‘She’s the one’. Postales neoyorquinas.

Edward Burns, además de ser un buen actor, tiene una carrera como guionista y director más que interesante. Aquí tenemos ‘She’s the one’ como prueba tangible de ello, una comedia ligera y fresca traída desde el corazón de esa ciudad tan fascinante, Nueva York.

Una joven, Cameron Díaz, anda jugando con el corazoncito de dos hermanos, Mickey y Francis. Una premisa básica a partir de la cual Edward Burns conseguirá pincelar un fresco en el que todos los personajes, principales y secundarios, quedarán muy bien detallados. Nos dejaremos engatusar con sumo gusto por los encantos de esta comedia romántica, adentrándonos por esos senderos tan felices, tan locos, tan despiadados, tan hilarantes, tan irracionales, tan agitados, que gravitan en torno a un mismo eje: los líos del corazón. 

En fin, comedia de calidad. Tiene la virtud de haber sabido combinar con tino tal variedad de personajes, sirviéndonos unos diálogos ingeniosos y unas conseguidas escenas que irremediablemente conducen a ese lugar tan difícil de encontrar hoy en día: la gracia espontánea. Genial postal neoyorquina, cargada de un romanticismo que es todo un lujo. Notable.

7.5/10 

‘Any given sunday’. Espectáculo.

Larga y aparatosa, sí. Pero no vayan a pensar mal. Esta crítica no pretende echar por tierra el mejor trabajo que ha hecho últimamente en su carrera cinematográfica el bueno de Oliver Stoner (tras él, creo que se perdió). Un buen guionista como es John Logan, véase ‘Gladiator’ (2000), ‘The aviator’ (2004) o ‘Sweeney Todd’ (2007), influyó y mucho en ello. Su historia se mete de lleno en el mundo del deporte, en los entresijos, en este caso, del fútbol americano. A mi parecer, me parece el retrato más ajustado que yo he visto en cine de lo que es un club deportivo de nuestros tiempos.

Sobre cuatro personajes gira la trama. Primero, el quarterback ‘Cap’ Rooney, un formidable Dennis Quaid, la estrella emblemática de los Miami Shark (algo así como el Steve Nash de los Suns). Su caso supondrá la caída, el declive de un mito por el peso natural de la edad. Ojo al papel de su atractiva mujer, a la que da vida Lauren Holly, poniendo el contrapunto. Segundo, la lesión del anterior hará irrumpir en escena al eterno suplente, al denostado Willie Beamen (Jamie Foxx). La fama, el dinero, las mujeres. Su vanidad no conocerá límites, poniendo al equipo en su contra. Sin embargo, y tercero, ahí esta Tony D’Amato, un excepcional, como siempre, Al Pacino. Un entrenador que no sabe hacer otra cosa más que entrenar. Créanme si les digo que me recuarda a algo así como Phil Jackson en la NBA. Un dinosaurio del banquillo que sabe no sólo de qué va el juego, sino también de qué va este mundo, este negocio. Cuarto y último, Christina Pagniacci, la presidente y máxima accionista del club. Representa mejor que nadie el despotismo guiado por el peso del dólar. Su meta es hacer un equipo ganador, un equipo con mercado, rentable. Quiere ganar y ganar. El quinto personaje sería el reparto en su conjunto. Quiero decir, el resto de integrantes del equipo (incluidos médicos) que nos sirve para comprobar el mecenazgo establecido en nuestros días en el deporte profesional, con tipos que se juegan la vida, literalmente, por no arruinar su carrera (es decir, por ganar otro milloncito más), con médicos manipuladores y poco éticos, además de unos egos muy difíciles de compaginar con la palabra colectivo.

