The Straight story (1999)

straightDirector: David Lynch 
Guion: John Roach/ Mary Sweeney 
Producción: Le Studio Canal+ / Les Films Alain Sarde / Picture Factory & Film Four
Fotografía: Freddie Francis 
Montaje: Mary Sweeney 
Música: Angelo Badalamenti 
Reparto: Richard Farnsworth / Sissy Spacek / Harry Dean Stanton 
Duración: 112 min
País: Estados Unidos 

Preciosa, preciosa y preciosa. Así es The Straight story. Es de ese tipo de películas que no necesita nada especial para encandilarnos. Y es que nunca antes una simple tormenta había conseguido transmitir tanto. Posee el don de la bondad, cuenta con una narración entrañable y su mensaje contiene una emotividad tan natural, espontánea y humana que difícilmente logramos escapar de sus garras. En el fondo, sobran las palabras para describir a esta maravilla de película. Todo lo que aquí se escribe es rebomborio superfluo, pues en ocasiones lo que uno siente, no puede expresarse en palabras. Total, qué fantástica sensación consigue brindarnos una historia tan sencilla como es la historia de Alvin Straight.  

Esta es la historia de un anciano que planea hacer una revolución. Una revolución orquestada por unos remordimientos que pueden con él, pues no consigue borrar de su mente el hecho de que lleve diez años sin hablarse con su hermano. “Nuestra historia es tan antigua como la Biblia, como la historia de Caín y Abel“, cuenta él. Sin embargo, ahora tiene la idea clara de visitarlo, reajustar las cuentas con el pasado y sentirse en paz consigo mismo. Físicamente carcomido por la edad, pero de espíritu noble y testarudo carácter, le basta para trajinar su plan, definir las líneas maestras y recorrer los cerca de 600 kilómetros que lo separan de su hermano. 

David Lynch levanta un sencillo y conmovedor monumento dedicado, en apariencia, a la familia. En apariencia porque yo diría, más bien, que The Straight story es una oda al sentimiento más profundo, a los valores más puros, a la emoción más sincera. Y todo está hecho con tacto: la fabulosa música de Angelo Badalamenti, la cautivadora fotografía de Freddie Francis, el mágico guion de John Roach y Mary Sweeney o la entrañable actuación de Sissy Spacek. Mención especial merece, por supuesto, Richard Farnsworth. Todo puede resumirse en una imagen, una imagen protagonizada por dos hermanos sentados en un porche, haciéndose compañía, sabedores ya de que están por fin en condiciones de enfrentarse a la misma batalla con total tranquilidad: el último y prolongado adiós.

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‘Christine’. Chasis de terror.

Buena película dentro del género, propia de los ochenta y con una dirección notable a cargo de John Carpenter, quien sabía sacarle todo el jugo posible a uno de los tantos relatos que posee esa máquina de hacer dinero que es Stephen King.

Veamos, un bonachón que alterna sus días de insti entre palizas y burlas, decide darse un gustazo y comprarse un coche parido, cómo no, en Detroit. Se llama, el coche digo, Christine. Y el tontorrón en cuestión, a lomos de la susodicha, pasará a ser… un auténtico sex-symbol en alza, un tipo con personalidad. ¿El problema? Pues que la pelirroja Christine es bastante celosa y no le gusta que nadie se fije en su chico.

No diré que desde que ví esta cinta los chasis me aterraban, ni que las radios me producían escalofríos. Tampoco que sentía repulsión por los guardabarros o los tubos de escape. Y, ni mucho menos diré que el olor a chamusquina del neumático quemado fuera la peor de mis pesadillas. A tanto, ‘Christine’, no llega. Sin embargo, lo que uno no puede negarle a esta cinta, es la capacidad que posee para crear una atmósfera tensa y angustiosa a partir de un chasis y cuatro ruedas. Buena banda sonora para mover tensamente esta siniestra historia en la que el bueno de Carpenter se regodeaba de lo lindo.

Mordaz sátira que focalizaba su atención en el culto, urbanita y occidental, hacia los automóviles. Cintas como esta nunca pasan de moda.

7/10

‘París, Texas’. Trágica historia de amor.

Wim Wenders nos regalaba en 1984 una belleza de película. Una trágica historia de amor en la que un hombre desperanzado, roto, que vaga por el mundo como alma en pena, decide reconstruir lo que un día fue: su familia. Encontrar a su hijo, y a la madre de éste. Como realizando su última gran obra antes de marcharse hacia la nada bajo la noche.

Es una película perpetrada desde el corazón, con puro sentimiento, y con una elegancia visual asombrosa. El camino que nos va preparando el cineasta durante todo el film, por el desierto texano, en medio de un residencial barrio de Los Angeles, en un ruinoso coche camino a Houston, está cargado de poesía visual. Una historia que nos lleva desde la nostalgia y melancolía de los buenos días, pasando por el sufrimiento del tiempo perdido en el que sólo te acoges a una arenosa foto de París-Texas sinónimo de lo que pudo ser y no fue, hasta llegar a la felicidad, a la alegría de un chiquillo que quería estar con su madre, y una madre, a su vez, que parece haber encontrado, por fin, el camino. Es, en definitiva, una película muy humana, que la sientes cerca. Con personajes, todos ellos, que irradian veracidad. Con un camino que va de la nada, del derrotismo, de la desorientación absoluta hacia la ilusión, hacia la vida.

Todo ello alcanza el máximo estado de ebullición en una cabina miserable de un peep show de Houston, donde el dolor y el desasosiego te inundan, gracias a un discurso que es puro sentimiento, un discurso desgarrador. Una de las mejores escenas de la historia del cine. Sólo por ello, ya vale la pena ‘París, Texas’. Aunque claro, sin el resto del film, la escena no tendría sentido. No hace falta recomendar que la vean, es de esas obras, llamadas maestras, que no necesitan presentación. Si alguien se sintió identificado con algún personaje, habrá llorado como un niño. No se preocupen, es normal. Una historia muy bella y lírica, cargada de amor y sentimiento. De las que no se olvidan.