Chariots of fire (1981)

mpachariotsoffireposterDirección: Hugh Hudson
Guion:
 Colin Welland

Producción: 20th Century Fox
Fotografía: David Watkin
Música: Vangelis
Montaje: Terry Rawlings
Reparto: Ben Cross / Ian Charleson / Nicholas Farrell / Nigel Havers / Ian Holm
Duración: 124 min
País: Reino Unido

Cuando hablamos de Carros de fuego, hablamos de una cinta célebre. Es un relato apasionado, emotivo y… sí, muchos la tienen inscrita en esa particular lista donde cada cual coloca sus películas favoritas. No es mi caso, pues no es un historia que me haya marcado especialmente… salvo por una cosa. Es la excepción que toda regla tiene, y aquí adopta un nombre, un nombre de peso: Vangelis. Ya en la propia cabecera del film uno logra disfrutar de la maravillosa composición del músico griego. Es una partitura inolvidable que ayuda a enmarcar una escena, la protagonizada por el grupo de atletas británicos corriendo a lo largo de la playa, que forma parte de la historia del cine.

Se me hace raro comprobar que en 1981 la estatuilla al mejor film de la temporada fue a parar a manos de esta producción británica. Quizás, la del 81, sea una de las peores cosechas que uno pueda recordar, pues la terna de candidatas no era nada del otro mundo: El príncipe de la ciudad; Ragtime; En el estanque dorado; Rojos; La mujer del teniente francés… películas correctas todas ellas, como correcta es Chariots of fire, pero sin llegar a la excelencia por parte de ninguna. Entre todo ese amalgama de temáticas, terminó por imponerse una película deportiva, pero, como decimos, sin atisbar en ella la grandiosidad que, en líneas generales, acompaña a la ganadora de dicho galardón. 

No castiguemos, en todo caso, a este espléndido relato, pues uno no puede más que aplaudir al finalizar el recital brindado. Una película de remarcado espíritu deportivo que, sin tapujo alguno, desentraña una forma de vida, la del atleta. Aquí, idiosincrasia particular del film, se le añade el matiz británico, y lo hace a través de dos personajes concretos: Harold Abrahams y Eric Lidell. Ambos tienen el futuro en sus manos, uno es inglés y el otro, escocés. Tan solo tienen una meta, una ilusión: disputar, competir y vencer -en definitiva eso buscan, vencer- en los Juegos Olímpicos de París de 1924. El currículum académico y el futuro profesional están al margen. Dios, el Rey, la nación y sus propias ambiciones moldean, en un orden u otro, el carácter de ambos atletas. De esta manera, Colin Welland pincela los personajes desde el guion sin que la cosa le quede ni muy superficial ni muy elaborada. Es decir, un equilibrio bien resuelto en el que, gusto personal, me quedo con el personaje al que da vida tan meritoriamente Ian Charleson. 

Una película orquestada desde la emoción. El director, Hugh Hudson, realiza un decoroso homenaje a la perseverancia, a los sanos valores que acompañan al deporte y al hecho de cómo podemos encauzar nuestras metas a través del mismo. Así, apasiona la devota fe con la que Eric corre en cada entrenamiento, o la válvula de reconocimiento social que supone para Harold una medalla de oro. En un sentido u otro, y con cierto tono ambiguo, lo que aquí se expone es una digna referencia al mens sana in corpore sano. Todo ello bañado con la atemporal pompa británica. Una historia sentida en la que, conviene recalcarlo nuevamente, brilla con un fulgor especial la partitura de Vangelis.

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‘Le cinquième élément’. Cuando parecía que… se esfumó.

Luc Besson conseguía sacarse de la chistera, allá por el 97, una superproducción de fábula para destrozar las taquillas de media Europa. Producto singular y genuino, de talentosa factura técnica, desbordante reparto y cautivadora estética. Un pero: la historia.

Entretenida historia futurista que, no obstante, peca de ser excesivamente plana. Aunque los primeros treinta minutos son deslumbrantes, lo cierto es que va decreciendo en intensidad y pujanza. La sólida trama fantástica comienza a emblandecerse entre la algarabía y el enredo, notas que no necesariamente van aparejadas con la profundidad. Dónde había emoción y entusiasmo, comienza a aparecer el hastío y el bostezo una vez que las palomitas ya se han terminado. 

