‘The fugitive’. Trepidante pulso.

Vaya por delante que me parece una auténtica exageración que esta película estuviera entre las cinco nominaciones que antaño, allá por el 93, concedía la Academia de Hollywood. Por tanto, reconocimiento a la magna labor de persuasión ejercida por  los distribuidores y productores de este film en la carrera cinematográfica más dorada. 

Dicho esto, entramos a desmenuzar ‘El fugitivo’. Todo se centra en Richard Kimble, un cirujano al que la vida le sonríe. Felizmente emparejado, una vida social exitosa, profesionalmente reconocido y con la cartera repleta de billetes. Sin embargo, todo dará un vuelco cuando alguien decida quitarle la vida a su mujer. Tremenda catástrofe, a lo que se sumará la patán investigación policial que, cómo no, apuntará su dedo inquisidor en dirección a las barbas del apuesto Harrison Ford. Así pues, al pobre y desgraciado Kimble no le quedará otro remedio que hacerse fugitivo con tal de tratar de probar su inocencia por la vía de buscar al verdadero asesino, un tipo con brazo ortopédico. ¿El principal problema? Un fantástico Tommy Lee Jones, quien da vida al detective Samuel Gerald, un cazador de prófugos de ensueño. 

La lucha entre cazador y presa, esto es Tommy Lee Jones y Harrison Ford, es el punto fuerte del film. Una tensa y trepidante carrera que hará las delicias de los amantes del buen cine de acción. Esto se combinará con una intriga ramplona y mediocre en torno al esclarecimiento del crimen originario. De un modo u otro, la historia combina distintos elementos con la virtud de conseguir un cocktail tan frenético como adrenalínico.

En definitiva, buena película de acción que encuentra su motor de combustión en una intriga de sobremesa. Un cartel repleto de caras conocidas, donde brilla, como ya se ha dicho, un sensacional Tommy Lee Jones (ganó el Oscar a actor secundario), que se adentra en la revitalizante tarea de plasmar en la gran pantalla las desventuras de los personajes de la mítica serie acaecida en los años sesenta. Todo bajo la rutinaria batuta de Andrew Davis, a quien, no obstante, cabe reconocerle buenas dotes para las escenas de acción. Repetirían fórmula, ahora ya sin el apuesto Harrison Ford y cambiando dirección, cinco años después con U.S. Marshals.

7/10

‘The big Lebowski’. Unas greñas de más, un ruso blanco y una bata pordiosera.

El Nota es feliz. Su vida deambula plácidamente entre rusos blancos, partidas de bolos y conversaciones con sus mejores amigos. Sin embargo, se topará, un mal día, con un par de matones en su propia casa. Éstos, le confundirán con otro Lebowski, un tipo influyente y adinerado. Aunque eso al Nota le será indiferente, pues lo que realmente le tocará la moral será presenciar como adornan su alfombra con una buena meada.

Es la premisa de la que parte esta disparatada historia. Una delicia extraída de las entrañas de esas ingeniosas, mordaces y chispeantes mentes que caracterizan a la pareja de hermanos más prolífica que ha dado el cine en las últimas décadas, los Coen. Los diálogos, marca de la casa, son el punto fuerte de esta divertida comedia, una ácida y satírica caricatura de la vida norteamericana. Todo termina desembocando en unas situaciones tan estrambóticas como placenteras. Un humor negro de calidad enclavado en un contexto (historia) del todo hilarante, pero cuyo peso reposa en unos personajes paridos en estado de gracia.

En fin, un lujo. Al mítico Nota, únanle, gusto personal, al trastornado Walter Sobchak, un tipo que, entre otras cosas, reduce toda su rutina (incluido tomar un café) a Vietnam, y encontrarán así a uno de los dúos más carismáticos de la década de los noventa.  

8.5/10

‘I’m not there’. Bob Dylan.

Pieza original donde las haya. No busquen aquí el típico biopic en el que la sucesión de hechos y el relato de la vida sigue un orden cronológico y temático coherente, ordenado y fácilmente comprensible. Esto puede ser bueno o malo.

Es decir, para quien no sea un amante feroz de la vida y obra de Dylan, creo sinceramente que ‘I’m not there’ no es su película. Está hecha para ser saboreada con gusto por los paladares más dylanianos. Yo, aún siendo admirador y seguidor de su música, reconozco que no llego a tal categoría. Por tanto, le sobra cierto fetichismo a este producto.

Con todo, el visionado es placentero. Película transgresora, discontinua y, en cierto modo, abstracta, de interpretación libre, y cuya narración está basada en las historias a las que han dado pie las letras, portadas, anécdotas y demás curiosite del emblemático cantante. Un lujo muy personal el aquí manufacturado por Todd Haynes, que además nos deja unas interpretaciones de altura.

7/10 

‘The hand that rocks the cradle’. Muy de sobremesa.

Todavía sigo sin explicarme, después de haberme tragado ‘La mano que mece la cuna (1992), como Curtis Hanson, un tipo de notable reputación cinematográfica, aceptó el encargo de dirigir un bodrio tal como el que aquí comentamos.

No hay nada salvable en esta cinta, a excepción del felino sex-appeal de Rebecca de Mornay. Quiero decir, me sorprende que un guión tan rutinario, tan de sobremesa, tan previsible, tan hueco, fuese acogido con agrado por parte del gran público y, más aún, lograra poner en nómina, como ya he dicho, a gente con cierto caché (y prestigio) dentro del mundillo hollywoodense.

