American psycho (2000)

american-psycho-christian-baleDirección: Mary Harris
Guion:
 Mary Harris / Guinevere Turner (Bret Easton Ellis)

Producción: Lions Gate
Fotografía: Andrzej Sekula
Música: John Cale
Montaje: Andrew Marcus
Reparto: Christian Bale / Reese Whiterspoon / Jared Leto / Willem Dafoe / Josh Lucas / Samantha Mathis
Duración: 106 min
País: Estados Unidos

Hacía ya un tiempo que había visto American psycho. De hecho, desde su estreno, es una cinta a la que le he dado unos tres o cuatro vistazos. Y todavía no sé el porqué, pero, de repente, ayer me apetecía volver a verla. Es de ese tipo de historias que, de tanto en tanto, vuelven a asaltarle a uno. Y tampoco sé el porqué, pero cada vez que veo de nuevo este relato, me gusta más. 

Basada en la celebérrima novela de Bret Easton Ellis, la historia centra su atención en Patrick Bateman. Este último es, por decirlo bien a las claras, un yuppie. Vive bien, rodeado de lujos y caprichos. El fasto inunda su día a día. Tiene todo lo que quiere… y cuando quiere. Pero, ¡vaya!, hay veces que no consigue reservar cena en el restaurante de moda de Nueva York. Otras, las más puñeteras, sus compañeros yuppies, todos ellos bien engominados y trajeados, le superan en el refinado arte de… lucir tarjeta de presentación. Qué cruel y desoladora es la vida para Patrick Bateman. El materialismo ha carcomido hasta el último de sus huesos. Ni siquiera es uno de esos hipócritas filántropos multimillonarios. A él, su cuerpo, solo le pide sexo y violencia. Es la psicosis que encumbra a esta historia.

La cineasta Mary Harron es una caso muy atípico en esto del cine, pues consiguió trasladar el material literario de una manera formidable a la gran pantalla, pero disipándose poco después en el olvido. Ella escribió el guion (en compañía de otra mujer, Guinevere Turner) y dirigió la película. Todo le quedó muy bien, sin embargo no ha dado con ningún proyecto atractivo después de este film. Su nombre, por tanto, quedará vinculado para siempre junto al de esta película. Si bien no estamos ante una obra perfecta, sí hallamos en ella una formidable narración, cargada de mala sangre y espíritu crítico. En ella se destripan las entrañas de uno de esos miserables que reinan, y han reinado, durante los últimos decenios. Es el mundo de las finanzas, de los altos ejecutivos. Un universo al que Oliver Stone ya se había acercado de una forma notable gracias a Wall street (1987) y al que ha terminado de rematar recientemente con excelencia el dúo formado por Terence Winter y Martin Scorsese en The wolf of Wall street (2013). Personalmente, a mí me gustan este tipo de enfoques. ¿Por qué siempre centrarse en la pobreza, en el desgraciado? ¿Por qué tanto estudiar soluciones a los males de estos? Aquí, en cambio, se reformula este planteamiento. Miremos al rico, al adinerado. Analicémoslo. Y pongamos, ya de paso, el punto crítico a todo ello.

La clave de bóveda del film no es otra que Christian Bale, sobresaliente actor. Curioso es, según cuentan las malas lenguas, que el británico entrara en el cartel sustituyendo a Leonardo DiCaprio, quien se había negado a aceptar una interpretación que le podía brindar cierta mala reputación (personaje misógino, narcisista, violento) en el mundillo hollywoodense. Error, en todo caso, al que DiCaprio ha dado arreglo con el tiempo al interpretar a Jordan Belfort, primo hermano por decirlo de alguna forma de Patrick Bateman. Son dos interpretaciones dignas de toda alabanza. Centrándonos en Christian Bale, este interioriza cada uno de los maníacos rasgos de su personaje: el orden, la higiene, el cuidado físico. La imagen, en definitiva. Todas sus obsesiones son plasmadas con naturalidad, de una manera absolutamente creíble. Las alucinaciones, el punto reminiscente a las figuras de Ed Gein y Ted Bundy, además, son un auténtico regalo. Es el valor añadido, el punto diferencial. No existe el histrionismo en este actor, uno no percibe nada artificial en su expresión. Y eso, para un personaje como el que aquí corresponde interpretar, es una maravilla.