El gozo visual dura lo que dura. Cuando éste desaparece, sólo nos queda la pirotecnia estruendosa, la hiriente sobreactuación de Chris Tucker, la buena figura de Jovovich y el carisma, siempre presente, del idolatrado Bruce Willis. En fin, entretenimiento (sólo eso) de calidad.

6.5/10    

‘Alien’. El octavo pasajero.

En 1979, Ridley Scott emergía como un cineasta de fulgor deslumbrante gracias a ‘Alien’, todo un clásico ya del séptimo arte. Sus efectos especiales eran “la hostia, rompedores, chachipirulis” y demás calificativos que se le quieran dedicar. Y es cierto. Aunque no se debe perder de vista que aquéllo no es más que un complemento puesto al servicio de la historia, el medio que permite alcanzar el fin: crear al monstruo, al extraño, al desconocido, más inquietante que ha parido Hollywood. Hablo, por supuesto, de Alien.

Un desasosegante inicio marcaba el punto de partida de una agonía crónica para nuestros siete tripulantes. La asfixia ya no cesará en ningún momento, aunque nos sea presentada armoniosamente y a ritmo “in crescendo”. Desde el desorientado despertar hasta el aterrizaje en el agreste planeta, pasando por la cacería interestelar y viscosa brindada por el octavo pasajero, todo irá devorando nuestros “sadistas” nervios y malheridas uñas. Ya no habrá marcha atrás para nosotros, sufriendo al compás que marca el maltrecho y arritmico corazón de Ripley. 

En fin, quién todavía no haya tenido el gusto de ver ‘Alien’ (básicamente las nuevas generaciones), tiene ante sí uno de los mayores privilegios que concede el séptimo arte: esa extraña sensación, indefinible, que te invade por dentro hasta el momento de darle al play. Aquí tenemos, ni más ni menos, la mejor combinación que ha dado el cine entre los géneros del terror, la intriga y la ciencia-ficción. El poderío visual que alcanzan las imágenes ofrecidas por Ridley Scott, se pone al servicio de una narrativa equilibrada, calculada y metódica, un lirismo de impronta tenebrista, inusual en este tipo de cintas, que nos depara, con todo, una obra de ingeniería angustiosa, terrorífica y, contradicciones de la vida, plenamente gozosa. Mítica.  

9/10

‘Garden State’. Pues bien.

Nueva incursión en el tema de las parejas sentimentales. Esta vez, se combina con la decadencia familiar sufrida por dos jóvenes. El es Andrew. Salió de su ciudad camino a L.A, escapando de la figura de su padre, escapando de un trágico suceso que rompió por completo el nido familiar, la felicidad. Ella es Samantha. No pudo huír. Su mente hace aguas por los cuatro costados debido también a un infancia, a una socialización, un tanto peculiar dentro de su nicho familiar. Ahora se han conocido. Es su hora, ¿podrá el amor nacido entre ellos redimirlos de su pasado neurótico y farmacológico? Suena todo al clásico tema de ‘Los Secretos’, aquello que decía así “…de mis cenizas un árbol he plantado, su fruto ha dado y, desde hoy, algo ha empezado…“.

Es cierto que el tema del amor, las parejas y demás, ya está bastante cascado. Puede que sea uno de los géneros más explotados por la industria cinematográfica (tanto americana como europea). Dentro de esa inmensa cantidad de cintas, hay joyas que lucen como ninguna al igual que hay basura de cuyo hedor huyes al primer plano. ‘Garden State’ se situaría en la frontera de ambas. No es ninguna gran película, tampoco es bazofia.

Es una película pretenciosa que trata de ser rompedora (difícil serlo en este tema). Trata de serlo poniendo todo el ingenio de Zach Braff al servicio de un guión que no es más que un sucedáneo de personajes variopintos. Véase, por ejemplo, al protagonista masculino, quién no es más que una caricatura hiperbólica del joven depresivo acomodado en la clase media de nuestro sistema, cuyo logro más importante en su carrera cinematográfica es la de haber interpretado a un quarterback retrasado mental. No se queda corta la protagonista femenina (Portman hace una interpretación horrenda), cuyo hogar está inundado de hámsters, lo que quizás provoque el hecho de que ella sea una mentirosa compulsiva y le de por hacer gilipolleces del palo lalala, uh uh uh, etcétera (obviamente, se da por sentado que está no es la casuística idónea). De los secundarios… qué decir. Estrafalarios a más no poder. Desde el pavo que fuma pipa con su madre y colecciona cromos de la Tormenta del desierto (¡tiene a Dick Chenney!) pasando por el tío que vendió la patente del belcro silencioso pudiéndosa comprar una mansión de la hostia donde dar rienda suelta a su vena fornicadora, hasta llegar al tipo que vive en un barco en medio de… una falla enorme! En fin, acidez y humor negro para retratar una parte de la sociedad estadounidense de nuestro tiempo y enclavar en ella una historia de amor peculiar, estrafalaria y personal. Pues bien, eso es lo que hay.

