8½ (1963)

otto e mezzo movie poster 1Dirección: Federico Fellini 
Guion: Federico Fellini / Ennio Flaiano / Tullio Pinelli / Brunello Rondi 
Producción: Cineriz / Francinex
Fotografía: Gianni Di Venanzo 
Montaje: Leo Cattozzo 
Música: Nino Rota 
Reparto: Marcello Mastroianni / Claudia Cardinale / Anouk Aimée / Sandra Milo
Duración: 138 min
País: Italia

Aquí tenemos el placer de hablar sobre una de las mejores películas de todos los tiempos. O eso, al menos, es lo que suele decirse. Todos los cinéfilos de pro guardan en sus listas Otto e mezzo, un depurado trabajo técnico de Federico Fellini en el que la acción principal recae sobre la figura de Guido Anselmi, director y guionista inmerso en un rodaje, pongamos que, complicado. Complicado en el sentido de atravesar no solo una crisis creativa, sino casi casi una crisis existencial. 

Habituales compañeros de fatigas del cineasta de Rimini aparecen en los títulos de crédito de esta cinta. Apenas tres años antes había logrado la Palma de Oro en Cannes, además de encandilar a crítica y público, con la maravillosa La dolce vita, por lo que, sin grandes aspavientos, decidía repetir equipo técnico. La única baja notable es la de Otello Martelli en labores de fotografía, sustituido por Gianni Di Venanzo, habitual director de fotografía de Michelangelo Antonioni. El resto, en gran medida, repiten. Volvemos a tener a uno de los mejores compositores de la historia del cine, Nino Rota, en el cartel. Leo Cattozzo vuelve a dar armonía y sentido a las horas de grabación. Y en el reparto encontramos nuevamente al brillante Marcello Mastroianni, un actor espléndido, un actor de esos al que uno no se cansa nunca de ver. Luego, conviene reconocer el buen gusto de Federico Fellini por las mujeres: la guapísima Claudia Cardinale trabaja por primera vez con él; Anouk Aimée vuelve a estar formidable; y Sandra Milo da rienda suelta a las fantasías del cineasta. Un cartel, en suma, que serviría para marcar uno de los hitos del séptimo arte, del cine italiano y de la historia de los Oscar, venciendo así Fellini, después de La strada (1954) y Le notti di Cabiria (1957), la tercera de sus estatuillas. La guinda a este proyecto, no en vano, la puso en tareas de guion Ennio Flaiano, uno de los grandes, quien se mostró inicialmente escéptico ante la idea propuesta por Fellini: cómo representar las fantasías, sueños y divagaciones de un hombre.

La respuesta a esa cuestión está en el interior de una película que, más allá de sus consideraciones técnicas, aparece como una de las producciones más sobrevaloradas de la historia del cine. Bravo por aquellos que aplauden la filmación de esta crisis existencial como uno de los mejores trabajos de la historia, pero a mí, personalmente, el ego que demuestra Federico Fellini con este relato me repele un poco. De no ser por el talento de Mastroianni, colosal encarnando la deriva de un hombre perdido entre los agitados recuerdos, las fatigas del trabajo y, sobre todo, los encantos de las mujeres, podría decirse que la narración difícilmente se sostendría. Es una película hecha para gustarse a sí misma, pretenciosa y soberbia. 

otto e mezzo

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‘C’era una volta il west’. Los tiempos cambian.

hasta_que_llego_su_hora_1968_1Un prólogo servido con maestría, indicativo del estilo narrativo que conducirá a esta polvorienta historia del lejano oeste. El cineasta, Sergio Leone, juega con el tiempo y el espacio. De este modo, el entorno y el ambiente son una pieza más, fundamental diría yo, para encajar a la perfección este monumental relato repleto de ilusiones, traiciones, violencia, codicia, injusticias y venganza.

La hermosa Jill (Claudia Cardinale), verdadera clave de bóveda de esta historia, llega a un pueblo, perdido en mitad del oeste, decidida a formar un hogar junto a un pelirrojo y testarudo irlandés, McBain, olvidándose así de su anterior vida en Nueva Orleans. Lástima que al llegar se cerciore de que Frank (Henry Fonda), un pistolero reconvertido a empresario, ha borrado del mapa, con la facilidad que propicia un revolver, todo su proyecto de vida. El muerto se lo han adjudicado a Cheyenne (Jason Robards), quien simplemente pasaba por allí, y al que no le hace ninguna gracia esta rapaz jugada. El cuadro lo completa un misterioso hombre sin nombre conocido, de escueto vocabulario y con afición por la harmónica. 

Película servida a fuego lento, muy lento. Todo se mueve con un ritmo pausado y calmo. Ayuda, por supuesto, el inquietante compás marcado por Ennio Morricone. Las piezas se mueven con sigilo y astucia, desenmascarando poco a poco la jugada maestra que nos tenía preparada Sergio Leone, ayudado en la escritura por Sergio Donati y los emblemáticos Dario Argento y Bernardo Bertolucci. Extraordinariamente trabajada, ‘Once upon time in the west’ supone una épica historia acerca de la construcción del ferrocarril en territorio estadounidense. Pero, sobre todo, una historia que le saca todo el jugo posible a los personajes de la misma, a esos peones que ambicionan, huyen, aman, perecen o sobreviven, entre los agrestes paisajes que nos depara esta cinta.  

En definitiva, otra manera de entender el cine. El silencio y la tensa espera se combinan con las miradas perdidas, buscando éstas, en algún lugar, los sueños e ilusiones que parecen desvanecerse, salpimentado todo por la explícita violencia que envuelve a la muerte. Los tiempos cambian, parece querer decirnos Leone a través de esta lírica, mundana y crepuscular fábula enclavada en el far west. Una obra monumental y minuciosa en la que, gusto personal, destaco al misterioso y sensual personaje (con toda la batalla psicológica que ello conlleva) interpretado por Claudia Cardinale, su idilio con Jason Robards (“ahora sí que te he preparado café caliente”), así como al imperecedero Harmonica. La venganza pocas veces se sirvió tan fría. Obra maestra. 

9.5/10