre ambos trepan por cada uno de los resquicios que ofrece esta narración. ¿El problema? Pues que las hermanas Campion conducen este relato sin frenos. Es decir, la estridencia está bien en su justa medida, pero pierde parte de su gracia cuando se impone como la norma a seguir. Existen demasiados tics molestos y forzados a lo largo de esta narración, y es una pena. Igual que el cierre del relato, un absoluto despropósito.

El viaje a India y la inmersión de la protagonista en el mundo de las sectas no son más que un pretexto con el que poder sacar a la luz el núcleo del film: la conexión entablada entre Kate Winslet y Harvey Keitel. No obstante, Jane Campion no consigue sacarle todo el provecho posible a esta situación. Todo queda un tanto difuso al aparecer un montón de estupideces de por medio (miedo dan los familiares cada vez que salen en escena) y al precipitar un tanto la desequilibrada relación entre aquellos. Le falta pues pausa y mesura a Holy smoke, pero tiene su cosa.      

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‘Carnage’. Cordialidad, delirio y caos.

Un niño agrede a otro niño en un parque cualquiera de la ciudad de New York.  Tachán, comienza la función.

Los respectivos padres de cada muchacho, se citan en el apartamento de la “víctima” para arreglar el percance amistosamente. Reparto de alto nivel. En un lado del ring, Jodie Foster y John C. Reilly. Al otro lado, Kate Winslet y Christoph Waltz. En estos cuatro pilares reposa el peso total del film. Y lo hacen muy bien. El combate, no parece tal, pues comienza cordial, fijando posiciones y manteniendo la compostura. No obstante, ésta se marcha, abriéndole la puerta al delirio y al enfado, comenzando el intercambio de golpes (no sólo inter, sino también intra) que finalizará en un caos donde la verborrea desatinada y el whisky escocés le darán la victoria, a los puntos, a la estupidez humana.

Increíblemente divertida. Polanski, para deleite de muchos, sigue en buena forma. Gran escena final.

8/10

‘Contagion’. Aunque no lo parezca, esta es una película de terror.

Steven Soderbergh se dejaba, por fin, de pamplinas y absurdeces en las que tanto le gusta inmiscuirse. Tocaba, esta vez, ponerse serio a través de ‘Contagion’, un auténtico cuento de terror que azota la conciencia de los espectadores, reflexionando sobre el mundo que hemos creado y, sobre todo, acerca de las debilidades e impotencias ante un panorama tan devastador como el aquí narrado.

Una epidemia mundial. Un murciélago mordisquea un plátano que luego, por casualidades de la vida, come un cerdo. Ya está el lío armado: un nuevo virus originado en una remota selva de Hong-Kong. A partir de ahí, sólo hay azufre, caos, miedo y dolor. Todos los personajes que nos expone el cineasta, con mil y una cara conocidas (yo me quedo con la historia de Matt Damon como favorita), gravitan en torno a la reacción ante tan demoniaco supuesto. A mí, al menos, ha conseguido aterrarme.

7/10

‘Little children’. Historias íntimas, interpretaciones grandiosas.

Sarah es infeliz. Vive con un hombre, Pierce, al que ya no ama. Más bien, lo repudia. Su vida no escapa de la mediocridad (no en sentido material ni económico), se siente enclaustrada en ese residencial barrio donde habita, incómoda entre las inquisidoras charlas de las mamás en el parque, fuera de lugar entre las mujeres que realizan tertulia conservadora en el círculo de lectores, asqueada por la hipocresía de un marido de vocación onanista. Un buen día,  en cambio, paseando a su hija Lucy entre los columpios, conocerá a Brad. Él, a diferencia de ella, sí es feliz. O eso aparenta. Quizás se siente un tanto frustrado por ser el ama de casa dentro de su hogar. Es su mujer, Kathy, quien trabaja, quien trae el sueldo a casa. Mientras él, espera a un fantasmagórico examen que de respiro a su vida (el sistema así lo exige). Entre tanto, el bueno de Brad alterna las noches de biblioteca con los paseos a su hijo Aaron, también con los partidos de fútbol con los amigos y la pasión (exterior) que siente por el mundo del skate. Conocer a Sarah, de la forma en que se desarrollará la relación, será una distracción, una agradable y satisfactoria distracción que hará tambalear los cimientos morales de su vida, dando paso a un profundo dilema interno en el que decidirse por una mujer u otra (con las consecuencias que eso conlleva en su cotidaniedad).