Me fascinan la escenas de un hombre corriendo en soledad, agitado e histérico, entre las calles que albergan a esos colosales rascacielos. Un vacío existencial y un desarraigo moral dañino para los sentidos. Así, American psycho es un mordaz alegato, una obra de obligada revisión que define un tiempo histórico muy concreto. En ella se disecciona con minuciosidad una forma de vida. Y sí, tiene un punto escabroso, quizás algo forzado buscando esa llamativa transgresión a través de ciertas situaciones “delicadas”. Sin embargo, siempre me quedaré, elección personal, con la divertidísima escena de las tarjetas de presentación. Un monumento de película.     

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Qué decir sobre… «Dallas buyers club» (2013)

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Dirección: Jean-Marc Vallée

Guión: Craig Borten, Melisa Wallack

Fotografía: Yves Bélanger

Música: Alexandra Stréliski

Montaje: Martin Prensa, Jean-Marc Vallée

Reparto: Matthew McConaughey, Jennifer Garner, Jared Leto, Steve Zahn, Griffin Dunne

Un nombre en especial sirve como reclamo de esta cinta. Hablamos, cómo no, de Matthew McConaughey, uno de los actores de moda en la actualidad. Si bien muchas veces se le ha colgado el cartel de “ramplón”, lo cierto es que la madurez le ha sentado muy bien a un artista que, no obstante, ha realizado recientemente varios derroches en vano en películas como Killer Joe (2011) o The paperboy (2012). En Mud (2012), en cambio, está formidable. En cualquier caso, desde bien joven ha demostrado ser un artista notable (a la par que minusvalorado), y ahí está su extensa filmografía para atestiguarlo.

A lo que vamos, Dallas buyers club (2013) me parece una buena película. Destaca principalmente, como hemos dicho, por el nivel interpretativo que nos expone. El coloso es McConaughey, quien realiza una inmersión total y absoluta en su personaje, Woodroof. No es fácil ponerse en el pellejo de un estoico luchador, de un enfermo de sida, de un vaquero desamparado. Físicamente el actor arriesga, increíble su mutación. Interioriza, además, el volcán que acompaña a su personaje y le da un punto, entre sentimental y épico, que bien le hace merecedor de los reconocimientos que está obteniendo.

No lejos de él encontramos al polifacético Jared Leto, un tipo al que tenía -no sé muy bien el porqué- un tanto atragantado, pero frente al que no me queda más remedio que quitarme el sombrero. Puede que sea, aunque en el escalafón de secundario, la mejor interpretación masculina (paradoja total) de la temporada. La situación que vive es dura, desgarradora. Y lo humaniza con naturalidad, clarificando una emotividad difícil de transmitir.

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Pero oye, no solo hay actores en esta cinta. También tenemos una historia resultona cuyo punto de mira se centra en el VIH. Así, la película arrastra consigo no solo la terrible condena de vivir junto a esta asquerosa compañía, sino que también pone sobre el tapete aspectos como las miserias morales del negocio farmacéutico, la ética en la medicina y una especie de pillería vitalista en la que brillan con luz propia nuestros protagonistas.

En resumen, el canadiense Jean-Marc Vallée ha conseguido componer un notable relato que cautiva nuestra atención. Le falta a la historia, eso sí, un punto más de grandeza y ambición. En todo caso (y como idea básica), destacar la buena labor del cineasta para explotar las cualidades interpretativas de sus actores. Lo dicho, buena película.

7.5/10              

‘Panic room’. Un ejercicio de tensión.

La intrigante pluma de Koepp y la clase narrativa de Fincher se dan de la mano para forjar este notable thriller. Impagable combinación, propia, eso sí, del cineasta de Denver, un tipo que elige minuciosamente los proyectos en los que se embarca, rodeándose siempre de profesionales del más alto nivel. Énfasis especial en el guionista. ¿De dónde proviene esta historia? ¿Quién la firma? Inestimable virtud, sin duda. 

A David Koepp le basta una mudanza, tres cacos y una familia rota para vislumbrar un artefacto del todo incendiario que puesto en las manos del maestro David Fincher da como resultado, no podía ser de otra manera, un ejercicio milimétrico de tensión. A un peso pesado de la actuación como es Jodie Foster, en compañía de una jovencísima Kristen Stewart, les tocará batalla durante una antipática noche neoyorquina contra la maléfica aparición de Whitaker y sus colegas. 

