‘Super 8’. Valor añadido.

En busca de aire fresco, evadiéndome del sofocante calor de la calle, acudí (como buen feligrés) a una sala de cine cualquiera de la ciudad. Allí, pretendía oxigenar mis pulmones y cocotera. La entrada, con tal de cumplir aquélla misión, ya hacía tiempo que tenía nombre y apellidos: Super 8. El resultado no podía ser más satisfactorio, y es que cuando uno acude plenamente virgen a una sala de cine, sin saber lo que allí va a encontrar, la impresión puede ser del todo extrema. O flipas, para bien, con lo presenciado, o puedes ir buscando la puerta de salida. Aquí fue la primera sensación, pasando ya el título de “Super 8” a la categoría de mítico: cuidadito, junten esta obra con la primera grabación de Los Planetas. Ahí es nada.

No es tarea fácil manufacturar una cinta del calibre de ‘Super 8’. De ahí, mi admiración instantánea. Veámos, el dúo mágico aquí reunido (J.J. Abrams & Steven Spielberg) consigue transportarnos, de nuevo, a los años 80. Jodido (o más bien, extraño) pero veraz. Sólo con el póster (con ese aire retro a ‘Blade runner’ o ‘Star wars’) ya nos enganchamos a tan nostálgica fórmula. A medio camino entre ‘Stand by me’ (1986), ‘The goonies’ (1985) y ‘E.T.’ (1982), esta cinta consigue combinar, de un modo extraordinario, una serie de historias simultáneas que concurren con el fin de depararnos una aventura que hará las delicias de los pequeños, y los no tan pequeños (cuidado con ciertas escenas inquietantes con alma lostie).

El motor de combustión de esta pueril historia de aventuras, no es otro que un sentido homenaje (ya desde el título) a ese formato cinematográfico tan de andar por casa, el mítico Super8. Todo comenzará cuando unos chiquillos, rodando una cinta cutre de zombies, presencien un accidente ferroviario. Será la chispa que encienda la mecha para flamear un cocktail cargado de amistad, inocencia, amores juveniles, aflicción, ternura, músculo, comicidad y, sobre todo, un inquietante misterio por resolver en forma de ferrocarril descarriado. Todo servido mediante un guión tan chispeante como ingenioso, con un humor muy atinado y un punch que te mantiene en estado de vilo durante los 110 minutos de su metraje comercial.

Tiene el “valor añadido” de haber sabido tocar bastantes palos (aventuras, terror, romance, drama, ciencia-ficción, intriga) y que haya sonado, de tal mezcla, una buena melodía. Es, sin duda alguna, la obra maestra de J.J. Abrams, un gran vendedor de humo que aquí sustituye éste por la calidad de un homenaje nostálgico a los dorados, cinematográficamente hablando, años ochenta.

8/10

‘Perdidos’. Hasta siempre.

Se acabó ‘Lost’. Una auténtica revolución dentro del mundo de las series de TV. Su andadura comenzó allá por 2004, y así hasta hoy. Se ha ganado entrar en el salón de las míticas, y se lo ha ganado a pulso por su gran capacidad adictiva para el espectador. Las incógnitas, peligros, aventuras y romances de todos sus personajes han sido el día a día de más de una tertulia, ya sea en la facultad, en la cafetería o pegados al teléfono.

Se admite que sus detractores la pongan patas abajo. Es liosa, si queréis hasta barata, en el sentido de engordar sin mucha justificación sus tramas. Puede que todo sea cierto, pero como buen lostie que soy, no se encajan. Para mí es una de esas joyas, cargada de imperfecciones, pues sí, pero que ha sabido mantenerme pegado al sofá durante sus 121 episodios, carcomiéndome por el devenir de los acontecimientos, sufriendo como un superviviente más de ese puñetero vuelo 815 de Oceanic, un vuelo que perdurará en mi memoria, con aroma nostálgico, al igual que esa isla tan misteriosa y atractiva perdidad en medio de la nada. Jack, Kate, Sawyer, Jin y Sun, Charlie, Hugo, Claire, Sayid, Michael, Linus, Desmond, Shannon, Juliet, Boone y tantos otros que nos amenizaron las veladas.

Spoiler

Del final poco que decir. A mí, personalmente, me gustó. Es cierto que deja muchas incógnitas en el aire (son tantas temporadas y episodios que si nos ponemos a rebuscar queda un mar de dudas sin resolver), pero es un final emotivo, sensible y bonito. Un final que le hace justicia a sus sufridos protagonistas, reunidos todos en un cielo de transmitible calidez, juntos después de haber luchado tanto y tanto por salir de esa isla, a la que, a la postre, toco proteger y defender. A más de uno se le caería la lagrimita viendo a Jack tumbado en ese campo de bambú, junto a Vincent, recordando el inicio de la serie. 

Todo resultó ser obra del hermano de Jacob, esa nube negra que siempre trató de borrar la isla y marcharse de ella. Pero Jacob tenía el encargo de su madre, de proteger la luz. Una luz de la que sería guardián, pero no por siempre, pues sabía que moriría más pronto que tarde. Por eso, trajo a la isla a todos nuestros supervivientes, para seleccionar al candidato idóneo (Jack, y Jack a Hugo). Luego vino lo que han sido seis temporadas frenéticas que han hecho que ‘Lost’ entre por la puerta grande en la historia de esa cosa llamada cine.