‘Martha Marcy May Marlene’. Una vida en las tinieblas.

El cineasta, Sean Durkin, contrapone dos mundos totalmente distintos, extremos. Por un lado, una vida sectaria estructurada en torno a una comuna en la que prepondera la opinión de Patrick. En las esquina opuesta, un proyecto de hogar familiar regido por valores burgueses, sometido a los dictados del mercado. En ambos dos está presente una taciturna muchacha. Para unos, Martha. Para otros, Marcy May. La encargada de darles vida es Elizabeth Olsen, quien da un recital interpretativo al enfundarse el disfraz de chica penitente, azotada por una infancia dolorosa, atormentada por una experiencia sectaria nada gratificante y descolocada ahora que ha vuelto a la “realidad”. Todo ello aliñado con un punto de inquietud crónico, rozando la paranoia.   

Thriller tejido con esmero y pulso de hierro que aguarda en sus adentros un verdadero drama, un infierno terrenal que representa a las mil maravillas ese gran actor que es John Hawkes, colosal aquí. Poco a poco, el espectador va adentrándose en el horror, en las tinieblas, sincronizando así su espasmo con el de la protagonista, Marcy May. Lo que originariamente parecía un estilo de vida tan atractivo, tan bondadoso, termina por ser una pesadilla de la que difícilmente uno logra escapar. Hiriente y perturbadora, la narración busca la objetividad, exponiendo los hechos para que el espectador juzgue libremente. Por tanto, un canto encubierto al american way of life que pasa por ser una de las mejores películas de la cosecha del 2011.

8/10   

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‘Shooting dogs’. Ecos de la barbarie.

Las imágenes son duras, impactantes, horribles. A uno se le enerva la sangre al ver todo ese panorama de locura, el dolor de un pueblo, el tutsi, que sabe que está en minoría. Una minoría maltratada hasta el extremo. Por allí, andan Joe y Christopher, dos hombres occidentales (blancos), bondadosos, encargados de enseñar a los niños, dentro del marco del catolicismo. También la barbarie les sorprenderá a ellos.

Michael Caton-Jones además de describir la brutalidad de todo ello, pone en el ojo del huracán a las Naciones Unidas y, por ende, al mundo occidental. Un mundo que miró hacia otro lado mientras se gestaba la matanza. Un mundo que, desde ya hace mucho tiempo, dio a África, con todo lo que eso conlleva, por perdida (una vez fue expoliada, saqueada y destrozada), salvo en determinados intereses por los que todavía comporta beneficios (diamantes y demás). Si tuviera que explicar la mayor sensación que da ver esto, sería la de la impotencia, la frustración. Algo que se visualiza en Joe y Christopher, incapaces de hacer nada, y, sobre todo, en esas pobres almas encerradas entre cuatro vallas a la espera de su terrible ejecución. 

Películas como ‘Shooting dogs’ son necesarias. Es de esas que denuncia abiertamente, al tiempo que hace justicia, barbaries de tal calibre como el genocidio a manos hutus del pueblo tutsi, en el que unos 800.000 tutsis, se dice pronto, perdieron la vida en aquellos fatídicos meses de 1994 que fueron de abril a julio.