‘El dulce porvenir’. Melancolía.

Película tan sencilla como profunda. Tan suave como esa brisa de aire frío que azota las facciones de cada personaje, pero tan dolorosa como un autobús ahogándose cargado de niños en mitad de un lago. La historia de Atom Egoyan se compone por un pueblo perdido en medio de las montañas nevadas de Canadá, por una recepcionista de un motel que engaña a su marido, por un viudo que ejerce de amante, por una chófer de autobús, por dos hippies, por un padre que sueña con que su hija sea una estrella del rock.

Un terrible acontecimiento cambiará la vida de todos ellos. La nada, el vacío se apoderará del pueblo, pero lo hará de una manera apacible, casi sin darse cuenta, mostrándonos así, el cineasta, una tranquilidad cargada de aflicción y desasosiego, una realidad carente de sentido por el dolor de esa pérdida imposible ya de compensar (el dilema que representa el abogado para el pueblo), tratando únicamente de olvidar (como el viudo o Nicole), de borrar el pasado acogiéndose a ese dulce porvenir.

El juego en el tiempo es utilizado por Atom Egoyan para combinar sensaciones, cargando el pasado de nostalgia, a través de escenas tan líricas como esa en la que el abogado recuerda aquel sereno amanecer junto a su mujer y bebé, con un presente amargo y doloroso, con una realidad desalentadora que se nos presente en la gran parte de los planos del film.

‘El dulce porvenir’ es gélida como ninguna. El calor de los corazones de esos habitantes se apaga poco a poco, impregnándose ese pudoroso frío en ellos, brindándonos una demoledora postal en la que el olor a madera, el frío, la nieve y la melancolía invaden todo nuestro cuerpo.

‘From hell’. En busca de Jack el Destripador.

Whitechapel, Londres. Finales del XIX. Barrio degradado por la llegada masiva de inmigrantes, especialmente de judíos. Con la degradación llegan las prostitutas, cientos de ellas. Es el escenario ideal para que un serial asesino comience sus rituales, con su peculiar modus operandi. Degollar, desentrañar. Siempre a prostitutas, of course. Siempre en mitad de la noche, con el anonimato que concede la niebla y la penumbra. Y una culpabilidad que siempre recae sobre los judíos en toda investigación. Les hablo, por supuesto, de Jack el Destripador, uno de los asesinos en serie más célebres de la historia. Y, a todo esto, un misterio todavía por esclarecer. ¿Quieren saber quién es? (Spoiler)

‘Desde el infierno’ es una cinta dirigida de una manera original, por los hermanos Hughes, con una ambientación muy tenebrosa que oculta a Londres bajo la niebla y oscuridad, al tiempo que la tiñe de un peculiar tono bermellón, sanguinoliento. Hay tripas, es obvio. Pero no abusa de ello, pues no se decanta por el terror.  Es más una historia de intriga, de saber quién será, mezclada con el toque justo de amor y pasión, el de Depp, el personaje principal, quien sigue la huella al asesino, por Heather Graham. En definitiva, entretenimiento total. Cinta realmente conseguida. Buena.

Spoiler

Los guionistas se han decantado, echándole imaginación, de entre las cientos de teorías que hay, por afirmar que Jack no era otro que un cirujano, médico personal de la familia real inglesa, que se encargaba de arreglar, desentrañando a prostitutas, las farras que se pegaba el principito inglés. Todo con un toque masónico, de servidor leal. El argumento para que todo esto no saliera a la luz, era evidente: la realeza inglesa debía quitar del mapa a cualquier testigo (las cinco prostitutas) de la boda del Príncipe con una fulana, un total descrédito para el futuro de la Corona. Y el pobre Ian Holm, acabará en un psiquiátrico. A fin de cuentas, era un loco.