La idea central del film es del todo acaparadora, pues acaba hastiándonos la supuesta astucia maquiavélica de la angelical niñera. Todo acaba siendo muy redundante, puesto que de los ciento diez minutos de duración, cien son destinados a exhibir las jugarretas, previsibles con un siglo de antelación, de la Mornay, guardando los otros diez para el lucimiento, en la degeneración máxima del happy-end, de un retardado en el papel, postizo y forzado, de héroe. Floja cinta que nos hunder el paladar con el rancio sabor del telefilm. 

4/10

‘The kids are all right’. Collage sentimental.

Vale, partimos de que la idea inicial del film está cogida un tanto con alfileres. Es decir, no juzgo la idea del hogar homosexual, pues faltaría más. Pero sí que un par de jovenzuelos decidan conocer, atención, al pringao que donó esperma en su día y gracias al cual sus mamás pudieron concebirlos. También juzgo que el pringao en cuestión diga “si” con una sonrisa de oreja a oreja a la fría pregunta de la clínica (“¿Le gustaría conocer a lo que salió de su esperma?”, no es textual). Lo dicho, cogidito con alfileres.

Bien. Exceptuando que busca la transgresión descarada desde el primer momento, lo cierto es que ‘The kids are all right’ es una película gustosa de ver. No quita eso de que, pese a todo, rebose irregularidad por los cuatro costados. El matrimonio, interpretado por unas excepcionales Julianne Moore y Annette Bening, es perfilado con gran habilidad, haciéndonos partícipes del desplome de la estabilidad cartesiana buscada y lograda por Nic, así como de la crisis emocional que ocasionará entre nuestras protagonistas la entrada en su vida de Paul, el padre esperman, a quien da vida un sensacional Mark Ruffalo. A éste, Lisa Cholodenko, también lo trazará con esmero, relatando su grisácea existencia, el colorido de su nuevo rol y lo arriesgado de su affaire (Jules), apostándolo todo en ello, aún a riesgo de perder.

El fresco de historias personales, con luchas y batallas continuas en el interior de cada uno de los personajes, se complementará con los dos hijos, interpretados por Mia Wasikowska y Josh Hutcherson. Es el punto más flojo del film, pues cuesta conectar con la personalidad del chaval, no causando gran empatía tampoco élla. Con todo se nos queda un buen collage de sentimientos y emociones urbanas, pintado sobre un singular caso (matrimonio lésbico+padre solitario), que nos deja un regusto agridulce, aunque sintiendo esa pizca necesaria de humanidad.

‘Boogie nights’. 33 centímetros, patines y un PT Anderson en estado de gracia.

Eddie trabaja de camarero en una disco de Los Angeles. Rápidamente le echa el ojo Jack Horner, director de cine porno, quien le propondrá un papel en una de sus películas, una incursión en el mundo del cine pornográfico que valdrá, a su vez, para que el espectador contemple el fresco de sexo, cine, drogas y amargura, pintado (con un toque colorido al final), de manera magistral, por Paul Thomas Anderson.

‘Boogie nights’ es Rollergirl (Heather Graham), es Amber Weaves (Julianne Moore), es Buck (Don Cheadle), es Jack Horner (Burt Reynolds), es Maurice (Luis Guzmán), es Reed (John C. Reilly),  es Scotty (Seymour Hoffman), es Little Bill (William H. Macy) o Becky (Nicole Ari Parker). También es el Coronel, Jack o Dirk Diggler. Todos ellos, los personajes, encajan dentro de un guión brutal. Una maravilla que nos regala una historia cargada de alegría, tristeza, amargura, locura, derrota, nostalgia y qué se yo de más sensaciones. Todo de una manera fluida (sin indirectas). El remate de la película es Mark Wahlberg, pero PT Anderson no se olvida de los secundarios, brindando una historia “coral” que, en su conjunto, es completa. Es cine puro, auténtico. Dos horas y media para dejarse llevar por los rincones de una industria cinematográfica que da mucho juego, al calor del sol californiano. Obra maestra.

‘Misteriosa obsesión’. Enrevesada.

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Desde primera hora sabes que no estás ante el peliculón de tus sueños. Sin embargo, la cosa tampoco echa para atrás. Parece que tenemos ante nosotros un cine comercial de cierta calidad, decente. Hay que decir en su favor (lo negativo viene en spoiler) que en todo momento te mantiene intrigado y expectante, pese a lo absurdo del guión.

‘Misteriosa obsesión’ por lo enrevesada que es, puede llegar a tener diversas lecturas. La primera es simplemente que todo es fruto de la locura de Julianne Moore. La tía está loca, ha perdido a su hijo y no hay manera de olvidarlo. Y que no lo olvida. No hay más. Ese seria el argumento de la peli, según esta lectura. El final lo corroboraría.

Luego está aquélla que reflexiona. Una reflexión acerca de lo manipulables que somos, cómo controlan nuestras vidas, y la importancia de los recuerdos en nuestras vidas. Algo así como Blade Runner en versión muy descafeinada.

Por último, nos podemos decantar por la tercera vía, con la que yo me quedo, la del absurdo. Es decir, que esto no es más que un truño made in USA que nos han plantado en la puerta de casa. Primero tendríamos a la Moore y a la humanidad entera recordando hasta en la sopa a su niñito. Luego, de repente, todo el mundo la toma por loca y le pregunta que quién es ese niño del que habla. Por último, y para rematar la faena, aparecen los golpes de viento cepillándose a la gente y los alienígenas atemorizando a los humanos. Cómo no, para finalizar nos deleitaran con un final feliz en el que la mamá y el niñito jugarán y sonreirán en el parque.

En conclusión, ¿alguien ha conseguido entender el por qué de esta gilipollez? y ¿por qué pronuncian la palabra “niño” hasta la saciedad?. Más importante aún, ¿por qué Julianne?.