Uno vivirá feliz, en armonía con su enamorada esposa y su tierno hijo.  Se dejó llevar por la corriente. La otra, probablemente, se sumergirá en la vorágine del fracaso, rondando la depresión, enjaulada en una vida que no quería para sí misma. Nadó contra la corriente, pero ésta le venció.

No lejos de allí, también conviven Larry y Ronnie. Uno fue policía, de vocación. Es de esos tipos que lleva lo de la seguridad ciudadana en la sangre. Propio de su naturaleza, no tardará en enfrentarse con Ronnie, un tipo estigmatizado por su enfermedad mental, el diablo del barrio.

Por lo visto, al marketing nacional no le gustó la idea de titular (en el doblaje) a esta película como ‘Niños pequeños’, fiel traducción del título original. Se equivocó, anteponiendo los intereses comerciales por encima del resto. Porque, al fin y al cabo, ‘Juegos secretos’ es un título un tanto engañoso, infiel a su homólogo anglosajón. La historia de Todd Field y Tom Perrotta se mueve en el mundo de los niños, de la infancia. Sin embargo, no es un retrato de ellos en sí mismo. Más bien, se centra en lo que rodea a éstos. Se centra en los papás que llevan a pasear a los niños. En los juegos secretos que éstos llevan consigo. Se centra en un enfermo, un pedófilo obsesionado con la niñez. También en un tipo que arrebató la vida a un muchacho, marcando su existencia con un toque de amargura crónica.

Es una historia lenta, cocida a fuego lento. Resaltar de ella la aventura amorosa entre Kate Winslet y Patrick Wilson, pues ésta desprende credibilidad, sensualidad, morbosidad. Magnífica, como siempre, la interpretación de Winslet en el papel de esa mujer que recuerda a Madame Bovary. No menos brillante está Jennifer Connelly en el papel de esa leona agazapada que controla, dentro de los riegos, la situación matrimonial. Magistral, también, la interpretación brindada por Jackie Earle Haley (de lo mejor del film), quien rezuma realismo cada vez que se pone el disfraz de pedófilo. En definitiva, ‘Little Children’ es una película íntima, poseedora de unas historias entrelazadas muy particulares que permiten exhibirse en su faceta interpretativa a gran parte del reparto, atrayendo consigo la atención del espectador, quien se embarga entre la lujuria, el amor, la desesperación, el desgarro, la melancolía o el sentimentalismo que marca el sentir de este film. Más que buena.

‘The reader’. Libros, sexo y secretos.

Daldry ha tomado la cámara en esta ocasión para dar una nueva visión acerca del holocausto judío, llevando a la pantalla la novela, El lector, escrita por Bernard Schlink. En su aparente simplicidad, El lector se revela como una cinta de múltiples lecturas y de una complejidad exquisitamente elaborada. La película transcurre en Berlín. Un hombre maduro empieza a recordar su juventud. En sus recuerdos se aparece una mañana gris en el interior de un tranvía. No lo soporta más y se baja. Está enfermo, débil, pero una bella mujer acude a socorrerlo. Pasado el tiempo, el muchacho decide agradecerle el gesto humano que tuvo con él. Aquí comienza una historia cargada de amor para el joven Michael. Un amor casi obsesivo el que siente por Hanna Schmitz. Un amor que transcurre entre tardes llenas de libros, sexo y secretos. Un amor entre un quinceañero que pierde su juventud y una mujer madura que parece ya tenerlo todo perdido.

Años más tarde, el joven Michael choca de frente contra la terrible realidad. Un hecho traumático que le marcará de por vida: el juicio en contra de las celadoras del demonio. Aquellas que ayudaron a exterminar al pueblo judío. Entre ellas está Hanna. Siendo ella la única que habla de lo que realmente ocurrió, el resto de sus compañeras verdugo deciden inculparla injustamente a ella como la mayor responsable. Hanna debido a su terrible complejidad, asiente. Michael, pese a ser sabedor de la verdad, asiente. ¿Por qué Hanna no dice la verdad? y ¿por qué no testifica a su favor su amado Michael?.

