‘Toy story 2’. El dilema de Woody (Aventuras en la gran ciudad).

Segunda entrega de la saga Toy Story que nos transportaba, en esta ocasión, a una nueva aventura en la que poner a prueba conceptos tan toystoryanos como la amistad, la lealtad y la camaradería. El resultado de la misma es sensacional, impregnándonos nuevamente del carisma de esos juguetitos, volviendo a disfrutar gracias a esta repetida pero mágica y grandiosa fórmula que tenían guardada en su chistera John Lasseter y la Pixar.

Historia que ahonda, principalmente, en el personaje de Woody, nuestro entrañable sheriff, quién, tras descubrir su pasado, conocer su presente y meditar su futuro, deberá decidir si marcharse a un museo de Tokio con sus amigos del Rodeo (nuevos personajes en la secuela), o volver a casa con Andy, a sabiendas de que a éste ya le quedan pocos años de niñez. A este nudo principal le acompañará una serie de aventuras por la gran ciudad del resto de nuestros amigos (Buzz, Potato, Rex, Slinky y los marcianitos) en busca de rescatar a uno de los suyos, a Woody. En definitiva, trepidantes aventuras al ritmo de un guión ágil, divertido y chisposo que hace nacer en nosotros una empatía especial hacia esos muñequitos tan simpáticos, levantando entre nosotros un ánimo de complicidad ciertamente conseguido. La receta mágica de la primera entrega se repite de nuevo (aunque puede que sea la más “floja” de la trilogía).

‘Toy story’. Marcó una época.

En 1995, la Pixar decidía revolucionar el mundo de la animación en el cine gracias a ‘Toy Story’, una película que pasaría a los anales de la historia por ser la primera en ser rodada vía digitalización. Pero además de la transgresora puesta en escena, la cinta de John Lasseter suponía una delicia para los espectadores más jóvenes, gracias a esas aventuras de unos compañeros tan fieles como sufridos, nuestros queridos juguetes.

Y es que en esta historia… ¡los juguetes cobran vida! Es decir, el sueño de todo niño se hacía realidad, encandilándonos por aquel entonces con los riesgos y aventuras que conllevaban para Woody y nuestros amigos una fiesta de cumpleaños (introducción al film), la salida al mundo exterior y sus peligros (la acción principal, cuando Buzz toma conciencia de lo que es), o la mudanza y la inolvidable carrera final (un grandioso colofón). La piedra angular de la historia no es otra que esa cosa llamada amistad. La amistad como motor de combustión. La amistad incipiente entre Woody y Buzz, desde sus enfrentamientos iniciales hasta su posterior hermanamiento. La amistad pegadiza a la que evocaba el popular estribillo “hay un amigo en mí”. Una amistad plagada de camaradería entre todos los juguetes. Y una amistad trasladada todavía a un escalón por encima, la de los juguetes hacia los niños, y viceversa, inmortalizado ello en una suela grabada con el nombre de Andy.

Woody, Buzz, Mr. Potato, Slinky dog, Rex, el Cerdo o la pastora Betty eran los protagonistas de una historia que ensalzaba a ese mágico mundo en el que todos hemos vivido, el mundo de los juguetes. Una historia que supone una guía de buen comportamiento por parte de los niños hacia los adorables muñequitos, contraponiendo las dos caras de la moneda, a través del bondadoso Andy y del malévolo Sid. En definitiva, maravillosa historia que suponía el inicio de una saga que volaría… ¡hasta el infinito y más allá!

‘Cars’. Cura de humildad.

Cuando uno tiene entre manos un producto de la factoría Pixar, siente esa sensación de seguridad, esa sensación de saber que estamos ante algo bueno, ante algo que no va a defraudar las expectativas creadas antes del visionado.

Esa sensación es la que se ha tenido desde el estreno allá por 1995 de Toy Story. Siempre, los chicos de la Pixar, colmaron las expectativas. Toy Story 2 (1997), Monstruos S.A. (2001), Buscando a Nemo (2003), Los increíbles (2004), Ratatouille (2007) y, la última joya de la corona, Wall·E (2008). 

Es la sensación que se repetía ante Cars (2005), el único producto Pixar que aún no había visionado. Y, una vez más, se cumplió. No es exagerado decir que el mejor sinónimo de calidad en el cine de hoy es la Pixar, al igual que las producciones HBO en el mundo de las series. También entre tanta basura producida anualmente en Hollywood, encontramos algun reducto paradisíaco. Lo mismo en el cine europeo y, en consecuencia, en el nacional (aquí con más escasez). Pero nadie asegura con ese alto grado de seguridad y calidad lo que aseguran la Pixar y HBO. Hasta el momento no han fallado.

En esta ocasión, John Lasseter, padre de Toy Story, se rodea de chatarra, de coches deportivos, latas de aceite, tanques de gasolina, neumáticos y carreras para encaminarse hacia una aventura que conducirá a Rayo McQueen, un emergente bolido con fama y carisma, a un pueblo olvidado en medio del desierto estadounidense.

McQueen, divo del mundo del automóvil, es un coche egoísta y prepotente. Su vanidad le ha hecho tener como único amigo a sí mismo. No cuenta con nadie a su lado a excepción de su interesado, nunca mejor dicho, agente.

Un desvío infortunado hacia la ruta 66 le hará toparse con toda una serie de personajes que le descubrirán otra cara muy distinta del mundo. Una cara marcada por el olvido, por la caída, por el regocijo en los buenos tiempos del pasado para marchitar el mediocre presente. McQueen recibirá una auténtica cura de humildad.

Ese lado vanidoso, individualista y egoísta que sólo piensa en yo, y en nadie más que yo combatirá contra el colectivo. Un colectivo materializado por un pueblo borrado de los mapas por una autopista, y por la galería de habitantes que allí residen, en especial, un auténtico campeón de carreras. Le recordarán que no todo en la vida son flashes de fotos, cámaras de televisión, dinero, fama y “amigos” especiales. Detrás de todo ello, de todo ese faranduleo, detrás de la nueva cultura en general, la cultura de la velocidad, de las grandes autopistas, de las estrellas mediáticas, de la velocidad y el tiempo, del marketing, del mundo de la imágen, detrás de todo ello siempre queda el olvido. Un ascenso fulgurante va acompañado de una caída en picado.

‘Cars’ es un canto a la humildad. A ese lazo de unión que remarca el colectivo por encima de lo individual. Es un alegato a la solidaridad. ¿Por qué, si tu fueras borrado del mapa, como te sentirías?.

7.5/10