Dicho lo cual y repitiendo, ‘Any given sunday’ (1999) me parece una obra casi perfecta. Una de las mejores películas deportivas que yo haya visto. No sólo son Al Pacino, Cameron Díaz, Dennis Quaid, Jamie Foxx, Lauren Holly, LL Cool J, James Woods, Charlton Heston, Matthew Modine o Aaron Eckhart. Es también una gran historia, una historia donde se gana y se pierde, se sube y se baja, se ríe y se llora. Una historia dirigida con cierta aparatosidad, recordando la inflación publicitaria que acompaña al juego (“la televisión lo cambió todo”). Una historia donde el ego, el dólar y la sangre se dan de la mano. Una historia diseñada con mano firme, destripando las entrañas del club deportivo, esa máquina de hacer dinero. Una historia, en definitiva, espectacular. Al fin y al cabo de eso se trata, de dar espectáculo. Sensacional guiño a Ben-hur, comparando el espectáculo romano de gladiadores, muerte y sangre, con nuestro espectáculo: el deporte de masas (tiene tino la comparativa… qué escalofrío).

‘The box’. Richard Kelly recién levantado.

Vale, lo reconozco, piqué. En primer lugar por Richard Kelly, quien me había encandilado con su ópera prima ‘Donnie Darko’ (2001), una cinta tan magnética como corrediza. Segundo, a pesar del bisturí, del botox, de su falta de expresividad, a pesar de todo, darle el papel principal a un peso pesado del cine comercial hollywoodense como es Cameron Diaz siempre tiene un poco de tirón. Y tercero, maquetar un tráiler de la hostia en torno a una misteriosa caja, imaginándote una buena película de terror comercial alternada con toques de conseguido thriller, también engancha. En ese momento, el marketing ya te tiene. Te has comido el cebo.

Desde mi punto de vista, aún con el riesgo de sonar a guasa, el tráiler supera y mucho a la propia película. Digo yo, porque me ataca la duda existencial, ¿qué género corresponde a un film en el que cuando has terminado su visionado te has quedado igual que cuando lo comenzaste? Y hablo, entre medias de ambas sensaciones, del transcurrir de casi dos horas. Richard Kelly patina y a lo grande. Peca de pretencioso y arrogante, tratando de repetir una nueva ‘Donnie Darko’. Sólo consigue, a la postre, una historia hueca y carente de cualquier sentido que no produce más sensación que la del sopor, el tedio, la pesadez.

‘Cómo ser John Malkovich’. Un triángulo amoroso excesivamente surrealista.

John Cusack es marionetista. Se podría decir que ha dedicado su vida a ellas, con el consiguiente desprestigio social. Está casado con Cameron Díaz, una devota de los animales. Sus vidas cambiarán cuando él entre a trabajar como archivador en la planta 7’5 de un edificio de oficinas. Allí encontrará a una mujer, Catherine Keener, de la que enamorarse, con la que estar dispuesto a engañar a su esposa.

Luego vendrá la puerta, John Malkovich y el encuentro de Cameron con Catherine. A partir de aquí, lo sensato y lógico del argumento se perderá entre disparates. No se si esto es surrealismo, pero desde luego que de calidad no lo es. 

Cameron se enamorará de Catherine después de cruzar la puerta y verla a través de los ojos de Malkovich. Desubrirá entonces que es transexual, que quiere ser hombre, enviar a hacer puñetas a John Cusack y habitar en la vida del actor para poder estar con su amada. A ésta, le pondrá cachonda acostarse con Malkovich mientras ve en sus ojos a dos personas. Pero luego, además, el pirado de Cusack encarcelará a su esposa para controlar el cuerpo de Malkovich como una marioneta y así poder estar con la Keener. A ésta también le excitará esta opción.

Todo ello condimentado con una teoría de los recipientes según la cual un puñado de viejos pasan de un cuerpo a otro a la edad de 44 años siendo de esta manera inmortales a su manera. Es decir, Spike Jonze se ha pasado de listo con todo este enredo que conduce a la nada. Lo poco que podría haber de discurso sensato acerca de los desgraciados que darían su vida por cambiarse por otro tío más guapo, con más dinero y más popular, se pierde en gilipolleces románticas. Uno se siente estafado después de haber visto esto. Es el triángulo amoroso más surrealista que he visto, sí. Pero no por ello es sinónimo de calidad. Esto es una patraña con letras mayúsculas. Se salvan de la quema un par de diálogos con gracia y la Keener. Nada más. Flojísima.