Inquietante desde su acto fundacional, ‘Panic room’ consigue sembrar terror por doquier, administrando metódicamente esa ingrata sensación de angustia en la azotea del espectador. Una pesadilla urbana con vocación de turbar nuestras existencias durante un período de tiempo que no excede las dos horas de duración. Que lo disfruten.

7.5/10 

‘Urban legend’. Mitos, leyendas y terror.

Bien, eran los noventa y Hollywood encontró el filón en el renacido género del slasher. En esta ocasión, le tocaba el turno a ‘Leyenda urbana’. Cinta repleta de mitos, misterios y, sobre todo, jóvenes aterrorizados.

El director, Jamie Blanks, nos servía un prólogo impactante, tenso. Buen inicio, sin duda. La factura técnica era intachable, y ¿la historia? Pues lo de siempre, un asesino en serie merodeando por un campus universitario. Caras jóvenes, y asustadizas. La narración va perdiendo tensión conforme avanzan los minutos, decayendo así, poco a poco, el interés del espectador. Todo es contado con oficio, aunque con cierto aire rutinario.  

Después de ‘Scream’ (1996), ‘Sé lo que hicisteis el último verano’ (1997) y ‘Scream 2’ (1997), la cosecha del 98 nos dejaba, junto a ‘The faculty’, esta correcta cinta. A los devotos del género gustará, aunque sin excesivo entusiasmo, pues disminuye el nivel respecto a las cintas mentadas que la precedían. En fin, correcta. Imprescindibles las palomitas, y se ve mejor con luz tenue. 

6/10

‘Réquiem por un sueño’. Yonquis.

Sara Goldfarb tiene un sueño. Su sueño es ir a la televisión. Una llamada de un estafante de tres al cuarto así se lo hará creer. Gracias a ese sueño podra evadirse de su triste existencia. Tendrá que ponerse de gala para acudir al plató, volviendo a engalanarse con aquel vestido rojo que tanto le gusta. Pero ha cogido peso y ya no le entra. Tendrá que adelgazar, visitar a un nutricionista que le quite ese kilitos de más. La receta: drogas legales. Ya forma parte del club, es yonqui.

Marion tiene un sueño. Su sueño es ser modista, crear su propia marca. Dibuja, maqueta, cose. De verás cree que triunfará en ese negocio. Además, cuenta con la ayuda de su novio, del que está profundamente enamorada. Sin embargo, tiene un problema: ella y su novio son yonquis.

Harry y Tyrone tienen un sueño. Su sueño es colocarse en las esquinas, empezar a traficar y hacer dinero. Con ese dinero que ganarán, cogerán mercancía pura. Es el camino directo a la gloria. Dejarán de ser unos pringados cuando todo vaya rodado. Harry podrá así visitar más asiduamente a su madre. También dedicará todas sus energías para su gran amor: Marion. No obstante, tienen un problema: no tienen dinero, el negocio de la droga es altamente inestable y, principalmente, son yonquis.

Película que habla de sueños rotos, sueños desvanecidos. Sueños que se van a través de una aguja, a través de unas pastillas, a través de unas rayas. La droga los echó a perder. Carcomió sus vidas, se las fue arrebantando poco a poco, casi sin que se dieran cuenta. Cayeron al foso y difícilmente podrán salir.  Una película dura, impactante. Cuando he terminado de verla, he quedado descolocado. Te rompe.

Con tal hostiazo recibido, a uno casi se le pasan por alto los aspectos técnicos o artísticos del film (para mí, aquí eso es lo de menos). La moderna y, a ratos, cargante puesta en escena de Aronofsky te pide a gritos que dejes de ver el film. No obstante, tozudo yo, aguanto. Aguanto hasta el final (menos mal). Aguanto porque la Connelly lo borda. Aguanto porque también lo borda Ellen Burstyn. Aguanto porque quiero saber cómo acabará la aventura de Wayans y Leto. Aguanto porque es un film que retrata ciertos puntos negros de nuestra sociedad (TV, soledad, depresión, etc.). Aguanto porque el ritmo in crescendo del film te va encadilando, cambiando tu parecer en torno a la cuestión de darle al stop. Una película en la que el plato fuerte, historia aparte, es el papel de las mujeres: sensacionales ambas dos. Nada más.