‘C’era una volta il west’. Los tiempos cambian.

hasta_que_llego_su_hora_1968_1Un prólogo servido con maestría, indicativo del estilo narrativo que conducirá a esta polvorienta historia del lejano oeste. El cineasta, Sergio Leone, juega con el tiempo y el espacio. De este modo, el entorno y el ambiente son una pieza más, fundamental diría yo, para encajar a la perfección este monumental relato repleto de ilusiones, traiciones, violencia, codicia, injusticias y venganza.

La hermosa Jill (Claudia Cardinale), verdadera clave de bóveda de esta historia, llega a un pueblo, perdido en mitad del oeste, decidida a formar un hogar junto a un pelirrojo y testarudo irlandés, McBain, olvidándose así de su anterior vida en Nueva Orleans. Lástima que al llegar se cerciore de que Frank (Henry Fonda), un pistolero reconvertido a empresario, ha borrado del mapa, con la facilidad que propicia un revolver, todo su proyecto de vida. El muerto se lo han adjudicado a Cheyenne (Jason Robards), quien simplemente pasaba por allí, y al que no le hace ninguna gracia esta rapaz jugada. El cuadro lo completa un misterioso hombre sin nombre conocido, de escueto vocabulario y con afición por la harmónica. 

Película servida a fuego lento, muy lento. Todo se mueve con un ritmo pausado y calmo. Ayuda, por supuesto, el inquietante compás marcado por Ennio Morricone. Las piezas se mueven con sigilo y astucia, desenmascarando poco a poco la jugada maestra que nos tenía preparada Sergio Leone, ayudado en la escritura por Sergio Donati y los emblemáticos Dario Argento y Bernardo Bertolucci. Extraordinariamente trabajada, ‘Once upon time in the west’ supone una épica historia acerca de la construcción del ferrocarril en territorio estadounidense. Pero, sobre todo, una historia que le saca todo el jugo posible a los personajes de la misma, a esos peones que ambicionan, huyen, aman, perecen o sobreviven, entre los agrestes paisajes que nos depara esta cinta.  

En definitiva, otra manera de entender el cine. El silencio y la tensa espera se combinan con las miradas perdidas, buscando éstas, en algún lugar, los sueños e ilusiones que parecen desvanecerse, salpimentado todo por la explícita violencia que envuelve a la muerte. Los tiempos cambian, parece querer decirnos Leone a través de esta lírica, mundana y crepuscular fábula enclavada en el far west. Una obra monumental y minuciosa en la que, gusto personal, destaco al misterioso y sensual personaje (con toda la batalla psicológica que ello conlleva) interpretado por Claudia Cardinale, su idilio con Jason Robards (“ahora sí que te he preparado café caliente”), así como al imperecedero Harmonica. La venganza pocas veces se sirvió tan fría. Obra maestra. 

9.5/10  

‘Hard times’. Las palabras ya no bastan.

Corrían los años 70 y Charles Bronson era uno de los referentes indiscutibles dentro del cine de acción. En esta ocasión, se brindaba a participar en el debut ante el gran público de uno de los maestros del género: Walter Hill.

El mito interpreta a Chaney, un tipo nómada que ve pasar los días entre raíles, paseos solitarios y moteles baratos. Son tiempos duros, pues estamos en el año 1933. Tiempos idóneos para que Chaney explote sus mejores virtudes (obvio cuáles son). Por cosas del destino, el bueno de Bronson terminará por conocer a Speed, un vivalavida interpretado fabulosamente por James Coburn, quien verá en ese castigado hombre un auténtico filón para hacer caja… en peleas callejeras.

A lo de siempre (puñetazos, patadas y sangre), clave de bóveda del film, súmenle un poso de amargura, tristeza y melancolía, derivado del sempiterno retrato del perdedor. Una factura técnica que ya dejaba entrever el talento de un tal Walter Hill, servía para desarrollar una historia, amante ferviente de la acción, que quedaba complementada, eso sí, por un drama sincero que acompañaba a nuestros dos protagonistas. A uno, Bronson, la compañía de una desamparada rubia parecía llenar su corazón, logrando dibujar los encantos de aquella, al menos, una mueca de complicidad en tan serio rostro. Sin embargo, ambos sabías que lo suyo era un imposible. Mientras que el otro no sabe escapar de las malas compañías y de su torpe cabeza. Al final, el derrumbe personal de ambos dos siempre hay una pelea por disputar, y dinero que ganar.

En fin, no busquen en ‘Hard times’ un drama social épico. No lo hay. Lo que sí encontrarán es una cinta en la que la acción queda enclavada en un contexto de tristeza generalizada. Solitarios errantes, amantes taciturnos, devotos del fracaso y, en definitiva, un destino que no mira más allá de una sangrienta y cruda pelea.  Notable cinta de acción.

7/10

‘La gran evasión’. Atípica, densa, mítica.

Una película anclada en el pasado, de donde ella viene. Tiene otro ritmo, algo más clásico. Para gente como yo, de generaciones posteriores, su visionado puede resultar ciertamente tedioso (evadiéndose más de uno). Debo reconocer que por momentos se atranca. Mi mente, mis ojos, mi cuerpo, piden algo más de ritmo, acostumbrado como estoy a los vertiginosos volantazos del cine comercial de nuestros días. No obstante, me entra la morriña por ese cine, paradójicamente, que no conocí. Un tipo de cine en el que lo que realmente importaba era la historia que contar. Una historia sencilla pero cautivadora.

Un campo de concentración nazi. Oficiales de aviación británicos y estadounidenses recluidos. El relato de una fuga. La obstinación de McQueen. El mando del Coronel. La claustrofobia de Bronson. La asfixia del escocés. El dolor del falsificador por sus ojos. La solidaridad del proveedor. Y tantas otras situaciones. Un magistral retrato de cada personaje. Con pasos parsimoniosos y minuciosos va avanzando el film. Lentamente, sí. Pero, pese a ello, uno no pierde jamás el interés por lo que está viendo, acogiéndose a ese ritmo que va de menos a más, implicándonos poco a poco en esa evasión que va gestándose en las mentes de esos soldados tan ilusionados por la palabra libertad. Varias escenas para la posteridad, una BSO tan mítica como la de Elmer Bernstein, una fotografía encandiladora, una comicidad tan cómplice para el espectador, un guión sumamente elaborado, una dirección de categoría clásica como es la de John Sturges y un final (los últimos 50 minutos) majestuoso. En pocas palabras, un film imborrable.