The Reader es, en definitiva, una historia de soledades. La soledad de una mujer que jamás entendió lo ocurrido. Una mujer acomplejada por sus limitaciones que se lanzó, casi por obligación, a la maquinaria nazi. Una mujer que sólo quería que le leyeran. Una mujer inconsolable por su pasado. Una mujer que siempre vivirá como alma en pena, repleta de secretos y silencios por sus trágicas limitaciones, las cuales provocaron su marcha hacia el holocausto. El día que conoce a Michael, la soledad de Hanna también se apoderará de él. Un muchacho que nunca supo superar aquel trauma juvenil. Un muchacho que siempre amó a Hanna. Un muchacho, que en el interior de su soledad, siempre leyó para ella.

Votación | 3/5

‘Revolutionary Road’. Anatomía de un matrimonio.

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Revolutionary Road es un film dirigido por el aclamado Sam Mendes, director teatral en su día y padre de grandes obras de la cinematografía reciente como American Beauty o Camino a la perdición. En esta ocasión, Mendes se ha encargado de llevar a la gran pantalla una novela titulada con el mismo nombre, escrita por Peter Yates en 1961 y alabada por la crítica en su momento. Yo aún no he tenido el placer de leerla, pero sólo con ser la mitad de buena de lo que lo es el film, ya valdría la pena su búsqueda por las librerías de Valencia, pues su vigencia del tema tratado continúa siendo igual de fuerte 50 años después de su publicación.

El film comienza con dos jóvenes que se acaban de conocer en un baile. Él es Frank, interpretado por Leonardo DiCaprio. Ella es April, interpretada maravillosamente por Kate Winslet. Tras este encuentro invocado por el mismísimo Cupido, comienza el devenir de la película. Ésta pareja de jóvenes veinteañeros tienen una gran cantidad de sueños y toda una vida por delante para materializarlos. Frank tiene claro que nunca seguirá el camino de su padre, un buen hombre que desaprovechó la vida trabajando y trabajando para una compañía. Kate, por su parte, siempre ha querido ser actriz y viajar a lo largo y ancho del mundo. Es una persona activa y muy fuerte que tiene claro que luchará por sus sueños.

Diez años más tarde, nos encontramos con una pareja establecida a las afueras de Connecticut. Frank ha seguido el camino de su padre. Trabaja para la misma compañía, tiene un matrimonio ‘feliz’ con su amada April, un par de hijos a los que quiere mucho, ha comprado una casa y un coche, y en sus ratos libres le es infiel a su mujer con una compañera de trabajo. April es una mujer amargada e insatisfecha (sus dos amantes son precoces, curioso). No ha tenido suerte en el mundo artístico, y no ha podido viajar más allá de la urbanización de Connecticut en la que vive. Ambos se han convertido en el típico matrimonio de clase media americano.

He aquí, en este punto, cuando surge la gran disyuntiva a la que se enfrentarán los dos protagonistas: ¿qué hemos hecho con nuestras vidas?, ¿por qué no son como las soñábamos a los 20?, ¿somos capaces de cambiar esta situación?.

Revolutionary Road es, por encima de todo, un relato de la frustración que viven muchas parejas a causa de la búsqueda de ese ‘sueño americano’, o dicho sea mejor, del sueño occidental. Es decir, aquel sueño en el que los objetivos principales son acomodar la cabeza, tener una casita bonita (cuánto más grande mejor), unos cuántos hijos y un trabajo serio y extremadamente aburrido en el que no encuentres satisfacción alguna. Todo ello con un trasfondo cargado de simbolismo capitalista en el que todo debe estar orientado a mejorar la posición que heredaste mediante una carrera en la que lo importante es convertir tu logro en el fracaso del próximo, representado, esto, magníficamente también por el director a través de unos extraordinarios secundarios como Kathy Bates y Michael Shannon (un ‘loco’ no tan alejado de la realidad) o los vecinos con los que Frank y April mantienen una ‘amistad’ (una amistad basada en la avaricia y en la rivalidad, o sino que se lo digan a Frank).

Sam Mendes ha retratado una derrota. Una cruenta guerra ambientada en el día a día de cualquier pareja occidental. Un conflicto en el que no hay buenos ni malos. No hay ganadores. Sólo perdedores. Pues no es fácil intentar vivir a contracorriente. A contracorriente de un sueño contra el que nos es difícil luchar.

Votación | 4/5